Un niño fallecido

12 09 2010

Repasando las noticias de la semana en esta tarde de domingo, me encuentro con un terrible suceso que no conocía: La muerte de un niño a causa de una explosión de trinitotolueno (más conocido como TNT) al paso de un vehículo en el que iban cuatro personas. Los otros tres ocupantes, también heridos de gravedad, continúan con vida. El niño, en cambio, falleció pocos días después. Por cierto, ha sido denunciada la falta de asistencia a los heridos en el lugar de la explosión. Permanecieron, al parecer, mucho tiempo sin asistencia, hasta que fueron trasladados al hospital más cercano.

Lo que me sorprende es no haber tenido noticias de este suceso por los mismos medios que han estado tan ocupados informándonos sobre cosas como las tendencias pirómanas del reverendo Jones (ver entradas anteriores) o las evoluciones de la Liga Española (que ahora lleva detrás unas siglas que no pienso reproducir). ¿Verdad que tú también te preguntas por qué no te habías enterado de esto?

Bueno, quizá tenga algo que ver el hecho de que este triste suceso ocurriera en Bir Ganduz, al sur del Sahara, que la ciudad más cercana fuera Dajla y que el TNT fuera la carga explosiva contenida en una mina de las sembradas por el ejército de Marruecos en el Sahara Occidental, con ayuda, al parecer, de Francia. También es posible que me equivoque, pero me da la impresión de que no. En todo caso, existen medios como GuinGuinBali que nos ayudan a enterarnos de las noticias que los intereses (o el desinterés) de  los responsables de otros medios de comunicación nos vedan sistemáticamente.





Abierta la matrícula para los talleres estables del Laboratorio Creativo Anroart

12 09 2010

Por si resulta de tu interés, te aviso de que mañana lunes se abre el plazo de matrícula para  los talleres en el Laboratorio Creativo Anroart. Si quieres obtener más información, pincha aquí.





A la eternidad por el fuego

12 09 2010

Mírale, tan formalito y serio, posando como lo haría un niño el día de su Primera Comunión, con el mismo afán de dignidad que mostraban los labriegos de principios del Siglo XX cuando se sacaban la única foto que les harían en su vida: esa postura incómoda y anatómica de quien no está acostumbrado a las cámaras.

Normalmente, la congregación de su parroquia, el Dove World Outreach Center se reduce a cincuenta personas. Esto es: este señor esmirriadito de bigotes salidos de una película de cuando Peckimpah aún hacía western y a quien uno se imagina irremediablemente haciéndose pis en la cama, no llega, habitualmente, a ser escuchado por más de cuatro docenas de personas. Pero, aprovechando que se acercaba el aniversario del 11 de septiembre (fecha en la que, además de la caída de la democracia en Chile, se conmemora el terrible atentado contra el World Trade Center), el reverendo Terry Jones (me llama la atención que lleve como nombre de pila el de unas bodegas que han hecho las delicias de los dipsómanos durante muchos años) ha decidido hacer una barbacoa con algunos ejemplares del Corán, despertando revuelos mediáticos, indignación en las diferentes comunidades islámicas y despertando incluso (siempre que se dice esto hay que incluir la palabra “incluso”) el interés de la Casa Blanca.

En realidad, me importa exactamente pimiento y medio lo que cada uno decida incinerar en su casa y creo que a los mass media debería ocurrirles igual. Pero, qué se la va a hacer, cada vez que un catecúmeno (curiosamente, suelen ser los catecúmenos y no los energúmenos quienes tienen estas iniciativas) trae a colación el asunto de la quema de libros, algún resorte entre literario, romántico y simbólico se activa en mi memoria y me acuerdo de Cervantes y el capítulo VI de la Primera Parte de Don Quijote de la Mancha, Ray Bradbury y Fahrenheit 451, de Elías Canetti y Auto de fe, de Umberto Eco y El nombre de la rosa e, incluso (aquí empleo la palabra porque me apetece y se la merece más que la Casa Blanca) Manuel Vázquez Montalbán y las apetencias térmico-combustivo-literarias de su inefable Pepe Carvalho. También me vienen a las mientes la Biblioteca de Alejandría, el Índice de Libros Heréticos, las quemas de libros organizadas por el partido Nazi.

Cada vez que alguien propone quemar ejemplares de un determinado libro, me entran unas ganas locas de leerlo, pues sospecho que ese afán de destrucción obedece a que el volumen en cuestión aporta enseñanza o belleza o reflexión (o todas estas cosas juntas y alguna más). De lo contrario, el final del ejemplar sería la basura, el retrete o un almacén húmedo (es la más lenta y terrible de las torturas para el material impreso). Sin embargo, los enemigos de libros (como son bastante ignorantes) optan por el fuego, sin percatarse de que sólo los libros interesantes perecen entre las llamas. A la casuística me remito. ¿Alguien ha pretendido quemar alguna vez Mi lucha, la revista La atalaya o algún ejemplar de El secreto? Puede ser que algún despistado sí, pero, en general, esas cosas suelen acabar, sencillamente, en el cubo de la basura.

Por eso, casi despiertan mi ternura estos sujetos (generalmente chiquitines y acomplejados) que, cada algunos años, se proponen quemar libros pensando que así los afrentan o contribuyen a su destrucción, cuando, en realidad, lo que hacen es dignificarlos. Despiertan mi ternura porque son tan ignorantes como insignificantes y se sienten endiosados mientras los demás les escuchamos durante unos días con la boca abierta (no por el asombro sino por la vergüenza ajena) y porque luego desaparecen de los titulares (el reverendo Jones casi lo ha hecho ya) y no volvemos a saber de ellos. Recordamos, eso sí, los libros que quemaron o pretendían quemar (aún leemos los Versos satánicos), pero los nombres de los pirómanos se pierden en los pantanos del olvido.

Los enemigos de los libros (por motivos religiosos o ideológicos) optan por el fuego, recordándonos cuáles son los libros que resulta interesante leer. En este caso, el Corán. Ateo como soy (por una innata incapacidad para la fe, lo reconozco), siempre me han apasionado los libros religiosos y soy frecuente lector de, por ejemplo, la Biblia. Del Corán no he leído más que fragmentos, pero, en estos días, gracias al reverendo Jones, confieso que siento unas ganas terribles de hacerme con una buena edición.

Y, ya puestos, pienso que el reverendo podría hacer un favor al mundo, aprovechando el revuelo mediático que ha despertado su figura para volver a poner de moda y difundir entre el público algunos títulos que cualquier lector informado no debería perderse. Estaría bien, por ejemplo, que el reverendo quemara algún ejemplar de Moby Dick, de La montaña mágica, de El castillo o de la Balada de la cárcel de Reading.  Este último título sería muy adecuado a las habituales actividades de la iglesia del reverendo, pues al parecer (y según Mamá Wikipedia), sus cincuenta seguidores han destacado por sus actividades homófobas. En cuanto a los otros títulos, el propio reverendo podría encontrar (confío en su buen criterio) algún motivo razonable. Al menos tan razonable como los que tiene para quemar el Corán. Pero, por si no se le ocurre alguno, le propongo algunas ideas. Moby Dick, por ejemplo, no es ecológico, ya que los protagonistas cazan ballenas y, además, tiene algún momento bastante homoerótico. Kafka era judío. Tanto él como Thomas Mann escribían en alemán y, por tanto, no eran norteamericanos, así que, seguramente, no eran de los elegidos por El Señor para propagar su palabra. Y, como hemos visto, no hay por qué ceñirse a los motivos religiosos. Un buena hoguera de libros debería incluir muchos otros títulos sospechosos de tantos otros delitos contra Dios y contra el orden. Reverendo, queme usted, por ejemplo, al licencioso y sangriento Shakespeare, al pornográfico Nabokov y al hebraizante Wittgenstein. Y ya que mencionamos a Wittgenstein, no olvide a los homosexuales; desde Platón hasta hoy, una legión de sodomitas recorre la historia de la literatura, así que queme a Kavafis, a Rimbaud y a Oscar Wilde (aunque este era, según sus enemigos, menos sodomita que “sondomita”). Por supuesto, también a las lesbianas: esa Safo, esa Virginia Woolf, esa Yourcenar. Malditas degeneradas. Mujeres que olvidan que su finalidad en la tierra es servir al hombre y parir cristianos. Los enemigos de la fe son muchos y muchos son los disfraces del Maligno. Queme a Mark Twain, que se atrevió a hacer exégesis del Génesis; y a Saramago, que hizo lo propio con los Evangelios; y a Nietzsche, a Sartre, a Camus, con sus absurdas teorías y su abuso de la idea del libre albedrío. Puesto que ha comenzado con el Islam, persevere con su cruzada contra el infiel. Están ahí Mahfuz, Tariq Alí, Amin Maalouf. Los próximos serán los judíos. Ya que empezó por Kafka, no se pare a reparar en si son norteamericanos o no. Aún se editan libros de Jerzy Kosinsky, sin ir más lejos. Y los nipones, esos maníacos suicidas que atacaron Pearl Harbour y quieren hundir la industria norteamericana. Vaya usted a por ellos antes de que ellos vayan a por usted. Queme a unos cuantos Mishima, a algún Murakami, a todos los Kawabata que le sea posible. Resultaría una obviedad señalarle la existencia de autores comunistas. Esos son legión y ni siquiera un adalid como el senador McCarthy pudo con ellos. Puede comenzar con Pablo Neruda, Julio Cortázar y George Orwell (no permita que le engañen sus ataques al estalinismo: era un trotskista recalcitrante), seguir con Leonardo Sciascia y Miguel Hernández y acabar con Pavese (este abandonó el partido, pero como era impotente y suicida, no hay motivo para no hacerle alimentar su hermosa hoguera). Pero no deje de buscar en su propia casa. Ahí están aquellos escritores de noveluchas negras (Hammett, Chandler), Susan Sontag (esa feminista que escribió sobre el cáncer y el SIDA) o esa caterva de sociólogos y antropólogos que aplican la doctrina marxiana a sus investigaciones.

En fin, la lista es larga y los domingos pequeños. Si el reverendo (ya casi he olvidado su nombre yo mismo) tiene a bien comunicarse conmigo, me ofrezco para ayudarle en la sagrada tarea de un índice de libros combustibles. Él se sentirá un hombre pleno y realizado. Yo sabré que he contribuido a propagar e inmortalizar (sí, porque el fuego hace eterno a un libro) una serie de títulos y autores que no merecen el olvido.








A %d blogueros les gusta esto: