Nadie es una isla

22 05 2011

Un buen amigo, también escritor y siempre bastante mejor informado que yo, me envía (o reenvía) un correo, con el asunto “Diez mentiras sobre lo que está pasando en Sol” y el siguiente texto:

Conviene saberlo.
1. Es falso que sólo traigan protestas y no propuestas. Están en su web, y son más concretas que algunos programas electorales.

2. Es falso que estén contra los políticos. Lo que piden es políticos responsables que no estén en contra de la sociedad y que no utilicen las instituciones de todos para su interés personal.

3. Es falso que rechacen la democracia. Lo que quieren es más democracia, y que la soberanía resida en el pueblo, no en los mercados ni en los banqueros.

4. Es falso que no crean en el voto. Por eso exigen una reforma electoral, para que cualquier voto de cualquier ciudadano valga igual.

5. Es falso que sean unos antisistema. Antisistema es la corrupción, la injusticia o la impunidad. ¿Es acaso esa democracia, que ellos reivindican desde la primera palabra, contraria al sistema actual?

6. Es falso que sean violentos. Apenas ha habido incidentes, a pesar de la muchísima gente que hay.

7. Es falso que sean apolíticos. Es un movimiento apartidista, que no es igual.

8. Es falso que sean sólo jóvenes. Hay muchos jóvenes en esas plazas; jóvenes a los que ya no se podrá descalificar como “ninis” o “conformistas”. Pero también hay ciudadanos de cualquier edad.

9. Es falso que pidan la abstención. Lo que piden es el voto responsable: un atrevimiento “contra la libertad“, según el casposo criterio de la Junta Electoral de Madrid.

10. Y sobre todo es falso que esto se vaya a terminar el domingo, después de votar. Porque la democracia no consiste en votar y callar. Porque el lunes, cuando estas elecciones hayan terminado, el Mayo de 2011 continuará.

Hasta aquí la cita. Yo llego ahora de San Telmo, el parque que los indignados han ocupado en mi ciudad con sus casetas de campaña, sus talleres, su alegría y su esperanza. Como ayer, como otros días, he podido asistir a una asamblea (hay dos cada día, al filo de mediodía y a las ocho y media de la tarde), he escuchado los comunicados, he sido testigo de cómo después se cede el megáfono a quien desee aportar sus opiniones y propuestas. También he visto cómo las diferentes comisiones desarrollan una actividad incesante, cómo todos sus integrantes renuncian a sus intereses particulares (incluido el propio descanso) para colaborar juntos en el objetivo común de sumar todas las voces. He visto cómo todo el que se acerca allí aporta su granito de arena. Cómo jóvenes y no tan jóvenes se unen, por primera vez en mucho tiempo, para ganar la calle. Yo solo tengo el teclado de un ordenador; eso aporto.

En estos días he escuchado decir en algunos medios de comunicación que no se sabe qué piden “Los Indignados”; he oído a tertulianos especular, con un talante bastante paternalista, acerca del futuro de ese movimiento; les he visto acusar a diestra y siniestra e incluso he notado cómo intentaban utilizar las movilizaciones para arrimar el ascua a la sardina de quienes les pagan el sueldo.

Yo solo sé que en este país de nuestros dolores, hacía mucho tiempo que no hallaba tanta belleza, tanta ética y tanta ilusión; que no recuerdo la última vez que fui testigo del funcionamiento de una verdadera ágora pública, en la que con respeto se discuten las ideas públicamente. Solo sé que no puedo quedarme en mi casa y dejar de participar en esto que nos está ocurriendo, en esto que estamos haciendo entre todos, cada uno según sus capacidades, cada uno desde sus propias posibilidades; no puedo dejar de hacerlo porque sospecho (me lo dice algo que late ahí, cerca de las entrañas) que dejar de participar supondría colaborar en el lento asesinato de las libertades. Por eso estoy aquí, escribiendo esta entrada. Por eso estuve ahí, esta mañana, compartiendo aire y espacio con los acampados. Por eso estaré ahí, esta tarde, en la asamblea, respirando verdadera democracia. ¿Y tú, a esa hora, dónde piensas estar?

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La hora de despertar

22 05 2011

He dormido mucho tiempo. Y, mientras dormía, los representantes electos de la comunidad de vecinos se han dejado untar. Yo apenas me di cuenta, dormido como estaba. Me lo ha contado el anciano del ático. O, mejor, no he querido darme cuenta y el anciano del ático me lo ha hecho ver. Ni siquiera ha tocado a mi puerta. Simplemente, deslizó por debajo de ella una nota en la que decía:

¡Despierta! Mira a tu alrededor y mira lo que has permitido que hagan con el lugar en el que vives. Yo, que fui uno de los primeros en llegar a esa comunidad, que luché para que fuera justa, veo ahora cómo tú y los otros jóvenes permiten que una casta de oligarcas electos se alíen con usureros que ni siquiera viven aquí y estafen y roben y engañen a todos los vecinos. Poco a poco, bostezo a bostezo, se han apropiado, mientras ustedes dormían, de lo que no es suyo, de lo que pertenece solamente a ustedes. Despierta y piensa que no puedes dejar en manos de la directiva todas las decisiones. Despierta y toma la parte de poder de decisión que te corresponde y que no consiste simplemente en un voto. Despierta e infórmate e indígnate ante lo que han hecho con esa comunidad en la que habitas y que es tan tuya como de los demás.

Hoy, que es día de elecciones en la comunidad de vecinos, he despertado. Mientras leía la nota, he escuchado el escándalo de voces por toda la escalera. Mis vecinos han recibido y leído la misma nota. Por los rellanos se escuchan canciones, risas, voces de todos los colores: la voz azul del vecino del 2B, la voz verde de la viuda del entresuelo, las voces coloradas de los niños del 4C. De fondo, se escucha la voz violeta del anciano del ático. Es muy viejo ya, quizá no llegue a ver una nueva asamblea de vecinos. Sin embargo, está ahí, repitiendo su mensaje: ¡Despierten! ¡Despierten de una vez!

Me lavo la cara. Observo mi rostro en el espejo del cuarto de baño. Pienso en que el anciano tiene razón y me pregunto qué haré. Me respondo que voy a vestirme, que voy a salir a la escalera, que voy a unirme a mis vecinos. Entonces, justamente al decirme esto, mi rostro rejuvenece.

Ya ha llegado el momento. Es hora de despertar.








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