Mundo real

17 09 2010

Aquel domingo de octubre, Marcos soñó que Ana desaparecía. No le abandonaba. No se marchaba. No era raptada. Simplemente, desaparecía. Se iba tornando más ligera, más lánguida. Finalmente, se volvía translúcida, como si fuera de gasa, para finalmente, esfumarse sin dejar más rastro que su recuerdo en un cuerpo que, sin embargo, era tan  material y tangible como siempre. Eso era lo más extraño: en el sueño, el cuerpo de Ana continuaba comiendo, paseando, durmiendo, yendo al cine con él, haciéndole el amor y colándose antes que él en el baño. Y, sin embargo, Marcos sabía que Ana no habitaba ya allí; que aunque no hubiera ningún cambio físicamente perceptible, Ana había desaparecido, pese a que nadie (salvo el propio Marcos) se hubiera dado cuenta. Al despertar, alargó la mano y comprobó que Ana estaba en la cama, durmiendo a su lado. Recorrió su perfil con la palma de la mano en una caricia que dibujó su tibia solidez bajo las sábanas.

Aliviado, fue a la cocina. Cuando volvió al dormitorio con el café (el ritual de casi cada domingo desde hacía quince años) y la despertó, ella le saludó con un beso que aún sabía a sueño. Mientras encendía el primer cigarrillo, Marcos se enfrentó a sus ojos y la buscó en ellos. Sintió entonces el horror, el abismo a sus pies, la pérdida irremediable, la ineluctable herida de la ausencia ante aquel cuerpo en el que Ana ya no estaba.








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