El color de la violencia

26 03 2011

Normalmente, no dedico mucho tiempo a pensar en las cosas que dice Paulino Rivero. Principalmente porque no suelo encontrar demasiada enjundia en ellas y la vida es muy breve para perder el tiempo en perogrulladas, pero también porque se me ocurren cientos de actividades más enriquecedoras, como leer un libro, jugar con mi gato o, incluso, cortarme las uñas.

Sin embargo, hoy me he topado con unas declaraciones suyas que no son nada inofensivas. Al parecer, en el Colegio de Abogados de Santa Cruz de Tenerife, preguntado por una letrada acerca de las posibles actuaciones para evitar que Canarias deje de ser la región con más muertes por violencia machista, el Presidente vino a decir que es un problema de educación (en eso estamos de acuerdo) y que ese tipo de violencia se daba principalmente en inmigrantes y no entre personas que han nacido y crecido en Canarias. Decía no disponer de datos suficientes, pero afirmaba que la mayor parte de las muertes por violencia de género se daban en personas procedentes de Colombia y Ecuador.

No abundaré en lo que dijo, porque para eso basta consultar la prensa. Lo que me preocupa es lo que pudo querer dar a entender. Porque, evidentemente, lo primero que se le pasa a uno por la cabeza es que Rivero nos intenta explicar que la violencia machista no es cosa de los canarios, quienes, al parecer, somos un dechado de virtudes y nunca hemos promovido y conservado la cultura del macho (sí, he logrado escribir estas palabras sin reírme) sino de esa gente tan poco o tan mal educada que no solo vienen a quitarnos el trabajo y a delinquir sino, además, lo hacen trayéndose consigo todos esos defectos de los que nosotros, al parecer, carecemos (siempre según su opinión). Y lo segundo es que, aun en el improbable caso de que Rivero tuviera razón, “esa gente” vive y trabaja en Canarias y, por lo tanto, forma parte de nuestra sociedad (la canaria), a no ser que Canarias sea una especie de polis ateniense en la que solo cuentan los patricios (que vaya usted a saber quién piensa Rivero que son). Pero el asunto es que Rivero no tiene datos y, no obstante, despeja el balón de la acertada pregunta sobre posibles soluciones al problema con esa explicación de claro corte etnocentrista y bastante sospechosa de soterrada xenofobia.

Como ya dije, de ordinario no presto mucha atención a lo que dice Rivero, como tampoco presto atención al ruido de los hijos de mis vecinos mientras juegan a la pelota en el parque que hay junto a mi ventana. No obstante, si la pelota de esos niños se cuela en mi cocina mientras tengo al fuego una sartén con aceite hirviendo si habré de preocuparme, porque su diversión se convertirá en algo peligroso.

Eso es lo que ocurre con esta nueva lindeza de Rivero: es, sencillamente, peligrosa, porque fomenta formas de pensar profundamente nocivas para una sociedad democrática. Se trata de una argumentación digna, en mi opinión, de figurar en el Estupidario de Flaubert y podría resultar, incluso, divertida, si el asunto no fuera serio y si no se tratara de declaraciones tan perniciosas e irresponsables, sobre todo en boca de todo un presidente autonómico.

Como canario, como votante, me siento insultado cuando pienso que Paulino Rivero cree que me voy a tragar esta falacia y a decir amén. Como ser humano siento, en cambio, una franca repugnancia al ver cómo se busca un chivo expiatorio de forma tan gratuita.

Personalmente, creo que el machismo y la violencia no tienen un acento, un color, una procedencia geográfica definidos. El machismo y la violencia forman parte de esta sociedad y hay que acabar con ellos, igual que hay que acabar con la ignorancia, con el etnocentrismo, con los prejuicios, para convertirnos en hombres y mujeres mejores y educar a mujeres y hombres mejores de lo que lo hemos sido nosotros. Esos crímenes machistas ocurren aquí y me da igual quién los cometa. También creo que la mejor arma para ellos es, efectivamente, la educación en la igualdad. Pero eso de señalar al inmigrante para intentar disimular la propia ineficacia es un timo muy viejo, muy sucio y muy triste (por no decir miserable) y ningún individuo bienintencionado, adulto e informado va a comprar ese sobre de estampitas.








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