De olvidos

11 09 2010

Sé que olvido algo, pero no sé qué es. Hubo una sensación extraña ya en el ascensor, mientras bajaba. Instintivamente, me palpé los bolsillos, aquí las llaves, aquí el móvil, la cartera y el tabaco en su sitio, el reloj en la muñeca, donde debe estar. Eso le pasa a cualquiera cualquier día y a cualquier hora: un despiste, salir de casa apresuradamente y dejarse el llavero, la documentación, el encendedor y no percatarse hasta que el cerebro emite la conveniente señal de alarma. Mientras esperaba en la parada, concentrado en repasar mentalmente los detalles de la reunión (lo que debía decir, las previsibles respuestas de Gálvez, sus objeciones, los inconvenientes y condiciones que pondría a la financiación y mis posibles respuestas), olvidé esa impresión, por lo demás no inédita, aunque casi nunca equivocada. Pero ahora, tras pagar y encontrar un asiento libre en la guagua (me he negado a coger el coche; no quiero aumentar mis preocupaciones con la de encontrar aparcamiento), mientras el vehículo se dirige inexorablemente al centro de la ciudad, a la parada que hay junto al edificio donde va a decidirse mi futuro, vuelve como una convicción: he olvidado algo importante y, en lugar de dedicarse plenamente a preparar este encuentro, mi mente está completamente llena de olvido. La radio no se ha quedado encendida. La escuché mientras desayunaba, mientras me afeitaba y me daba una ducha, porque no quería perderme las noticias económicas. Pero estoy seguro de haberla apagado antes de empezar a vestirme. Sólo utilicé el gas para hacer café. Las luces tampoco se han quedado prendidas. Y cerré la puerta. De eso estoy convencido. Las llaves en mi bolsillo lo atestiguan. Debo de tener mala cara. Esa señora acaba de mirarme como si yo estuviera sangrando, con la misma inquietud. ¿Y si hubiera olvidado algo de mi aspecto? Chaqueta, camisa, corbata, pantalones, zapatos, calcetines, bragueta bien cerrada. Todo está ahí, en perfecto orden de revista. Y el portafolios en mi regazo. Y, dentro del portafolios (no lo he comprobado, pero sé que están ahí), las carpetas con el dossier del proyecto, los discos compactos que acompañan las copias en papel, el pen drive del que puedo copiar esa misma información en el propio ordenador de Gálvez si algo no está como debe. Sin embargo, esta sensación de agobio, de ahogo, continúa aumentando porque he olvidado algo, sé que he olvidado algo y no sé qué es, no sé de qué se trata y esa idea no se me quita de la cabeza y debo de estar pálido y demudado, cuando debería entrar en la oficina de Gálvez lozano y sonriente, cordial y con ademanes seguros. Pero, aunque sepa que todo esto es irracional y que, en caso de que, efectivamente, haya olvidado algo, con toda seguridad se tratará de algo de poca importancia, el hecho de haber olvidado algo precisamente hoy, y no otro día, me hace sentir náufrago, inseguro, estéril, huérfano de esperanza. Debo apearme en la siguiente parada y ahora, mientras me levanto y me dirijo a la plataforma trasera, estoy absolutamente seguro: he olvidado algo. No es apagar el gas o la luz o la radio, no es cerrar la puerta (ahora se abre la puerta de la guagua y bajo los dos escalones con paso tembloroso, a punto de trastabillar con el bordillo de la acera), no es una prenda de ropa ni el portafolios ni ninguna de las cosas que debería contener; tampoco mis gafas o el reloj (que, mientras dejo atrás la entrada del edificio de oficinas, marca la hora de mi cita con Gálvez), ni subirme la cremallera, ni afeitarme, ni dar de comer al gato. Estoy ante la puerta de Gálvez para tener con él esa reunión que llevaba tanto tiempo intentando concertar. Pero todo saldrá mal. Ya no tiene remedio, porque el mundo no se para, no hace una pausa para permitirte reflexionar sobre qué es lo que hiciste mal, qué es lo que tenías que haber hecho y dejaste de hacer, qué es lo que olvidaste. La puerta se abre como se abriría la del averno, como un trampolín al abismo y yo entro en la oficina, ajeno ya al proyecto y a lo que pueda ocurrir con él, porque he olvidado algo y no sé qué es. Puedo sobreponerme al hecho de que he olvidado algo. Lo que no soporto es no saber qué.

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