Quedas despedido, 2011

30 12 2011

Adoptemos por un momento el discurso empresarial:

Querido 2011, te agradecemos tus muchos servicios, pero quedas despedido.

Ha sido intenso. Ha sido largo. Cuando ya solo le quedan horas, aún podría depararnos alguna sorpresa.

En 2011 el humo desapareció definitivamente de los bares y una biblioteca pudo ser derruida; celebramos a Tomás Morales, pero también tuvimos que explicar a un político la diferencia entre un físico y un poeta; descubrimos que  a quienes nos gobiernan la cultura les importa exactamente tres pepinos, aunque también hemos tenido que repensar qué es exactamente eso de “la cultura”; en el jardín de la primavera árabe crecieron flores de plomo y un viejito nos hizo despertar, y aunque sí, en efecto, abrimos los ojos, aún los tenemos llenos de legañas. La palabra de moda ha sido “crisis”; la menos usada, “libertad” (probablemente porque cuando a la gente le dan a elegir entre ser libre y comer caliente, suele acabar eligiendo lo segundo). No obstante, hemos aprendido algunas cosas en los últimos meses del año: lo que cobra un rey, lo que cuesta conformar a los mercados, lo que puede llegar a ganar un duque haciendo el timo de la estampita a costa de niños afectados de parálisis cerebral o lo fácil que parece ser pasarle un sobre con dinero a un ministro en una gasolinera.

Pero también hubo cosas buenas. Nos encontramos en la calle, nos dimos la mano y volvimos a vernos los rostros. Y quizá estemos desaprendiendo muchas cosas que dábamos por sabidas; quizá estemos comenzando a descubrir que para ser felices no necesitamos tantas cosas, sino más ideas y más personas que las formulen.

Nos dejaron algunos amigos (el último fue Sergio Correa, que se nos fue demasiado pronto), pero también llegaron algunos nuevos.

En mi balance personal, de este año me quedan algunos buenos recuerdos: unos días en Bruselas junto con esos cronopios de ACB, una visita a los amigos de Mistério en representación de Eladio Monroy (ese jodido ingrato no quiso acompañarme), la amistad con la banda negrocriminal de .38 (en especial con Ricardo Bosque, capo di capi), las visitas a colegios e institutos, compartiendo con profesores y alumnado una visión lúdica y desacralizadora de la literatura, las horas de trabajo con los talleristas del Laboratorio y alguna juerga con los Dirty Dozen. Hay muchos más, como la constatación de que los amigos (y también los enemigos, siempre necesarios) continúan publicando libros, prolongando eso que llamamos “literatura canaria” porque algún nombre hay que ponerle a ese ansia por entender el mundo desde aquí y mediante la palabra.

Y sí, el mundo es cada vez más gris (o más azul) cuando uno lee la prensa, pero basta con abrir la ventana y mirar a la calle para darse cuenta de que esa monocromía no es más que apariencia.

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