Si yo fuera mexicano…

9 12 2011

En estos días anda por mi escritorio un ejemplar de Poetas de las Islas Canarias. Es un libro curioso: una selección de textos de veinte poetas canarios del siglo xx realizada por Juan Carlos de Sancho (escritor, editor y, todo hay que decirlo, amigo) y coeditada en México por La Otra Libros y Editorial UJED (Universidad Juárez del Estado de Durango) con una sencilla y hermosa ilustración de portada del también amigo Augusto Vives.

No conozco a nadie que haya realizado una antología de estas características que no se haya, a la postre, arrepentido. No por el resultado en sí, sino por las polémicas a las que se ha visto obligado a someterse posteriormente. Ello por un hecho evidente: antologar es elegir, seleccionar aquellos autores y textos que uno considera dignos de ser mostrados y difundidos; y toda selección es indefectiblemente subjetiva, así que no puede evitar ser contrastada con la respectiva subjetividad del lector, que no hubiera elegido a un determinado autor o texto y que hubiese, en cambio, incluido a otros en su antología “ideal”. Por otro lado (y teniendo en cuenta la contemporaneidad del periodo elegido) el antólogo no puede evitar herir los egos de poetas o estudiosos de determinados poetas que han quedado fuera del arco de selección. De ahí que los prólogos y las introducciones de las antologías suelan servir de justificación de sus criterios y casi de disculpa ante quienes inevitablemente habrán de atacarle.

Juan Carlos de Sancho resuelve esta cuestión de un plumazo en la primera página: su libro no es antología, sino reunión. Y una reunión es siempre amistosa “a no ser que el encuentro lo organice una celosa camarilla que desea afianzar su hegemonía en el mercado”.

Esta reunión propuesta por De Sancho (siguiendo un orden que se inserta en un relato conductor de la poesía de las Islas desde el Modernismo hasta el año 2000) convoca, cronológicamente, a Domingo Rivero, Tomás Morales, Alonso Quesada, Domingo López Torres, Pedro García Cabrera, Josefina de la Torre, Agustín Espinosa, Agustín y José María Millares, Félix Casanova de Ayala, Rafael Arozarena, Manuel Padorno, Luis Feria, Eugenio Padorno, Lázaro Santana, Juan Jiménez, Ángel Sánchez, Félix Francisco Casanova, Cecilia Domínguez Luis y Federico J. Silva.

Por supuesto, el libro acaba de aparecer y falta, supongo, media hora, para que alguien comience a protestar porque no están Saulo Torón, Emeterio Gutiérrez Albelo, Pino Betancor, Pino Ojeda o José Luis Pernas. Pongo estos ejemplos para no referirme a los poetas más jóvenes, que, más allá de apelar a criterios más o menos rigurosos, se considerarán agredidos por no figurar en la nómina y buscarán (o construirán) esos criterios para señalar presuntos defectos. Ocurrirá (y, sinceramente, deseo que por una vez no ocurra), como ocurre siempre y por los mismos motivos que siempre, que nos fijaremos más en lo que –nosotros creemos que­– falta que en la pertinencia de los nombres que sí están.

Personalmente, he leído con profunda fruición este libro, válido y serio, que recoge poemas para mí muy amados y que me ha recordado otros cuya lectura había olvidado (la memoria es injusta). Y, poniéndome en el lugar del público al que va destinado (el lector mexicano, seguramente perteneciente al ámbito universitario), solo puedo verlo como una joyita que acerca a quien la maneja a un mundo desconocido, el de la poesía canaria contemporánea, tan ignorada por México como por Europa.

En España, por ejemplo, al margen de luminosos hallazgos recientes (Domingo Rivero o José María Millares, a quienes la crítica ha descubierto con asombro en los últimos años, por motivos distintos) suele obviarse que muchos de los grandes poetas de este país son canarios, quizá porque no abundan en las colecciones de referencia, quizá porque su conocimiento es una especie de secreto guardado entre pocos que, además, no se esfuerzan demasiado en difundirlo. No es orgullo patrio; es la constatación de que sus evidentes especificidades geográficas y culturales han hecho de las Islas tradicional territorio de poetas singulares (con poéticas inconfundibles y, en muchos casos, milagrosas, únicas, irrepetibles), al mismo tiempo que la condición periférica y los siempre procelosos avatares editoriales han contribuido a mantenerlos alejados del lector nacional.

Así pues, Poetas de las Islas Canarias, un libro canario editado en México, que nos habla de creolidad, de insularidad, de escritores aislados y resistencia ética, a lo largo de 294 páginas de poesía imprescindible; un libro que, si yo fuera mexicano, agradecería como un hermoso y sorprendente regalo y que, como isleño, me alegra y me enorgullece.


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