Las crisálidas, intolerancia versus evolución

21 10 2011

Los libros de ciencia ficción que hay en mi biblioteca podrían dividirse en dos grandes categorías: unos son el producto de la fascinación ante la ciencia y la tecnología y juegan a adivinar el futuro, buscando, sobre todo, la diversión y el asombro; otros, en cambio, responden a una indagación en el humán moderno y sus preocupaciones, a la pregunta por Dios, por la ética, por la condición humana, por las relaciones entre individuo y sociedad, entre nuestra especie y la naturaleza. No tengo nada en contra de los libros de la primera categoría, pero siempre me han interesado más aquellos que pertenecen a la segunda. Principalmente porque suelen están escritos de manera más cuidadosa y me hacen plantearme preguntas de esas que no caducan. Por eso no me desprendo de mis ejemplares de H. G. Wells, Ray Bradbury, Stanislav Lem, Isaac Asimov, Georges Orwell, Joan Perucho, Phillip K. Dick o Anthony Burguess (sé que en la lista no hay mujeres y sé que hay un único español, pero esa lista la han elaborado el tiempo y un caótico gusto de lector, porque de ambos soy esclavo). Algunos de ellos hicieron pocas incursiones en el género, guiados, probablemente, por propósitos más bien políticos; otros lo cultivaron con furia o abnegación rayana en la locura, pero todos nos cuentan en sus títulos “de ciencia y adelantación” (como se decía antes) algo importante acerca de mi propia realidad.

Las crisálidas, de John Wyndham, Duomo Ediciones, 245 páginas.

Las crisálidas, de John Wyndham, Duomo Ediciones, 245 páginas.

 

A esta lista no me queda más remedio que añadir Las crisálidas, del británico John Wyndham, una novela que he descubierto hace poco y prácticamente por casualidad.

El protagonista es David, un adolescente que vive en una población rural llamada Waknuk, en el seno de una sociedad agrícola decimonónica y puritana. Es hijo del patriarca local, un verdadero fanático religioso que defiende a ultranza la doctrina de la pureza. Pero no hablamos de esa pureza de la virtud (que también) sino de pureza biológica. Porque hay que decir que en Waknuk crecen o nacen de vez en cuando plantas, animales y personas que sufren extrañas y caprichosas mutaciones genéticas, debidas, según la doctrina, a lo que ellos llaman la Tribulación, un gran desastre que Dios envió al Viejo Mundo para castigarlo por sus pecados. Claro está, en pocas páginas nos vamos dando cuenta de que Waknuk no es un sitio del Siglo XIX, sino del futuro, cientos de años después de un gran cataclismo, seguramente de origen nuclear.

En todo caso, esta sociedad es muy intolerante con las mutaciones: los animales y las plantas son destruidos; las personas son desterradas y así los habitantes de Waknuk continúan manteniéndose “puros”, erradicando todo aquello que ellos consideran fuera de “la normalidad”. El problema está en que David y otros chicos y chicas de su edad, tienen la habilidad de comunicarse a larga distancia por medio de la mente. Saben que son mutantes (un nuevo tipo de mutantes, una raza intelectualmente superior a la de sus progenitores) y por eso intentan a toda costa mantener su secreto, ya que serán eliminados de la ecuación en cuanto se sospeche que son diferentes a los demás.

Este es el planteamiento inicial de Las crisálidas. Solo el planteamiento inicial, pues luego van a ocurrir muchísimas cosas en el libro, que desembocará en su último tercio en un relato de aventuras en el sentido más clásico. Personalmente, prefiero los dos primeros tercios, pero el último también está contado de forma eficaz y no hace mella en la valoración general de esta novela que, como dice Christopher Priest en el prólogo, nos habla “de cómo las fuerzas reaccionarias se alían en contra de la razón”, un fenómeno habitual (y hasta lógico, si se quiere) en toda sociedad.

La elegancia del estilo de Wyndham reside en su sobriedad, en su forma de manejar la intriga evitando los aspavientos y en cómo nos habla sin sermonearnos acerca de la lealtad, la tolerancia, el derecho a la diferencia y la búsqueda de la libertad, produciendo algunas páginas realmente deliciosas, especialmente recomendables, en mi opinión, para lectores jóvenes.

No sé si John Wyndham es demasiado conocido entre nosotros. Murió en 1969, a los 66 años. En su juventud probó con todo tipo de oficios hasta que en los años treinta comenzó a publicar historias de ciencia ficción en revistas estadounidenses, en su mayoría cuentos de puro entretenimiento. Hace un paréntesis durante la Segunda Guerra Mundial, porque se alista en el ejército y, cuando vuelve de la guerra, es un escritor muy distinto. El éxito le viene en 1951, con El día de los trífidos (una novela sobre una invasión extraterrestre), y continúa con Kraken acecha (aquí la amenaza es la de un monstruo submarino), que, al parecer (yo aún no he podido leerlas) reflejaban los horrores que Wyndham había vivido durante la guerra. Tras Las crisálidas, publicará también Los cuclillos de Midwich, donde retoma el asunto de una generación de niños con extraordinarios poderes mentales en el seno de una comunidad cerrada, aunque en este caso los chicos son de procedencia extraterrestre, gastan muy mala leche y no nos caen tan bien como los de Las crisálidas. Los cuclillos de Midwich inspiró El pueblo de los malditos, una película muy clásica que tiene una secuela y un remake bastante respetable.

De la última novela de Wyndham, Chocky, se sabe, al parecer, que Spielberg ha comprado los derechos, así que seguramente volveremos a oír hablar de él.

De Las crisálidas no hay adaptación, aunque si uno ve El bosque, la película de M. Night Shyamalan, es fácil pensar que este muchacho leyó esta novela y se copió unas cuantas cosas para el guión de la peli.

Pero cuando se va al cine se va al cine y cuando se lee se lee y, en ocasiones uno prefiere imaginar las cosas a que se las muestren. Las crisálidas, de John Wyndham, en Duomo Ediciones, 245 páginas, ciencia ficción de la buena, de la que divierte y hace pensar al mismo tiempo.





Digestiones

21 10 2011

Sí, este es un blog literario, pero hay noticias que lo llenan todo. Y digerir las que nos mantuvieron en vilo ayer va a requerir tiempo, paciencia y amplitud de miras.

La primera, cronológicamente, fue el fin de Gadafi. Esa mezcla alocada de Don Corleone y el Pato Donald, según Robert Fisk, fue detenido y linchado (cuidado con este enlace, porque el contenido es desagradable) durante la toma de Sirte. Y sí, uno quiere ver caer a los dictadores, pero quiere que sean juzgados en un tribunal, con un código legal razonable y justo (ese mismo que ellos no aplicaron a sus víctimas) para sentir que la sociedad que los depone es mejor que ellos, para saber que la revolución que los derroca sirve para algo. Porque, me pregunto, qué sentido tiene luchar contra un régimen de horror para imponer otro similar. Y no me lo pregunto desde el asesinato de Gadafi, sino desde que leí, hace cosa de un mes, que el CNT se inspiraría en la sharia, que Mustafá Abdel aseguraba que la ley islámica sería la única fuente de inspiración del gobierno de la nueva Libia. Y es que “democracia” y “religión” son cosas que, en mi opinión, no pueden ir juntas. No digo esto porque yo sea irreligioso (que lo soy) sino porque la primera pertenece al ámbito de lo público y la segunda es un asunto privado y su imposición a aquella solo puede dar como resultado la asfixia, la injusticia, el etnocentrismo y la intolerancia. Tanto la Historia como la Geopolítica actual dan sobradas muestras de ello. Así que viene a resultar que ese optimismo que uno experimentaba cuando comenzaron las revueltas en Libia queda ahora en suspenso.

Espero que no haya de quedar igualmente en suspenso el optimismo ante el anuncio de ETA de ayer. Y, sin embargo, hoy, aún en plena digestión, me siento bien por el hecho de que estos señores del pañuelo en la cara, cuyo asesor de imagen está de vacaciones, hayan guardado la pistola. Sé que lo hacen porque saben que esta sociedad y la lógica del devenir histórico les han asfixiado y están más acabados que un vendedor de vídeos VHS y sé que es una estrategia para dar legitimidad a la izquierda abertzale, en la cual se inserta llevar su discurso a un mapa conceptual de “superación de confrontación armada”, como precisa Santos Juliá. Sin embargo, ahora, en plena digestión, pienso que lo importante es que se han guardado la pistolita de marras, que hoy más de una persona no tendrá que mirar debajo del coche antes de entrar en él. Por supuesto, quedan las víctimas, nadie puede olvidarse de ellas y alguien tendrá que ponerse de acuerdo con alguien para que la ley (que no la venganza) alcance a sus verdugos. Pero, en ocasiones, conseguir una justicia efectiva supone un ejercicio de paciencia. Por lo pronto me quedo con una visión positiva de esta noticia que más de uno de los periodistas que habitualmente sigo estaba deseando dar: Agur ETA.








A %d blogueros les gusta esto: