Lugares comunes: El héroe confuso

27 12 2011

Gilgamesh está confuso: al ser testigo de la muerte de su amigo Enkidu acaba descubriendo su propia mortalidad. “La pena ha entrado en mi corazón”, dice.

Puede optar por permitir que todo siga como hasta ahora o por intentar hacer algo. Por supuesto, elige la acción y sale a buscar a Uta-napishti, quien posee el secreto de la inmortalidad. Así, Gilgamesh gastará un tiempo precioso (un tiempo de plenitud que podría haber empleado en amar y disfrutar de los placeres de la existencia) en encontrar al sabio en los confines de la Tierra y, después, en hallar la Planta de los Latidos, la cual, finalmente, le será arrebatada por una sierpe, haciéndole regresar a Uruk la Cercada exclamando: “¡Ojalá hubiera regresado y dejado la barca en la orilla!”. El viaje ha sido inútil; la elección, equivocada. Gilgamesh descubre su error (el último error que viene a coronar una vida de errores), descubre que hubiera sido mejor quedarse en Uruk y no desperdiciar sus mejores años en una entelequia. Y, sin embargo, si Gilgamesh no hubiera experimentado esa confusión ante el hecho de la muerte, si no se hubiera visto en la encrucijada entre partir o no hacer nada, si no hubiera optado por el viaje, su epopeya se habría truncado justo antes de comunicarle (y comunicarnos) su sentido último.

Los escritores menos diestros suelen dejar a su Gilgamesh en casa; sus héroes no experimentan la confusión, no sufren, no se enfrentan a encrucijadas ni se ven obligados a elegir. Así, olvidan el consejo de Vonnegut, que propone que a los personajes les ocurran cosas horribles, para que el lector sepa de qué pasta están hechos.

De la confusión, del contraste entre su percepción y la realidad, esto es, de la oposición entre cómo los personajes creen que es y cómo es realmente el mundo, provienen muchos de los grandes argumentos de la novela moderna y contemporánea. Don Quijote, Raskolnikov, Leopold Bloom, Mistress Dalloway, Peter Kien.

Da igual el ejemplo; cualquiera nos servirá para ilustrar esto: el héroe, en algún momento, descubrirá la verdad del viejo adagio según el cual las cosas no son lo que parecen y, consecuentemente, habrá de elegir entre continuar viviendo en un mundo de sombras o zambullirse en la realidad, esa realidad que es dolor, pero también lucidez, experiencia, la vida total en toda su indescriptible policromía, en ocasiones insoportable.

Pero a esta lucidez final no se llega sin la previa confusión, sin esa pena que entra en el corazón cuando el propio mundo, el estado de cosas inicial, se tambalea. Así, los héroes salen a desfacer entuertos, a cometer un crimen, a recorrer Dublín, a comprar unas flores o a deambular por la ciudad con una biblioteca a cuestas. Da igual adónde vayan y, tal vez, más les convendría quedarse en casa, pero, al fin, todo héroe que se precie sale a buscar a Uta-napishti, a rebelarse contra una realidad que jamás podrá burlar, aunque valga la pena intentarlo.


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