Generación 21 o los Dirty Dozen de Morales

30 03 2011

 

Portada de Generación 21: nuevos novelistas canarios, Ánghel Morales, Idea-Aguere, 2011

Sí, eso es lo que creo que parecemos en la portada los doce autores antologados en este libro. El comandante John Reisman que ha reunido a este pelotón no es Lee Marvin ni nos ha castigado con horas de entrenamiento y disciplina, más bien lo contrario: se trata de alguien que defiende la independencia y la libertad creativa, el periodista y editor Ánghel Morales.

Morales ha tenido a bien reunir cuentos de doce de los novelistas que hemos surgido en los últimos años y ha escrito, además, una introducción que, creo, dará mucho que pensar acerca de la evolución reciente de la narrativa en Canarias.

Tienes casi un mes para hacer un hueco en tu agenda, porque la presentación ya tiene fecha, hora y hasta lugar: será el 29 de abril, a las 18:30 en el Salón de la Mutua de Accidentes de Canarias, en el Castillo de Santa Cruz, de Santa Cruz de Tenerife (al ladito de la Librería La Isla).

Estaremos casi todos los autores, igual, creo, que en las siguientes presentaciones.

Ya lo sabes: guerra avisada…





To Kill a Mockingbird

28 03 2011
Atticus explicando a Scout lo que significa "transigir"

Atticus explicando a Scout lo que significa "transigir"

Cuando era niño vio Matar un ruiseñor y deseó ser, de mayor, como Atticus Finch. Pero en la adolescencia leyó la novela de Harper Lee (esa historia emocionante con la que a veces sueña) y entendió que para ser como Atticus había que ser padre, abogado, respetable, viudo, casto, sobrio y el mejor tirador del condado. Fue entonces cuando comenzó a leer a Boris Vian. Ahora se conforma con lograr un poco de integridad, aunque sabe que jamás se parecerá a Gregory Peck.





Despegue

27 03 2011

En cierta ocasión, un piloto le contó que el momento más peligroso de un viaje en avión es el despegue. No sabe si será verdad, pero lo recuerda cada vez que embarca en un vuelo comercial. Cuando un avión despega, hay dos clases de pasajeros: quienes cierran los ojos y quienes los mantienen bien abiertos. A veces ha pensado que ese es un buen ejemplo de dos actitudes ante la muerte (y, por lo tanto, ante la vida).

Ahora, mientras el aparato avanza hasta tomar su posición en la pista, mientras las auxiliares representan por enésima vez la comedia de las medidas de seguridad para un público que las ignora minuciosamente, mientras su vecino de asiento echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y hace profundas respiraciones, él abre mucho los ojos y mira por la ventanilla, intentando aprehender cada edificio del aeropuerto, cada ola del cercano mar, cada promontorio, cada piedrecita del descampado que rodea la pista. Lo que no sabe es si lo hace por miedo a la muerte o por amor a la vida. Eso es algo sobre lo que habrá de meditar largamente, en caso de que alguna vez tenga oportunidad de hacerlo.

 





El color de la violencia

26 03 2011

Normalmente, no dedico mucho tiempo a pensar en las cosas que dice Paulino Rivero. Principalmente porque no suelo encontrar demasiada enjundia en ellas y la vida es muy breve para perder el tiempo en perogrulladas, pero también porque se me ocurren cientos de actividades más enriquecedoras, como leer un libro, jugar con mi gato o, incluso, cortarme las uñas.

Sin embargo, hoy me he topado con unas declaraciones suyas que no son nada inofensivas. Al parecer, en el Colegio de Abogados de Santa Cruz de Tenerife, preguntado por una letrada acerca de las posibles actuaciones para evitar que Canarias deje de ser la región con más muertes por violencia machista, el Presidente vino a decir que es un problema de educación (en eso estamos de acuerdo) y que ese tipo de violencia se daba principalmente en inmigrantes y no entre personas que han nacido y crecido en Canarias. Decía no disponer de datos suficientes, pero afirmaba que la mayor parte de las muertes por violencia de género se daban en personas procedentes de Colombia y Ecuador.

No abundaré en lo que dijo, porque para eso basta consultar la prensa. Lo que me preocupa es lo que pudo querer dar a entender. Porque, evidentemente, lo primero que se le pasa a uno por la cabeza es que Rivero nos intenta explicar que la violencia machista no es cosa de los canarios, quienes, al parecer, somos un dechado de virtudes y nunca hemos promovido y conservado la cultura del macho (sí, he logrado escribir estas palabras sin reírme) sino de esa gente tan poco o tan mal educada que no solo vienen a quitarnos el trabajo y a delinquir sino, además, lo hacen trayéndose consigo todos esos defectos de los que nosotros, al parecer, carecemos (siempre según su opinión). Y lo segundo es que, aun en el improbable caso de que Rivero tuviera razón, “esa gente” vive y trabaja en Canarias y, por lo tanto, forma parte de nuestra sociedad (la canaria), a no ser que Canarias sea una especie de polis ateniense en la que solo cuentan los patricios (que vaya usted a saber quién piensa Rivero que son). Pero el asunto es que Rivero no tiene datos y, no obstante, despeja el balón de la acertada pregunta sobre posibles soluciones al problema con esa explicación de claro corte etnocentrista y bastante sospechosa de soterrada xenofobia.

Como ya dije, de ordinario no presto mucha atención a lo que dice Rivero, como tampoco presto atención al ruido de los hijos de mis vecinos mientras juegan a la pelota en el parque que hay junto a mi ventana. No obstante, si la pelota de esos niños se cuela en mi cocina mientras tengo al fuego una sartén con aceite hirviendo si habré de preocuparme, porque su diversión se convertirá en algo peligroso.

Eso es lo que ocurre con esta nueva lindeza de Rivero: es, sencillamente, peligrosa, porque fomenta formas de pensar profundamente nocivas para una sociedad democrática. Se trata de una argumentación digna, en mi opinión, de figurar en el Estupidario de Flaubert y podría resultar, incluso, divertida, si el asunto no fuera serio y si no se tratara de declaraciones tan perniciosas e irresponsables, sobre todo en boca de todo un presidente autonómico.

Como canario, como votante, me siento insultado cuando pienso que Paulino Rivero cree que me voy a tragar esta falacia y a decir amén. Como ser humano siento, en cambio, una franca repugnancia al ver cómo se busca un chivo expiatorio de forma tan gratuita.

Personalmente, creo que el machismo y la violencia no tienen un acento, un color, una procedencia geográfica definidos. El machismo y la violencia forman parte de esta sociedad y hay que acabar con ellos, igual que hay que acabar con la ignorancia, con el etnocentrismo, con los prejuicios, para convertirnos en hombres y mujeres mejores y educar a mujeres y hombres mejores de lo que lo hemos sido nosotros. Esos crímenes machistas ocurren aquí y me da igual quién los cometa. También creo que la mejor arma para ellos es, efectivamente, la educación en la igualdad. Pero eso de señalar al inmigrante para intentar disimular la propia ineficacia es un timo muy viejo, muy sucio y muy triste (por no decir miserable) y ningún individuo bienintencionado, adulto e informado va a comprar ese sobre de estampitas.





Los días prometidos a la muerte

18 03 2011

Sí, ya sé que hoy hay muchas actividades interesantes, entre ellas la celebración del aniversario de la Biblioteca Insular. Pero, entre una cosa y otra, en el Club La Provincia, a las 19:30, tendrá lugar la presentación de Los días prometidos a la muerte, de Javier Hernández Velázquez.

Javier Hernández ha publicado ya dos novelas, Factótum y La identidad fragmentada, y, antes de la aparición de la tercera, El fondo de los charcos, publica ahora, con  Aguere-Idea este libro de relatos negros. Sí, negros, porque Javier es “uno de los nuestros”. Basta con que te diga eso para que tú y yo nos entendamos.

Así que ya sabes: entre actividad y actividad de la biblioteca, date un saltito por León y Castillo, 39, para que podamos compartir un buen rato. Estaremos por allí Javier Hernández, el editor Ánghel Morales y yo mismo.

Club La Provincia, hoy viernes, a las 19:30, presentación de Los días prometidos a la muerte, de Javier Hernández Velázquez.

Después no digas que no te avisé.








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