Bossa nova

26 12 2011

Jan Gossaert: La metamorfosis de Hermafrodito y Salmacis

Si un hombre baja al centro de la ciudad y recorre una larga avenida que desemboca en los edificios más anónimos. Si una mujer sigue a cierta distancia sus pasos, oculta por la marea de automóviles y peatones de la soleada tarde de un jueves, apretando contra su cadera el bolso de piel que pende de su hombro. Si el hombre llega al portal de un edificio de apartamentos, abre con su propia llave y entra en el ascensor y pulsa con seguridad, casi automáticamente, el botón del tercer piso. Si la mujer se planta ante el mismo portal, preguntándose cómo hará para colarse en el edificio. Si entonces, cuando la mujer duda ante los pulsadores de los porteros automáticos, sale del edificio un señor de edad que, cortésmente, le cede el paso. Si la mujer entra en el ascensor, pulsa el botón del tercero con el índice de una mano que tiembla y se deja elevar mientras siente en el centro del pecho un vacío profundo, una esponja de aire sucio que la oprime. Si llega, finalmente, ante una puerta, esa puerta que ella ya sabía que estaría allí, esa puerta cuya letra lleva anotada en un papel que hay en su bolso, junto con la calle y el número del edificio y el número del piso, por la mano amiga que la ha puesto al día. Si en lugar de llamar al timbre acerca la cabeza, pega el oído a la puerta para escuchar y, en efecto, escucha al otro lado la música suave, probablemente bossa nova, y la voz reconocible del hombre a quien sigue y las risas y la otra voz, la voz algo aflautada de esa persona que aún no tiene rostro pero que lo tendrá, y será un rostro más joven, más hermoso, más apetecible que el suyo propio, todo lo cual lo hace, aun antes de verlo, abominable. Si al fin la mujer se decide a llamar a la puerta. Y si la puerta, tras unos momentos de duda, se abre y la mujer se enfrenta a ese rostro, que es un rostro de hombre, de hombre más joven que el hombre a quien ella ha seguido hasta esa puerta, un rostro desde el cual la miran unos ojos llenos de curiosidad que se torna incertidumbre cuando ella se queda helada, sin poder responder a la pregunta, sencilla y lógica, dada las circunstancias. Si ella se queda allí, parada, percibiendo la sequedad de sus labios que no pueden responder a esa pregunta, no pueden decir quién es ella y qué es lo que desea porque acaso ni siquiera ella misma lo sabe ya. Si del interior del apartamento surge una vaharada de música pensada para gozo de amantes, si ahora el rostro del hombre a quien la mujer ha seguido asoma también y reconoce a la mujer y comprende que ya no hay marcha atrás, que la verdad y el dolor se han adueñado del aire, si ya todo está perdido o todo está ganado en esa partida en la que ha apostado su vida y la de la mujer y la del otro hombre, si lo sabe cuando la mano temblorosa de la mujer se introduce en su bolso. Si la mujer ha vuelto a sacar la mano del bolso y ahora en ella hay un revólver.


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5 responses

26 12 2011
Antolín

¡Magnífico, amigo!
Un abrazo,

26 12 2011
Alexis Ravelo

Gracias, maestro.

26 12 2011
pablo

me encanta, muy bueno, pero me hubiese gustado mucho más que la mujer sacara del bolso otra cosa que no fuera un revólver…

27 12 2011
Alexis Ravelo

Bueno, a lo mejor era de juguete… O de regaliz, como en “La costilla de Adán”. jejejeje. Un abrazote y gracias por pasarte por aquí, hermano. 🙂

28 05 2012
Alejandro Cano Sanz

Me ha encantado, muchas gracias
saludos

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