Un Casanova diferente

9 12 2011

La amante de Bolzano. Sándor Márai. Barcelona. Salamandra. 281 páginas.

Para que luego no me digas que me paso la vida recomendando salvajadas, hoy te traigo La amante de Bolzano, de Sándor Márai, uno de esos autores que son para leerlos con tranquilidad, de forma reflexiva y disfrutando de cada palabra.

La amante de Bolzano está inspirado en un determinado momento de la vida del famoso Giaccomo Casanova: cuando en 1756, se fuga de los Piombi, la prisión de los Plomos de Venecia, donde está encarcelado, y escapa de la ciudad acompañado por Balbi (un monje que ha colgado los hábitos y que se le une como servidor). Se dirigirán a Bolzano, que en ese momento no pertenecía a Italia. Eligen precisamente esa ciudad porque Casanova busca encontrarse con Francesca, la única mujer a la que ha amado y a quien perdió en un duelo con el Duque de Parma, un hombre maduro con quien, finalmente, ella se casó. En el momento de su llegada, se prepara un baile de máscaras (ya sabemos que son la especialidad de Casanova) que el aventurero podría aprovechar para acercarse a Francesca. Sin embargo, se va a llevar (y nosotros con él) una enorme sorpresa.

Nos presenta Márai a un Casanova muy distinto del que nos pintan las crónicas: un hombre que no está pasando un buen momento y que está obsesionado con recuperar a su primer amor; una relectura del mito del amante frívolo despojado de todos los ropajes de la leyenda y la hazaña amorosa. Pero también destruye dos arquetipos importantes: el del marido burlado (el personaje del Duque de Parma en esta novela no es, precisamente, un  perdedor) y el de la dama como “pieza” de cacería (porque comprobaremos que Francesca no es, ni mucho menos, una mujer pasiva que se deje manejar por los hombres).

El tema del triángulo amoroso prolongado platónicamente en el tiempo es un asunto casi recurrente en las obras de una determinada época de Márai (Divorcio en Buda, La herencia de Eszter, El último encuentro y esta misma). Sin embargo, ataca este tema de forma muy distinta cada vez, con argumentos y personajes renovados y arrojando nuevas perspectivas. Aunque, eso sí, con la enjundia y la elegancia que caracterizan su estilo.

Márai fue húngaro, burgués y nacido con el siglo xx. No fue, precisamente, un escritor maldito. Sus novelas, obras de teatro y artículos periodísticos gozaron de gran popularidad tanto en Hungría como en el resto de Europa, hasta que, después de la guerra, Hungría entra en la órbita soviética y Márai sale con su mujer del país, instalándose definitivamente en Estados Unidos. Sus últimas décadas las pasará en San Diego, California, siempre junto a su esposa Lola, su único amor, mientras sus obras son proscritas y su fama cae en el olvido durante treinta años. La lectura de Diarios 1984-1989 (también publicados en España por Salamandra) nos muestra a Márai y a su mujer ya ancianos, en medio de un mundo que no es el suyo, viendo de lejos cómo en Europa comienza a reivindicarse su trabajo. Pero ya es tarde: Lola fallece tras una larga y angustiosa enfermedad y, meses más tarde, Márai, con 89 años, y ante la perspectiva de la invalidez y la agonía, prefiere quitarse la vida. Es el 21 de febrero de 1989.

Paradójicamente, esto marca el comienzo de la recuperación de la obra de Márai para el gran público. En la actualidad, goza de una gran popularidad en muchos países, entre ellos, España. Y podría parecer extraño: la suya es una narrativa sin grandes alardes ni demasiados giros, con largos parlamentos casi teatrales, lo que él mismo denominó como una literatura burguesa. Sin embargo, sus novelas atrapan desde la primera a la última página y el lector recuerda cada uno de sus títulos con cariño, como se recuerda siempre a esos libros que nos desvelan alguna verdad. Quizá sea por su fino olfato psicológico, o por la manera veraz en que analiza las relaciones humanas.

Sea como fuere, Márai es un autor para no perdérselo y, una estupenda manera de empezar a acercarse a él es esta novela: La amante de Bolzano, editada en Barcelona por Salamandra, 281 páginas que nos muestran que las cosas no siempre son lo que parecen.

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Si yo fuera mexicano…

9 12 2011

En estos días anda por mi escritorio un ejemplar de Poetas de las Islas Canarias. Es un libro curioso: una selección de textos de veinte poetas canarios del siglo xx realizada por Juan Carlos de Sancho (escritor, editor y, todo hay que decirlo, amigo) y coeditada en México por La Otra Libros y Editorial UJED (Universidad Juárez del Estado de Durango) con una sencilla y hermosa ilustración de portada del también amigo Augusto Vives.

No conozco a nadie que haya realizado una antología de estas características que no se haya, a la postre, arrepentido. No por el resultado en sí, sino por las polémicas a las que se ha visto obligado a someterse posteriormente. Ello por un hecho evidente: antologar es elegir, seleccionar aquellos autores y textos que uno considera dignos de ser mostrados y difundidos; y toda selección es indefectiblemente subjetiva, así que no puede evitar ser contrastada con la respectiva subjetividad del lector, que no hubiera elegido a un determinado autor o texto y que hubiese, en cambio, incluido a otros en su antología “ideal”. Por otro lado (y teniendo en cuenta la contemporaneidad del periodo elegido) el antólogo no puede evitar herir los egos de poetas o estudiosos de determinados poetas que han quedado fuera del arco de selección. De ahí que los prólogos y las introducciones de las antologías suelan servir de justificación de sus criterios y casi de disculpa ante quienes inevitablemente habrán de atacarle.

Juan Carlos de Sancho resuelve esta cuestión de un plumazo en la primera página: su libro no es antología, sino reunión. Y una reunión es siempre amistosa “a no ser que el encuentro lo organice una celosa camarilla que desea afianzar su hegemonía en el mercado”.

Esta reunión propuesta por De Sancho (siguiendo un orden que se inserta en un relato conductor de la poesía de las Islas desde el Modernismo hasta el año 2000) convoca, cronológicamente, a Domingo Rivero, Tomás Morales, Alonso Quesada, Domingo López Torres, Pedro García Cabrera, Josefina de la Torre, Agustín Espinosa, Agustín y José María Millares, Félix Casanova de Ayala, Rafael Arozarena, Manuel Padorno, Luis Feria, Eugenio Padorno, Lázaro Santana, Juan Jiménez, Ángel Sánchez, Félix Francisco Casanova, Cecilia Domínguez Luis y Federico J. Silva.

Por supuesto, el libro acaba de aparecer y falta, supongo, media hora, para que alguien comience a protestar porque no están Saulo Torón, Emeterio Gutiérrez Albelo, Pino Betancor, Pino Ojeda o José Luis Pernas. Pongo estos ejemplos para no referirme a los poetas más jóvenes, que, más allá de apelar a criterios más o menos rigurosos, se considerarán agredidos por no figurar en la nómina y buscarán (o construirán) esos criterios para señalar presuntos defectos. Ocurrirá (y, sinceramente, deseo que por una vez no ocurra), como ocurre siempre y por los mismos motivos que siempre, que nos fijaremos más en lo que –nosotros creemos que­– falta que en la pertinencia de los nombres que sí están.

Personalmente, he leído con profunda fruición este libro, válido y serio, que recoge poemas para mí muy amados y que me ha recordado otros cuya lectura había olvidado (la memoria es injusta). Y, poniéndome en el lugar del público al que va destinado (el lector mexicano, seguramente perteneciente al ámbito universitario), solo puedo verlo como una joyita que acerca a quien la maneja a un mundo desconocido, el de la poesía canaria contemporánea, tan ignorada por México como por Europa.

En España, por ejemplo, al margen de luminosos hallazgos recientes (Domingo Rivero o José María Millares, a quienes la crítica ha descubierto con asombro en los últimos años, por motivos distintos) suele obviarse que muchos de los grandes poetas de este país son canarios, quizá porque no abundan en las colecciones de referencia, quizá porque su conocimiento es una especie de secreto guardado entre pocos que, además, no se esfuerzan demasiado en difundirlo. No es orgullo patrio; es la constatación de que sus evidentes especificidades geográficas y culturales han hecho de las Islas tradicional territorio de poetas singulares (con poéticas inconfundibles y, en muchos casos, milagrosas, únicas, irrepetibles), al mismo tiempo que la condición periférica y los siempre procelosos avatares editoriales han contribuido a mantenerlos alejados del lector nacional.

Así pues, Poetas de las Islas Canarias, un libro canario editado en México, que nos habla de creolidad, de insularidad, de escritores aislados y resistencia ética, a lo largo de 294 páginas de poesía imprescindible; un libro que, si yo fuera mexicano, agradecería como un hermoso y sorprendente regalo y que, como isleño, me alegra y me enorgullece.





La detective miope

9 12 2011

La detective miope, de Rosa Ribas, Viceversa, 179 páginas.

Te propongo una novela de Rosa Ribas publicada el año pasado por Viceversa y que se titula La detective miope.

¿De qué va? Pues claro, de una detective miope, llamada Irene Ricart. Pero no solo es miope, sino también zurda (un día habrá que hablar de los personajes zurdos y será inevitable mencionar esta novela junto con la monumental Las benévolas), hipersensible y con tendencias neuróticas. Nuestra amiga acaba de salir del psiquiátrico adonde ha ido a parar después de que su hija y su marido (mosso de escuadra) hayan sido asesinados, seguramente por alguien relacionado con algún caso que él investigaba.

A Irene la encontramos al comienzo del libro consiguiendo trabajo en una agencia de detectives de Barcelona y convencida de que la teoría de los seis grados de separación es cierta. De esta teoría, ella ha extraído la poco científica conclusión de que resolviendo cinco casos al azar, en el sexto dará con el asesino o asesinos de su marido y su hija. Así que a lo largo de la novela vamos a seguir a la desequilibrada pero brillante Irene en la resolución de esos casos, todos muy diferentes y sin aparente relación, sola o acompañada de algunos de sus compañeros de la agencia, que están tan tarados como ella, en una novela zigzagueante, con un ritmo muy bien marcado y llena de giros, escrita con un estilo muy claro pero no exento de pasajes de una muy singular belleza literaria. Otro de sus puntos fuertes es el uso de la ironía, el sentido del humor (a veces muy negro) que aparece casi en cada página.

A partir de este argumento aparentemente algo disparatado Ribas logra crear un universo muy verosímil, con descripciones en tres trazos y caracterizaciones que juegan con los tópicos con una destreza que denota madurez en el oficio, estableciendo además complicidades con el lector culto a partir de referencias literarias que no voy a descubrir aquí, para no estropear ninguna sorpresa.

Es muy destacable, por otro lado, la soltura con que maneja seis o siete subtramas que involucran a una veintena de personajes en solo 179 páginas, sin que se estorben mutuamente y paseándose siempre por un territorio fronterizo entre la sordidez y la ternura.

Rosa Ribas, aunque es catalana, reside en Alemania desde principios de los años noventa. Comenzó a publicar hace pocos años, pero se ha hecho un hueco muy merecido entre los nuevos autores de novela negra, sobre todo con su serie de novelas protagonizadas por la comisaria Cornelia Weber-Tejedor, una policía hija de gallega y alemán que desempeña su cargo en Frankfurt. La primera de la serie, Entre dos aguas, obtuvo el Premio Brigada 21 2007 a la mejor novela negra publicada ese año. La más reciente es En caída libre, aparecida en enero de este año. La detective miope, que transcurre en Barcelona parece un paréntesis en la obra de Ribas, a quien vale la pena seguir ambiente en Frankfurt o no, utilice a la comisaria Weber-Tejedor o no y escriba cuento o novela, porque, hasta ahora, todo lo que he leído de ella me ha parecido estupendo.

Así pues, para esta semana, La detective miope, de Rosa Ribas en Viceversa Editorial, 174 páginas para adentrarse en el mundo de esta autora a la que no debemos perderle la pista, pero, sobre todo, para pasar un rato estupendo con una novela de las buenas.








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