La biblioteca y el mar

4 01 2011

Sé muy poco de urbanismo. Y, mucho menos, de leyes. Así que cuando hay que opinar sobre leyes referidas a la ordenación urbana, soy un interlocutor tan válido como un tertualiano de Tómbola en unas jornadas universitarias sobre la Escuela de Frankfurt.

De libros entiendo un poco más. Vivo de ellos. O, más exactamente, vivo con ellos, para ellos. Y amo las bibliotecas, porque me parecen uno de los pocos lujos dignos que puede permitirse una especie (tan miserable en otros aspectos) como la especie humana y son (eso no lo discutiría nadie) una cifra de la civilización.

¿A qué viene todo esto? A que un alto tribunal acaba de dictar una sentencia, según la cual la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas de Gran Canaria debe ser derribada. Si me lees desde Canarias, probablemente ya lo sepas. Pero si me lees desde fuera, puedes leer la noticia aquí o aquí, por ejemplo.

Si normalmente siento cariño por cualquier biblioteca en general, en este caso concreto hablo de una que me toca muy de cerca, una de mis preferidas, de la cual soy usuario desde hace años y en la que incluso paso algunas horas semanales impartiendo talleres de escritura. Se dirá que es por eso que el tema me preocupa. Pero quien piense que esto es asunto únicamente de los usuarios de esa biblioteca o de quienes trabajan allí o de los habitantes de esta ciudad, debería mirarse al espejo y preguntarse si tiene alma de esclavo. (Sobre mi opinión personal acerca de esta afirmación, cualquiera puede leer un texto que escribí no hace mucho en este mismo blog, y que lleva por título Bibliotecas, borregos y totalitarismos).

Como no entiendo de urbanismo ni de leyes urbanísticas, he apelado a mi sentido común (leído lo leído) y entiendo el malestar de esos vecinos que adquirieron propiedades con vistas al mar y hoy tienen propiedades con vistas al muro. También por eso he tirado de hemeroteca y he recordado quién gobernaba en 1997 en Las Palmas de Gran Canaria y he comprobado que esos gobernantes aún no han hecho declaraciones al respecto.

En cualquier caso, sabiendo que los vecinos tienen razón, sabiendo que la decisión del Tribunal Supremo parece razonable, soy incapaz de concebir el derribo del edificio de una biblioteca en un país civilizado, porque siempre entendí que destruir bibliotecas es de bárbaros, de intolerantes o de déspotas (también se puede ser las tres cosas al mismo tiempo), así que supongo y espero que quien pueda hacer algo lo haga. De hecho, quien puede hacer algo (para empezar) es quien desea, al mismo tiempo, que esta ciudad sea capital europea de la cultura (sí, lo escribo con minúsculas; soy de quienes piensan que ya somos una capital europea de la cultura desde hace años, aunque no nos hayan dado el titulito que lo hace oficial), así que motivos pragmáticos no le faltan.  Mientras redactaba esta entrada, acabo de escuchar (no sin cierta satisfacción) al concejal correspondiente declarar que se buscará una solución económica (se reconocerán los derechos de los vecinos afectados, se les compensará adecuadamente).  Me pregunto si el pago de esa solución irá a cargo del erario público o se le pasará la factura a quien gobernaba en aquel momento y se saltó, al parecer, la legalidad.

Pero, en todo caso, espero que la cosa se solucione sin que lleguemos a las manos (a las manos que manejan las máquinas de derribo). Porque, si eso ocurriera, sería una vergüenza, no ya para esta ciudad, sino para este país, que ya tiene tantas cosas de las que avergonzarse.

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