Poética de la carne, 1

27 09 2010

Al principio pensó que se trataba de un grano. Como estaba situado sobre el bíceps izquierdo y él tendía al sedentarismo, no le molestaba demasiado. No obstante, no le dolía. Era como un quiste sebáceo que no aporta incomodidad alguna allende la estética. Sin embargo, al observar su rápida evolución, comenzó a inquietarse: mientras que el lunes no abultaba más de unos milímetros y sólo lo notó al rascarse descuidadamente, el jueves por la noche, en cambio, había alcanzado las proporciones y la forma de una almendra. Además, presentaba un color violáceo que no indicaba nada bueno. Su mujer, igualmente preocupada, anunció que al día siguiente, por la mañana, irían al médico. Él, en contra de su costumbre, asintió.

De madrugada, le despertó un escozor insoportable. En la oscuridad, pudo palpar algo viscoso que cubría el forúnculo, ahora algo menos voluminoso. Supuso que era pus, que, en efecto, se trataba de un grano y que había reventado. Se levantó, cuidando de no despertar a su mujer, y fue al baño, agradeciéndose no tener que perder la mañana en la consulta del médico. Cuando encendió la luz, se enfrentó al horror: el fino hilo de sangre que recorría el antebrazo, el trozo de carne que se abría y cerraba en el inconfundible reflejo de un parpadeo, el ojo azul (ese ojo azul que no era suyo, que no pertenecía a su cuerpo y que formaba parte irremediable de él) devolviéndole una mirada de asombro.

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