Entre paréntesis

27 10 2010

¡LÉELO, URGENTE! ¡AVISO IMPORTANTE! ¡PELIGRO! ¡ALERTA!

Hace tiempo que me cansé de los correos electrónicos que llevan estas palabras en el apartado de “Asunto”. En el mejor de los casos, esos e-mails contienen un hoax. En el peor, el propio virus o troyano sobre el que afirman alertar. Pero, en mi opinión, su consecuencia más negativa es que crean tanto ruido en el canal comunicativo que cuando llega algún mensaje realmente importante y que necesita de nuestra atención, ya no le hacemos caso.

Por tanto, te ruego que no envíes más cosas de ese tipo. ¿No sabes a qué me refiero? Te pondré algunos ejemplos (y te explicaré, entre paréntesis, por qué no me interesan).

Los hay de todo tipo: los que avisan del riesgo de ser víctima de una estafa, fraude, robo, violación o secuestro (no tengo mucho de lo que apropiarse, con mis características físicas estoy a salvo de abusos sexuales y, con el buen saque que tengo para comer no creo que a nadie le resulte rentable secuestrarme); los que avisan de las terribles consecuencias para la salud de determinados productos de consumo (soy fumador de dos cajetillas diarias: ¿qué puede haber más peligroso?); los que recaudan dinero para los tratamientos de niños enfermos, adjuntando fotos desenfocadas y con una sintaxis sospechosa (no me fío de nadie que no maneje su propia lengua; mucho menos si finaliza un mal hilado argumento diciéndote que si no reenvías ese correo, eres un miserable); los que contienen mensajes soteriológicos reenviados por gente que, en general, no tiene salvación (pretendiendo de ti que no sólo aguantes una presentación digna de Perogrullo, sino que, además, lo reenvíes, con la postrera amenaza de que si no lo haces caerá sobre ti la desgracia); y, por último, los que contienen, simplemente, una mentira (o una verdad a medias) destinada a contribuir a una campaña para desacreditar a alguna persona o institución (y no seamos ilusos: cuando se desacredita a alguien es porque se buscan beneficios para otros, sobre todo materiales).

De estos últimos, mi favorito es uno que circula por ahí desde hace varios años (y que he recibido no sé cuántas veces) advirtiendo que la SGAE pretende cobrar un canon por cada libro que sea tomado en préstamo en las bibliotecas. Esa advertencia (que contiene, como poco, un par de mentiras, ya que en España es CEDRO, y no SGAE, quien recauda, que los 20 céntimos los abonan las bibliotecas por libro adquirido, no prestado, y que no es el usuario sino la biblioteca quien satisface esa cantidad, la cual supone una simbólica compensación que va a parar a las no menos simbólicas cuentas corrientes de los autores) se hace acompañar por un artículo (tomado, seguramente, sin permiso) de José Luis Sampedro acerca de los beneficios de las bibliotecas (ideas que cualquier persona razonable sancionaría positivamente), pero seguramente escrito antes de que entrara en vigor la Ley del Libro, cuando todos (yo también, como usuario de bibliotecas) temíamos que se aplicara en España del mismo modo que en otros países europeos.

Sin pretenderlo (seguro que pretendía más bien lo contrario), este hoax generó, hace unos años, un interesante debate telemático entre algunos escritores, bibliotecarios y educadores que conozco. A lo largo de un par de semanas (coincidiendo con la entrada en vigor de esa ley), discutimos seriamente sobre el lado más realista (y menos interesante) del oficio de la escritura. Y alguien, en algún momento, esgrimió el argumento de que el acceso a la cultura, como a la educación, debe ser universal, libre y gratuito. Yo no puedo estar más de acuerdo con eso. Pero esa idea se completa con la siguiente: ¿deben quienes trabajan en cultura y educación trabajar gratis? Es más: ¿alguien querría que educara a sus hijos una persona que ejerce el oficio sin cobrar, en sus ratos libres y por mera afición? Si no es así, me pregunto por qué quien piensa de ese modo es susceptible de compartir también la idea de que el cobro de una compensación por los libros que un escritor deja de vender (no olvidemos que, según cualquier contrato editorial estándar, los escritores perciben entre un 5 y un 10 por ciento del precio de venta del libro; te invito a hacer los cálculos) es injusta.

Ser escritor no es un chollo. Quienes nos dedicamos a esto lo hacemos porque lo hemos elegido (igual que otros eligen otros oficios) y cuando lo hicimos, sabíamos cuáles eran los inconvenientes, incluidas la precariedad y la inestabilidad. Personalmente, no me quejo: yo me lo busqué. Pero eso no le da derecho a nadie (sobre todo si oculta su nombre) a llamarnos poco menos que ladrones en el momento en el que, por primera vez, se dicta una legislación que nos concede una ventaja económica (siempre, vuelvo a repetirlo, simbólica).

Como ya dije, ese correo generó en su momento un debate interesante, (del cual lo que reseño más arriba es solamente una de las muchas reflexiones que se originaron). Pero ahora ya no interesa a nadie, principalmente porque la ley de marras lleva en vigor bastante tiempo y por su causa no ha cerrado, que yo sepa, ninguna biblioteca. Sin embargo, vuelvo a recibirlo una y otra vez por parte de personas que no se informan antes de reenviarlo.

Así que, por favor, si figuro en tu lista de contactos y pensabas incluirme en el reenvío de ese hoax que viene encabezado por la frase: “La SGA (sic por SGAE) ataca de nuevo” y que vaticina el fin de las bibliotecas, te ruego que te lo ahorres. Ya han intentado desinformarme en repetidas ocasiones y no lo han conseguido.

(Y ya que estamos, tampoco me envíes mensajes de parte de Jesucristo. Dan muy mal rollo)


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