Sobre el magnetismo de las letras canarias

10 02 2011

Esta es la noticia. Me la envió un amigo ayer. Esta es una de las opiniones que ha provocado. Esta es otra. Durante todo el día ha levantado una tormenta de emails e intervenciones en diversos foros. En muchos de ellos he tomado parte en el debate. Pero, para que no se diga que hablo en corrillos o en voz baja (o en Facebook, que viene a ser lo mismo), expreso, a continuación, la mía.

Alguna vez ya he contado cómo comencé a leer libros de autores canarios por insistencia de algunos buenos amigos que me fueron descubriendo (quizá sin pretenderlo) que también en las Islas había libros dignos de atención. Así que mis encuentros con buenos libros escritos por canarios y canarias (que malos también los hubo) fueron posibles gracias al boca a oreja, porque en la educación de aquellos años, salvo Tomás de Iriarte, Pérez Galdós, Tomás Morales y Alonso Quesada, las Islas parecían no existir. Así que los hallazgos (inducidos o casuales) con Espinosa, Arozarena, Trujillo, De Vega, Pino Betancor, Agustín y José María Millares, Pino Ojeda, Claudio y Josefina de la Torre, Emeterio Gutiérrez Arbelo, Domingo López Torres y tantos otros, los cuales me llevarían, además (junto a la persistencia de algunos otros amigos, mejor documentados), a descubrir a Viera, a Graciliano Afonso y a Cairasco o a ese relámpago de poesía que fue Domingo Rivero fueron fruto del azar, de la propia curiosidad y, sobre todo, de los consejos de otros lectores que, como yo, ya habían explorado esos territorios. Ese caos me permitía la sorpresa continua, pero también suponía la necesaria existencia de lagunas.

Hace unos años, cuando lo que entonces era la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas promovió la institución del Día de las Letras Canarias en recuerdo de Viera y Clavijo (y dedicado cada año a uno o más escritores de la tradición insular) pensé que lo mejor no sería el homenaje (ya que no se trataba de un mero acto para académicos e iniciados) sino la divulgación que, con medios públicos, se haría entre los más jóvenes de aquellos libros y autores que conformaban toda una tradición y que los de mi generación nos habríamos perdido si no hubiera sido por un afortunado azar. Esto es: lo principal era la vindicación y la popularización de una serie de firmas de calidad que habían permanecido ocultas durante mucho tiempo. Por ejemplo, este año, gracias al Día de las Letras Canarias, es muy posible que muchos chicos y chicas de Canarias descubran que Tomás Morales es mucho más que el nombre de una calle.

Por supuesto, se me podría decir que esto no vale para Galdós, quien ya es bastante popular. De acuerdo. Pero sí para Mercedes Pinto o para muchos otros que quedan en la lista de los autores que aún no han sido homenajeados. Yo espero pacientemente (desde que se instituyó esta efeméride y sin criticar jamás la elección de turno cada año, porque pienso que lo importante es que se celebre a los escritores y escritoras canarios, más allá de los gustos o preferencias de cada cual) la celebración (cada una a su hora) de quienes cité antes y aun de otros que olvidé mencionar, como Padorno, Sarmiento, Nicolás Estévanez, Pedro Perdomo Acedo o Ángel Guerra. Y sí, sé bien que, como me ha recordado un amigo, el Día de Canarias “tiene por objetivo reconocer la labor llevada a cabo históricamente por los autores canarios dedicados a cualquier faceta de la cultura”, y que, ateniéndonos a la letra (que no al espíritu) ahí caben muchas cosas que no son estrictamente literatura. Pero no puedo sentir más que desencanto (tras el desconcierto inicial) cuando leo la noticia de que el Día de las Letras Canarias del próximo año va a estar dedicado muy probablemente, a Blas Cabrera Felipe (cuyos libros te invito a buscar, como hice yo al leer la primera noticia que cito, en la base de datos del ISBN). Y no sentí ese desencanto, esa, digamos, desazón porque Cabrera Felipe no se merezca un homenaje. No dudo que se lo merezca como científico. No dudo de su importancia. No dudo de que se trate de un canario ilustre que nos ha paseado por el mundo. Pero no creo que deba ocupar el lugar que, se supone, corresponde a alguno de los escritores cuyo nombre se rescata poco a poco del olvido gracias a esta festividad anual. No creo que sea justo que algún joven (o algún no tan joven) de nuestra comunidad deje de conocer el año próximo a, por ejemplo, Pedro García Cabrera, simplemente porque algún asesor ha hecho mal su trabajo, porque algún político se ha dejado asesorar mal y porque todos los demás (por unánime ignorancia) le hayan seguido el juego.

Porque, recordémoslo, la denominación de la efeméride no es Día de la Cultura Canaria, sino Día de las Letras Canarias. Y, con el debido respeto, quedan suficientes canarios ilustres (o no tanto, pero sí ilustrados) que se dedicaron a las letras y no han sido reivindicados como para dedicar a los físicos los pocos medios destinados a ello.

Estamos en febrero de 2011. De aquí a 2012 hay tiempo de rectificar, de tirar de las orejas a algún asesor (corriendo los tiempos que corren, no pediré el despido para nadie), de pensar en el precedente que abre esa elección, pues, si ya era controvertida la elección de cada año, pensemos en el laberinto de nombres que pueden ser postulados como representantes de la “cultura” canaria en general, desde don Juan Negrín a Valentina la de Sabinosa.

Eso sí, si la Proposición sale adelante, hago una propuesta a los escritores de las Islas: que nos comprometamos, cada uno, a leer uno de los libros de Blas Cabrera Felipe y a escribir y publicar una crítica estrictamente literaria del mismo. Será bastante absurdo juzgar literariamente un libro sobre física, pero quizá no lo sea menos dedicar a un físico un día dedicado a la literatura. Para que no me lo pisen otros compañeros, me comprometo formalmente, si esta elección no es rectificada, a publicar, tal día como hoy del año que viene, una crítica literaria de La teoría de los magnetones y la magnetoxquímica de los compuestos férricos, contenido en el Volumen 1 de las Obras Completas de Blas Cabrera Felipe y cuyo solo título me ha parecido ya fascinante, no por su tamaño, sino porque irradia magnetismo.

Fe de erratas y P.S.: Observo que se me coló una errata en el título del libro. En concreto, donde dice “magnetoxquímica”, debe decir “magnetoquímica”. Podría atribuirse a mi ignorancia literaria acerca de la Bibliografía de Blas Cabrera Felipe, pero lo cierto es que constaba así en la Base de Datos del ISBN. Me he dado cuenta de esta circunstancia buscando el libro, porque finalmente he decidido no esperar hasta el año que viene y leerlo y reseñarlo literariamente. Quién sabe, quizá sea una especie de Vida secreta de las abejas en el campo de la Física y deba tragarme mis palabras…

 

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Alicia, Charlie, Bastián, Fany

3 02 2011

He descubierto que en los libros infantiles que considero dignos de recuerdo todos los niños protagonistas son Alicia, Charlie Bucket o Bastián Baltasar Bux, esto es, niños y niñas que me caen bien, que son diferentes (igual que cada persona lo es) pero son conscientes de esa diferencia; que tienen curiosidad por el mundo y no temen al conocimiento, lo cual les lleva a emprender viajes memorables, ya sea a países fabulosos, a lugares tan enigmáticos como una fábrica de chocolate en la que no entra nadie (nunca) o al laberinto de universos de la imaginación existentes en un libro (y que en el fondo no son más que un viaje hacia el interior de la propia identidad). Esos tres viajes (el de Alicia, el de Charlie, el de Bastián) son el mismo.

Esta reflexión, que acaso permanecía en germen ahí, en algún lugar del inconsciente, se ha materializado tras la lectura de Fany y los seres impares, de Dolores Campos-Herrero. En esta novela breve hay algunas de esas cosas que considero memorables en un texto destinado al público más joven: hay una niña que sabemos diferente por su inclinación a la lectura; hay una vieja biblioteca y un libro misterioso; hay seres fabulosos, procedentes de un paralelo mundo mítico, que se contrapone a un mundo real y cotidiano, minuciosamente recreado, al cual complementa y, de alguna manera, explica; hay mansiones encantadas e historias de misterio; hay personajes que se sueñan mutuamente y, sobre todo, hay un viaje, emprendido por el personaje, hacia la edad adulta. Un viaje que la hará más culta, menos ingenua, más lógica, aunque, acaso, menos sabia.

Igual que en sus otros textos infantiles y juveniles (Azalea, Rosaura y los autómatas, El viaje de Almamayé), Campos-Herrero trata a su público con respeto, ejerciendo su particular narrativa de la sugerencia, que prefiere, antes que explicar, mostrar los hechos y permitir que el lector comprenda, sin adoctrinamientos ni actitudes pasivas, los detalles últimos del argumento. E, igual que suele hacer en sus relatos para adultos, hace nacer la ficción a partir de excepciones a la realidad (jugando con lo absurdo, con lo onírico, con lo sobrenatural) que, lejos de negarla, provocan preguntas acerca de los mecanismos de su verdadera naturaleza.

Este libro pertenece al conjunto de títulos, probablemente amplio, que su autora dejó preparados en sus últimos meses, mientras luchaba contra la enfermedad y contra el tiempo para llevar al papel todo lo que deseaba contar antes de que aquellos la vencieran. Sabía, muy probablemente, que para quien es capaz de escribir libros como este, la muerte no existe.

Tremendamente plástico, con una prosa elegantemente leve y una estructura aparentemente caótica pero realmente precisa, con mensajes positivos y guiños a la tradición (pero también a la cultura Pop) perfectamente insertos en el conjunto, Fany y los seres impares se lee, como todos los libros de Campos-Herrero, de un tirón, aunque luego se piensa despacio, se recuerda (en conjunto o en sus detalles) y esa memoria provoca, tras la primera digestión, ganas de repetir la lectura, pero más despacio, paladeándolo.

Publica Anroart, en la colección Laurisilva, para lectores a partir de 9 años. Son 88 páginas de buena literatura que vale la pena leer a medias con tus peques. Porque, no me canso de repetirlo, la familia que lee unida permanece unida.








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