Garzón: ¿personaje de Almodóvar o de Ibsen?

18 01 2012

Escribo novela negra. El género da para muchos lugares comunes. Uno de ellos, que me parece particularmente atractivo, es la corrupción. Los que nos dedicamos habitual o puntualmente al género desde el neo-pólar francés de los años setenta, solemos aprovechar sus posibilidades para denunciar fenómenos sociales indeseables contra los cuales no podemos actuar de otro modo: la corrupción institucionaliazada, el tráfico de influencias, los negocios sucios sufragados a costa del erario público, el blanqueo de dinero, la forma en que el sistema crea mecanismos que permitan que los delincuentes de cuello blanco salgan bien parados o, incluso, el terrorismo de estado, la impunidad de los asesinos y los torturadores. Siempre he pensado que en este mundo injusto que permite estos y otros males, la literatura nos permite, al menos, señalarlos y confraternizarnos con el lector, seguramente también asqueado ante esos crímenes e indignado por el hecho de que nadie haga nada por acabar con ellos o de que, cosa aún más lamentable, quien intente hacerlo tenga mucho tiempo y muchos motivos para arrepentirse.

Este último es el caso de Baltasar Garzón, que se sienta en el banquillo, acusado por el abogado de un implicado en una trama que apesta. Y lo hace porque intentó evitar, junto a policías y fiscales, que los acusados en esta trama continuaran blanqueando dinero con ayuda de sus abogados.

Por supuesto, a nadie que sepa cómo va el mundo le extrañará que algunos delincuentes estén yendo a por Garzón. Ni que los poderes fácticos hagan piña con ellos para acabar con un juez que les resulta molesto porque, entre otras cosas, tiene sentido de la ética y de la Historia y, además, no es sobornable, lo cual le convierte en un individuo peligroso.

No pensaba escribir nada sobre este asunto, porque ya ocupa las portadas de todos los periódicos y, al fin, es el pan nuestro de cada día: los injustos ganan; los justos pierden. Pero hoy (18 de enero de 2012) he leído algo que me ha llamado la atención: desde las páginas de Canarias 7, Manuel Mederos, hace una comparación: opone a la figura de Baltasar Garzón la de Eduardo Domínguez, el juez-transformista de la película Tacones lejanos, aludiendo al supuesto afán de notoriedad de Garzón durante su paso por la Audiencia Nacional, notoriedad que, efectivamente, tuvo, por investigar asuntos como el GAL, el narcotráfico en Galicia, el entramado civil de ETA, los delitos de lesa humanidad perpetrados durante el régimen de Pinochet y los crímenes, aún hoy silenciados, del franquismo.

Alude Mederos a esta condición de juez estrella y hace, a partir de la comparación, lo que a mí me parece una caricatura. Eso sí, sin preguntarse si ese juez estrella era justo, si luchaba contra la ilegalidad y la ignominia al perseguir esos delitos, obrando en contra de sus propios intereses personales, anteponiendo el deber a sus conveniencias (precisamente al contrario de lo que suele ocurrir). Estas cuestiones no parecen interesarle. Parece ser que a Mederos le preocupa más la notoriedad de Garzón que su rectitud y llega a apuntar que quizá estaba en el subconsciente de Almodóvar cuando creó a Eduardo Domínguez, el “juez estrella y travestido”.

Mis gustos cinematográficos son muy distintos a los de Mederos. Garzón no me parece cercano en absoluto al universo almodovariano. Me parece más bien sacado de Z o alguna otra de las películas de denuncia de Costa Gavras o de Sidney Pollack. Si pasamos al género narrativo, me recuerda a los personajes de Dürrenmatt o de Sciascia, empeñados inútilmente en seguir los dictados de la ética en un mundo corrupto. Incluso, si quisiéramos alguna referencia teatral, nos podría recordar al doctor Stockmann, protagonista de Un enemigo del pueblo, de Ibsen, a quien los poderes fácticos (comenzando por la prensa) exponen en la picota pública por comportarse honestamente y enfrentarse a ellos con la verdad en la mano.

Anuncios







A %d blogueros les gusta esto: