Rodari

26 12 2009

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Estamos metidos de lleno en la Navidad y los más chicos están por ahí, pululando por la casa. Así que para hoy me he acordado de ellos (o más bien de sus padres, sus abuelos y sus tíos) y te traigo a un autor que, si no lo coneces ya, puede ser un gran descubrimiento. Te hablo de Gianni Rodari, quien, junto con Roald Dahl es, quizá, el principal autor infantil del siglo XX. Rodari era un maestro italiano, fallecido en 1980, que nos ha dejado un estupendo legado de cuentos humorísticos, con una absoluta tendencia al absurdo y bastante irónicos con el poder y los privilegiados. Para empezar, podríamos leer un librito muy breve, titulado Los negocios del señor Gato, en el que se cuentan las andanzas de un gato que quiere hacerse rico y monta una tienda de venta de ratones en lata. El problema es que, tras anunciar la novedosa mercancía, resulta que los ratones no están dispuestos a dejarse meter en la lata y va a tener que llegar a un acuerdo con ellos. Este libro está editado por Anaya, con ilustraciones muy divertidas de Montse Ginesta. Si te gusta y te quedas con ganas de más, también es muy asequible un libro editado por Editorial Juventud, con unas ilustraciones muy sencillas, pero lindas. Se trata de Cuentos por teléfono. ¿Por qué se titula así? Pues porque se trata de una serie de cuentos breves y muy divertidos que un viajante de comercio le cuenta por teléfono cada noche a su hija. Aquí hay más de sesenta cuentos muy rápidos en los que te encontrarás con casas hechas de helado, hombres de mantequilla, ascensores que suben hasta las estrellas y ratones que comen gatos. Pequeños prodigios de la imaginación que puedes contar por teléfono aunque no tengas tarifa plana. Pero, como son cuentos muy breves y muy jugosos, te ventilarás el libro enseguida. Así que, si todavía quieres más Rodari, cosa que suele ocurrir, hay otro librito delicioso: Cuentos para jugar, en el que conocerás a un Pinocho que se dedica a mentir como un bellaco, para cortarse la nariz y comerciar con la madera, a un millonario que se construye una mansión con billetes y monedas, o a un flautista de Hammelin que tiene que librar a una ciudad de una invasión, no de ratas, sino de coches. Es, además, un cuento interactivo: cada cuento tiene tres finales alternativos y el lector tiene que elegir uno de ellos.

Por último, un libro de Rodari para los padres. Bueno, para los padres, los maestros y, en general, cualquier persona que ande cerca de los niños y quiera fomentar su imaginación. Se trata de Gramática de la fantasía, el libro en el que Rodari recogió su experiencia de cuarenta años creando cuentos con niños en el aula y que explica algunas técnicas estupendas, contadas de una manera muy sencilla y agradable.

Rodari fue conocido en su tiempo como un hombre esencialmente bueno. Utiliza el humor para hacer reflexionar a sus lectores acerca de cosas importantes: la libertad, la solidaridad, el desapego de lo material, lo enriquecidos que salimos siempre del trato con los demás. Yo he comprobado que el encuentro con Rodari es siempre beneficioso. Así que no pierdas la oportunidad de apagar un rato el ordenador o la consola y jugar con tus hijos, tus nietos o tus sobrinos compartiendo estas historias que nos propone Gianni Rodari. Ya verás como vale la pena.

Gramática de la fantasía, Barcelona, Booket, 265 páginas.

Cuentos por teléfono, Barcelona, Editorial Juventud, 143 páginas.

Cuentos para jugar, Madrid, Alfaguara, 163 páginas.

Los negocios del señor Gato, Madrid, Anaya, 80 páginas.

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Homotextualidad: “España, aparta de mí estos premios”, de Fernando Iwasaki

26 12 2009

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Mis amigos lo saben: soy generalmente refractario a las novedades editoriales, a no ser que se trate de reediciones de clásicos. Poco de lo que se edita hoy día atrae realmente mi atención. Será que en este país se publica una media de setenta y cuatro mil libros al año y que yo no empecé a devorar textos hasta los doce y aún me queda mucho Dostoievski y mucho Víctor Hugo y mucho Galdós por leer y que lo que se edita en los últimos años (incluyendo a los autores que antes me emocionaban) suele dejarme en la boca el mismo sabor a “está bien pero me lo podía haber ahorrado” que te dejan las comedias norteamericanas que ves un domingo de resaca y que olvidarás antes de llegar a casa. Por eso, cuando me encuentro con un buen libro escrito por un autor que aún respira, hago una fiesta, lo recomiendo a todo el mundo, no paro de citarlo y de comprarlo para regalo. Me empeño en que todos lo lean y me convierto en un pesado recalcitrante que no deja de decir: “No te lo pierdas. De verdad, vale la pena”. Mis amigos también saben eso, y por eso optan por leerse el libro en cuestión para que les deje tranquilos o por dejar de frecuentarme durante unas semanas hasta que se me pase.

¿A qué viene todo esto? A que he encontrado un libro que merece ser leído: España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki. Como su apellido te habrá hecho sospechar ya, Iwasaki es peruano.  Y sí, el libro va de premios. Y no, no es una parodia de César Vallejo (que aún quedan cosas sagradas, oiga) aunque sí que contiene mucho de sátira. Te explico: Iwasaki parte del hecho de que “gracias al tumulto de premios desperdigados por toda la geografía española, cientos de escritores latinoamericanos y no pocos aborígenes (en este caso españoles), pueden comer caliente, llegar a fin de mes e incluso comprarse un ordenador nuevo. Sin embargo, a nadie le gusta que salgan del armario esos cuentos premiados, precisamente porque son homotextuales. Es decir, el mismo texto refrito varias bases según las veces y viceversa”.

Ahí está explicado todo el secreto de este libro delicioso. Y, sin embargo, Cortázar ya te contó que en algún lugar hay un basural repleto de explicaciones, ya que no suelen servir de mucho. Es mejor que leas esos siete cuentos divertidísimos que son el mismo: el de un japonés (o japonesa, en el caso de un concurso convocado por un colectivo feminista) que ha vivido en España muchos años sin saber que la guerra que libraba (la civil o cualquier otra) hace tiempo que ha terminado, y salta, de pronto, a la vida pública sorprendiendo a todos y poniendo de moda todo lo que suene lejanamente a japonés, “como el manga, el kabuki, el karate y el flamenco”.  Desde un brigadista internacional a una lanzadora de cuchillos, pasando por el cocinero kamikaze del general Moscardó o un delirante tablado flamenco, todos los aislados y empecinados japoneses de estos cuentos aparecen de pronto como una excepción en la realidad española (ya de por sí bastante excepcional), para mostrárnosla en su lado más lúcidamente absurdo. De hecho, incluso el texto de las mismas bases y las actas del Jurado de los premios que esos cuentos obtienen te hacen desternillarte de risa. De verdadera antología es la del Premio de Relatos “Héroes de Toledo”, convocado por un ayuntamiento en el que gobiernan en coalición Izquierda Unida Los Verdes y Falange Auténtica. Todo un ejemplo de la más evidente esquizofrenia española. Iwasaki ya nos lo advierte en el prólogo: “Hay dos Españas y sólo es posible escribir para una de las dos”. Su elección es clara y rotunda, porque siempre escribe “para la España que sabe reírse de sí misma”.

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Como también saben mis amigos, soy un lector hedonista. Así que podría recomendar este libro porque está tremendamente bien escrito, porque es inteligente, porque es ácido, porque está plagado de guiños literarios, porque te hace pensar sobre la arquitectura de la ficción, ya que la deconstruye con acierto, porque es una estupenda parodia y una acertadísima sátira de la literatura hispana contemporánea y su aparato editorial. Pero no te lo recomendaré por nada de esto. Sólo lo haré porque te garantiza al menos tres carcajadas por página. Eso es más de lo que pueden ofrecer la mayoría de los libros de gente que respira.

Te aseguro que, después de disfrutar de este libro, te lanzarás sobre “todo lo que suene lejanamente” a Iwasaki. Palabra de hedonista.

España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki, Madrid, Páginas de Espuma, 160 páginas.








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