Insistencia

3 05 2011

Allá, en su Mercury Falls natal, Taylor McBride continúa intentando dormir. Pero no hay manera, porque cada noche, tras apagar la luz, su dormitorio se llena de afganos. Algunos, simplemente, se sientan a los pies de la cama y mantienen animadas tertulias en la lengua que Taylor McBride jamás se dio tiempo de conocer más allá de lo indispensable. Por eso ahora solo identifica algunas palabras: “alto”, “adentro”, “quietos” o “disparo”, esos vocablos tan útiles para según qué oficios. Otros se arrastran por los suelos, dejando un rastro sanguinolento. Taylor McBride distingue sus bultos en la semipenumbra, escucha sus esfuerzos por llegar a ninguna parte, identifica el inconfundible hedor de la sangre. Uno de ellos, un niño de unos diez años, se limita a permanecer junto a la mesilla de noche y a observarle largamente. Cuando Taylor McBride enciende la luz, desparecen inmediatamente. Algunas veces, no obstante, el niño le deja sobre la mesilla una amapola recién cortada. Taylor McBride guarda esas flores entre las páginas de su álbum de fotos de Kandahar. A veces llora. Y entonces ya no es alguien con uniforme que emplea palabras útiles, sino solo Taylor McBride, un hombre que llora en medio de la noche cálida de Mercury Falls.


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