Fred Vargas contra el frío

26 11 2010

Va a hacer frío, sobre todo si estás en tierra firme (los que vivimos en estas siete balsas de piedra no sabemos nunca lo que va a hacer). Por eso, será mejor que te quedes este fin de semana en casa, con la mantita, y con buenos alimentos a mano. Yo te propondría mi menú literario favorito: sexo y violencia, literatura de alto voltaje que viene de Francia. A veces, los lectores olvidamos que fue por Francia por donde nos llegaron los grandes autores norteamericanos del género y que en Francia fue también donde surgieron las primeras voces interesantes en Europa, como Boris Vian o Jean Patrick-Manchette. En esta tradición de grandes autores criminales se inserta perfectamente este título que te traigo hoy: Sin hogar ni lugar, firmado por Fred Vargas.

Al principio de esta novela criminal nos encontramos con Clement, un acordeonista callejero de poca inteligencia y nulas habilidades sociales, que vaga por París presa del pánico, porque la Policía lo anda buscando como sospechoso de los asesinatos de varias mujeres. Clement irá a refugiarse en brazos de una anciana, Berthe Gardel, una antigua prostituta que le cuidaba cuando era niño. Y Berthe va a solicitar la ayuda de unos personajes habituales en los libros de Fred Vargas: Louis Kehlweiler, por mal “el Alemán”, un policía retirado que vive con su sapo Bufo (quien le acompaña habitualmente en sus pesquisas, dormitando en su bolsillo o en la guantera de su coche) y Marc, Lucien y Mathias, los “tres evangelistas”, tres historiadores que viven juntos en un “caserón cochambroso”. Allí, en ese caserón, van a esconder y a custodiar a Clement mientras investigan si el acordeonista es culpable de los crímenes, o si alguien, aprovechándose de sus pocas luces, le ha tendido una trampa para tomarlo como cabeza de turco. La investigación va a resultar complicada, porque el Alemán tendrá que buscar a sus antiguos contactos de la Policía al mismo tiempo que todos los del grupo se convierten en encubridores de quien podría ser, en efecto, un asesino en serie.

En Sin hogar ni lugar hay una novela rápida, con un argumento complejo, lleno de giros y sorpresas casi a cada página, pero que seguimos perfectamente gracias a la habilidad de la autora para sumergirnos en este submundo parisino en el que prostitutas, expolicías e historiadores desarrollan extraños vínculos de solidaridad. Es la tercera entrega de una serie protagonizada por Marc, Lucien y Mathias, los “tres evangelistas”, que ocupan el caserón cochambroso de forma cronológica con respecto a sus áreas de estudio. El paleoarqueólogo ocupa la primera planta; el medievalista, la segunda y el que estudia el Siglo XX, la tercera. Pero, como los tres mosqueteros, los tres evangelistas en realidad son cuatro, pues en el ático vive el tío de Marc, Vandoosler el Viejo, un expolicía retirado que les cuida y les cocina.

Foto tomada de Wikipedia (qué haríamos sin ella)

Fred Vargas es el seudónimo que utiliza habitualmente la arqueozoóloga y medievalista Frédérique Audoin-Rouzeau. Ha publicado varios ensayos y estudios científicos sobre la Edad Media, pero ha cosechado un enorme éxito de crítica y público con su más de una docena (me niego a decir trece) de novelas negras, en series protagonizadas por diversos detectives. Esto de que escritores, digamos, “serios” utilicen un seudónimo cuando escriben novela negra no es nada nuevo. De hecho, era muy habitual. Por ejemplo, Cornel Woolrich firmaba como William Irish y el poeta Cecil Day-Lewis (el padre del actor Daniel Day-Lewis) usó el nombre de Nicholas Blake para las 20 novelas policíacas que escribió y que, seguramente, le alimentaron bastante más que la poesía. Pero, ¿de dónde viene lo de Vargas? Pues, al parecer, de María Vargas,  el personaje de Ava Gardner en La condesa descalza. De hecho, Frédérique tiene una hermana gemela, que es pintora, y firma con el nombre de Jo Vargas. Hay que ver lo rarita que es esta gente.

Pero, al margen de anécdotas, si te apetece algo de intriga, acción, cinismo, humor y solidaridad entre marginados, todo escrito con agilidad y con unos diálogos perfectos: Sin hogar ni lugar, de Fred Vargas, en Punto de Lectura, 299 páginas para encerrarte en casa huyendo del frío y no salir hasta que las hayas devorado o el tiempo mejore.





Los espectros, una joyita

26 11 2010

Te traigo una joyita que estaba muy olvidada. Y, como otras que he comentado aquí, la publica Acantilado, que en los últimos años se ha dedicado a rescatar textos del austríaco Stefan Zweig, el yugoslavo Danilo Kis o el grancanario Domingo Rivero, escritores infaltables en cualquier buena biblioteca y que se habían ido quedando descatalogados. Esta vez nos vamos a Rusia con una novela corta de Leonid Andréyev y que lleva por título Los espectros. Que nadie se asuste: no va de fantasmas. Por lo menos, no va sobre fantasmas sobrenaturales sino sobre otros, más verosímiles: los fantasmas del pasado, que atormentan las noches de un grupo de personas que viven en un frenopático. La historia arranca cuando Yégor Pomerántsev, un funcionario, es declarado enajenado mental y es internado en una clínica psiquiátrica privada, un sitio tranquilo en el campo más parecido a un balneario. Allí vamos a encontrar, siguiendo a Pomerántsev, a otros personajes, como Sasha Petrov, un joven que sufre de manía persecutoria; Maria Astafiévna, la enfermera enamorada en secreto del director de la clínica; o este mismo, el doctor Sheviriov, quien, tras hacer un trabajo impecable durante el día, pasa las noches bebiendo en un cabaret.

Con un lenguaje muy sencillo, con una prosa leve y con imágenes muy poderosas, Andréyev nos hace convivir con estos personajes y tomarles cariño, sobre todo a Pomerántsev. En sus locuras, el viejo funcionario es lo más parecido a un niño juguetón, que atrae el afecto de todos los habitantes de la clínica y que exhibe incansablemente su capacidad para encontrar belleza en todo. Por ejemplo, cuando, hacia el final del invierno, se le propone entretenerse en romper el hielo del estanque, se muestra muy contento, porque, según dice, “romper el hielo es ayudar a la primavera”. Los delirios de Pomerántsev son muy hermosos. Dice que, por las noches, viene a buscarlo San Nicolás y que lo lleva volando con él a los hospitales para curar a los niños enfermos.

Te decía que todos estos personajes viven marcados por los fantasmas; pero no se nos explica cuáles son. Ahí está, en mi opinión, la magia de este relato, donde no es tan importante lo que se cuenta como lo que no se cuenta.

La obra de Leonid Andréyev, formada por cuentos, novelas cortas y obras teatrales, oscila entre el realismo y el simbolismo impresionista. En ella se mezclan fantasía y realidad, crueldad y ternura, humor y dramatismo, de forma tan entreverada que es imposible separarlos. Quizá esa fue la fórmula mágica que le convirtió en uno de los autores más célebres de su tiempo, con novelas cortas como Los siete ahorcados, Risa roja o El diario de Satanás.

Andréyev nació en 1871 y estudió Derecho, pero a raíz de la temprana muerte de su padre comenzó a sumirse en los abismos de la pobreza. Sin embargo, en 1900, comienza a publicar en la prensa y se convierte, apadrinado nada menos que por Máximo Gorki, en un autor de éxito. Su primera colección de relatos, aparecida en 1901, vendió, solamente en ese año, 250 000 ejemplares. Ya quisiera más de uno hoy día, ¿verdad?

Como otros escritores de su generación, apoyó decididamente la Revolución Rusa, pero luego, desencantado por el bolchevismo, se autoexilió en Finlandia. Allí, en un pueblecito, moriría en 1919, en la más absoluta miseria, hasta el punto de que para enterrarlo se hizo una colecta entre los vecinos.

Así pues, te propongo este libro emocionante, poético y profundo, que se lee, sin embargo, con facilidad y rapidez, perfecto para hacer una primer cata en la obra de un autor inolvidable: Los espectros, de Leonid Andréyev, en Acantilado, 70 páginas para leer rápido y pensar despacio.








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