Normas de conducta para encuentros casuales

11 05 2010

Es sólo cuestión de ser prudente, de adecuarse a las normas, de utilizar su sentido común.

Basta con no hablar con ese desconocido en la guagua. Con negarse a contestarle cuando él le pregunte cuál es la parada más cercana a la calle adonde usted se dirige. Por supuesto, no muestre su sorpresa y, mucho menos, se ofrezca a avisarle y a acompañarle hasta allí. Una mujer como usted, que aún no se ha acostumbrado a su recién reestrenada soltería es presa fácil para desaprensivos. Así que no continúe entablando conversación con el desconocido, aparentemente inofensivo y de rostro amable. No se interese cuando él le cuente que no es de la ciudad, que ha venido a participar en unas jornadas, a dictar una ponencia, que le sobran unas horas para visitar el museo que hay en esa misma calle a la que usted va. Y, por supuesto, ni se le ocurra decirle que tenía planeado ir precisamente a ese museo, que suele acudir allí, al menos una vez a la semana, desde que se separó. No le cuente que se hace acompañar de algún libro (esta semana es una antología de Miguel Hernández; está ahí mismo, oculta en su bolso, como un cachorro de koala) y que suele sentarse en una de sus salas, a disfrutar del libro y de ese cuadro en el que una mujer está a punto de despertarse. No le proponga acompañarle en la visita, ni se ofrezca a guiarle, por muchos mares caribeños que se escondan en las pupilas del forastero. No permita que las cosas lleguen hasta ahí. De lo contrario, cuando la conversación decaiga, se verá usted obligada a preguntar sobre qué trata su ponencia, a qué se dedica. Y cuando él confiese, con algo de embarazo, que es traductor y que hablará sobre la poesía de Hölderlin y la dificultad de verterla al castellano, se sentirá aun más interesada en ese treintañero que viste de forma tan sencilla como agradable. Corre, incluso, el riesgo, de fijarse en sus manos y de que le gusten. Además, a esas alturas ya se verá obligada a bajar de la guagua con él, a permitir que él la deje pasar con un gesto cortés, pero blandamente modesto, a caminar a su lado hablándole de esa zona de la ciudad, hasta que él se presente y pregunte su nombre. No se ría cuando él introduzca en la charla alguna gracia, algún chiste de buen gusto pero decididamente ingenioso. No lo haga, porque ahí reside otro peligro: en la risa.  Cuando note que a él le gusta su risa (su risa… hace tanto que no oye su propia risa), que le deslumbra el modo en que se le ilumina el rostro al reírse, estará perdida. Sentirá algo muy extraño en su interior y volverá a reír, pero ya sin gracia ni chiste; reirá porque habrá algo que hace que se sienta diferente; otra mujer distinta a la que subió a la guagua hace apenas quince minutos.

Otra cosa que no debería hacer es entrar con el desconocido en el museo. No debería recorrer sus salas, explicándole esos detalles que tan bien conoce, esas anécdotas sobre este y el otro artista. Ni siquiera debería mirarle, pero, si llegara a hacerlo, tendría que evitar esa forma de lanzarle la mirada, tan franca, tan interesada, con los ojos moviéndose tan velozmente mientras muestra los dientes en una sonrisa voraz. Parecerá una tal por cual, se lo aseguro. Y él le perderá el respeto. Se lo perderá, porque todos buscan lo mismo, especialmente cuando andan en una ciudad ajena. Luego vuelven junto a sus mujeres y les dicen que las han echado de menos. Si lo sabrá usted. Cuántas veces ha sentido usted en los besos de su ex marido cuando regresaba de sus viajes los labios de otra mujer, quizá una como usted misma, que se rendía a los encantos de ese encantador desconocido, tan conocido para usted. Este desconocido suyo tendrá a una mujer esperándole que la adivinará a usted como usted adivinaba a las otras y la odiará tan secreta y profundamente como usted a ellas.

Puede que sienta la tentación de, por una vez, ser usted la otra. No ceda a ella. No se deje llevar por ese adagio que afirma que caer en la tentación es la mejor manera de vencerla. Eso son sólo excusas para mentalidades débiles y morales corrompidas. Y, sobre todo, sobre todo, ni se le ocurra permitir el roce de esa mano contra la suya mientras observa ese cuadro de la mujer a punto de despertar. No se engañe con la idea de que ha sido una casualidad. Nada es casualidad. Nunca.

No pase la tarde con él en el museo. No escuche su voz hipnotizante. No se deje interesar más. Ni permita que él se interese. No deje que le pregunte acerca de asuntos que sólo a usted le incumben. Y, mucho menos, dé respuestas a esas preguntas. A ese señor no debería interesarle a qué se dedica, qué libros le gustan, por qué películas siente debilidad. Tampoco le cuente lo de su pasión por la número 10 de Sostakovich, ni su insano gusto por el chocolate. No ceda a su inclinación a abrirse a ese extraño, ni de jugar con la fantasía de tener una aventura con él. No sopese las posibles ventajas de un encuentro amoroso con un desconocido que abandonará la ciudad mañana mismo. No imagine cómo será ser acariciada por esas manos ni se pregunte cómo serán esos ojos en el instante del éxtasis. Y, cuando concluya su visita y se encuentren nuevamente en la calle y él estreche su mano como gesto de despedida, no se le ocurra retenerle y mirarle, incitante, seductora.

Si llega hasta ahí (cosa que no debería hacer), habrá de cargar con ello. Los actos realizados no pueden deshacerse. Sin embargo, será el momento de retirarse. Porque lo que jamás (jamás) debe hacer es preguntarle si tiene planes para cenar, pues entonces deberá enfrentarse al cambio en su mirada, al gesto de comprensión, al momento de apuro del hombre desconocido, que se da cuenta del equívoco y tartamudea una excusa, añadiendo que tendrá que madrugar para tomar su avión y que ha sido una tarde muy agradable y está muy agradecido, mientras retira de entre las suyas una mano en la que brilla una alianza.

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Calenturas de los modernos

11 05 2010

Hoy ando caliente. No es que vaya necesitado, sino que voy a hacer algo que me fastidia bastante: recomendar un libro de un amigo. Sí, me fastidia, qué le vamos a hacer.

Aquí, en Canarias (supongo que ocurre lo mismo en todos lados) hay mucha costumbre de que los autores nos rasquemos la espalda con reciprocidad irritantemente minuciosa, como los burritos: yo te rasco a ti y tú me rascas a mí, sean los libros buenos o no. Y así no hay manera de saber si el libro que nos recomiendan es realmente recomendable o si nos lo están recomendando por hacer o por devolver un favor. Yo no juego a ese juego (mis amigos y mis posibles enemigos lo saben bien); no regalo los elogios y normalmente no recomiendo en público libros de mis amigos a no ser que realmente lo merezcan. Y este de hoy lo merece porque es, en mi opinión, no solo un libro necesario sino un libro muy útil que nos acerca de forma amena a unos autores que pertenecen a nuestra tradición cultural y que el gran público no conoce.

Y hecho este aviso para navegantes, el título del libro: La sonrisa de Ciprina, una antología que firma Antonio Becerra Bolaños. Noventa paginitas que nos traen a 18 autores con nombre, más un par anónimos, que escribieron en Canarias entre los siglos XVIII y XIX. Tú me dirás, con toda la ironía que seas capaz de reunir: “Vaya, otra antología… Qué divertido…” Pues sí que lo es, porque Ciprina es el nombre castellanizado de la diosa Afrodita, diosa del amor, la lujuria y la belleza, entre otras cosas, y los poemas reunidos en el libro son todos de temática erótica. Son poemas de María Joaquina de Viera y Clavijo (la hermana de José de Viera y Clavijo), Graciliano Afonso, Mercedes Letona de Corral, Agustina González y Romero, más conocida como La Perejila o Roque Morera, por citar a los más conocidos.

A mí, de esta antología, me llaman la atención varias cosas. Primero, la presencia de mujeres, que habían sido bastante olvidadas en los estudios sobre la literatura canaria de esa época. Segundo, un hecho que es casi un clásico: la abundancia de canónigos y eclesiásticos de toda índole, que son quienes, a mi entender, tienen los versos más subiditos de tono en el libro. Por último, el espíritu festivo y carnavalesco que preside la mayor parte de los textos. En ellos encontrarás formas muy creativas y divertidas de describir el encuentro amoroso o los rituales de galanteo. Como estamos en un blog que a veces visita gente menuda no puedo hacer ninguna cita directa, pero te lo aseguro: en muchos momentos de este libro te sonrojarás, te sorprenderás y soltarás más de una carcajada, porque algunos versos son realmente ingeniosos.

Antonio Becerra, para quien no lo sepa, es filólogo y escritor. Ha publicado algún notable libro de poemas pero se ha hecho más conocido por sus estudios sobre este periodo de la literatura canaria. Hace años ya editó Las bragas de San Grifón, un poema erótico-festivo del Abate Casti traducido por Graciliano Afonso. Fue precisamente la obra de Afonso, el autor más influyente de su época, el tema de su tesis doctoral. Y fue, al parecer, mientras estudiaba sus manuscritos en el Museo Canario, cuando Becerra se fue encontrando poemas y más poemas de diferentes escritores que abordaban la temática del ayuntamiento carnal y se le ocurrió la idea de hacer un estudio sobre el asunto.

Esta antología es, en mi opinión, un pequeño divertimento, un libro para disfrutarlo el fin de semana, a solas o con buena compañía. Pero existe en ella una ganancia secundaria: la de descubrir a algunos autores que forman parte de una tradición que va desde Cairasco de Figueroa hasta nuestros poetas actuales y que por olvido, por ignorancia o, simplemente, porque nadie se preocupó de hablarnos de ellos, son unos completos desconocidos para nosotros. Alguna vez en los últimos tiempos, he escuchado a algún crítico desinformado decir sobre alguna poeta reciente que es la primera que ha abordado la temática del erotismo en Canarias. Eso es una muestra de la utilidad de La sonrisa de Ciprina. No hay más que abrir esta antología para comprobar lo poco que sabemos de lo que escribían nuestras abuelas.

Así que aquí hay poesía, diversión y mucha erudición. Pero el conocimiento viene después. Ya, simplemente, por la poesía, vale la pena.

Ahí queda el envite: La sonrisa de Ciprina. El erotismo en la poesía moderna canaria. Antonio Becerra Bolaños. Anroart Ediciones, 90 páginas. Para leer en compañía o con una sola mano.








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