Poética de la carne, 2

7 10 2010

Quizá, ahora que lo piensa, no fue tan buena idea. Pero él creía que era allí. La tradición (una amalgama de boleros, películas, poemas amorosos y postales con angelitos y cupidos), así se lo había mostrado y él siempre confió en la tradición. Y, si la tradición no se equivocaba, por ejemplo, en que la ciruela se cosecha en junio, ¿por qué iba a equivocarse en esto? Así que cuando se enamoraron, se tatuó su nombre y su retrato sobre el lado izquierdo de su pecho, de forma que su rostro (aquel rostro moreno digno de posar para Julio Romero de Torres) ocupaba toda la parte superior de su pectoral y el nombre quedaba inscrito justo debajo de la tetilla. “Estás en mi corazón”, solía decirle en la semipenumbra, cuando acababan de hacer el amor. “Te llevo en mi corazón”, le repetía por las mañanas, antes de ir al sembrado. En esos momentos, cuando decía esas cosas, el hombre rudo que era se convertía en un poeta y ella, sabiendo que él decía la verdad, le amaba aún más.

Durante años fueron felices. Iban envejeciendo, teniendo hijos, trabajando de sol a sol y haciendo frente común ante cada problema, por grande o pequeño que fuese. Cada día dejaba su firma en sus cuerpos. Sin embargo él no veía las canas que ella dejaba de teñirse, ni el vacío que iba invadiendo sus pechos, ni la blandura de sus nalgas y sus muslos. Para él, ella era siempre la veinteañera con quien se había casado. Hasta el día en que vio el documental.

Ella había ido a visitar a su madre y él, después de comer a solas (los niños ya no eran niños y estaban ya casados), se tumbó en el sofá a sestear viendo aquel documental sobre el cuerpo humano. Estaba a punto de cerrar los ojos, pero dio un respingo cuando observó la animación que mostraba los órganos internos de un adulto. En aquella escena, el corazón no estaba donde él siempre lo había supuesto, sino bastante más a la derecha, casi en el centro del pecho. No podía ser. Tenían que haberse equivocado. No obstante, era uno de esos documentales científicos. Consternado, buscó en la enciclopedia (una enciclopedia comprada a plazos, junto con una Biblia que llevaba la firma del Santo Padre y un diccionario) y se enfrentó, con horror, a una ilustración que señalaba la misma ubicación para lo que resultó ser un “órgano musculoso y cónico”, y no un corazón de los de toda la vida, asaetado por querubines. Finalmente, se quitó la camisa y miró el tatuaje en el espejo de la cómoda, esperando que al menos un mechón de pelo, un trozo de una mejilla, coincidiesen con el corazón del dibujo. Desde su pectoral izquierdo, la imagen de una anciana que un día debió de ser bella (tan bella como una de aquellas mujeres que pintó Romero de Torres), le miró con tristeza.

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Mis libreros favoritos, 1. Café del Libro La Comedia

7 10 2010

Llevo un tiempo pensándolo y hoy me he decidido: voy a escribir una serie de entradas sobre las librerías de Las Palmas de Gran Canaria.

¿Por qué? Para empezar, porque puede resultarte útil. Algunas de las librerías que mencionaré tienen mucha solera, son populares y están en lugares céntricos. Pero otras acaban de abrir hace poco, son conocidas solamente por los iniciados (que en estas cosas de los libros también los hay, como en el senderismo) o están situadas en zonas algo más alejadas del casco. Eso sí. Hablaré de librerías, no de centros comerciales que venden libros. Cuando necesito unas gafas nuevas, voy a una óptica y no a una farmacia.

En segundo lugar porque soy un vicioso y me gusta hablar de mis vicios. Como he dejado las drogas (no recuerdo dónde las dejé), no está bien visto hablar sobre los beneficios del tabaco y el café (si los tienen), y ya me paso el resto del día hablando de sexo, el único vicio del que me resta hablar en público es el de la frecuentación de librerías, cosa que hago al menos una vez a la semana (si tengo dinero, compro; si no, por lo menos echo un vistazo a las novedades o los relanzamientos; en todos los casos, miro, toco y huelo, ya que mi relación con esos artefactos de papel es casi sensual).

Last but not least, está el hecho de que al margen de megalomanías, politiquerías y filisteísmos varios, sí pienso que Las Palmas de Gran Canaria es una ciudad con una vida cultural que ya la quisieran para sí otras capitales menos periféricas y con más medios, pero también creo que no es en las oficinas estratégicas, sino en la calle, donde está haciéndose esa cultura; en lugares como estos que algunos gestores culturales seguramente no han pisado en su vida.

Empiezo por la más joven de las librerías que conozco. Un proyecto ilusionante que abrió hace pocos meses en la calle Pérez Galdós (don Benito, aquí no olvidamos nunca que también eres nuestro) y que se llama Café del Libro La Comedia.

Es, de facto, exactamente eso: un café librería o una librería café, que cuenta, además, con una sala de exposición, todo ello gestionado por gente joven con la cabeza bien amueblada y el corazón, al parecer, en su sitio, si observamos la calidad y cantidad de actividades que programan. Hace poco, por ejemplo, leyó allí algunos de sus poemas Verónica García (excelente autora que los madrileños nos han robado y a quien, por tanto, no solemos ver por aquí todos los días) y hoy, dentro de un ciclo de eventos relacionados con Cuba, estará allí nada más y nada menos que Manuel Díaz Martínez.

La Comedia no se queda ahí: programan conferencias, cuentacuentos, lecturas colectivas, talleres y actuaciones musicales. Casi cada tarde (únicamente cierran los domingos) hay un evento al que puedes asistir de forma gratuita o a precios más que razonables.

Pero, además de todo esto, como el lugar es diáfano y agradable, es un sitio idóneo para hacer una parada durante el día, tomar un refrigerio y manosear libros hasta que encuentres el tuyo. Algo a destacar: la sección de poesía dispone de una cuidada selección, cosa que en otros comercios (entiendo que no es la sección más popular) suele estar un poco más olvidada.

Dos libros comprados allí: No me gustaría palmarla, de Boris Vian y Calcomanías, de Oliverio Girondo.

Próxima parada: Sueños de papel.








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