Un alijo, dos currantes, una novela

10 12 2011

Cuando hablan o escriben sobre el noir isleño, algunos críticos supuestamente bien informados se olvidan de incluir entre los primeros exploradores del género a Carlos Álvarez, este leonés nacido en Soria que ya llevaba unos años viviendo en Canarias cuando publicó Negra hora menos. Ese libro, Premio Ciudad de Santa Cruz en 1990, reunía 14 cuentos violentos que transcurrían en Tenerife y Gran Canaria y que tocaban, con pocos pelos en la lengua y la mala baba de rigor temas entonces tan procelosos como los GAL y el Sáhara.

No es de extrañar este desconocimiento: la memoria es injusta, los avatares editoriales lo son más y las modas del momento pueden llegar a impedirnos ver las cosas con cierta distancia.

Ahora, tras más de diez años de silencio editorial (desde que apareciera La pluma del arcángel, una novela histórica publicada por Alfaguara y que, en su momento, obtuvo el Premio Benito Pérez Armas), llega a las librerías convencionales y digitales (pues también será editada como libro electrónico) Si le digo le engaño, una novela rápida (más que corta) que lleva el ilustrativo subtítulo de 100 kilos a la deriva para salir de la crisis.

En ella se cuenta la historia de Kristo y Yeray, dos proletarios que una noche de pesca rescatan del mar dos fardos que contienen, cada uno, 50 kilos de cocaína de la mejor calidad. Kristo regenta un tugurio de barrio; Yeray es diseñador gráfico en un periódico que no paga las nóminas hace meses: son, como muchos otros, dos currantes en crisis a quienes, de pronto, les toca la lotería. Pero canjear el premio por su equivalente monetario es una tarea en la que se juegan la piel (por supuesto, cien kilos de farlopa siempre tienen algún dueño legítimo) y, sobre todo, el alma, pues la búsqueda del ascenso social en los límites de la legalidad sin vulnerar las propias convicciones morales es una tarea que requiere de las habilidades y la templanza de un neurocirujano. Con humor, con diálogos chispeantes, con rápidos giros, Álvarez nos cuenta esta historia gamberra que involucrará a camellos de barrio y mayoristas del narcotráfico; a polis pringados y políticos corruptos; a hijos de la oligarquía reconvertidos en intelectuales progres y a nuevos ricos que convierten en urbanizaciones los beneficios del narcotráfico. En suma, a la incongruente sociedad insular, reflejada en esta novela como en un espejo de aumento que no deja pasar desapercibidos ni una arruga ni una cicatriz ni un solo grano de pus.

Leo esta novela como se lee un regalo, un lienzo minucioso cuyo motivo es la propia casa en la que habito, la que veo todos los días, la que he creído conocer perfectamente hasta descubrir en la imagen los detalles de los cuales la cercanía no me había dejado percatarme. Por eso, quizá, aunque la novela esté salpicada de amables lugares y personajes reales (el artista y restaurador Fernando Alba; el Hotel Madrid, con Paco y Wladi, sus carismáticos propietarios; Francisco Melo, Junior y las terrazas de la plazoleta de Farray), son los otros lugares y personajes, los inventados (el restaurante Listán Negro, Antonio el Loco, Lucas Oramas o Tino Segovia), los que reconozco como más reales, más tangibles, más verosímiles, más conformadores de esta sociedad en la que habito y en la que hay cosas que apestan aunque nadie pueda denunciarlas con nombres y apellidos sin jugarse una querella.

Así pues, Si le digo le engaño, a pesar de su amenidad, a pesar de su breve extensión y su aparente levedad, trasciende la anécdota y constituye, finalmente, un mosaico fiel de una época y de una comunidad nimbadas de esos absurdos que los autores de guías turísticas denominan “contrastes”.

Si le digo le engaño. 100 kilos a la deriva para salir de la crisis es, además, el primer título de Hora Antes Editorial, un sello pequeño pero ambicioso que combinará el papel con el formato digital y que, sospecho, no podría haber comenzado su andadura de mejor manera.

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Un regalo inesperado

10 12 2011

No pido nada a los Reyes Magos. No solo por mis recalcitrantes tendencias republicanas, sino porque me niego a portarme bien.

Y, sin embargo, Mariola Bautista, tallerista del Laboratorio, buena amiga y prometedora autora de ficciones, me ha regalado un mini yo del cual inserto, a continuación, una fotografía:

La marioneta en cuestión es obra de los amigos de En-papelarte, con quienes la propia Mariola puso en pie la temporada pasada una adaptación de La princesa cautiva, y me gusta tanto que su recepción ha motivado esta entrada. Se ha venido conmigo a casa y ahora me mira desde una estantería, donde continúa aferrada a su bolígrafo y su cuaderno mientras se apoya en algunos libros de Boris Vian.

Mi gato, que últimamente prefiere su compañía a la mía, se roza con este otro yo mío como antes hacía conmigo cuando yo estaba al escritorio. No sé lo que ocurre por las noches, pero últimamente escucho desde la cama extraños ruidos, como de libro abriéndose o cerrándose, de páginas que son pasadas por una mano ansiosa, de bolígrafo escribiendo sobre el papel de un blog de notas. Alguna que otra vez, al levantarme, encuentro sobre mi mesa de trabajo algún borrador trazado con mi propia caligrafía, que yo nunca recuerdo haber escrito.





Homicidio involuntario

10 12 2011
-Pues sí, ya sé que es el marido de mi exmujer. Pero, de verdad, se lo juro: yo circulaba con normalidad por la vía antedicha, y él cruzó de repente y no me dio tiempo de frenar. Ninguna de las seis veces.




Solaris: cuando la realidad no es mensurable

10 12 2011

Hace poco los amigos de Google nos hicieron un regalito en forma de Doodle, esas modificaciones de su logotipo que elaboran para conmemorar efemérides. Los Doodles suelen ser muy imaginativos, pero esta vez se llevaron la palma: crearon una verdadera aventura gráfica a partir de las ilustraciones originales de Ciberíada, una de las obras emblemáticas de Stanislaw Lem. Y esto me sirve de excusa para hablar de Solaris, un libro de Lem que yo quería recomendarte desde hace tiempo.

Solaris es un planeta con un sistema de dos soles y está cubierto por un inmenso mar de plasma que está en continuo cambio; los terrícolas han intentado explorarlo sin éxito durante un siglo y medio. Se han perdido varias misiones y, de hecho, incluso surgió una ciencia especial llamada solarística, que fracasó, entre otras cosas, porque, el comportamiento de Solaris es completamente caótico y, al no darse dos veces el mismo hecho de la misma manera, no había forma alguna de formular hipótesis comprobables sobre su comportamiento. Solaris, pues, escapa al conocimiento cierto, trasciende los hechos físicos.

La novela de Lem está contada en primera persona por Kris Kelvin, un psicólogo enviado a Solaris para averiguar qué está ocurriendo con la tripulación de la estación espacial que se ha establecido allí y con la cual se ha cortado la comunicación. Al llegar a la estación, Kelvin se encuentra con que dos de los tres miembros de la expedición presentan un comportamiento muy extraño y que el tercero se ha suicidado. Pero eso no es lo más raro, porque además empieza a aparecer por allí gente que no tiene que estar: una joven negra, un niño… Y lo más desconcertante está por venir, porque, tras dormir por primera vez en la estación, a su lado, al despertar, Kelvin encuentra a su mujer, Hari, que no debería estar allí, no solo porque se encuentran a millones de kilómetros de la Tierra, sino porque Hari se ha suicidado hace años. Así que lo que él tiene a su lado, pese a tener la personalidad y el cuerpo de Hari, tiene que ser una copia. Esto es: de alguna manera que ellos no entienden, el mar de Solaris tiene vida y se defiende de la intrusión explorando el subconsciente de los humanos, dando forma corpórea a sus seres más queridos, obrando el cruel milagro del reencuentro.

Esto es solo la punta del iceberg del argumento de esta novela originalísima y fascinante, que uno no puede leer con indiferencia. Línea a línea, página a página, Lem utiliza la ciencia ficción para introducirnos en el territorio de las grandes preguntas metafísicas: la pregunta por Dios, por la naturaleza del ser humano, por los límites del conocimiento. Y, al mismo tiempo, es una novela sobre el amor, sobre los sentimientos, sobre la preeminencia de estos frente al intelecto.

 

Solaris es la más célebre de las novelas de Lem, este señor nacido en 1921 en una parte de Polonia que hoy en día pertenece a Ucrania y que comenzó a publicar en 1951 novelas satíricas y reflexivas sobre el ser humano y la sociedad utilizando como vehículo la ciencia ficción porque, según él, eso le permitía huir del rigor de la literatura académica. No las he contado (imposible contarlas), pero Lem publicó una treintena de obras entre ese año y 1989, cuando dejó de escribir ficción y se dedicó principalmente al ensayo y a dar clases de literatura polaca hasta su fallecimiento en 2006.

Lem está traducido a 40 idiomas y ha vendido 27 millones de ejemplares. Esto, para un escritor de ciencia ficción no anglosajón, es un verdadero hito. Hace poco hablábamos de Wyndham, a quien le había costado triunfar porque era inglés y no norteamericano. Así que imagínate lo difícil que sería para un polaco. Sin embargo, Lem no solo triunfó en su momento, sino que el interés por su obra renace a cada momento, nunca pasa de moda.

Además de Solaris y de Ciberíada son muy recomendables libros como Los astronautas (cuya publicación hace sesenta años tomaron como excusa los amigos de Google), Vacío perfecto o, una de mis favoritas, Retorno de las estrellas, una novela sobre la soledad y la desorientación que sufre un astronauta que, por culpa de esas cosas de la relatividad, al volver de un viaje se encuentra con que en la Tierra han pasado 127 años. Aunque no toda su obra se puede conseguir en España, hay varias editoriales que han sacado títulos suyos en los últimos años, sobre todo Impedimenta, Alianza y Minotauro.

Esta última es la que publica en España Solaris, esta estupenda, enigmática y ya mítica novela, 236 páginas para adentrarse en el fascinante y ameno pero también turbador universo del maestro Stanislaw Lem.





Negativas

10 12 2011

a veces, simplemente,

se puede decir no

al fracaso y al triunfo

al lecho blando y la paz del hogar

a pasar la aspiradora y fregar los platos

a leer este diario y aguantar esa canción

decir no a ceder el paso

al dictado de la prudencia

al consejo del sentido común

decir no a los caminos-por-los-que-hay-que-ir

a contestar al teléfono

a cuidarte el corazón

y decir no al noticiario

a la obediencia debida a quienes nunca antes dijiste no

decir no a seguir tragando

decir no a la fe

a la caridad cristiana

a la otra mejilla y el otro dolor

decir no a no escupir en el suelo y decir no a pedir perdón

por una vez y de una vez por todas

decir no a todo

decir sí a nada

desterrar los quizá

es posible

puede que

a lo mejor

decir no hasta decir basta

decir basta y decir no





Ignorancias

10 12 2011

Aquella tarde, antes de ir a trabajar, el policía había terminado de leer una novela de George Orwell que se titulaba 1984. Exactamente la misma lectura que el manifestante había concluido la noche anterior. En su mutuo desprecio, ignoraban la circunstancia de que ambos habían leído exactamente el mismo libro; el hecho de que eso les convertía en hermanos, más allá de tiempos, espacios y contextos, cordones policiales, insultos, porrazos e ignominias.








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