Vergüenza

8 04 2010

Para empezar te pido disculpas, porque sé que cuando pasas por este blog no buscas actualidad política ni incursiones en la polémica pública del día. Por eso, si eres de quienes buscan alguna minificción o la reseña de un libro esta entrada de hoy no está escrita para ti, porque es una de esas raras entradas personales. Pero hay ceremonias que a uno se le imponen desde un lugar que está más allá de las intenciones y la voluntad, desde ese sitio que queda cerca del bolsillo de la camisa donde llevo el tabaco, donde siento cosas como el amor y la repugnancia, el bienestar y el dolor.

Desde ayer, lo que siento en esa zona es, principalmente, vergüenza. Sí. Vergüenza. No hay nada tan vergonzante como la impunidad de los asesinos (sean quienes fueren), como la amnesia oficial impuesta por el miedo (un miedo que, comprendo, dominaba nuestra sociedad hace treinta años, pero me parece inaudito hoy), como el ataque directo a quien ha querido contribuir a que nuestro país haga algo tan sano para un Estado que se llama a sí mismo democrático como poner nombre a quienes pueblan las fosas comunes que salpican nuestra geografía (aunque de eso haga muchos años), como reconocer que tantos miles de desplazados lo fueron injustamente (aunque ya no existan ni los medios de transporte que les movilizaron en esos éxodos), como declarar injusta la prisión, la tortura, la pena de muerte de otros miles (aunque su sufrimiento lleve décadas silenciado), como determinar quiénes fueron los culpables de esas y otras atrocidades (aunque haga mucho que han muerto, calentitos y en sus camas).  No hablemos ya de las expropiaciones forzosas que luego fueron a parar a manos privadas, ni del acoso sistemático y humillante al que fueron sometidas las familias de las víctimas, sobre todo si en algún momento hicieron algún amago de intentar averiguar qué había ocurrido con sus padres, sus hermanos o sus hijos.

(Sí, se me dirá, como decía mi padre, que en los dos bandos se cometieron atrocidades; pero creo que los muertos del “otro bando” descansan en tumbas con nombre, y han sido reivindicados hasta la sociedad, hasta por el Vaticano).

Estos crímenes de los que hablamos son, por cierto, crímenes contra la humanidad. Crímenes, por tanto, que, hasta donde yo alcanzo a entender, no prescriben y pueden ser perseguidos “en todo tiempo”.

Es curioso que esto esté sucediendo en un país que presume de democrático. Que ha luchado con todas sus fuerzas contra el terrorismo. Que apoyó con firmeza la investigación de los crímenes de lesa humanidad cometidos en Chile con Pinochet y en Argentina durante la Junta Militar. Y es todavía más curioso que el castigado por intentar investigar delitos similares en nuestro propio país sea, precisamente, el magistrado que con más energía persiguió esos delitos.

Como habrás notado, no he citado ningún nombre. No he nombrado al juez imputado. Ni al juez que le persigue (sí, pienso que se trata de una persecución). Ni siquiera a quienes iniciaron el acoso con la colaboración de este último. Si no lo hago, lo digo sinceramente, es, sencillamente, por miedo. Porque esos miedos que existían en este país hace treinta años vuelven a imponerse, gracias a un sindicato sospechosamente cercano a un partido conservador y a un partido claramente antidemocrático, heredero directo de quienes “presuntamente” cometieron esos crímenes, pero sobre todo gracias a un juez que colabora activamente con estos herederos de los asesinos, con quienes representan a los que secuestraron cuarenta años de la Historia de este país, amordazándolo mientras lo saqueaban.

Así pues, lo digo una vez más, siento vergüenza. Una vergüenza infinita. Porque el doble rasero vuelve, nuevamente, a imponerse en este país que demuestra su amnesia cobarde, su insanidad absoluta, su diaria instanciación del absurdo.

La próxima entrada tendrá que ver con la literatura. Prometido queda. Hoy no podía ser: la realidad resultaba demasiado repugnante.

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