Sirena

5 04 2010

Me despertó la sirena de un barco. En la oscuridad, distinguí las manecillas fosforescentes del despertador. Eran las dos y media. Evidentemente, el sonido de nave zarpando me lo había traído conmigo desde el sueño. Volví a poner la cabeza sobre la almohada y me dispuse a regresar. Pero entonces, la sirena volvió a oírse. Clara, indudablemente. Fui a la ventana y atisbé al exterior, inútil, absurdamente. Sólo se veía la casa de Lope, mi vecino, ahora vacía porque Lope estaba de viaje. También vi la ladera que surge detrás. Lope y nosotros somos los únicos habitantes del valle. Las otras tres familias que lo habitaban se fueron a la ciudad hace ya bastante tiempo. Aquí suelen oírse lechuzas, conejos moviéndose en la maleza, algún coche pasando por la carretera. Como mucho, el eco de los tiros lejanos de los cazadores, si es de día y la veda está abierta. Pero si hay algo que no se oye jamás por aquí, si hay algo que es imposible escuchar en el valle, es la sirena de un barco. Y, sin embargo, nuevamente se escuchó con toda nitidez, con un bocinazo largo y profundo que rebotó en las peñas de toda la barranquera.

Adela continuaba durmiendo. Salí del dormitorio. Del mueble del salón, saqué el atlas. Busqué mi región y, con unos pocos cálculos, comprobé que el puerto más próximo está a más de ochocientos kilómetros.

Fui a sentarme al porche, que da al patio delantero, allá donde la verja muestra el camino de tierra que lleva a la carretera. Solamente se me ocurrieron dos explicaciones. Una, que algún gracioso estuviera de acampada en el monte y que se hubiera traído una de esas bocinas de aerosol que se llevan a los estadios de fútbol y suenan de modo parecido a la sirena de un barco. Otra, que el atlas se equivocara, que Lope y Adela se equivocaran, que yo me equivocara, que todos hubiéramos vivido absolutamente toda la vida en el error.

Me rasqué la cabeza (no sé por qué me rasco la cabeza cuando no entiendo algo, como si al rascarme removiera las ideas para que estas se presentaran de forma más ordenada) y volví a la cama. Al acostarme, Adela se despertó. Le pedí disculpas y me dijo que no había sido yo, que se había despertado por un sueño. Le pregunté qué había soñado y respondió que había soñado que nos íbamos de viaje.

-Estábamos de crucero por las Islas Griegas –dijo, soñolienta y divertida. Evidentemente, había sido un sueño muy dulce-. El barco zarpaba de una isla a otra. La gente saludaba a los del muelle y tiraba confeti y serpentinas de colores. Y nosotros bebíamos champán y nos bañábamos en la piscina del barco. Tú tenías diez años menos que ahora y estabas delgado y muy moreno. Me desperté por lo fresquita que estaba el agua –concluyó con fruición.

Cuando le pregunté si el barco había hecho sonar la sirena al zarpar, se incorporó y encendió la luz de la mesilla.

-¿Cómo lo sabes? –preguntó.

-Una suposición –mentí-. Si yo tuviera ese sueño, le pondría una buena sirena al barco.

-Pues sí, tenía sirena. Sonó tres veces.

Mientras Adela apagaba la luz y se acurrucaba contra mí, pensé en aquella tercera posibilidad que no había contemplado. Me prometí olvidar todo aquello y no buscar más explicaciones. Sería lo mejor.  Veinte años durmiendo junto a la misma persona dan para mucho, pero hay cosas que no se aclaran por más que uno se rasque y se rasque la cabeza.

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Identidades

5 04 2010

En la sala de espera del consultorio médico, un joven rubio se dirige a un anciano que espera, a solas, su turno.

-¿Podría darme su nombre, por favor?

El anciano fue educado en otra época, una era burocrática y gris en la que esos requerimientos se cumplían obedientemente. Al ver que el joven ha sacado de su gabán una libretita y un lápiz, contesta, algo perplejo, pero amable:

-Carlos Medina López.

El joven anota algo en su libretita y vuelve a guardársela en el gabán.

-Muchas gracias –dice.

Al percatarse de que el individuo no trabaja en el consultorio, el anciano se dispone a preguntarle por qué le interesaba saberlo, pero, justo en ese instante, la enfermera llama a Carlos Medina López. El joven, sonriendo cortésmente al anciano, pasa a la consulta.

El hombre ni se inmuta. Comprende rápidamente lo ocurrido y lo acepta con resignación. Sin embargo, por comprobar que está en lo cierto, saca su cartera y, de esta, sus documentos de identidad, que ahora están en blanco.








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