El futuro en una bolsa de té

29 10 2011

Esta semana una de Henning Mankell. ¿Otra novela negra?, te estarás preguntando. Pues no. Una de Mankell, pero del otro Mankell. Porque está el Henning Mankell que escribe las novelas de la saga de Wallander, o thrillers estupendos como El Chino y está el otro Mankell, el que dirige una Teatro Nacional Avenida de Maputo, se embarca en misiones de paz a Palestina y escribe cosas como una trilogía formada por El secreto del fuego, Jugar con fuego y La ira de fuego, que cuentan la vida de Sofía, una chiquilla africana, acerca de las dificultades que supone ser mujer en África. Son la misma persona, pero no el mismo escritor y ese Henning Mankell, el que escribe novela social muy comprometida sin que medie la excusa de lo policíaco, es el que te traigo hoy, con una historia comprometida y, al mismo tiempo, muy amena titulada Tea-Bag.

Al comienzo de Tea-Bag nos encontramos con el laureado poeta sueco Jesper Humlin, que es uno de los autores más famosos de su país y se limita a publicar cada año un libro que lo mantiene en lo más alto (sí, ya sabemos que en España y, sobre todo, en Canarias, los poetas pasan hambre, pero parece ser que en Suecia hay gente que compra libros). El resto de la vida se le va entre comer de vez en cuando con su máximo rival, para darse envidia mutuamente, visitar a su madre (una vieja excéntrica que está escribiendo una novela negra), verse con su amante (una enfermera que está escribiendo una novela negra), telefonear a su agente de bolsa (un petimetre que está escribiendo una novela negra) y reunirse con su editor (que está empeñado en que el mismo Humlin escriba una novela negra).

Toda esta vida social, con sus problemáticas frívolas y sus cariños postizos, se va a tambalear con la aparición de Tea-Bag, una misteriosa inmigrante ilegal africana que, a su vez, lo va a poner en contacto con otras inmigrantes de otros países (una chica de Europa del Este o una adolescente de Oriente Próximo), y lo obligará a comprometerse en la impartición de un taller de escritura creativa en un gimnasio de boxeo (esto me encanta). Todo esto hará que Humlin se enfrente a otras realidades que hasta ese momento ha ignorado, pero que lo van a hacer reflexionar sobre el choque culural entre el Norte y el Sur y que se implique en los problemas de estas chicas y de otras personas que las rodean.

Claro: una novela social. Pero lo mejor es que Mankell afronta el tema con mucha inteligencia, ridiculizando hasta la parodia la vida de los escritores célebres, que él mismo sufría por esa época en que escribió el libro (cuando era famosísimo por causa de su comisario Wallander, pero estaba empeñado en quitárselo de encima). Critica así la autocomplacencia, el etnocentrismo del mundillo “cultural” y editorial, cuyos representantes cierran los ojos a las más duras realidades. Sin embargo, como te decía, lo hace con un fino sentido del humor, en una novela muy bien construida que se lee con placer, haciéndote pasar ratos estupendos y también poniéndote, en ocasiones, el nudito en la garganta para hacerte pensar sobre algo que tenemos muy cerca: esos seres humanos que no tienen, para nosotros, ni nombre ni patria, porque los han dejado atrás buscando un paraíso que al fin no es otra cosa que un purgatorio más.

Como decía, Henning Mankell ha conocido la fama gracias a su comisario Wallander, esa serie traducida a 37 idiomas que no para de ganar adeptos, que tiene adaptaciones para televisión e imitadores en todo el mundo. Y eso está bien, porque la serie de Wallander está muy bien escrita y en ella hay novelas estupendas, como Asesinos sin rostro o La quinta mujer. Pero vale la pena acercarse también a este otro Mankell, ese Mankell tan cáustico como crítico, que tiene residencia en Mozambique y se empeña personalmente en proyectos de progreso para ese continente tan cercano y que tanto miedo nos da a veces.

Así que, para esta semana, Tea-Bag, de Henning Mankell, en Tusquets, 374 páginas para reír, emocionarnos y sobre todo reflexionar sobre seres humanos que se esconden tras las cifras, pero tienen rostro, personalidad, pasado y, sobre todo, futuro.





La lechuza de Minerva se queda, como siempre, en tierra

28 10 2011

Te pido disculpas de antemano por esta entrada tan larga, pero desde el pasado fin de semana ando preocupado. Comencé a preocuparme cuando supe la noticia del anuncio de recortes en el área de Cultura por parte del Gobierno de Canarias. El lunes alguien me envió un correo (supongo que de muy buena fe) en el que se nos instaba a quienes trabajamos en el sector a movilizarnos contra el tijeretazo.

Recordé que la lechuza de Minerva alza el vuelo al atardecer y, tras esta pedantería, pensé que este momento de crisis constituía una buena oportunidad para debatir acerca de nuestro modelo de gestión pública de la cultura. Un modelo que es gravoso para el erario público y poco fecundo a la larga, en el sentido de su poca conveniencia si se desea crear un tejido que pueda llegar a autofinanciarse, a elaborar productos exportables, a permitir sobrevivir con cierta dignidad a quienes los distribuyen (sí, los intermediarios tienen que comer), pero también a quienes elaboran los productos culturales (esto es, a la mano de obra). Creí que se pondría sobre la mesa el asunto de los grandes gastos en eventos que tienen más que ver con el espectáculo de masas importado o con la rancia tradición del elitismo exclusivista (o producción de humo grandilocuente) que con la producción de cultura; creí que se hablaría de por qué esos eventos exprimían el presupuesto mientras pequeños proyectos se quedaban en la cuneta. También creí, ingenuo de mí, que se hablaría de modelos de financiación alternativos a la subvención, que podrían ir desde el préstamo para emprendedores o los acuerdos con empresas privadas para apoyar la movilidad hasta el asunto del mecenazgo, figura polémica pero que sería interesante contemplar en época de crisis. Por último, creí que se hablaría de formación, de proyectos de futuro, de acercamiento a la ciudadanía (los consumidores últimos de todo producto cultural) y de cómo ir creando por fin un suelo firme en el cual la industria cultural pudiera ir dependiendo cada vez menos de los poderes públicos (aún teniendo en cuenta las especificidades geográficas, nuestra posición periférica que pone a un productor, a un galerista o a un editor en desventaja con los del resto del país).

Sin embargo, el resultado de esa movilización, es este manifiesto, surgido tras dos reuniones en cada una de las dos capitales. Al fin, tuve otro de mis recuerdos pedantes: El Gatopardo y el mensaje de que hay que cambiar todo para que todo siga igual.

Hoy, aparte de las declaraciones en ruedas de prensa, he leído sendos artículos de Emilio González Déniz y José Oribe que se muestran críticos en parámetros similares a los que planteo en esta entrada.

No pude asistir a esas reuniones. Tengo dos excusas: A la primera reunión no fui convocado; durante la segunda, estaba trabajando. En todo caso, no me molesta lo que aparece en el manifiesto; lo que me molesta es lo que falta.

Como sabes, soy escritor, lo cual me convierte, probablemente, en una de las manos de obra más baratas del país. Por supuesto, lo hago porque quiero. Nadie me mandaba a andar malviviendo de esto, en lugar de hacer caso a mi santa madre, que deseaba que me hiciera calderero, con lo cual, viviendo en una ciudad con puerto comercial, tendría más asegurado el pan. Pero, hechas las necesarias averiguaciones, decidí no ser el responsable último de ningún naufragio marítimo. Así que me dedico a la escritura. Escribo novelas, libros infantiles. También cuentos y microrrelatos, que cuelgo de vez en cuando por aquí. Escribo por encargo obras de teatro o guiones o textos para agencias publicitarias. A veces, las compañías, las productoras o las agencias pagan. Otras veces no. Realizo, también, actividades de animación a la lectura que son muy poco gravosas económicamente hablando y que tienen cierta rentabilidad social a largo plazo. Además, imparto talleres de escritura por cuenta de instituciones públicas (eso cada vez menos), de forma privada o, incluso, gratuitamente, cuando un proyecto me enamora y está destinado a un colectivo que lo necesita.

Aparte, mientras intento echar garbanzos al puchero, como mis libros tienen cierto éxito, recibo llamadas de intermediarios de instituciones para que colabore (colaborar es un eufemismo de “trabajar gratis”) en proyectos por los cuales ellos cobran. Cosa que no me importaría hacer, si no fuera porque cuando se da la oportunidad de “colaborar” con ellos recibiendo algún tipo de remuneración, suelen acudir a otros cuyos libros quizá no tengan tanto éxito pero que son animales políticos más dóciles.

No soy un caso único. Soy solo un ejemplo. En Canarias hay muchos escritores, artistas plásticos, actores, ilustradores, guionistas, bailarines, músicos, directores de cine. Y muchas pequeñas compañías teatrales, productoras y estudios creativos. También algunas editoriales (no todos los editores son piratas o tiburones; algunos intentan ganarse la vida honradamente). Sé que algunos (muy pocos) habrán sido convocados a esas reuniones, de las cuales surgió el manifiesto que enlacé más arriba. Pero, releyendo su texto, me pregunto si pudieron hablar en ellas y, sobre todo, si alguien escuchó lo que decían.

 





V Memorial Dolores Campos-Herrero. Jam Session de Microrrelatos

25 10 2011

Como cada otoño (y con un poco de retraso sobre la fecha habitual) Matasombras convoca el V Memorial Dolores Campos-Herrero, Jam Session de Microrrelatos. Se trata de un acto público efímero y ameno, espontáneo y poco solemne en el que, anualmente, autores y autoras de todas las edades y estilos, tanto noveles como experimentados, se reúnen para una lectura de minificciones, con orden improvisado, para celebrar, a un mismo tiempo, el cuento pigmeo y la memoria de Dolores Campos-Herrero, destacada escritora fallecida el 20 de octubre de 2007.

En esta ocasión, la cita será el 7 de noviembre de 2011, a las 20:30 horas, en la sala Cuasquías de Las Palmas de Gran Canaria (San Pedro, 2).

Dolores Campos-Herrero, además de como periodista y escritora, se distinguió por su decidido apoyo a los nuevos autores. Por eso, uno de los objetivos principales de este Memorial es el descubrimiento de nuevas voces, de microrrelatistas emergentes que vengan a sumarse a quienes ya atesoran cierta experiencia en el campo de la minificción.

Te invitamos, si eres microrrelatista, a participar con tus propias creaciones. Ni siquiera es necesario que avises previamente: preséntate allí con tus textos y apúntate a los turnos de lectura.

El Memorial Dolores Campos-Herrero pretende ser un acto de lectura improvisada y poco solemne, pero eso no quiere decir que deseemos un acto desorganizado y poco ameno, así que, basadas en la experiencia de ediciones anteriores, las convenciones que se adoptarán este año serán las siguientes:

1. Entenderemos por microrrelato una obra de ficción en prosa, de temática libre, con argumento independiente y autosuficiente, que utilizará el mínimo posible de palabras (a los efectos de esta convocatoria se aceptarán textos con un máximo de 250 palabras, pero, en todo caso, se ruega a los autores que prefieran los textos más breves a los más extensos).

2. La participación será individual. Esto es: no se admitirá la asistencia en nombre de instituciones, agrupaciones, asociaciones, colegios o cualquier otro ente de naturaleza colectiva. Cada participante asistirá a la jam session como persona individual y de este modo defenderá su texto.

3. No se admitirán preámbulos ni epílogos a los microrrelatos (cada texto deberá explicarse por sí mismo), discursos o cualquier otro tipo de intervención que no sea la lectura de microrrelatos, excepción hecha de la presentación y la despedida del acto y las intervenciones de los moderadores, en caso de que sean necesarias. Tampoco serán admitidas lecturas de textos de otros autores diferentes a las personas que los leen, salvo en el caso de permiso expreso del autor de aquéllos para su lectura en la convocatoria.

4. El acto comenzará y finalizará con la lectura de microrrelatos de Dolores Campos-Herrero, por parte de sus familiares, o de aquella persona o personas que estos designen.

5. Cada turno de intervención constará de un solo microrrelato, pero no existe un número máximo de turnos de intervención. Una vez realizada una primera ronda de lecturas, cada autor o autora podrá volver a intervenir cuantas veces le parezca oportuno hasta la finalización del acto.

6. Se entiende que por el hecho de participar en la convocatoria, los autores y autoras acatan tácitamente estas convenciones.

Las únicas cosas serias del evento, serán esas seis convenciones. Por lo demás, esperamos contar, como otros años, contigo y con tus textos.

Dolores Campos-Herrero nació en Tenerife, pasó su infancia y adolescencia en Lanzarote y vivió la mayor parte de su vida adulta en Gran Canaria, por lo cual vindicar  su obra es una buena forma de celebrar al conjunto de las letras canarias. Aunque poco antes ya había editado su primer libro (Daiquiri y otros cuentos), pertenece al grupo de autores y autoras que comenzaron a darse a conocer en los años ochenta del pasado siglo, mediante la colección Nuevas Escrituras Canarias y que serían denominados, posteriormente, como la Generación del Silencio. Fue guionista de televisión y dramaturga, periodista y blogger, activista cultural y formadora de nuevos talentos en talleres literarios. A través de una quincena de títulos literarios, cultivó la poesía, la literatura infantil y el relato breve, campo en el que destacó por su constante diálogo con los clásicos en una obra no obstante innovadora y abierta a nuevos caminos. De hecho, fue una de las primeras firmas en las Islas que apostaron firmemente por la minificción (o, como ella la denominó, la brevería), con títulos como Santos y pecadores, Eva, el Paraíso y otros territorios, Ficciones mínimas y Finales felices. Además de otros títulos narrativos (Basora, Veranos mortales), destacan en su obra los títulos destinados al público más joven (Azalea, Rosaura y los autómatas, El viaje de Almamayé), los volúmenes de poesía (Noticias del paraíso, Siete lunas, El libro de los naufragios, Chanel número cinco), junto a Fieras y ángeles, libro en el que cuento y ensayo literario confluyen en la excusa formal de un bestiario, o Breverías, que recoge las entradas de su blog, del mismo nombre, en archipielagonoticias.com.

Su obra combina nuevas lecturas de temas tradicionales (como el de las brujas, tomadas como metáfora de la independencia femenina con respecto al patriarcado, o Adán y Eva en el Paraíso, homenajeando a Mark Twain) con visiones estéticas inéditas dedicadas a objetos cotidianos. En su universo narrativo conviven una gran diversidad de referentes, que abarcan desde los clásicos grecolatinos hasta los iconos de la cultura popular contemporánea, con vocación cosmopolita y un fino sentido del humor que oscila entre lo naïf y lo irónico.

Desde el mismo día de su creación, Dolores Campos-Herrero colaboró con el espacio Matasombras, participando activamente en sus actividades, principalmente en las jam sessions de microrrelatos que se celebraban periódicamente en dicho foro.

Por ello, desde el año de su fallecimiento (ocurrido el 20 de octubre de 2007), se celebra anualmente este Memorial Dolores Campos-Herrero, jam session de microrrelatos que pretende homenajear a quien fuera impulsora decidida de esta particular forma narrativa.





El maestro y Margarita: la risa de la hienas

23 10 2011

 

A quienes siguen La buena letra (ese espacio en el que cada viernes Eva Marrero y el abajo firmante te damos una excusa para la lectura desde Ser Las Palmas) les debo la entrada correspondiente al primer programa de esta nueva etapa. Aquí está, con algo de retraso, pero con el cariño de siempre:

 

El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, Madrid, Alianza Editorial, 528 páginas.

En realidad, existen pocos libros imprescindibles. Por eso, cuando damos con uno, nos entusiasmamos. Pero el entusiasmo no resta valor al rigor del juicio:  El maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov es un libro imprescindible, uno de esos libros que es muchos libros (como decía Cortázar en Rayuela), que sobreviven al tiempo, a las circunstancias que parecieron originarlo, a las primeras lecturas en la juventud y aun a las traducciones inexactas.

En principio, trata sobre una visita del mismísimo Satanás al Moscú de los años veinte. Adopta la forma del profesor Voland, un distinguido caballero alemán que se hace acompañar de un grupo de ayudantes (en realidad, una cohorte de demonios menores). ¿Para qué ha venido a Moscú? Lo primero de todo, para sabotear la muelle existencia del establishment literario moscovita, pues el primer blanco de sus trastadas será el Massolit, el grupo literario oficial, a cuyos miembros va a poner en evidencia. Pero todo esto no es más que un primer paso para hacerse con un teatro en el que “el profesor Voland, maestro ocultista” expondrá sus conocimientos al público. El resultado de esta representación, sembrará Moscú de billetes falsos y de señoras en ropa interior. Al mismo tiempo, todos los miembros importantes de la sociedad que se les crucen en el camino a esta panda demoníaca, van a acabar inexorablemente en el manicomio o en el depósito de cadáveres.

Al mismo tiempo, mientras vamos siguiendo las andanzas de Voland y los suyos, se van insertando en la novela capítulos de otro libro, una novela psicológica que transcurre en el Jerusalén del siglo I y cuyo protagonista es Poncio Pilatos. Así pues, tenemos una novela satírica de corte fantástico y, al mismo tiempo, una seria e interesante novela que relee los Evangelios desde una perspectiva realista. Pero aún hay más, porque a estos personajes viene a unirse Margarita, una hermosa dama enamorada de un escritor a quien los miembros del Massolit han defenestrado y que ha acabado en el manicomio después de quemar el manuscrito de su libro.

Curiosamente, el profesor Voland y sus demonios, que se dedican a labrarle la desgracia a todos, ayudan a Margarita a encontrar al maestro y recuperarlo, convirtiéndola en bruja (no hay que perderse, por cierto, el momento en que Margarita se unta el cuerpo con un ungüento mágico y vuela desnuda a medianoche sobre el cielo de Moscú en unos capítulos que recuerdan a El diablo cojuelo, de Vélez de Guevara).

 

En El maestro y Margarita hay críticos literarios que mueren decapitados por tranvías (esto ya es un buen motivo para leerlo), gente que se acuesta en una ciudad y se despierta en otra, gatos que beben vodka y disparan pistolas (por suerte con malísima puntería) y hasta una oficina ministerial en la que los burócratas son obligados por arte de magia a representar, una y otra vez, un número de comedia musical. Cuando uno lee este pasaje, se imagina inevitablemente a todos los administrativos del Edificio de Usos Múltiples cantando un número de My Fair Lady

El resultado es una historia aparentemente disparatada, con un sentido del humor que oscila entre lo más negro y lo más cándido, y que trata, entre otras cosas, de la fealdad del sistema y la libertad individual; y, algo muy destacable, con una descarnada sensualidad que recorre casi cada página. En conjunto, una novela caleidoscópica e inolvidable, que, con toda justicia, figura en la lista de los 100 libros del Siglo XX que publicó Le Monde en 1999.

Bulgákov nació en 1891 y murió en 1940. Era médico y había tomado partido por los Blancos durante la Guerra Civil Rusa. Por eso sus obras teatrales y sus cuentos no eran oficialmente muy bien vistos. Sin embargo, tenían muchísimo éxito y ni lo mandaron al Gulag ni abandonó la Unión Soviética, como ocurrió con otros. De hecho, cuando, en 1930 expresó su deseo de emigrar para poder trabajar en paz, lo llamó por teléfono el propio José Stalin, que era admirador suyo, para convencerle de que no lo hiciera. Bulgákov comenzó a escribir El Maestro y Margarita en 1928, pero él mismo (igual que el personaje de su libro) quemó el primer manuscrito, que luego reescribiría de memoria. Continuaría con ella hasta su muerte, después de la cual su viuda se encargó de preparar una última versión. La novela no sería editada hasta 1966 e, incluso así, lo que apareció fue una versión censurada. La que podemos leer hoy no sería publicada hasta 1989, cuando se publicó comparando todos los manuscritos existentes en ese momento.

Pero, todo esto, a un lector de novelas le da igual. Un lector (como tú, como yo), simplemente, seguirá al profesor Voland y sus secuaces, para pasárselo estupendamente con sus gamberradas y para emocionarse al descubrir que solo hay una cosa que ellos respeten: el amor.

Así pues, para encarar el otoño con una sonrisa maléfica, El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, en Alianza Editorial, 528 páginas que son de las mejores del siglo XX.

 





Las crisálidas, intolerancia versus evolución

21 10 2011

Los libros de ciencia ficción que hay en mi biblioteca podrían dividirse en dos grandes categorías: unos son el producto de la fascinación ante la ciencia y la tecnología y juegan a adivinar el futuro, buscando, sobre todo, la diversión y el asombro; otros, en cambio, responden a una indagación en el humán moderno y sus preocupaciones, a la pregunta por Dios, por la ética, por la condición humana, por las relaciones entre individuo y sociedad, entre nuestra especie y la naturaleza. No tengo nada en contra de los libros de la primera categoría, pero siempre me han interesado más aquellos que pertenecen a la segunda. Principalmente porque suelen están escritos de manera más cuidadosa y me hacen plantearme preguntas de esas que no caducan. Por eso no me desprendo de mis ejemplares de H. G. Wells, Ray Bradbury, Stanislav Lem, Isaac Asimov, Georges Orwell, Joan Perucho, Phillip K. Dick o Anthony Burguess (sé que en la lista no hay mujeres y sé que hay un único español, pero esa lista la han elaborado el tiempo y un caótico gusto de lector, porque de ambos soy esclavo). Algunos de ellos hicieron pocas incursiones en el género, guiados, probablemente, por propósitos más bien políticos; otros lo cultivaron con furia o abnegación rayana en la locura, pero todos nos cuentan en sus títulos “de ciencia y adelantación” (como se decía antes) algo importante acerca de mi propia realidad.

Las crisálidas, de John Wyndham, Duomo Ediciones, 245 páginas.

Las crisálidas, de John Wyndham, Duomo Ediciones, 245 páginas.

 

A esta lista no me queda más remedio que añadir Las crisálidas, del británico John Wyndham, una novela que he descubierto hace poco y prácticamente por casualidad.

El protagonista es David, un adolescente que vive en una población rural llamada Waknuk, en el seno de una sociedad agrícola decimonónica y puritana. Es hijo del patriarca local, un verdadero fanático religioso que defiende a ultranza la doctrina de la pureza. Pero no hablamos de esa pureza de la virtud (que también) sino de pureza biológica. Porque hay que decir que en Waknuk crecen o nacen de vez en cuando plantas, animales y personas que sufren extrañas y caprichosas mutaciones genéticas, debidas, según la doctrina, a lo que ellos llaman la Tribulación, un gran desastre que Dios envió al Viejo Mundo para castigarlo por sus pecados. Claro está, en pocas páginas nos vamos dando cuenta de que Waknuk no es un sitio del Siglo XIX, sino del futuro, cientos de años después de un gran cataclismo, seguramente de origen nuclear.

En todo caso, esta sociedad es muy intolerante con las mutaciones: los animales y las plantas son destruidos; las personas son desterradas y así los habitantes de Waknuk continúan manteniéndose “puros”, erradicando todo aquello que ellos consideran fuera de “la normalidad”. El problema está en que David y otros chicos y chicas de su edad, tienen la habilidad de comunicarse a larga distancia por medio de la mente. Saben que son mutantes (un nuevo tipo de mutantes, una raza intelectualmente superior a la de sus progenitores) y por eso intentan a toda costa mantener su secreto, ya que serán eliminados de la ecuación en cuanto se sospeche que son diferentes a los demás.

Este es el planteamiento inicial de Las crisálidas. Solo el planteamiento inicial, pues luego van a ocurrir muchísimas cosas en el libro, que desembocará en su último tercio en un relato de aventuras en el sentido más clásico. Personalmente, prefiero los dos primeros tercios, pero el último también está contado de forma eficaz y no hace mella en la valoración general de esta novela que, como dice Christopher Priest en el prólogo, nos habla “de cómo las fuerzas reaccionarias se alían en contra de la razón”, un fenómeno habitual (y hasta lógico, si se quiere) en toda sociedad.

La elegancia del estilo de Wyndham reside en su sobriedad, en su forma de manejar la intriga evitando los aspavientos y en cómo nos habla sin sermonearnos acerca de la lealtad, la tolerancia, el derecho a la diferencia y la búsqueda de la libertad, produciendo algunas páginas realmente deliciosas, especialmente recomendables, en mi opinión, para lectores jóvenes.

No sé si John Wyndham es demasiado conocido entre nosotros. Murió en 1969, a los 66 años. En su juventud probó con todo tipo de oficios hasta que en los años treinta comenzó a publicar historias de ciencia ficción en revistas estadounidenses, en su mayoría cuentos de puro entretenimiento. Hace un paréntesis durante la Segunda Guerra Mundial, porque se alista en el ejército y, cuando vuelve de la guerra, es un escritor muy distinto. El éxito le viene en 1951, con El día de los trífidos (una novela sobre una invasión extraterrestre), y continúa con Kraken acecha (aquí la amenaza es la de un monstruo submarino), que, al parecer (yo aún no he podido leerlas) reflejaban los horrores que Wyndham había vivido durante la guerra. Tras Las crisálidas, publicará también Los cuclillos de Midwich, donde retoma el asunto de una generación de niños con extraordinarios poderes mentales en el seno de una comunidad cerrada, aunque en este caso los chicos son de procedencia extraterrestre, gastan muy mala leche y no nos caen tan bien como los de Las crisálidas. Los cuclillos de Midwich inspiró El pueblo de los malditos, una película muy clásica que tiene una secuela y un remake bastante respetable.

De la última novela de Wyndham, Chocky, se sabe, al parecer, que Spielberg ha comprado los derechos, así que seguramente volveremos a oír hablar de él.

De Las crisálidas no hay adaptación, aunque si uno ve El bosque, la película de M. Night Shyamalan, es fácil pensar que este muchacho leyó esta novela y se copió unas cuantas cosas para el guión de la peli.

Pero cuando se va al cine se va al cine y cuando se lee se lee y, en ocasiones uno prefiere imaginar las cosas a que se las muestren. Las crisálidas, de John Wyndham, en Duomo Ediciones, 245 páginas, ciencia ficción de la buena, de la que divierte y hace pensar al mismo tiempo.





Digestiones

21 10 2011

Sí, este es un blog literario, pero hay noticias que lo llenan todo. Y digerir las que nos mantuvieron en vilo ayer va a requerir tiempo, paciencia y amplitud de miras.

La primera, cronológicamente, fue el fin de Gadafi. Esa mezcla alocada de Don Corleone y el Pato Donald, según Robert Fisk, fue detenido y linchado (cuidado con este enlace, porque el contenido es desagradable) durante la toma de Sirte. Y sí, uno quiere ver caer a los dictadores, pero quiere que sean juzgados en un tribunal, con un código legal razonable y justo (ese mismo que ellos no aplicaron a sus víctimas) para sentir que la sociedad que los depone es mejor que ellos, para saber que la revolución que los derroca sirve para algo. Porque, me pregunto, qué sentido tiene luchar contra un régimen de horror para imponer otro similar. Y no me lo pregunto desde el asesinato de Gadafi, sino desde que leí, hace cosa de un mes, que el CNT se inspiraría en la sharia, que Mustafá Abdel aseguraba que la ley islámica sería la única fuente de inspiración del gobierno de la nueva Libia. Y es que “democracia” y “religión” son cosas que, en mi opinión, no pueden ir juntas. No digo esto porque yo sea irreligioso (que lo soy) sino porque la primera pertenece al ámbito de lo público y la segunda es un asunto privado y su imposición a aquella solo puede dar como resultado la asfixia, la injusticia, el etnocentrismo y la intolerancia. Tanto la Historia como la Geopolítica actual dan sobradas muestras de ello. Así que viene a resultar que ese optimismo que uno experimentaba cuando comenzaron las revueltas en Libia queda ahora en suspenso.

Espero que no haya de quedar igualmente en suspenso el optimismo ante el anuncio de ETA de ayer. Y, sin embargo, hoy, aún en plena digestión, me siento bien por el hecho de que estos señores del pañuelo en la cara, cuyo asesor de imagen está de vacaciones, hayan guardado la pistola. Sé que lo hacen porque saben que esta sociedad y la lógica del devenir histórico les han asfixiado y están más acabados que un vendedor de vídeos VHS y sé que es una estrategia para dar legitimidad a la izquierda abertzale, en la cual se inserta llevar su discurso a un mapa conceptual de “superación de confrontación armada”, como precisa Santos Juliá. Sin embargo, ahora, en plena digestión, pienso que lo importante es que se han guardado la pistolita de marras, que hoy más de una persona no tendrá que mirar debajo del coche antes de entrar en él. Por supuesto, quedan las víctimas, nadie puede olvidarse de ellas y alguien tendrá que ponerse de acuerdo con alguien para que la ley (que no la venganza) alcance a sus verdugos. Pero, en ocasiones, conseguir una justicia efectiva supone un ejercicio de paciencia. Por lo pronto me quedo con una visión positiva de esta noticia que más de uno de los periodistas que habitualmente sigo estaba deseando dar: Agur ETA.





Cosecha del Laboratorio

20 10 2011

Ahora que ya ha arrancado el Taller de Introducción, me ha quedado un ratito libre para ir colgando y exponiendo algunas de las prácticas surgidas, tanto el curso pasado como en los talleres de verano del Laboratorio. Hoy y en los próximos días, irán apareciendo aquí. Elegiremos piezas muy breves, principalmente microrrelatos y breves ejercicios de estilo que dieron buenos resultados. Se trata de pequeños juegos (una mínima muestra de los muchos textos producidos a lo largo de nueve meses de trabajo), píldoras de literatura para endulzarte el día y provocar la reflexión o la sonrisa.

Si te apetece algo así, pasa y lee. Y, si quieres, incluso comenta.








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