Un hombre grande

19 09 2010

En la adolescencia, en un cancionero elaborado por algún colectivo juvenil cercano a las izquierdas (no recuerdo cuál: eran muchos los colectivos y muchas las izquierdas aunque para nosotros la Izquierda era una sola) descubrí una canción que destrocé más de una vez, en reuniones con amigos, en asaderos y excursiones, entre otras muchas de Silvio Rodríguez, de Joan Manuel Serrat, de Atahualpa Yupanqui, de Luis Eduardo Aute o Pablo Milanés.  Aquella canción olía a revolución y a esperanza, a perseverancia en los ideales que creemos justos, a larga paciencia en épocas oscuras. Más tarde descubriría que el autor de aquella canción era un señor campechano y serio tras unos ojos redondos que, sin embargo, parecían sonreír. Le vi recorrer pueblo tras pueblo, ir a visitar al rey con la boina puesta, cosa que el rey aceptó con campechanía (ya se sabe, el rey es campechano, como si eso resultara ser en él una virtud) y enfrentarse a solas a un centenar de individuos que pretendían impedirle hablar. En esa ocasión dio a entender, creo, algo importante: quienes han estado toda la vida impidiendo que hable el pueblo, debería callar ahora y dejar que se escuchen otras voces que no sean las suyas.

Ahora ese señor grandote (no sé qué altura tenía realmente, pero yo siempre lo imaginaba como a alguien grande,  quizá porque su talla moral contagiaba, en mi mente, a la física), ha fallecido tras una enfermedad larga y yo echaré de menos su mochila, su boina y su guitarra, igual que echaba de menos durante  las retransmisiones desde el Congreso escuchar hablar a alguien que me cayera realmente bien.

Un amigo me dijo en cierta ocasión: “Si todos los políticos fueran como José Antonio Labordeta, este país sería menos absurdo”. Siempre sospeché que tenía razón. Pero esas cosas nunca se comprueban hoy: siempre mañana.

Anuncios




Última Orozco

18 09 2010

Ahora empiezan a salir los libros del otoño. Novelas con tapa dura, carísimas, de 500 ó 600 páginas (eso no tendría nada de malo, si no fuera porque generalmente, suelen sobrarles 400). Y a mí, qué quieres que te diga, cuando veo en los escaparates estos ladrillos que las editoriales y los críticos a sueldo de éstas quieren obligarme a leer, lo que se me pone, es cuerpo de poesía.

De entre los últimos descubrimientos que he hecho (agradezco mi ignorancia, que me permite hacer un descubrimiento casi cada día), te traigo uno que debo agradecer a una buena amiga y que lamento no haber hecho antes. Se trata de una poeta descomunal, muy poco publicada (o, más bien, descatalogada) en España y por la que hay auténtica devoción en el resto del mundo hispano. Te hablo de la argentina Olga Orozco, de quien el año pasado editó Bruguera, en su colección de poesía, Últimos poemas. ¿Qué vas a encontrar entre las tapas de ese libro? Pues precisamente sus últimos doce poemas, que Orozco dejó sobre su mesa de trabajo, ordenados en dos carpetas, antes de ingresar en el hospital para una operación a la que no sobrevivió y que fueron preparados para la edición por su amiga íntima, la poeta y traductora Ana Becciú.

La poesía de Olga Orozco es una poesía aparentemente sencilla, de verso libre que no abusa de los grandes alardes técnicos, pero oculta una elaboración muy precisa. El resultado es puro ritmo, pura hipnosis. Tiene tendencia al verso largo, empleado como un versículo de indagación metafísica, de verdad inasible encontrada en el propio yo y en las cosas cotidianas. Porque, más allá de lo formal, como dice Ana Becciú, la de Orozco es una poesía esencialmente autobiográfica y lírica, esto es, donde la poeta escribe no sobre su propia persona real, sino sobre una subjetividad del poeta que se nombra como otro, eso que se denomina el “yo poético” (y que nos ha dado tantos poemas memorables de, por ejemplo, Sá-Carneiro).

Y, pese a ser tan personal, cualquiera puede reconocerse en estos versos que nos hablan de la vida, del tiempo, de la nostalgia y de Dios, desde la perspectiva tremendamente vitalista de una persona de 79 años que mira, tanto al pasado como al futuro, con una sonrisa de inteligencia. Me gustan los poetas maduros, que miran con la lúcida sencillez de quien ya está casi del otro lado y, sin embargo, continúa haciéndose preguntas esenciales (pienso en los últimos libros de Ángel González, de José Hierro, de José María Millares).

Orozco, como te decía, es muy popular en Argentina. Nació en Toay, La Pampa, en 1920, pero vivió su juventud en Buenos Aires, donde frecuentó “malas compañías”, formando parte del grupo Tercera Vanguardia, encabezado por Oliverio Girondo, de quien ya te he hablado en alguna otra ocasión y se desempeñó principalmente en el periodismo, donde se dedicó, incluso, a redactar los horóscopos de la revista Clarín. Y aquí te cuento la anécdota (yo sé que a ti te gusta que te cuente curiosidades): le gustaba echar las cartas. Era muy aficionada al Tarot le inspiró más de un poema. Pero, al margen de la anécdota, las influencias de las que bebe Orozco son bastante más ilustres y muy variadas, porque en ella se escuchan los ecos de San Juan de la Cruz, Luis Cernuda, Czeslaw Milosz o Rilke. Por otra parte, fue amiga íntima de otra poeta enorme: Alejandra Pizarnik.

Últimos poemas, de Olga Orozco, 77 páginas en Bruguera Poesía (colección muy interesante donde está editado también Lugares que fueron tu rostro, del cronopio José Carlos Cataño). Como te decía, ahora salen a la calle todos esos tochos larguísimos que las editoriales nos venden para el otoño, pero podemos curarnos de tanta página que sobra leyendo alguna imprescindible: un poco de esta poesía tan personal, tan bella, pero, sobre todo, tan humana.





Mundo real

17 09 2010

Aquel domingo de octubre, Marcos soñó que Ana desaparecía. No le abandonaba. No se marchaba. No era raptada. Simplemente, desaparecía. Se iba tornando más ligera, más lánguida. Finalmente, se volvía translúcida, como si fuera de gasa, para finalmente, esfumarse sin dejar más rastro que su recuerdo en un cuerpo que, sin embargo, era tan  material y tangible como siempre. Eso era lo más extraño: en el sueño, el cuerpo de Ana continuaba comiendo, paseando, durmiendo, yendo al cine con él, haciéndole el amor y colándose antes que él en el baño. Y, sin embargo, Marcos sabía que Ana no habitaba ya allí; que aunque no hubiera ningún cambio físicamente perceptible, Ana había desaparecido, pese a que nadie (salvo el propio Marcos) se hubiera dado cuenta. Al despertar, alargó la mano y comprobó que Ana estaba en la cama, durmiendo a su lado. Recorrió su perfil con la palma de la mano en una caricia que dibujó su tibia solidez bajo las sábanas.

Aliviado, fue a la cocina. Cuando volvió al dormitorio con el café (el ritual de casi cada domingo desde hacía quince años) y la despertó, ella le saludó con un beso que aún sabía a sueño. Mientras encendía el primer cigarrillo, Marcos se enfrentó a sus ojos y la buscó en ellos. Sintió entonces el horror, el abismo a sus pies, la pérdida irremediable, la ineluctable herida de la ausencia ante aquel cuerpo en el que Ana ya no estaba.





Un niño fallecido

12 09 2010

Repasando las noticias de la semana en esta tarde de domingo, me encuentro con un terrible suceso que no conocía: La muerte de un niño a causa de una explosión de trinitotolueno (más conocido como TNT) al paso de un vehículo en el que iban cuatro personas. Los otros tres ocupantes, también heridos de gravedad, continúan con vida. El niño, en cambio, falleció pocos días después. Por cierto, ha sido denunciada la falta de asistencia a los heridos en el lugar de la explosión. Permanecieron, al parecer, mucho tiempo sin asistencia, hasta que fueron trasladados al hospital más cercano.

Lo que me sorprende es no haber tenido noticias de este suceso por los mismos medios que han estado tan ocupados informándonos sobre cosas como las tendencias pirómanas del reverendo Jones (ver entradas anteriores) o las evoluciones de la Liga Española (que ahora lleva detrás unas siglas que no pienso reproducir). ¿Verdad que tú también te preguntas por qué no te habías enterado de esto?

Bueno, quizá tenga algo que ver el hecho de que este triste suceso ocurriera en Bir Ganduz, al sur del Sahara, que la ciudad más cercana fuera Dajla y que el TNT fuera la carga explosiva contenida en una mina de las sembradas por el ejército de Marruecos en el Sahara Occidental, con ayuda, al parecer, de Francia. También es posible que me equivoque, pero me da la impresión de que no. En todo caso, existen medios como GuinGuinBali que nos ayudan a enterarnos de las noticias que los intereses (o el desinterés) de  los responsables de otros medios de comunicación nos vedan sistemáticamente.





Abierta la matrícula para los talleres estables del Laboratorio Creativo Anroart

12 09 2010

Por si resulta de tu interés, te aviso de que mañana lunes se abre el plazo de matrícula para  los talleres en el Laboratorio Creativo Anroart. Si quieres obtener más información, pincha aquí.





A la eternidad por el fuego

12 09 2010

Mírale, tan formalito y serio, posando como lo haría un niño el día de su Primera Comunión, con el mismo afán de dignidad que mostraban los labriegos de principios del Siglo XX cuando se sacaban la única foto que les harían en su vida: esa postura incómoda y anatómica de quien no está acostumbrado a las cámaras.

Normalmente, la congregación de su parroquia, el Dove World Outreach Center se reduce a cincuenta personas. Esto es: este señor esmirriadito de bigotes salidos de una película de cuando Peckimpah aún hacía western y a quien uno se imagina irremediablemente haciéndose pis en la cama, no llega, habitualmente, a ser escuchado por más de cuatro docenas de personas. Pero, aprovechando que se acercaba el aniversario del 11 de septiembre (fecha en la que, además de la caída de la democracia en Chile, se conmemora el terrible atentado contra el World Trade Center), el reverendo Terry Jones (me llama la atención que lleve como nombre de pila el de unas bodegas que han hecho las delicias de los dipsómanos durante muchos años) ha decidido hacer una barbacoa con algunos ejemplares del Corán, despertando revuelos mediáticos, indignación en las diferentes comunidades islámicas y despertando incluso (siempre que se dice esto hay que incluir la palabra “incluso”) el interés de la Casa Blanca.

En realidad, me importa exactamente pimiento y medio lo que cada uno decida incinerar en su casa y creo que a los mass media debería ocurrirles igual. Pero, qué se la va a hacer, cada vez que un catecúmeno (curiosamente, suelen ser los catecúmenos y no los energúmenos quienes tienen estas iniciativas) trae a colación el asunto de la quema de libros, algún resorte entre literario, romántico y simbólico se activa en mi memoria y me acuerdo de Cervantes y el capítulo VI de la Primera Parte de Don Quijote de la Mancha, Ray Bradbury y Fahrenheit 451, de Elías Canetti y Auto de fe, de Umberto Eco y El nombre de la rosa e, incluso (aquí empleo la palabra porque me apetece y se la merece más que la Casa Blanca) Manuel Vázquez Montalbán y las apetencias térmico-combustivo-literarias de su inefable Pepe Carvalho. También me vienen a las mientes la Biblioteca de Alejandría, el Índice de Libros Heréticos, las quemas de libros organizadas por el partido Nazi.

Cada vez que alguien propone quemar ejemplares de un determinado libro, me entran unas ganas locas de leerlo, pues sospecho que ese afán de destrucción obedece a que el volumen en cuestión aporta enseñanza o belleza o reflexión (o todas estas cosas juntas y alguna más). De lo contrario, el final del ejemplar sería la basura, el retrete o un almacén húmedo (es la más lenta y terrible de las torturas para el material impreso). Sin embargo, los enemigos de libros (como son bastante ignorantes) optan por el fuego, sin percatarse de que sólo los libros interesantes perecen entre las llamas. A la casuística me remito. ¿Alguien ha pretendido quemar alguna vez Mi lucha, la revista La atalaya o algún ejemplar de El secreto? Puede ser que algún despistado sí, pero, en general, esas cosas suelen acabar, sencillamente, en el cubo de la basura.

Por eso, casi despiertan mi ternura estos sujetos (generalmente chiquitines y acomplejados) que, cada algunos años, se proponen quemar libros pensando que así los afrentan o contribuyen a su destrucción, cuando, en realidad, lo que hacen es dignificarlos. Despiertan mi ternura porque son tan ignorantes como insignificantes y se sienten endiosados mientras los demás les escuchamos durante unos días con la boca abierta (no por el asombro sino por la vergüenza ajena) y porque luego desaparecen de los titulares (el reverendo Jones casi lo ha hecho ya) y no volvemos a saber de ellos. Recordamos, eso sí, los libros que quemaron o pretendían quemar (aún leemos los Versos satánicos), pero los nombres de los pirómanos se pierden en los pantanos del olvido.

Los enemigos de los libros (por motivos religiosos o ideológicos) optan por el fuego, recordándonos cuáles son los libros que resulta interesante leer. En este caso, el Corán. Ateo como soy (por una innata incapacidad para la fe, lo reconozco), siempre me han apasionado los libros religiosos y soy frecuente lector de, por ejemplo, la Biblia. Del Corán no he leído más que fragmentos, pero, en estos días, gracias al reverendo Jones, confieso que siento unas ganas terribles de hacerme con una buena edición.

Y, ya puestos, pienso que el reverendo podría hacer un favor al mundo, aprovechando el revuelo mediático que ha despertado su figura para volver a poner de moda y difundir entre el público algunos títulos que cualquier lector informado no debería perderse. Estaría bien, por ejemplo, que el reverendo quemara algún ejemplar de Moby Dick, de La montaña mágica, de El castillo o de la Balada de la cárcel de Reading.  Este último título sería muy adecuado a las habituales actividades de la iglesia del reverendo, pues al parecer (y según Mamá Wikipedia), sus cincuenta seguidores han destacado por sus actividades homófobas. En cuanto a los otros títulos, el propio reverendo podría encontrar (confío en su buen criterio) algún motivo razonable. Al menos tan razonable como los que tiene para quemar el Corán. Pero, por si no se le ocurre alguno, le propongo algunas ideas. Moby Dick, por ejemplo, no es ecológico, ya que los protagonistas cazan ballenas y, además, tiene algún momento bastante homoerótico. Kafka era judío. Tanto él como Thomas Mann escribían en alemán y, por tanto, no eran norteamericanos, así que, seguramente, no eran de los elegidos por El Señor para propagar su palabra. Y, como hemos visto, no hay por qué ceñirse a los motivos religiosos. Un buena hoguera de libros debería incluir muchos otros títulos sospechosos de tantos otros delitos contra Dios y contra el orden. Reverendo, queme usted, por ejemplo, al licencioso y sangriento Shakespeare, al pornográfico Nabokov y al hebraizante Wittgenstein. Y ya que mencionamos a Wittgenstein, no olvide a los homosexuales; desde Platón hasta hoy, una legión de sodomitas recorre la historia de la literatura, así que queme a Kavafis, a Rimbaud y a Oscar Wilde (aunque este era, según sus enemigos, menos sodomita que “sondomita”). Por supuesto, también a las lesbianas: esa Safo, esa Virginia Woolf, esa Yourcenar. Malditas degeneradas. Mujeres que olvidan que su finalidad en la tierra es servir al hombre y parir cristianos. Los enemigos de la fe son muchos y muchos son los disfraces del Maligno. Queme a Mark Twain, que se atrevió a hacer exégesis del Génesis; y a Saramago, que hizo lo propio con los Evangelios; y a Nietzsche, a Sartre, a Camus, con sus absurdas teorías y su abuso de la idea del libre albedrío. Puesto que ha comenzado con el Islam, persevere con su cruzada contra el infiel. Están ahí Mahfuz, Tariq Alí, Amin Maalouf. Los próximos serán los judíos. Ya que empezó por Kafka, no se pare a reparar en si son norteamericanos o no. Aún se editan libros de Jerzy Kosinsky, sin ir más lejos. Y los nipones, esos maníacos suicidas que atacaron Pearl Harbour y quieren hundir la industria norteamericana. Vaya usted a por ellos antes de que ellos vayan a por usted. Queme a unos cuantos Mishima, a algún Murakami, a todos los Kawabata que le sea posible. Resultaría una obviedad señalarle la existencia de autores comunistas. Esos son legión y ni siquiera un adalid como el senador McCarthy pudo con ellos. Puede comenzar con Pablo Neruda, Julio Cortázar y George Orwell (no permita que le engañen sus ataques al estalinismo: era un trotskista recalcitrante), seguir con Leonardo Sciascia y Miguel Hernández y acabar con Pavese (este abandonó el partido, pero como era impotente y suicida, no hay motivo para no hacerle alimentar su hermosa hoguera). Pero no deje de buscar en su propia casa. Ahí están aquellos escritores de noveluchas negras (Hammett, Chandler), Susan Sontag (esa feminista que escribió sobre el cáncer y el SIDA) o esa caterva de sociólogos y antropólogos que aplican la doctrina marxiana a sus investigaciones.

En fin, la lista es larga y los domingos pequeños. Si el reverendo (ya casi he olvidado su nombre yo mismo) tiene a bien comunicarse conmigo, me ofrezco para ayudarle en la sagrada tarea de un índice de libros combustibles. Él se sentirá un hombre pleno y realizado. Yo sabré que he contribuido a propagar e inmortalizar (sí, porque el fuego hace eterno a un libro) una serie de títulos y autores que no merecen el olvido.





De olvidos

11 09 2010

Sé que olvido algo, pero no sé qué es. Hubo una sensación extraña ya en el ascensor, mientras bajaba. Instintivamente, me palpé los bolsillos, aquí las llaves, aquí el móvil, la cartera y el tabaco en su sitio, el reloj en la muñeca, donde debe estar. Eso le pasa a cualquiera cualquier día y a cualquier hora: un despiste, salir de casa apresuradamente y dejarse el llavero, la documentación, el encendedor y no percatarse hasta que el cerebro emite la conveniente señal de alarma. Mientras esperaba en la parada, concentrado en repasar mentalmente los detalles de la reunión (lo que debía decir, las previsibles respuestas de Gálvez, sus objeciones, los inconvenientes y condiciones que pondría a la financiación y mis posibles respuestas), olvidé esa impresión, por lo demás no inédita, aunque casi nunca equivocada. Pero ahora, tras pagar y encontrar un asiento libre en la guagua (me he negado a coger el coche; no quiero aumentar mis preocupaciones con la de encontrar aparcamiento), mientras el vehículo se dirige inexorablemente al centro de la ciudad, a la parada que hay junto al edificio donde va a decidirse mi futuro, vuelve como una convicción: he olvidado algo importante y, en lugar de dedicarse plenamente a preparar este encuentro, mi mente está completamente llena de olvido. La radio no se ha quedado encendida. La escuché mientras desayunaba, mientras me afeitaba y me daba una ducha, porque no quería perderme las noticias económicas. Pero estoy seguro de haberla apagado antes de empezar a vestirme. Sólo utilicé el gas para hacer café. Las luces tampoco se han quedado prendidas. Y cerré la puerta. De eso estoy convencido. Las llaves en mi bolsillo lo atestiguan. Debo de tener mala cara. Esa señora acaba de mirarme como si yo estuviera sangrando, con la misma inquietud. ¿Y si hubiera olvidado algo de mi aspecto? Chaqueta, camisa, corbata, pantalones, zapatos, calcetines, bragueta bien cerrada. Todo está ahí, en perfecto orden de revista. Y el portafolios en mi regazo. Y, dentro del portafolios (no lo he comprobado, pero sé que están ahí), las carpetas con el dossier del proyecto, los discos compactos que acompañan las copias en papel, el pen drive del que puedo copiar esa misma información en el propio ordenador de Gálvez si algo no está como debe. Sin embargo, esta sensación de agobio, de ahogo, continúa aumentando porque he olvidado algo, sé que he olvidado algo y no sé qué es, no sé de qué se trata y esa idea no se me quita de la cabeza y debo de estar pálido y demudado, cuando debería entrar en la oficina de Gálvez lozano y sonriente, cordial y con ademanes seguros. Pero, aunque sepa que todo esto es irracional y que, en caso de que, efectivamente, haya olvidado algo, con toda seguridad se tratará de algo de poca importancia, el hecho de haber olvidado algo precisamente hoy, y no otro día, me hace sentir náufrago, inseguro, estéril, huérfano de esperanza. Debo apearme en la siguiente parada y ahora, mientras me levanto y me dirijo a la plataforma trasera, estoy absolutamente seguro: he olvidado algo. No es apagar el gas o la luz o la radio, no es cerrar la puerta (ahora se abre la puerta de la guagua y bajo los dos escalones con paso tembloroso, a punto de trastabillar con el bordillo de la acera), no es una prenda de ropa ni el portafolios ni ninguna de las cosas que debería contener; tampoco mis gafas o el reloj (que, mientras dejo atrás la entrada del edificio de oficinas, marca la hora de mi cita con Gálvez), ni subirme la cremallera, ni afeitarme, ni dar de comer al gato. Estoy ante la puerta de Gálvez para tener con él esa reunión que llevaba tanto tiempo intentando concertar. Pero todo saldrá mal. Ya no tiene remedio, porque el mundo no se para, no hace una pausa para permitirte reflexionar sobre qué es lo que hiciste mal, qué es lo que tenías que haber hecho y dejaste de hacer, qué es lo que olvidaste. La puerta se abre como se abriría la del averno, como un trampolín al abismo y yo entro en la oficina, ajeno ya al proyecto y a lo que pueda ocurrir con él, porque he olvidado algo y no sé qué es. Puedo sobreponerme al hecho de que he olvidado algo. Lo que no soporto es no saber qué.








A %d blogueros les gusta esto: