Bierce, la crueldad inteligente

21 04 2012

En La buena letra de esta semana tengo que recomendar algo realmente bueno, porque la semana pasada me salté la sección. La explicación oficial es que participé en el Congreso de Jóvenes lectores que finalizó el viernes pasado en Teror, pero tengo que confesar que en realidad estaba de viaje: me habían invitado a ir a cazar elefantes en Botsuana y, ya se sabe, como el camino es largo y las noches africanas no se distinguen por su animación, me llevé, para los ratos libres, un libro igual de macabro que esta actividad: El clan de los parricidas y otras historias macabras, un libro de un escritor genial del XIX norteamericano: Ambrose Gwinnett Bierce.

El clan de los parricidas y otras historias macabras, de Ambrose Gwinnett Bierce, Madrid, Valdemar, 202 páginas.

Bierce era un señor de Ohio, nacido en 1842 y que tras participar en la Guerra de Secesión y en las guerras contra los indios dejó el ejército (cabreado porque no lo ascendían) y comenzó a trabajar como periodista en San Francisco, donde pronto destacó como cronista y comentarista político. Su capacidad para la ironía y el sarcasmo y, sobre todo, su habilidad para jugar con el lenguaje y los conceptos lo convirtieron en una figura muy popular. Si eras político en ese momento, no te convenía que Bitter Bierce (el amargo Bierce) escribiera sobre ti y, de hecho, alguien llegó a decir de él que era “el hombre más perverso de San Francisco”.

Pues bien, durante esos años, mientras escribía para los periódicos de William Randolph Hearst (y se codeaba con gente como Mark Twain y el entonces joven Jack London) Bierce combinaba sus artículos con textos de ficción que hacían las delicias de los lectores y que han sido comparados, por su calidad, con los de Poe, Melville o Hawthorne. Y algunos de estos son los que recoge este libro, que lleva el título de una de sus series de relatos más famosas, El Clan de los parricidas. En ella, Bierce, haciendo gala de un humor negrísimo y de una eficiencia narrativa dignos de un Voltaire, nos cuenta las historias de personajes que son hijos de asesinos, ladrones, estafadores, envenenadoras y demás maleantes, demostrando que de tal palo, tal astilla, porque todos acaban indefectiblemente cargándose a sus progenitores. Son cuentos rápidos, muy malintencionados y muy inteligentes, entre los cuales hay algunos realmente antológicos, como “Aceite de perro”, que se ha convertido en un clásico.

Valdemar completa el volumen con otros relatos de Bierce, la mayoría historias sobrenaturales, como “El engendro maldito”, o la serie de cuentos que se titula Algunas casas encantadas, de los que hay que decir que alguno, todavía hoy, nos pone los pelos de punta si los leemos de noche y con la iluminación adecuada.

Cuentos macabros, cuentos sobrenaturales y cuentos de misterio escritos por un tipo pendenciero cuya misma muerte fue un misterio. Aquí viene el chisme:

A los 70 años y estando en Washington, en lo más alto de su carrera, parece ser que Bierce, que se había divorciado y cuyos hijos habían muerto (uno a causa del alcohol y el otro en una pelea), de pronto decidió coger su caballo y su revólver y marcharse al Sur a visitar los lugares en los que había luchado en la guerra. Parece ser que, después de esto, continuó hacia el Sur, cruzó la frontera y, en 1913, se unió en Ciudad Juárez a las tropas de Pancho Villa. En la última carta que escribió desde México, a un sobrino suyo, decía algo así como que seguramente acabarían fusilándolo, pero que prefería eso a morir de vejez o de enfermedad y, por último, agregaba: “Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!”.

Esta desaparición de Bierce, este comportamiento legendario ha dado lugar a muchas especulaciones (de hecho, de vez en cuando aparece alguien que dice haber descubierto su tumba), y a una novela estupenda de Carlos Fuentes: Gringo viejo. Quizá recuerdes la película que inspiró, dirigida por Luis Puenzo, en la que Gregory Peck encarna a este personaje contradictorio y fascinante.

En fin, para acercarnos a Bierce, para pasarlo estupendamente, riendo con la risa de las hienas o pasando un poquito de repelús, al mismo tiempo que disfrutamos de una literatura excelente, El Clan de los parricidas, de Ambrose Bierce, en Valdemar, 202 páginas, porque divertirse leyendo es mucho mejor que divertirse matando animales y, sobre todo, mucho menos dañino.


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