Querido controlador

4 12 2010

Querido controlador:

Tú sabes que nunca caíste simpático en este país (los pijos, los privilegiados, los prepotentes no suelen caer bien), y ya estarás acostumbrado a que la gente te escupa en el apellido. Puede que por eso te dé exactamente igual que, ahora mismo, la ciudadanía al completo te odie.

Ya sé que tú siempre pretendes disfrazar la defensa de tus privilegios con el lenguaje que corresponde a las uniones obreras en la lucha por sus derechos, pero hasta ahora no te ha salido bien; no hay más que ver cómo te vistes, cómo hablas, cómo te mueves para constatar que cualquier parecido entre tú y un trabajador es mera coincidencia.

En cualquier caso, podrías luchar por esos privilegios (que tú llamas derechos) de la misma manera que los trabajadores. Como seguramente no sabes mucho de democracia, intentaré ponerte al día: En un país democrático, hay varias formas de hacer huelga. Lo más habitual, es una huelga convencional, con preavisos, servicios mínimos y descuento del salario de las horas no trabajadas. Sin embargo, no eres capaz de hacer eso. Eso es cosa de personas valientes, de las que saben que se juegan sus puestos de trabajo, de las que están dispuestas a perder salario y seguridad laboral en pro de la justicia social. Prefieres tomar el sendero de la traición, una traición que toma la forma pueril del niño que no quiere ir “al cole” porque el profe le tiene manía; prefieres llevarte el juego de mesa porque no te dejan ganar a toda costa.

Me paso la vida apoyando las causas que creo justas. La tuya no lo es (por muchas excusas que pongas, no lo es) y no pienso apoyarla. Ayer pasé unas cuantas horas en un aeropuerto, formando parte de un grupo que pretendía acudir a un encuentro en el que se habían citado diversos colectivos y organizaciones no gubernamentales y que, finalmente, se quedó en tierra. De todos modos, eso da igual. Es lo de menos. Éramos todos adultos jóvenes (algunos, como yo, menos) y nos lo tomamos con filosofía. Corrió la cerveza e hicimos bromas. De hecho, muchas versaron sobre ti. Por ejemplo, alguien sugirió que en los bares deberían prohibir la entrada de animales y de controladores aéreos. Igual que quienes cumplen penas de prisión, nos tomamos con humor y solidaridad nuestro presidio. Hice, incluso, algunas buenas amistades que espero conservar. Eso debo agradecértelo.

Con nosotros, había muchas personas (en su mayoría trabajadores) que habían visto frustradas sus vacaciones. Que habían pagado noches de hotel, entradas a teatros o museos o viajes a otros países que ya no podrían disfrutar. Eso no es agradable, pero, en cualquier caso, no llega a ser grave.

Lo que me fastidió (y eso me fastidió tanto que, de tenerte ante mí, hubiera dejado de ser el individuo pacífico que soy), fue una serie de encuentros: el encuentro de un padre que intentaba dar el biberón a su hijo, quien llevaba secuestrado el mismo número de horas que él en la terminal; el de una pareja anciana que se había quedado sin poder volver a su país; el de una chica que hablaba por el móvil con una amiga (la amiga era de Zaragoza y había ido a El Prat para volar a encontrarse con nosotros; en ese momento, estaban echando a la gente del aeropuerto barcelonés y la joven, que no conocía a nadie en Barcelona ni tenía dinero para pagarse un hotel, estaba asustada).

Vi, en fin, algunas de las consecuencias desagradables tu egoísmo feraz; de tu insensatez más absoluta; de tu irresponsabilidad rayana en el terrorismo.

Algunos llaman a esto “huelga salvaje”. Esto no es una huelga. Esto es el simple amotinamiento de un puñado de señoritos. Y no tengo por costumbre ponerme del lado de los señoritos.

Así que, por una vez, y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con el Gobierno: que te lleven por la oreja a tu puesto de trabajo y, si no lo desempeñas (sé que lo harás, porque no tienes lo que hay que tener para jugarte nada), te lleven a la cárcel. Además, espero que te lluevan las demandas civiles por parte de las compañías aéreas. Espero que no sean tus jefes, sino tu colectivo, quien pague todo este desastre que has montado. Y espero, además, que luego (en cuanto se pueda formar a quienes puedan hacer ese trabajo tan importante que te han dado a ti porque pensaban que eras una persona seria) te despidan y te echen a la calle.

Nada más. Esperando que la salud te dure muchos años, para que así puedas pagar todo el daño que has causado, se despide:

Un usuario.

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