Líneas de lluvia

14 06 2011

Dedico cada día a cuidar de él. Hago su comida y la introduzco en su boca cucharada a cucharada. Bocado a bocado. Le doy su medicación, minuciosa, estrictamente, sin olvidar ni una sola toma, ni una sola gragea, ampolla o supositorio. Lavo su ropa y cambio sus sábanas con puntualidad. Mantengo en orden su cuarto e, incluso, por las tardes o en las mañanas de domingo, le saco a pasear en su silla de ruedas. Cuando se hace necesario, yo misma le practico las curas y hace ya tiempo que me hice experta en el tipo de fisioterapia que precisa para mantener vivo ese cuerpo tan muerto. Ya ven: nadie puede decir que le falte algo; que yo pase, deliberada o inadvertidamente por encima de alguna de las muchas obligaciones que sus cuidados requieren. Por supuesto, estos cuidados incluyen cambiar sus pañales (esos pañales enormes que me sacan de quicio, porque los cierres de velcro son realmente malos y hay que fijarlos con imperdibles), distraerle leyéndole o poniéndole en vídeo  interminables películas de Paco Martínez Soria, Lina Morgan o Pili y Mili. Las cintas tienen ya muchos años. En general, se oyen bastante mal y en la mayoría de ellas, la parte inferior de la imagen está invadida por una línea horizontal de lluvia. Alguna vez le he propuesto que compremos un reproductor de deuvedé y consigamos esas mismas películas en formato digital. Él, simple, indefectiblemente, rechaza la idea. No explica por qué. Sencillamente, niega con la cabeza. Y sé que eso no se debe a su estado. Cuando no estaba así tampoco justificó jamás ninguna de sus decisiones, sobre todo las negativas, sobre todo las que se referían a mí.

Ese es uno de los motivos de que a todos les extrañe (a todos los que le conocieron antes de que enfermara) mi dedicación absoluta a su cuidado. Nadie se explica de dónde me salen las ganas de permanecer día a día junto a él.

La nueva mujer de Carlos, en cierta ocasión, llegó a insinuar que era una cuestión de interés; que quería asegurarme de no quedar fuera del reparto de la herencia. Carlos no tardó en hacerle entender que eso hubiera sido innecesario, que los bienes no eran suyos, sino de madre, que en ese sentido estaba todo atado y bien atado desde hacía años y que ni yo ni él hubiéramos tenido por qué soportar esto.

Quizá sea Carlos quien menos lo entiende. Él sufrió, como yo, sus vejaciones, sus caprichosos cambios de humor, su estricto régimen de desprecios, insultos y golpes. Y, como yo, también fue testigo de cómo amargó la existencia de madre hasta el último instante. Después, también como yo, huyó. Hizo su carrera, se casó con sus mujeres, tuvo a sus hijos, alcanzó esa posición, ese modo de vida que casi le ha permitido olvidar nuestra infancia. Sé que si viene de vez en cuando, no lo hace por él, sino por mí.

Yo también hice mi vida, fundé mi empresa, me casé con un hombre y pasé junto a él diez años que hoy se me antojan una eternidad. Le dejé el mismísimo día en que me faltó al respeto. No me pegó ni me vejó. Simplemente, me insultó. Se le escapó un insulto durante una discusión cualquiera sobre un problema doméstico cualquiera, tan insignificante que ya no lo recuerdo. Sin embargo, me faltó al respeto, aunque sólo me insultara. No me pegó, pero no esperé a que lo hiciera. Así que, al día siguiente, hice mis maletas y me fui. De eso ya hace mucho. Desde entonces he preferido los amores fugaces de algunos amantes escogidos, que me proporcionaran ciertos alivios, pero siempre tan libres como yo o demasiado comprometidos como para no querer establecer otro tipo de relación más estable. Eso hasta que supe que él había enfermado. Cuando eso ocurrió, cerré la tienda y me vine aquí, para cuidar de él.

No he permitido que una enfermera ocupe mi lugar ni un solo día. Ni siquiera, ya lo ven, dejo que le toque un fisioterapeuta. Soy yo, únicamente yo, quien está junto a él, día y noche.

Carlos no consigue entenderlo. No logra comprender cómo soy capaz de soportarlo.

“Tú eres una mujer moderna. No eres como madre”, me dice. Y es cierto: no soy como madre. De hecho, mi aprendizaje como adulta consistió, precisamente, en no ser como ella: no pasarme la vida aguantando a alguien que me faltara al respeto o me golpeara o me diese órdenes o me utilizara. Madre fue mi ejemplo negativo. Y él fue mi demonio. Siempre lo fue. Ni Carlos le desprecia tanto como yo.

Cuando me libré de su autoridad, le odiaba tan profundamente que, a veces, me despertaba en mitad de la noche, despreciándole, deseándole dolores dantescos, sufrimientos insoportables. No la muerte. La muerte sería demasiado buena para él. Una especie de condena venial. No. Él se merece más, mucho más.

Por eso, en cuanto me enteré de lo de su apoplejía, corrí junto a su lecho, para asegurarme de que tuviera absolutamente todos los cuidados necesarios para prolongar esta agonía que es para él continuar viviendo en un cuerpo que no es capaz de hablar, ni de mover algo más que el rostro y la mano izquierda. Calculo que vivirá aún mucho tiempo. Y durante ese tiempo, cada día, casi cada hora, me tendrá junto a él, administrándole su medicación, lavándole, dándole de comer, cambiando sus pañales. Y también escupiendo, ante él, en su plato de comida o en su vaso de agua; prodigándole insultos inimaginables en voz baja, pero asegurándome de que me escucha perfectamente; clavando en su carne las agujas de los imperdibles de sus pañales; dejando su cabeza bajo el agua en la bañera mucho, mucho tiempo, pero con cuidado de que no se ahogue. No debe ahogarse. Debe continuar vivo durante muchos, muchos años aún; el tiempo suficiente como para que su castigo comience a ser mínimamente digno de sus infamias.

Eso es lo único que me reconforta de todos sus años de ignominia: que para él la vida no sea ya más que una dolorosa repetición, una molesta línea de lluvia en la parte inferior de la pantalla de la interminable película de su existencia.


Acciones

Information

8 responses

14 06 2011
Juanjo

Esto sí que es un auténtico relato de terror. ¡Qué mala leche! Estupendo microcuento.

15 06 2011
VALK

¡Eso es venganza!, y aunque en un principio pueda tener un sabor muy agradable, con el tiempo es asquerosa.
Me voy a leer un ratito a Don Eduard Punset, que me acabas de dejar con un mal regusto. Si yo sé, no lo leo.
¡Ay, mis entrañas!.

16 06 2011
Eduardo Glez. Ascanio

Tarde pero lo he leído, más vale tarde… y más cuando el texto, como es el caso, es magnífico.

Un saludo.

17 06 2011
Dulce

Joer, creía que sólo me estaba pasando a mi, me estaba poniendo mala al leerlo, debe ser bueno que consigas que alguien se ponga de mal cuerpo al leer un relato tuyo, no??? Menos mal que te conozco y no te lo tendré en cuenta!!!!

17 06 2011
Brida

Sádico, retorcido, pero con un tono dulce, mucha ironía.
Este tipo de relatos me absorben y gustan, será que yo también soy una sádica.
Muy bueno.

24 06 2011
Lunática

¿Tanto odio para qué?, ¿seguir perdiendo tu vida de esa manera… ? Al final se volverá en contra toda esa sinrazón absurda.
(El texto está muy bien hilado -como siempre).

29 06 2011
Gonzalo

Excelente! Me gusta ver como Maquiavelo dejó su semilla extendida por doquier.

3 07 2011
Raquel

que bueno el cuento, que enferma está, muy fuerte pero real.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: