La lechuza de Minerva se queda, como siempre, en tierra

28 10 2011

Te pido disculpas de antemano por esta entrada tan larga, pero desde el pasado fin de semana ando preocupado. Comencé a preocuparme cuando supe la noticia del anuncio de recortes en el área de Cultura por parte del Gobierno de Canarias. El lunes alguien me envió un correo (supongo que de muy buena fe) en el que se nos instaba a quienes trabajamos en el sector a movilizarnos contra el tijeretazo.

Recordé que la lechuza de Minerva alza el vuelo al atardecer y, tras esta pedantería, pensé que este momento de crisis constituía una buena oportunidad para debatir acerca de nuestro modelo de gestión pública de la cultura. Un modelo que es gravoso para el erario público y poco fecundo a la larga, en el sentido de su poca conveniencia si se desea crear un tejido que pueda llegar a autofinanciarse, a elaborar productos exportables, a permitir sobrevivir con cierta dignidad a quienes los distribuyen (sí, los intermediarios tienen que comer), pero también a quienes elaboran los productos culturales (esto es, a la mano de obra). Creí que se pondría sobre la mesa el asunto de los grandes gastos en eventos que tienen más que ver con el espectáculo de masas importado o con la rancia tradición del elitismo exclusivista (o producción de humo grandilocuente) que con la producción de cultura; creí que se hablaría de por qué esos eventos exprimían el presupuesto mientras pequeños proyectos se quedaban en la cuneta. También creí, ingenuo de mí, que se hablaría de modelos de financiación alternativos a la subvención, que podrían ir desde el préstamo para emprendedores o los acuerdos con empresas privadas para apoyar la movilidad hasta el asunto del mecenazgo, figura polémica pero que sería interesante contemplar en época de crisis. Por último, creí que se hablaría de formación, de proyectos de futuro, de acercamiento a la ciudadanía (los consumidores últimos de todo producto cultural) y de cómo ir creando por fin un suelo firme en el cual la industria cultural pudiera ir dependiendo cada vez menos de los poderes públicos (aún teniendo en cuenta las especificidades geográficas, nuestra posición periférica que pone a un productor, a un galerista o a un editor en desventaja con los del resto del país).

Sin embargo, el resultado de esa movilización, es este manifiesto, surgido tras dos reuniones en cada una de las dos capitales. Al fin, tuve otro de mis recuerdos pedantes: El Gatopardo y el mensaje de que hay que cambiar todo para que todo siga igual.

Hoy, aparte de las declaraciones en ruedas de prensa, he leído sendos artículos de Emilio González Déniz y José Oribe que se muestran críticos en parámetros similares a los que planteo en esta entrada.

No pude asistir a esas reuniones. Tengo dos excusas: A la primera reunión no fui convocado; durante la segunda, estaba trabajando. En todo caso, no me molesta lo que aparece en el manifiesto; lo que me molesta es lo que falta.

Como sabes, soy escritor, lo cual me convierte, probablemente, en una de las manos de obra más baratas del país. Por supuesto, lo hago porque quiero. Nadie me mandaba a andar malviviendo de esto, en lugar de hacer caso a mi santa madre, que deseaba que me hiciera calderero, con lo cual, viviendo en una ciudad con puerto comercial, tendría más asegurado el pan. Pero, hechas las necesarias averiguaciones, decidí no ser el responsable último de ningún naufragio marítimo. Así que me dedico a la escritura. Escribo novelas, libros infantiles. También cuentos y microrrelatos, que cuelgo de vez en cuando por aquí. Escribo por encargo obras de teatro o guiones o textos para agencias publicitarias. A veces, las compañías, las productoras o las agencias pagan. Otras veces no. Realizo, también, actividades de animación a la lectura que son muy poco gravosas económicamente hablando y que tienen cierta rentabilidad social a largo plazo. Además, imparto talleres de escritura por cuenta de instituciones públicas (eso cada vez menos), de forma privada o, incluso, gratuitamente, cuando un proyecto me enamora y está destinado a un colectivo que lo necesita.

Aparte, mientras intento echar garbanzos al puchero, como mis libros tienen cierto éxito, recibo llamadas de intermediarios de instituciones para que colabore (colaborar es un eufemismo de “trabajar gratis”) en proyectos por los cuales ellos cobran. Cosa que no me importaría hacer, si no fuera porque cuando se da la oportunidad de “colaborar” con ellos recibiendo algún tipo de remuneración, suelen acudir a otros cuyos libros quizá no tengan tanto éxito pero que son animales políticos más dóciles.

No soy un caso único. Soy solo un ejemplo. En Canarias hay muchos escritores, artistas plásticos, actores, ilustradores, guionistas, bailarines, músicos, directores de cine. Y muchas pequeñas compañías teatrales, productoras y estudios creativos. También algunas editoriales (no todos los editores son piratas o tiburones; algunos intentan ganarse la vida honradamente). Sé que algunos (muy pocos) habrán sido convocados a esas reuniones, de las cuales surgió el manifiesto que enlacé más arriba. Pero, releyendo su texto, me pregunto si pudieron hablar en ellas y, sobre todo, si alguien escuchó lo que decían.

 








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