Crímenes Ejemplares 2012

28 02 2012

Sí, leemos novela negra, hablamos sobre novela negra, asistimos a encuentros de novela negra, participamos en clubes de novela negra e, incluso, algunos, nos arriesgamos a escribir novela negra.

Pero el fenómeno tiene ya su historia y, además, es amplio, diverso. Abarca prácticamente todas las latitudes e, incluso en su centro de ebullición, hay algunos aspectos que se nos escapan.

Si no sabes quién es el comisario Bernal, si Márkaris te suena solo a jugador de fútbol, si crees que Yasmina Khadra es una modelo exótica y que Thompson es únicamente una marca de metralletas, puede que te apetezca pasar un buen rato y, de paso, rellenar algunas lagunas asistiendo al ciclo que estamos preparando:

Las conferencias del ciclo Crímenes Ejemplares 2012 tendrán lugar en la Sala Manuel Padorno de la Biblioteca Pública de Las Palmas (sí, es, la de la avenida Marítima, junto a la Estación de Guaguas), los jueves 8, 15, 22 y 29 de marzo, siempre a las 19:30.

Los ponentes somos cuatro sospechosos habituales, cada uno con sus filias y sus fobias y con diferentes pasiones y áreas de interés, pero todos con las mismas ganas de pasarlo bien charlando contigo sobre los libros que nos gustan.

El programa es el siguiente:

8 de marzo: De aquellas transiciones estos lodos. Canarias en la novela negra de la Transición. Por Carlos Álvarez.

15 de marzo: Trópico de Cáncer VS. Trópico de Capricornio. Novela negra europea. Por José Luis Correa.

22 de marzo: Malditos bastardos. Algunos chicos malos del noir. Por Alexis Ravelo

29 de marzo: Novela negra africana. Por Antonio Lozano.

Además de las conferencias, los martes de cine de la Biblioteca también se teñirán de negro  y puede que a lo largo de esos días demos alguna sorpresa.

La entrada es, por supuesto, gratuita, pero el aforo es limitado.

Así que ya sabes: Crímenes Ejemplares 2012. Los jueves 8 al 29 de marzo en la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas. 19:30. Avisado queda el personal. Y guerra avisada…

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Día de las Letras Canarias 2012. Pedro García Cabrera

21 02 2012

Sí, 21 de febrero, martes. Martes de Carnaval, si vives en mi ciudad. Pero también, por aquellas cosas de la efeméride, Día de las Letras Canarias, aunque casi nadie se esté acordando. Yo sí, porque soy terco como una mula y hace ya casi un año que, junto con otros igualmente tercos, nos negábamos a que este día fuera utilizado para homenajear a un autor no literario.
Al final, hemos tenido suerte: hubo quien rectificó, hubo quien hizo lo que debía hacer y por fin, en este 21 de febrero (aunque en voz baja, porque el Carnaval y la crisis hacen más ruido), aprovechamos la excusa para vindicar nuestra literatura (la literatura canaria, literatura insular y, por ende, la literatura panatlántica) en la figura y la obra de una firma eminente de la tradición que la conforma. En este caso, la figura y la obra de un poeta de los grandes: Pedro García Cabrera.

Quizá, como yo, tuviste una primera noticia de Pedro García Cabrera casi sin darte cuenta, a través de la militancia y las canciones. Eso no sería raro: hubo quien descubrió a Miguel Hernández y a Antonio Machado gracias a Serrat. Quizá te ocurrió que escuchabas discos del Taller Canario de la Canción y te llamaban la atención temas como “A voz en cuello” o “Parientes ontológicos” y te preguntaste a quién se le había ocurrido, por ejemplo, la idea de que un perro de la calle y un hombre sin fronteras son cuentagotas de la eternidad o la no menos paradójica de que la libertad se ama entre el frío y la nieve, con un puñal clavado entre el pecho y la espalda. Quizá miraste los créditos del disco (aún comprábamos discos) y viste que la letra era de Pedro García Cabrera y buscaste algo suyo y descubriste que te habías encontrado con un poeta de esos que no se olvidan.
Aquellos libros de finales de los setenta (Ojos que no ven, Amo la libertad) hacían poesía excelente (ah, la excelencia, eso que tanto le gusta al ministro Wert, aunque uno intuya que en realidad este señor ignora en qué consiste) a partir de las palabras sencillas, del lenguaje con el que tus padres te hablaban cuando eras niño.
Tal vez eso es lo que hace que uno se sienta como en casa cuando está inmerso entre las tapas de un libro de Pedro García Cabrera.
En mi caso, continué leyéndolo y un buen día di con su obra completa, además de con un ensayo imprescindible de Nilo Palenzuela titulado El primer Pedro García Cabrera. Entonces supe que aquellos libros directos no eran más que el final de un camino sinuoso, lleno de diferentes paisajes que conformaban un crisol delicioso, desde sus primeros libros (Líquenes, Transparencias fugadas, La rodilla en el agua, Los senos de tinta, Dársena con despertadores, Entre la guerra y tú, Romancero cautivo y La arena y la intimidad), a los Poemas del cuaderno verde, y que, en medio, existían libros imprescindibles, como La esperanza me mantiene o Elegías muertas de hambre y también otros considerados menores por la crítica (un libro menor de Pedro García Cabrera es lo que siempre ha soñado llegar a escribir un poeta mediocre). Descubrí, también, que se podía hacer poesía de una silla, de un frijol o de las facturas de la electricidad que llegan a nombre del anterior inquilino de la casa en la que habito. Descubrí que la poesía te ayuda a entender el mundo, a aprehender eso que se nos escapa siempre y que, por eso, salva al hombre incluso en los momentos más críticos, cuando es encarcelado en una prisión flotante o es deportado a un campo de concentración o se juega la vida junto a otros hombres para lograr la libertad y proseguir la lucha por lo que cree justo. Descubrí que se puede escribir un libro en papelillos de fumar y que se puede continuar escribiendo pese a que el paisaje que le inspira a uno cambie continuamente del mar al desierto, de los muros de la prisión a una mísera casucha alquilada. Descubrí, en fin, que todos creamos en función del paisaje que habitamos y que, cosa curiosa, el aire viaja sin equipaje y sin carné de identidad.
Por eso, pese a que existan asuntos más urgentes y globales, pese a que existan también otros temas bastante más frívolos, pero que parecen acaparar más interés incluso que los primeros, no quiero dejar pasar este 21 de febrero de 2012 sin recordar que es el Día de las Letras Canarias, que este año se homenajea (con menos medios, pero con igual cariño, espero) a Pedro García Cabrera y que, por azar o destino, la obra del homenajeado de este año tiene más vigencia que nunca, ahora que, por ejemplo, los poderes fácticos están consiguiendo desmontar el endeble edificio del Estado, ahora que planean imponernos una ley de huelgas igual que se nos está imponiendo una reforma laboral, ahora que, sin ir más lejos, en Valencia, un grupo de chicos y chicas se despierta apaleado por rebelarse ante la injusticia.





Cerdos entre tiburones: Con el agua al cuello, de Petros Márkaris

20 02 2012

Con el agua al cuello. Petros Márkaris. Barcelona. Tusquets. 322 páginas.

Con el agua al cuello, la última novela de Petros Márkaris publicada hasta ahora en España, transcurre en el verano de 2010 y empieza bien, porque, tras la boda de la hija de Jaritos, la acción arranca con un banquero decapitado. Sí, alguien se está dedicando a decapitar a directores de bancos, representantes de agencias de calificación y demás dirigentes de entidades financieras. Y, al mismo tiempo, comienzan a aparecer por toda Atenas, pasquines y pegatinas que invitan a la población a la desobediencia mercantil, esto es, a no pagar la hipoteca, a no pagar las deudas, a no utilizar la tarjeta de crédito. El argumento (por lo demás, bastante razonable) es que el Estado ya ha rescatado a los bancos y que, por tanto, los ciudadanos ya han pagado de sobra.
Todo esto ocurre en el contexto de crisis que ya conocemos, en ese momento en que Grecia despertó de ese sueño de consumo, cuando comenzó a disiparse el estado del bienestar y la ciudadanía empezó a oponerse a las duras reformas impuestas por la troika comunitaria al gobierno griego.
Así pues, en una Atenas convulsionada por las movilizaciones, a Jaritos le va a tocar investigar ambos casos (el del asesino de financieros y el del propagandista de la desobediencia), que, por supuesto, están estrechamente vinculados. Aunque, curiosamente, a los jefes de Jaritos parece preocuparles más la aparición de los carteles que invitan a la gente a no pagar a los bancos que la detención del asesino. Y tanto Jaritos como su equipo, que sufren también los recortes y se encuentran cada día con los manifestantes en la calle, comienza a caerles extrañamente simpático aquel a quien tienen que descubrir y detener. Una ganancia secundaria: a lo largo de la investigación, el lector va enterándose de qué son y cómo funcionan realmente cosas como la usura, las agencias de calificación y los fondos de reptiles, haciéndose con todo un vocabulario para transitar por este tiempo de filisteos que nos ha tocado vivir, en el cual “el crédito es la nueva forma de dopaje social”.


Petros Márkaris nació en Estambul, de padre armenio y madre griega e hizo estudios de economía, principalmente en Alemania y Austria.
Inició su carrera literaria como dramaturgo y traductor. Ha traducido a Goethe, a Thomas Bernhard, a Bertolt Brecht. Además, escribió series de televisión y fue asiduo colaborador de Theo Angelopoulos, con quien escribió cinco películas. Las más exitosas: La eternidad y un día y La mirada de Ulises.
Pero su gran triunfo ha sido la creación de este personaje de Kostas Jaritos, un policía manso y desencantado (pachorrudo, que diríamos en Canarias), pero tremendamente eficaz, a quien irritan los atascos y la prepotencia de los uniformaes y cuyo lugar favorito de reflexión son las páginas de un diccionario, gracias a las cuales vuelve a los significados originales de las palabras, para buscarles sentidos nuevos. Jaritos descubre a cada novela un nuevo punto en común entre él y la ciudadanía entre la que se mueve y, en esta tarea de desvelamiento, no está solo: están sus ayudantes, a quienes viene a sumarse en esta historia Kula, una eficacísima investigadora; su familia, formada por su mujer, Adrianí, y su hija, Katerina, a quienes se une en esta entrega Fanis, el médico que le salvó de un infarto en una aventura anterior y que ahora se ha casado con su hija; y, por último, Zisis, un antiguo militante comunista a quien, tiempo atrás, él mismo detuvo y que es lo más parecido que tiene a un amigo.
Con estos personajes (y los que se agregan por el camino en esta novela), recorremos ese verano del 2010, con una Atenas asolada por la crisis, revolucionada por las protestas ciudadanas y marcada por la final del Mundial de Fútbol, en la que la solidaridad de los griegos estaba con España, acaso porque “los cerdos debemos ser solidarios entre nosotros en lugar de hacerles la pelota a los tiburones”.
Así pues, Con el agua al cuello, de Petros Márkaris, editada en Barcelona por Tusquets, 322 páginas que quizá nos ayuden a entender de qué hablamos cuando hablamos de Grecia y que, quizá, nos animen a hacer algo, ahora que estamos comenzando a soportar los mismos males que este país que no está tan lejano del nuestro.





Ictioterapias y sodomías

17 02 2012

Desde que está convaleciente (aún tiene que usar la muleta) Eladio Monroy para demasiado con Manolo, el de la Librería Ei2 y se me está volviendo cada vez más rojo e indignado. Hoy me vuelve del Bar Casablanca esgrimiendo un periódico en el que se cuenta que Grecia endurece los recortes, una vez más. 325 millones de euracos. A continuación, me hace una pregunta que me deja pensando: “¿Te has fijado en que desde el lunes ningún medio informa en España de lo que está pasando en las calles de Grecia? En cuanto se empezó a analizar de verdad en qué va a consistir la reforma laboral del PP se han puesto todos a mirar al techo silbando una de Nino Bravo, como si alguien de arriba les hubiera dicho a los jefes de redacción que tuvieran agüíta con ese tema, que no dieran ideas”.

Manolis Glezos, héroe griego de la Segunda Guerra Mundial agredido por la policía

Repaso mentalmente los noticiarios que he visto esta semana y me quedo sin poder llevarle la contraria. El lunes Grecia ardía en las portadas y los sumarios. El martes desapareció de los titulares. De hecho, ese día pude ver en el Telediario un  reportaje sobre ictioterapia (un minuto y pico, que en un Telediario es bastante tiempo) y otro sobre San Valentín, San Cirilo y San Metodio (no calculé el tiempo, pero se me hizo interminable). No obstante, ni una sola noticia sobre el país que estaba asolado por las revueltas tan solo 24 horas antes. Luego, a lo largo de la semana, ha habido más noticias sobre lo que ocurre en las altas esferas, pero no sobre si los griegos están protestando o no.

“Yo también vi el reportaje de los pescados de marras: unos longorones jediondos que se te comen la mierda de los pies”, dice Monroy con su proverbial diplomacia. “Parece que son turcos, pero caros, y los chinos ya tienen su versión de baratillo. Pero ¿sabes qué? Que me resbala lo de los pescados comemierda; yo quiero saber qué carajo pasa en Grecia y, sobre todo, qué carajo va a pasar aquí”.

Yo, que llevo un par de días pensando en la reforma laboral que se nos viene encima, le digo poco más o menos lo que le escuché a Soraya Sáenz de Santamaría: favorecerá la contratación, para lo cual es necesaria la flexibilización del mercado laboral. Es entonces cuando Eladio se me calienta:

“Pero, vamos a ver, melón: lo único que se está flexibilizando aquí es la espalda del obrero, que se la están doblando hasta ver adónde llega sin partirse. Y en cuanto a la contratación, ¿cómo coño va a favorecer la contratación un Gobierno que se está dedicando a echar a la calle, directa o indirectamente, a un montón de trabajadores?”. Vale, puede que ahí tenga razón. Pero yo soy de los que continúan confiando en los agentes sociales. Le digo que los sindicatos ya preparan movilizaciones, que la sociedad no permitirá que ocurra aquí lo mismo que en Grecia.

“Sí, ya me he enterado: hay convocada una manifestación este domingo. Fítetú: ¡un domingo! Mientras Joan Rosell, Arturo Fernández, Fátima Báñez y Rajoy se echan la partida de dominó en el chalecito. De hecho, la están convocando a las 12:00, para que el personal pueda ir primero a misa”. Pues también ahí va a tener razón mi cojo y malhablado amigo. Pienso en la tibieza de los líderes sindicales, en su tradicional costumbre de transigir, en el entusiasmo de sus bases, que no les merecen. Parece que hoy mismo hay gente que se va a movilizar de otra manera, pero me he enterado a última hora y no sé si podré ir. Eladio sí, Eladio afirma que sí que piensa ir, vaya si lo piensa. “Qué carajo, allí pienso estar, a las doce en punto, en San Telmo, con el mechero preparado. La gasolina la pone el Gobierno. A ver si le prendemos fuego de paso a toda la mierda esta”.

Ahora sí que está realmente cabreado. Como me lo conozco y sé que de un momento a otro se marchará, enfofernado como un cochino, aprovecho su último momento comunicativo para recomendarle un libro de Márkaris que acabo de leerme y que está ambientado en Grecia en el verano de 2010, cuando Grecia estaba tomando medidas similares a las que ahora toma España. En él se habla de las movilizaciones ante las imposiciones de la troika comunitaria, pero también del Mundial de Fútbol. “¿Ves? Eso es lo que jode: ahora empieza la Liga de Champiñones y todo el mundo a hacer el gilipollas delante de la tele. Si es que siempre somos los mismos: nos la meten doblada y todos tan contentos”, me grita, encaminándose hacia la puerta (eso sí, después de cambiarme por su periódico manoseado el libro de Márkaris, que sé que jamás volveré a ver). Yo le digo que a su edad ya debería estar acostumbrado a que los de arriba lo jodieran. Como todo el mundo. Justo antes de salir da una última muestra de su verbo elegante:

“A mí no me molesta que me den por el culo. Lo que me jode es que me echen el aliento en la espalda”.

Cuando Eladio ya se ha ido, me pongo a pensar en la ausencia de noticias sobre lo que pasa en las calles griegas y, de pronto, caigo en la cuenta de que hace mucho que en televisión no dan noticias sobre Islandia. Fítetú, que diría Eladio.





Anticrónica (tardía, subjetiva y pequeñita) de BCNegra 2012

13 02 2012

Paco Camarasa, Montse Clavé y el equipo de Negra y Criminal han obrado nuevamente el milagro. Y ahora, cuando ya los cronistas oficiales (y oficiosos) han hecho su crónica en los grandes medios; ahora que despierta este lunes en el que ya han hecho la autopsia del cadáver de Whitney Houston, mientras la sociedad griega espera a que le hagan la suya; ahora que el frío continúa atizando mientras Garzón continúa condenado y los líderes autoritarios siguen llamando demagogos a los demócratas, este escritor pequeñito se sienta al ordenador para contar sus alegrías de los días pasados en Barcelona en ese festival por donde se ha paseado tanto talento, tanta calidez y tanta reflexión sobre el mundo que tenemos y el mundo que nos queda.

Como sabrás, a BCNegra íbamos este año el compañero José Luis Correa (que estrena libro: Nuestra Señora de la Luna, del cual te debo una reseña) y el arriba firmante, para participar en la mesa Islas Negras, coordinada por el padre de Toni Ferrer, el gran José Luis Ibáñez (que es del Vallés, pero que va mutando poco a poco en canario, según los cronistas). Así que durante una hora, el público que se congregó en La Capella recordó que por aquí abajo no solo hay sol, playa y volcanes pachorrudos, sino literatura y lazos que nos unen. Por supuesto, no solo se habló de nuestros libros, sino también de los de Antonio Lozano, Carlos Álvarez y Javier Hernández; e, incluso, hicimos algo de arqueología, recordando a nuestros modenistas (Quesada, Rivero, Torón, Morales).

Pero BCNegra, para este escritor pequeñito, no es solo las mesas en las que participa, sino el encuentro o el reencuentro con gente a la que quiere y admira. Durante esas jornadas, Barcelona se llena de cronopios de todos los tamaños y colores. Por eso BCNegra es dar con Raúl Argemí y Cristina Fallarás (que, siguen leyendo y, lo mejor de todo, escribiendo), con leyendas como Carlos Salem y talentazos como Carlos Zanón y Lorenzo Silva, maestros de la talla de Andreu Martín y compañeros a quienes uno lee casi todo el año y casi nunca puede ver en persona, como Diego Ameixeiras y Javier Abasolo.

Cristina Fallarás

BCNegra también es el encuentro con el entusiasmo y el cariño de Jokin Ibáñez y José Andrés Espelt y las charlas en las que descubres la cantidad de libros que aún no has leído, de películas que no has visto, de autores que aún no conoces.

Con Raúl Argemí y Diego Ameixeiras

Y la curiosidad, la simpatía de los lectores (como Ricard, como Marta, como Ester, como Jabi, como tantos otros y otras) que están indefectiblemente ahí leyendo y debatiendo sobre nuestro trabajo, justificando con su interés esta tarea nuestra de ablandar cada día el ladrillo a golpe de palabra.

José Andrés Espelt y Jokin Ibáñez

Y, por supuesto, también es la oportunidad de ver en persona a sus ídolos. Este año la estrella indiscutible fue Petros Márkaris, Premio Pepe Carvalho de esta edición, que paseó su humanidad y su sonrisa por Barcelona, permitiendo con paciencia infinita que sus admiradores lo asaltáramos como fans enloquecidas para agradecerle su obra y sacarnos fotos con él.

Con Correa e Ibáñez, asaltando a Petros Márkaris

De este año concreto, me llevo algunos recuerdos indelebles: las conversaciones en la cocina y la trastienda de Negra y Criminal (mientras hacía proselitismo del ron Aldea entre ollas de mejillones y botellas de vino), la cordialidad de Rosa Xabé, el encuentro (fugaz y dulce) con Anna Buill, la amabilidad de Montse Clavé y Paco Camarasa y, sobre todo, la hospitalidad y el afecto de Gloria Blanco y José Luis Ibáñez, que no solo hacen siempre que me sienta en familia sino que además ponen claridad en un mundo que a veces es confuso.

Ahora, en este lunes frío de febrero en el que Whitney Houston empieza ya a pudrirse y los fachas llaman demagogos a quienes se niegan a callarse, también recuerdo dos momentos de la semana pasada. El primero es público y conocido: Paco Camarasa leyendo la lista de los miembros del TS antes de cada una de las mesas del viernes, con el mismo tono y probablemente la misma intención con que hace más de cien años, Émile Zola gritó su célebre J’accuse!, haciéndonos sentir que tenía razón al leerla, que quienes han participado en esta fantochada dictada por los poderes fácticos no merecen participar en ningún foro democrático, que Garzón está siendo víctima del entramado de poder y corruptelas que quienes participamos en BCNegra denunciamos incesantemente con nuestro trabajo. El segundo, personal: ir en un tren leyendo Con el agua al cuello, de Petros Márkaris (concretamente un pasaje en el que Kostas Jaritos habla con unos jubilados que se manifiestan y se siente solidario con ellos) y elevar los ojos y leer en la portada del periódico que lee mi vecino de enfrente que el Parlamento Griego está a punto de dar un paso más en ese asalto a lo público que son las reformas impuestas a Grecia.

Hoy, 13 de febrero de 2012, este escritor pequeñito se ha levantado leyendo que finalmente esas medidas han sido aprobadas, que Garzón continúa condenado y Grecia arde. Y no puede evitar sentirse aún más pequeño y pensar en ese escritor grande que es Márkaris (cuyas obras están tan llenas de verdad) y preguntarse cuánto tardará en arder su propio país.





Soñar con Dickens

7 02 2012

Lo que sigue no es ficción, pero lo escribo desde el mismo asombro que invade al personaje de un cuento fantástico y preguntándome si acaso Cortázar tenía razón y son ciertos esos azares, esa invasión de la magia en los hechos cotidianos que hacen que la realidad se vuelva del revés (o, más bien, ponga las cosas en su sitio).

Lo cierto es que anoche tuve un sueño agradable. Mi pareja, que es más joven y preparada que yo, y, por tanto, domina el inglés perfectamente (yo lo leo a duras penas y lo hablo como si masticara cristales molidos), hacía en público una lectura de A Tale of Two Cities. Se da la circunstancia de que leía directamente un ejemplar que es de mi propiedad, una edición de Chapman & Hall, Ld., de 1895, con ilustraciones de Phiz, un volumen querido que me fue obsequiado por Ginés Cedrés hace unos meses.

Eso no tiene nada de especial. Suelo soñar frecuentemente con que mi pareja hace cosas hermosas  (en mis sueños, ella remonta cometas, descubre remedios para pandemias o cuida a cachorritos; siempre hace cosas de esas que salvan el mundo). Lo extraño, lo fabuloso, lo que me hace dudar de que no haya babas del diablo que forman una tela de araña a lo largo y ancho del tiempo y el espacio, es que, después de soñarla leyendo aquello de “Fue el mejor de los tiempos, fue el peor de los tiempos…” (en mi sueño debía de ser algo así como It was the best of times, it was the worst of times…), me he sentado al ordenador con mi café matinal y los amigos de la red se han encargado de informarme de que precisamente hoy es el bicentenario de Dickens.

Justamente en las últimas fiestas estuvimos hablando sobre él y su universo, a propósito de Canción de Navidad, y yo presumí ante ella de mi ejemplar ilustrado por Lisbeth Zwerger y se lo mostré, contándole que quizá Dickens no era el más genial de los escritores, que en su momento se le criticó por su sentimentalismo y su tendencia a los estereotipos y que, sin embargo, su imaginario continuaba vigente y nos seguía interesando, emocionando y aun fascinando. Hablamos de cómo lo leía Derek Jacobi en Más allá de la vida (película que yo amo y que a ella le produce somnolencia), de la extracción social de Dickens, de su autodidactismo, su ironía y su eficiencia narrativa, de cómo supo escribir las obras que el público deseaba leer, pero también de cómo sus ficciones constantemente denunciaban la explotación infantil, el hambre y los privilegios de los poderosos, hallando siempre, sin embargo, algo bueno en el fondo del ser humano, algo que había que cuidar y hacer crecer para que el mundo fuera un poco menos injusto.

Hoy, al margen de sus grandes obras (también sueño a veces con Oliver Twist pidiendo más gachas), guardo un recuerdo pequeño, pero cariñoso, para los cuentos que firmó como “Boz“. Aún los conservo, en un viejo ejemplar de la Colección Austral. Creo que fue lo primero de Dickens que leí (también fueron, al parecer, de los primeros cuentos que publicó) y lo hice en una pequeña casa del barrio proletario en el que me crié, cuando a los 12 o 13 años ya estaba comenzando a descubrir que la literatura no puede salvarnos del hambre, pero nos protege del frío.





Poemas para el cuadrilátero

5 02 2012

El libro más reciente de Pedro Flores se titula El último gancho de Kid Fracaso y consta de 27 poemas que toman como excusa uno de los deportes más literarios que existen: el boxeo.


Se trata de un tema muy recurrente en literatura y por él han transitado autores como Jack London, Aldecoa, Cortázar o Roberto Bolaño, de quien hablamos hace poco. Dejando a un lado Young Sánchez o Por un bistec (uno de cuyos pasajes se cita al comienzo de El último gancho de Kid Fracaso), solo Cortázar ya tiene cuentos pugilísticos realmente antológicos, como Torito o La noche de Mantequilla. Pero lo más habitual es que se aborde el asunto desde la narrativa. En este caso (y eso lo convierte en un libro singular) Flores ha elegido la poesía; se ha metido en la piel de un boxeador y ha utilizado el pugilismo como metáfora de la vida, con toda la tópica habitual: la ética del perdedor, el tema del boxeador viejo y fracasado, la rabia de los golpes o el sabor de la caída, la fatalidad de la derrota o el aprendizaje de la vida. A partir de ahí nos encontraremos con un verdadero y completo paseo por el amor y la muerte, que, al fin, según dicen los que saben de esto, son los dos únicos temas que realmente vale la pena tratar.
Del estilo de Pedro Flores ya hemos hablado en alguna ocasión: suele trabajar el poema breve, en un lenguaje muy sencillo que convoca igualmente a la ironía, las paradojas de lo cotidiano y un erotismo muy acentuado, estableciendo un código muy claro con el lector a partir de la remisión a la frases de uso frecuente, el imaginario pop y también a la alta cultura, la política y la Historia. Por utilizar el lenguaje pugilístico, en El último gancho de Kid Fracaso nos encontramos a Flores en plena forma, aunque no busca el Knock Out, sino una victoria a los puntos, con un ágil juego de pies, mucho fondo y combinaciones limpias y elegantes. El resultado es un libro de los que nos gustan: para leerlo, en principio, de un tirón y volver luego de vez en cuando a él, y volver a disfrutarlo, paladeándolo.
Por cierto, y a propósito de disfrutes, debo decir que me encanta la edición, que es de El ángel caído, una editorial que ha sacado pocos, pero muy bien escogidos libros de Ángel Petisme y de Leopoldo María Panero. En este caso, el volumen aparece con unas llamativas ilustraciones de la zaragozana Agnes Daroca y es de esos que apetece tener entre las manos, porque, además, huele muy bien (algo que, dicho sea de paso, echo de menos en los libros digitales).
Así pues, para esta semana, dos cosas que a mí me gustan mucho: boxeo y poesía con El último gancho de Kid Fracaso, de Pedro Flores, en El ángel caído ediciones, 45 páginas a golpe de versos con los que vale la pena subirse al ring.








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