Zoologías 4

30 03 2010

Según los clásicos de la ornitología, basta una bandada de tragaluces para que se haga la más completa oscuridad.

Como el lector ya sabrá, el tragaluz común es un ave luminífaga, voraz e implacable. De hecho, algunas sociedades de caza y recolección atribuyen la noche a la voracidad de los tragaluces vespertinos.

Giovanni Colodi, de la Universidad de Siena y Nils Gohrman, de Copenhage, sostuvieron una agria polémica a propósito de este rapaz: cuando el danés incluyó al tragaluz en el grupo de las aves nocturnas, Colodi escribió un polémico (y algo extracientífico) artículo, que finalizaba con la hoy célebre sentencia: “No es el tragaluz el que está en la noche; es la noche la que está en el tragaluz”.

Paradójicamente (o, más bien, lógicamente), dado que nuestra percepción visual depende directamente de aquello de lo cual se alimenta, ningún tragaluz ha sido jamás observado, ni mucho menos fotografiado. Su temperatura media (habitualmente baja) y ciertas supuestas cualidades fisonómicas que le equiparan a lo etéreo les hace refractarios a las modernas técnicas de filmación nocturna. Así pues, la única prueba concluyente de su existencia es un hecho tan cotidiano como innegable: la existencia de la noche. Esto hace que, en los tratados y taxonomías, esta peculiar especie se haya convertido en algo parecido a un rumor, a una vaga sombra que planea sobre nuestro conocimiento de la naturaleza para ponerlo en duda o, incluso, contradecirlo.

Piense en ello esta noche, cuando oscurezca, a esa hora incierta en que el tragaluz alza el vuelo para alimentarse.

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