Noche de la Luz: un paseo literario-musical

20 12 2011

Sí, la crisis seguirá, Rajoy seguirá buscando sus 16 millones y medio (ay, mi cabecita), en Oriente próximo continuarán los desmanes de las bestias con uniforme, puede que Kim Yong-un sea peor que Kim Yong-il y hasta puede que, nuevamente, no te toque el Gordo en la Lotería de Navidad. Además, para colmo de males, hace frío.

Pero este jueves, 22 de diciembre, nos olvidaremos de todo eso durante un rato, con un paseo por la Villa Mariana, lleno de música y literatura. Organizada por la Concejalía de Cultura, la Noche de la luz dará comienzo a las 18:00 horas, en el Convento del Císter y finalizará aproximadamente una hora y media más tarde, en la Casa de la Cultura. Entre uno y otro momento, habrá actuaciones musicales, lectura de cuentos navideños aptos para todos los públicos y alguna que otra sorpresa culinaria. En resumen: un paseo literario-musical por el Casco de Teror a lo largo del cual celebraremos la Navidad, vela en mano, con textos clásicos y melodías populares.

La música correrá a cargo de la Parranda de Teror, los Medianeros de Gran Canaria, Los Paperos, Jacaranda, la Coral Cantabile y el Coro Infantil de la Escuela Municipal de Música de Teror “Candidito”. A mí me tocará hacer de guía, leer esos cuentos (algunos serios; otros no tanto) y disfrutar como un enano de esas actuaciones y, por supuesto, de tu compañía.

Así que ya sabes: si este jueves por la tarde andas por Gran Canaria buscando algo que te ayude a  olvidar las malas noticias y, de paso, entrar en calor, acércate por las Medianías, súbete a Teror y acompáñanos en esta Noche de la Luz, un paseo navideño donde habrá diversión y calor humano, que es la mejor forma de combatir el frío.

A las 18:00, en el Convento del Císter.

Las velas las ponemos nosotros.

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No sea tonto: ponga un canario en su biblioteca*

15 12 2011

Mi querido amigo /querida amiga:

Usted, que descubrió con ojo avezado el realismo mágico antes que nadie y maneja con facilidad varias generaciones narrativas, no sólo peruanas, argentinas y mexicanas, sino también cubanas, venezolanas, paraguayas, brasileñas.

Usted, persona de hábitos sibaritas, que ha mostrado a sus amigos y amigas las excelencias de escritores de lugares como Armenia, Congo Belga, Albania, Bosnia, Turquía y Eslovaquia.

Usted, lector o lectora perfectamente al día, que ya leía a los autores suecos antes de que llegara Larsson, que ya había asistido a la edificación de los pilares de la tierra antes de que se implantara su marina franquicia catalana y ya sabía de todos los secretos vaticanos antes de que el cine los expusiera al vulgo.

¿Va a dejar pasar la oportunidad de ser el primero o la primera entre los suyos en descubrir el nuevo fenómeno literario periférico? ¿Va a permitir que sea ese compañero de oficina estirado, esa vecina “moderna”, ese cuñado pedante, o esa primita resabiada quienes le descubran a estos nuevos e interesantísimos autores?

Piense que en este mundo global, en el que todo lo excéntrico parece tan céntrico y tan explorado, en el que parecen no quedar ya flores salvajes, existe aún una literatura periférica por descubrir, la cual, sin embargo, resulta intelectualmente asequible a su idioma y su cultura sin dejar de ser un producto genuinamente exótico. Me refiero (si está bien informado, lo habrá adivinado ya), a la literatura canaria.

Repare en las evidentes ventajas: alejamiento de la Metrópoli pero cercanía intelectual; africanidad pero en español; referentes americanos pero giros léxicos mucho más familiares para el lector ibérico; crisol de culturas, pero sin necesidad de viajar a Nueva York (carísimo), en caso de querer visitar el escenario de su novela preferida. Y, en cuanto a la moda sueca, recuerde que los canarios fueron los primeros españoles en plantar su semilla en el frío norte (Muchas veces, en sentido literal. Una demanda colectiva de paternidad en los años ochenta lo demuestra).

Y una vez pensado todo esto, no piense más y ponga a un canario en su biblioteca.

Después podrá hablar de la prosa recia de González Déniz, del rico universo de Antolín Dávila, de los deliciosos bocados narrativos de Dolores Campos-Herrero, de los grises ambientes de González Ascanio y las elegantes ficciones de José Manuel Brito.

Podrá hablar, también, de temas de candente actualidad: del polémico asunto de la memoria histórica, con las novelas de Miguel Ángel Sosa Machín como excusa; del pequeño drama de las anónimas víctimas de la crisis, haciendo lo propio con las de Santiago Gil.

Podrá hacer sonreír a sus amistades con los juegos naif de Juan Carlos de Sancho. O presumir de haber constatado primero que nadie la valía de relatistas y microrrelatistas, como la joven Ángeles Jurado o la todavía más joven Judith Bosch.

Si es amante de intrigas y violencias, tiene varios escritores negros entre los que elegir: algunos autóctonos, como Correa o Ravelo; otros afincados hace años en las Islas, como Lozano o Carlos Álvarez (no confundir con el cantante lírico).

Incluso dispone usted de varios ejemplares de canarios afincados en grandes ciudades, como Sabas Martín o José Carlos Cataño (una de cuyas novelas tiene como ganancia secundaria proporcionar un tema originalísimo de conversación, olvidado entre nosotros desde Leopoldo Azancot: el erotismo y el judaísmo).

Y la poesía… Ah, la poesía. Canarias, por si usted desconoce el dato, es tradicional territorio de poetas. Puede empezar por los más jóvenes: Pedro Flores, Tina Suárez, Federico J. Silva, Alicia Llarena, Verónica García, Silvia Rodríguez (no confundir con el cantautor), Cecilia Domínguez, Marcos Hormiga… Son tantos y tan interesantes que usted podrá hablar de uno cada día sin repetirse en mucho tiempo.

Imagínese en medio de esa reunión social en la que ya hace rato que corren el vino y la cerveza, captando la atención de todos al decir: “Recuerdo un poema de un poeta de Lanzarote que…”. Se convertirá enseguida en el centro de interés de sus potenciales amantes y en la envidia de sus rivales amorosos.

Pero, ya que será el primero o la primera en descubrirlos, aproveche su ventaja. Usted, que cuando apareció Mankell olisqueó enseguida a Sjöwall-Wahlöö, no pierda el tiempo y encuentre cuanto antes a los Millares y los Padorno y los de La Torre, a Arozarena y a Isaac de Vega, a Agustín Espinosa y García Cabrera, a Alonso Quesada y Domingo Rivero.

En esta tarea (puede que algo laboriosa, pero de indudable provecho) podrá ayudarse de utilísimos estudios de Jorge Rodríguez Padrón, Eugenio Padorno, Oswaldo Guerra, Antonio Becerra o Nilo Palenzuela, entre otros, sin olvidar a la decana de los estudiosos de la literatura canaria: doña María Rosa Alonso.

Piense en cómo presumirá de haber llegado antes que nadie a los protagonistas de la nueva ola canaria; en la soltura con la que transmitirá sus conocimientos acerca del mestizaje cultural, de la influencia del paisaje en la poética insular; piense en el asombro que despertará al decir a los neófitos: “Pero si los tenías ahí, ante tus narices: justo enfrente de África. Y no los conocías”.

No espere más. Ponga a un canario en su biblioteca.

Quizá al principio le cueste un poco y tenga que dirigirle la palabra a su librero o librera de confianza, porque tal vez (pequeñas desventajas de ser un pionero) hasta dentro de un tiempo no figuren en mesa de novedades. Mucho menos en supermercados, aeropuertos o en esa cadena de negocios que llevan nombre de maniobra textil (o de gesto insultante, si usted quiere) y apellido de gentilicio británico. Esos sitios, como bien sabe, van siempre en el furgón de cola de la cultura, a remolque de lo que ya otros han descubierto. No sea vulgar. Usted tiene demasiada clase para eso. Acuda a los sitios donde re-al-men-te están los libros y solicite a alguno de los autores mencionados en este aviso (que es también advertencia) o a otros canarios que su librero acaso ya conozca.

Porque sí, ya varios editores (ellos no son tontos) han puesto los ojos en diversos canarios y los han fichado. Y, por otro lado, desde hace tiempo los distribuidores (ellos tampoco son miopes) hacen llegar regularmente a cualquier rincón de España los libros de las editoriales canarias (sí, las hay: alguna tienen incluso luz eléctrica y teléfono).

Así pues, no espere más. Que cuando Babelia o El cultural lleguen, usted lleve ya un buen  rato ahí. Conviértase en un precursor, en un pionero, en un experto. No deje que se le eche encima lo irremediable y le coja despistado lo que ya se veía venir.

No dude un instante más. Ponga a un canario en su biblioteca. Hágalo hoy y enorgullézcase mañana. No sea esta vez de los últimos en enterarse.  Hágalo sin demora. Comparta, además, este mensaje entre personas de su círculo más íntimo. No se lo envíe a todas: sólo a aquellas que lo merecen. Se lo aseguro: se lo agradecerán.

Sin otro particular que comunicarle y esperando que la información proporcionada le sea de utilidad, aprovecha para enviarle un cordial saludo:

Bernardo Betancor

(Becario Adjunto a la Cátedra de Pirobiología y Concatenaciones Diversas de la Universidad de Patafísica de San Expósito).

*Nota para el lector canario: Este texto pertenece a una entrada antigua que, en su momento, tuvo bastante éxito. Ahora, dado que Ceremonias ha renacido de sus cenizas en WordPress tras la desaparición de Canariblogs (plataforma que, al menos los isleños, echaremos de menos). Vuelvo a colgarlo, pensando especialmente, como en la ocasión anterior, en el público peninsular, que también tiene derecho a enterarse de dónde está lo bueno. Lo reproduzco sin añadir ni quitar ni una coma, con todos sus defectos. Por supuesto (y también como la vez anterior), faltan nombres, porque la memoria es injusta y el espacio es limitado. En su momento, por ejemplo, olvidé mencionar a Álamo de la Rosa, a Galloway, a Marcos Arvelo y a Melini. En esta ocasión, omito los de las autoras y autores cuyos títulos han aparecido en los últimos meses: Antonio Cabrera, Javier Hernández, Noel Olivares, Rayco Cruz o Nisa Arce, entre otros. Si uno pretendiera, como mínimo, mencionar a todos aquellos y aquellas que lo merecen, este post sería interminable.





En el limbo de los nombres

13 12 2011

Hoy volví a verlo. Habitualmente, nuestros encuentros —tan casuales como inevitables, tan breves como incómodos— tienen lugar en conciertos al aire libre, ferias de artesanía o fiestas de Carnaval. Esta vez, en cambio, la cosa ocurrió en una librería. Yo ya estaba allí cuando él entró. Me encontraba frente a la estantería donde un libro de Carver se resistía a mi apetito y vi por el rabillo del ojo cómo me descubría, cómo mostraba la eterna sonrisa ante el reconocimiento, cómo alzaba los brazos con gesto afable, dirigiéndose hacia mí para aferrar mi mano con su diestra, mientras con la zurda me palmeaba el hombro. Lo qué pasó, los ya, coño, cuánto tiempo, dieron paso a los cómo estás, los cómo va la cosa, los ya ves, siempre lo mismo ¿y tú?, los sobreviviendo que no es poco, los con la que está cayendo.

Durante un buen rato jugamos a ser esos dos viejos amigos que no somos, a recordar otros amigos comunes que nunca tuvimos y parrandas legendarias que no nos corrimos juntos, a sentir nostalgia de un pasado que jamás existió. Finalmente, la incomodidad impuso sus silencios, buscó excusas para que cada uno pudiera irse libremente a lo suyo: él continuó hacia la sección de novela histórica; yo compré sin ganas ese libro de Carver que me entristecerá como siempre me entristecen todos sus libros. La despedida fue breve: un mero saludo con la mano antes de que yo saliera del establecimiento, dejándolo perdido entre la historia y la ficción.

Antes, tras estos encuentros, me sentía terriblemente mal por no saber cómo se llama mi supuesto amigo, tan supuestamente cordial, tan supuestamente contento de haberme encontrado en medio de los océanos del azar; ahora ya no experimento esa sensación, porque estoy absolutamente seguro de que él tampoco recuerda mi nombre.

Los dos, a fin de cuentas, somos lo mismo: hipócritas bienintencionados que evitan darle un disgusto a alguien a quien ni siquiera conocen, como si eso fuera algo parecido a estrangular a un gatito, a abofetear a un anciano, a escupir en el pan.





El martirio del perro

11 12 2011

A mis amigos y a mí se nos ha ocurrido un nuevo deporte. Hemos tardado un poco en idearlo, pero, finalmente, creo que el resultado será divertido. Estamos preparándolo todo para la primera prueba, que será mañana. El procedimiento será el siguiente:

En un círculo de arena previamente trazado, soltaremos un perro después de hacerlo cabrear convenientemente (hemos decidido comenzar con el perro labrador de mi amigo Onésimo). Con un trozo de carne cruda en la mano, yo haré que el perro corra de un lado a otro, con el fin de cansarlo, ilusionarlo y cabrearlo aún más, todo al mismo tiempo. Eso sí, para que yo pueda reponer fuerzas (seguro que me canso antes que el chucho), Alberto y Domingo se turnarán para hacerle diferentes putadas. Alberto ha atado una navaja muy afilada a un bastón y se la clavará hasta el fondo en el lomo, con cuidado de no matarlo. Algo parecido hará Domingo, que se ha agenciado dos arpones de pesca submarina. Su idea es dejárselos clavados al bicho en puntos no vitales, pero que jodan. A todo esto, yo seguiré cansándolo y azuzándolo hasta que no pueda más. Entonces, cuando su lengua sea ya un mero trapo sucio de polvo y saliva seca, cuando esté completamente ensangrentado y no pueda hacer otra cosa que arrastrarse detrás de mí y mi trozo de carne, lo atraeré una última vez y le clavaré una espada en el cuello. Si no muere en el acto, el propio Onésimo finalizará el trabajo, hincándole un puñal en el cerebelo.

Para finalizar, tenemos previsto cortarle las orejas, el rabo y, muy probablemente, los huevos. Ya verán qué risa.

Si este primer martirio sale bien, buscaremos otros perros a los que sacrificar de este modo tan ameno y lúdico. En principio, los sacaremos de las perreras, pero también podríamos buscar ejemplares de raza, que aporten fiereza y emoción al martirio.

¿Qué les parece este juego como pasatiempo? Podemos llegar a crear incluso una cultura en torno a él. De hecho, Domingo está ya pensando en decorar su bar con fotos del martirio del perro de Onésimo, con los instrumentos con los que lo llevaremos a cabo e, incluso, con la gran cabeza del labrador, que podríamos hacer disecar y colgar sobre la gran pared donde está el botellero.

Seguro que alguien dirá que todo esto es una salvajada. Puede que lo sea, pero es un espectáculo viril, que hace honor a la bestia que todo perro lleva dentro (en el fondo, morir de viejo es una humillación para un can orgulloso) y en el cual hay mucho arte. Y, si no es así, solo tenemos que ponerlo de moda y celebrarlo durante algunos cientos de años para que la tradición lo justifique. Quién sabe, incluso algún día podría ser declarado Patrimonio Cultural o alguna cosa de esas y se podría exigir a los gobiernos que las televisiones públicas retransmitieran el espectáculo.

Si esas son las justificaciones que esgrimen los defensores de las corridas de toros, ¿por qué no van a servir para justificar el martirio del perro? Seguro que, para empezar, si ustedes son aficionados a los toros, ya contamos con su aprobación, ¿no? De hecho, a Alberto se le ha ocurrido hace un rato una idea interesante para promover la popularización de nuestra fiesta: solicitar a alguna personalidad notable que nos ceda a su perro para ajusticiarlo en alguno de nuestros eventos. Él propone empezar con el perro de Pío García-Escudero. Dice Alberto que, como él se muestra tan partidario de  las corridas de toros, también se sentirá en el deber moral de apoyar decididamente el martirio del perro. Domingo no está tan seguro de contar con ello. Yo ni siquiera sé si don Pío tiene perro.

En cuanto a Onésimo, ahora que se consumen las últimas horas de su labrador, se comporta de un modo algo extraño; lleva un buen rato sin dirigirnos la palabra y se ha sentado en un rincón con el animal, al que acaricia con un si es no es de ternura. “A mí me da que el Onésimo se nos está amariconando”, acaba de decirme Alberto al oído.





Fuentes de alimentación

11 12 2011

               

Mientras ordena el salón, descubre por qué abunda más el horror que el amor. El hallazgo es tan repentino como sencillo: todo el horror del mundo cabe en un mando a distancia; todo el amor del mundo cabe entre las páginas de un libro de sonetos. Un libro no resulta tan manejable, tan práctico, tan fácil de manipular con una sola mano. Sin embargo, aún queda esperanza: un libro no necesita baterías.





De segunda clase

11 12 2011

En cierta ocasión, un piloto le contó que el momento más peligroso de un viaje en avión es el despegue. Por eso cierra el periódico. Cuando alcancen la velocidad de crucero continuará leyendo el reportaje especial sobre la Cumbre de Durban; pero ahora el aparato avanza hasta tomar su posición en la pista mientras las auxiliares representan por enésima vez la comedia de las medidas de seguridad para un público que las ignora minuciosamente y su vecino de asiento echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y hace profundas inspiraciones. Él, en cambio, abre mucho los ojos y mira por la ventanilla, intentando registrar cada edificio del aeropuerto, cada ola del mar cercano, cada promontorio y piedrecita del descampado que rodea la pista. Se dice, como se dice siempre en estos casos, que cuando un avión despega, solo hay dos clases de pasajeros: quienes cierran los ojos y quienes los mantienen bien abiertos.





Un alijo, dos currantes, una novela

10 12 2011

Cuando hablan o escriben sobre el noir isleño, algunos críticos supuestamente bien informados se olvidan de incluir entre los primeros exploradores del género a Carlos Álvarez, este leonés nacido en Soria que ya llevaba unos años viviendo en Canarias cuando publicó Negra hora menos. Ese libro, Premio Ciudad de Santa Cruz en 1990, reunía 14 cuentos violentos que transcurrían en Tenerife y Gran Canaria y que tocaban, con pocos pelos en la lengua y la mala baba de rigor temas entonces tan procelosos como los GAL y el Sáhara.

No es de extrañar este desconocimiento: la memoria es injusta, los avatares editoriales lo son más y las modas del momento pueden llegar a impedirnos ver las cosas con cierta distancia.

Ahora, tras más de diez años de silencio editorial (desde que apareciera La pluma del arcángel, una novela histórica publicada por Alfaguara y que, en su momento, obtuvo el Premio Benito Pérez Armas), llega a las librerías convencionales y digitales (pues también será editada como libro electrónico) Si le digo le engaño, una novela rápida (más que corta) que lleva el ilustrativo subtítulo de 100 kilos a la deriva para salir de la crisis.

En ella se cuenta la historia de Kristo y Yeray, dos proletarios que una noche de pesca rescatan del mar dos fardos que contienen, cada uno, 50 kilos de cocaína de la mejor calidad. Kristo regenta un tugurio de barrio; Yeray es diseñador gráfico en un periódico que no paga las nóminas hace meses: son, como muchos otros, dos currantes en crisis a quienes, de pronto, les toca la lotería. Pero canjear el premio por su equivalente monetario es una tarea en la que se juegan la piel (por supuesto, cien kilos de farlopa siempre tienen algún dueño legítimo) y, sobre todo, el alma, pues la búsqueda del ascenso social en los límites de la legalidad sin vulnerar las propias convicciones morales es una tarea que requiere de las habilidades y la templanza de un neurocirujano. Con humor, con diálogos chispeantes, con rápidos giros, Álvarez nos cuenta esta historia gamberra que involucrará a camellos de barrio y mayoristas del narcotráfico; a polis pringados y políticos corruptos; a hijos de la oligarquía reconvertidos en intelectuales progres y a nuevos ricos que convierten en urbanizaciones los beneficios del narcotráfico. En suma, a la incongruente sociedad insular, reflejada en esta novela como en un espejo de aumento que no deja pasar desapercibidos ni una arruga ni una cicatriz ni un solo grano de pus.

Leo esta novela como se lee un regalo, un lienzo minucioso cuyo motivo es la propia casa en la que habito, la que veo todos los días, la que he creído conocer perfectamente hasta descubrir en la imagen los detalles de los cuales la cercanía no me había dejado percatarme. Por eso, quizá, aunque la novela esté salpicada de amables lugares y personajes reales (el artista y restaurador Fernando Alba; el Hotel Madrid, con Paco y Wladi, sus carismáticos propietarios; Francisco Melo, Junior y las terrazas de la plazoleta de Farray), son los otros lugares y personajes, los inventados (el restaurante Listán Negro, Antonio el Loco, Lucas Oramas o Tino Segovia), los que reconozco como más reales, más tangibles, más verosímiles, más conformadores de esta sociedad en la que habito y en la que hay cosas que apestan aunque nadie pueda denunciarlas con nombres y apellidos sin jugarse una querella.

Así pues, Si le digo le engaño, a pesar de su amenidad, a pesar de su breve extensión y su aparente levedad, trasciende la anécdota y constituye, finalmente, un mosaico fiel de una época y de una comunidad nimbadas de esos absurdos que los autores de guías turísticas denominan “contrastes”.

Si le digo le engaño. 100 kilos a la deriva para salir de la crisis es, además, el primer título de Hora Antes Editorial, un sello pequeño pero ambicioso que combinará el papel con el formato digital y que, sospecho, no podría haber comenzado su andadura de mejor manera.








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