Los días de mercurio en Corralejo

29 06 2012

Uno recuerda en estos días a Silvio y su Mariko San, con aquello de que el verano llegó desde ayer, no pudo esperar; mete leña en su horno de sietemesino y ahoga. Esos versos me han vuelto una y otra vez a la cabeza mientras subía y bajaba de guaguas que me llevaban y traían a las actividades de la semana: un taller con los miembros del Club de Lectura  del IES Joaquín Artiles de Agüimes, las sesiones de trabajo en el Laboratorio Creativo Anroart o la última sesión del primer Taller de Introducción a la Narrativa en Unibelia (que, por cierto, volverá a celebrarse en agosto). Todo esto mientras preparo la sesión final de Factoría de Ficciones en la Biblioteca Pública del Estado, una charla en la Universidad de Verano de Maspalomas y algunos otros textos. Todo trabajo, pero todo agradable, porque todo supone encuentros con lectores o escritores en ciernes o ambas cosas, y eso contribuye a curarlo a uno de la necesaria soledad en la que se ejerce normalmente el oficio.

Y, antes de todo lo de la semana que viene, hoy mismo, otro encuentro que se promete agradable: un debate con el Club de Lectura “EntreLetras” de la Biblioteca de Corralejo, en Fuerteventura, para hablar de Los días de mercurio.

Ya sabes, esa novela con maquis, jefes provinciales de Falange que frecuentan a chaperos, mujeres esclavizadas que descubren en el sexo un único y exclusivo espacio de libertad, traiciones e intrigas en ciudades con olor a cenicero y trenes que van a ninguna parte.

Y sí, Eladio Monroy y la novela negra de ambiente contemporáneo localizada en Las Palmas, pero yo tengo mucho cariño a esta novela, que fue escrita con las tripas y que, sin darme cuenta, se convirtió en una indagación en las raíces de lo que somos hoy, ese país que, como decía un chiste leído en las redes sociales hace poco, es como el cateto de la clase, que solo destaca en deportes y religión.

Así pues, si estás hoy en Fuerteventura y te apetece pasar un rato charlando con amigos sobre novela negra, personajes oscuros e historias de semen y sangre en plena posguerra, con aire acondicionado mientras llega el alisio, nos vemos en la Biblioteca de Corralejo, a las 20:30, con los miembros del Club de Lectura “EntreLetras”, a quienes nunca agradeceré lo suficiente que hayan elegido como lectura esta novela, a la que tengo tanto cariño y tan eclipsada por otros trabajos.

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Vargas Llosa y la vindicación del elitismo

22 06 2012

Sobre mi mesa hay un ejemplar de La civilización del espectáculo (Madrid, Alfaguara, 2012), el nuevo y exitoso ensayo de Mario Vargas Llosa (agotó dos ediciones en solo un mes).

Por supuesto, Mario Vargas Llosa no necesita presentación. Es un novelista excelente, uno de los últimos representantes vivos de una importantísima e innovadora generación de autores, muchos de ellos imprescindibles, que revolucionaron la narrativa contemporánea. Ningún lector podrá olvidar fácilmente Conversación en la catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor o La ciudad y los perros, cuyo cincuentenario, por cierto, acaba de conmemorar la Real Academia Española con una edición exquisita, donde el texto revisado por el autor se hace acompañar por estupendos estudios de José María Valverde y Víctor García de la Concha, entre otros (un buen amigo acaba de regalarme ese libro, que viene a reemplazar a mi viejo ejemplar de Seix Barral, extraviado en alguna de mis muchas mudanzas). Su palmarés es extenso y, posiblemente, inigualable: Premio Cervantes, Premio Príncipe de Asturias, Grinzane Cavour y, sobre todo, Premio Nobel de Literatura. Sus seguidores y lectores (no siempre coinciden ambas condiciones en las mismas personas, ya que, además, se trata de una figura muy mediática, que despierta filias y fobias a cada entrevista) son legión.

En La civilización del espectáculo, Vargas Llosa parte de la inquietante idea de que la cultura está a punto de desaparecer y sostiene la tesis fundamental de que la democratización de la cultura, con la consecuente desactivación o desaparición de la elite cultural, supondrá el fin de la cultura (en el sentido en que él la entiende, añade el autor, con una frecuencia que hace que esa frase se me antoje un escudo).

Habla Vargas Llosa de algunos de los males de la cultura contemporánea: la desaparición del rigor crítico, la frivolización del arte, la identificación entre precio y valor de los productos culturales, propia de las sociedad capitalista (que, sin embargo, defiende a ultranza). Suscribo punto por punto su preocupación en torno a esos asuntos. De hecho, recuerdo haber atacado, por ejemplo, el ready made de Marcel Duchamp en los mismos términos que Vargas Llosa. Eso sí, no por escrito, sino en largas polémicas adobadas por la conversación de algunos amigos y la presencia persistente del alcohol, siempre en ese ámbito de intimidad en el cual puede arrojarse cualquier reflexión, por arbitraria que fuese.

Y esa es la fuente de la mayor parte de las deficiencias que el lector informado no podrá obviar en La civilización del espectáculo: la arbitrariedad. Claro está, nadie pretenderá objetividad por parte de un autor; ahí está esa verdad de Perogrullo que ya argüía Gracián: el autor es un sujeto y, por tanto, está condenado a ser subjetivo. Sin embargo, siempre he pensado que todo ensayista está obligado a la persecución (al menos como ideal), de cierto rigor, de cierta seriedad en su argumentación, jugando limpiamente a ese juego de la reflexión en la partida que juega con su inevitable lector.

Para empezar, en su ensayo, para fijar la noción de “cultura” sobre la cual reflexionará, Vargas Llosa parte de una bibliografía que confronta a T. S. Eliot, George Steiner, Guy Debord, Lipovetski-Serroy y, por último, Frédéric Martel, que firmó el polémico Cultura Mainstream (texto que, dado el catálogo de banalidades que presenta, sospecho será muy útil a quien quiera escribir un ensayo contra y no sobre el estado actual de la cultura). Como lector, detecto ausencias notables en esa bibliografía (en el caso de que se busque algo de seriedad y rigor en la investigación). De entre ellas, para no cansar al lector con una nómina de textos canónicos, me referiré solamente a una sorprendente: la de El mito de la cultura, del profesor Gustavo Bueno; libro que no ha pasado precisamente desapercibido y autor de quien no se puede decir que sea poco conocido. Una ausencia notable por cuanto, en algunas ocasiones, las tesis de Bueno le hubieran resultado útiles a Vargas Llosa como apoyo a sus argumentos.

En general, La civilización del espectáculo supone una decidida vindicación de lo que el autor entiende por “cultura tradicional”, en la cual la alta cultura es custodiada por una exclusiva y reducida elite, mientras que el resto de la ciudadanía, incapaz de valorar apropiadamente los productos de aquella, se conformará con el consumo de una llamada “cultura popular”. Según esta imagen estratificada del hecho cultural, los verdaderos productos de la alta cultura son los que esa elite atesora herméticamente; de hecho, la difusión masiva de estos, su consumo por parte del pueblo, incapaz de disfrutar realmente de ellos, acabará anulando sus condiciones de posibilidad. Anclado en su optimismo con respecto a la democracia liberal, Vargas Llosa sortea los problemas de clase, sosteniendo que esa elite viene “conformada no por la razón de nacimiento ni el poder económico o político sino por el esfuerzo, el talento y la obra realizada” (ob. cit., p. 73). Obviaré este aspecto de la cuestión (sobre el que cualquier sociólogo o, incluso, un trabajador social, un maestro o un profesor de instituto podrían orientar a nuestro autor mejor que yo) y pasaré a otros, acaso, menos ideológicos: la escasa perspectiva histórica y la forma en que se hurta en la argumentación de Vargas el mecanismo de constante y mutua retroalimentación de ambos ámbitos (siguiendo a Vargas, he estado a punto de denominarlos “estamentos”) de la cultura.

Empezando por ese último, parece ignorar el autor la interrelación entre el canon y lo popular: muchos productos y géneros artísticos y literarios de raíz popular pasan, si sus méritos y el tiempo (ese juez implacable) lo permiten a formar parte del canon. Si, siguiendo al autor de La casa verde, todo producto cultural de origen popular resulta espurio, indigno de la alta cultura, ¿qué habríamos de hacer con el romancero, con la novela picaresca, con Shakespeare, con Rabelais, con el propio Cervantes o con las obras de Víctor Hugo, de Galdós, con la novela del XIX en general, que, o bien nacieron del pueblo o se convirtieron rápidamente en productos culturales de gran consumo por parte del pueblo en su momento? Podría argüirse que lo que se entendía por “consumo masivo” en la Edad Media, el Renacimiento o el Siglo XIX no es lo mismo que entendemos hoy; cuestión cuantitativa, en mi opinión, pero no de proporciones.

Y, al mismo tiempo que los productos culturales que tienen que ver con lo popular pasan, si lo merecen, a formar parte de ese canon que la elite intelectual acepta como válido, muchas de las manifestaciones de la alta cultura pueden pasar perfectamente a convertirse en productos de consumo masivo, sin que por ello pierdan ni un ápice de su validez. Creer lo contrario se me antoja una directa incursión en el territorio del mito, ese pantano fabuloso donde uno podría llegar a pensar, por ejemplo, que las letras de un ejemplar de La peste se borrarán si un camionero intenta leerlos o que mi nuevo y flamante ejemplar de La ciudad y los perros se convertirá en un montón de cenizas si se lo presto a mi vecina, cajera de un supermercado.

Los sentidos de una obra literaria o artística no son unívocos (Gadamer dixit) y sus distintos niveles de significado podrán ser aprehendidos en diferentes grados dependiendo de su lector o espectador, pero eso no invalida la pertinencia de la posibilidad de acercarlas a la ciudadanía; es más, las consecuencias de ese acercamiento son, en general, socialmente benéficas y ello contribuye a la “formación del espíritu” (que a Vargas tanto parece preocuparle) de forma, en mi opinión, bastante más eficaz y razonable que la religión, tal y como él propone. Nunca ha sido nociva la difusión de la cultura, salvo para quienes intentaban proteger sus privilegios de clase.

En cuanto a la perspectiva histórica (o la inexistencia de ella en La civilización del espectáculo) bastará con recordar las invectivas en contra de la aparición del cinematógrafo, de la fotografía o de la invención del tipo móvil. Se me ocurre, por ejemplo, que a los copistas que habían dedicado su vida a transcribir el saber de su época, de forma esforzada y artesanal, no debió de sentarles demasiado bien la popularización de la imprenta. Análogamente, en las páginas finales, Vargas Llosa muestra su desorientación acerca de la tecnología del libro digital, tomando como punto de partida un artículo (todo hay que decirlo: demasiado optimista) de Jorge Volpi.

Pero no acaban aquí los aspectos problemáticos de La civilización del espectáculo. Por el contrario, este ensayo presenta serios defectos formales desde el punto de vista de la argumentación. Y un defecto formal, en ese terreno, evidencia la debilidad del fondo. Entre otras cosas, Vargas utiliza con frecuencia la generalización apresurada: como algunos blogueros manejan mal la sintaxis, todos lo harán; como los blockbusters son de baja calidad, todo el cine actual es de baja calidad; como la educación sexual hace que se pierda el “misterio” en torno al sexo, los jóvenes se sentirán inducidos (conclusión sorprendente) “a buscar el placer en otra parte, probablemente en el alcohol, la violencia y las drogas”, (ob. cit., p. 116). También hace, en algunos pasajes, una presentación grotesca de las ideas que critica. Esto resulta muy llamativo en el capítulo que dedica a los filósofos de la posmodernidad, Deleuze, Guattari o Foucault, a quienes ataca apoyándose en Gertrude Himmelfarb (¿?) y, en el caso del autor de Las palabras y las cosas, utilizando, en algún momento, un argumento ad hominem de muy mal gusto, en mi opinión.

No profundizaré (este texto ya es suficientemente largo) en otros problemas del ensayo en cuestión, como, sin ir más lejos, su etnocentrismo, que se evidencia (para muestra, basta con un botón) en la doble vara de medir que utiliza para referirse a las relaciones entre religión y educación, asunto en el cual el autor opina (muy razonablemente, creo) que el velo islámico no tiene cabida en la escuela laica, para, casi al mismo tiempo, hacer una defensa de la obligatoriedad (por motivos culturales, arguye) de la religión como asignatura en esa misma escuela laica.

Tampoco traeré aquí a colación la evidente paradoja de este ataque furibundo a la cultura masiva por parte de alguien que forma parte evidente del fenómeno, en su calidad de autor tremendamente popular y cuyos artículos periodísticos y declaraciones a los mass media surcan, fulgurantes, todos los cables de fibra óptica que atraviesan el mundo. Ni haré notar que apelar a la tradición supone la mera remisión a un mito como criterio de validez. Ni siquiera diré que alguien de la altura intelectual de Vargas Llosa debería entender que la existencia de una cultura de masas (siempre las hubo, solo que con otros soportes tecnológicos) no excluye la posibilidad de la existencia de una elite cultural (también las hubo siempre; también él mismo forma parte de la actual). En ese sentido, el maestro puede estar tranquilo: la cultura cambiará de soportes, pero continuará existiendo, porque nuestro ámbito de existencia, como individuos y como especie, no puede prescindir de ese animal monstruosamente complejo que es nuestro universo simbólico.

Lo que haré, simplemente, en cuanto acabe esta entrada (desacostumbradamente larga), será reflexionar sobre cómo podría explicar a un grupo de internos de un centro penitenciario o a un aula de estudiantes de enseñanza media en claro riesgo de exclusión social, ávidos de acercarse a la literatura y a la cultura (acaso porque las emociones que estas despiertan en ellos pueden salvarles como seres humanos) que es peligroso para la cultura que sus productos sean divulgados masivamente; que estos solo tienen sentido si existen para el consumo de unos pocos, entre los cuales, supongo, ellos no tienen derecho a contarse.

PS: Por aquello de que lo urgente se impone a lo importante, no había leído, antes de escribir esta entrada, la reseña que escribió sobre el mismo libro el amigo Rubén Benítez Florido. Hoy, tras hacerlo, añado aquí el enlace, para quien quiera contrastar el mío con otro punto de vista, costumbre generalmente sana.





Conrad, Marlow, Kurtz, el horror

16 06 2012

Hoy te traigo un clasicazo, un libro muy célebre que tiene verdaderos forofos y que, aunque es una novela corta, ha dado para miles y miles de páginas de interpretaciones: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, una obra muy peculiar de un autor muy peculiar.

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, Madrid, Edaf, 244 páginas.

La anécdota es sencilla: Marlow, un marinero (narrador testigo en otras novelas de Conrad), está, junto a otros marineros, en la desembocadura del Támesis, en un barco de vela que espera el reflujo de la marea para continuar navegando. En el ínterin, Marlow cuenta una de sus historias, pero, en esta ocasión, no es un mero testigo, sino uno de los protagonistas. La historia le sucedió diez años atrás, cuando consiguió un trabajo en el Congo colonizado por los belgas, quienes, bajo el mando del rey Leopoldo, explotan el país para extraer, principalmente, marfil. A Marlow le encargan remontar el río y traer de vuelta a Kurtz, un agregado comercial especialmente brillante que, sin embargo, parece haberse vuelto loco, deslumbrado por su propio poder de persuasión frente a los indígenas. Algo ha ocurrido en el interior de Kurtz: se le ha despertado algo oscuro, salvaje, devastador. En su viaje por el río, Marlow irá identificándose cada vez más con Kurtz y descubriendo dos cosas: el brutal comportamiento de los colonizadores para con los nativos y el entorno (toda refinamiento social, todo reparo ético han desaparecido en los europeos que saquean el Continente Negro), y que él mismo siente la presencia de la selva como una llamada hacia sus más bajos instintos, algo terrible que él mismo lleva en su interior.

No cuento más. Habrá personas, sobre todo jóvenes, que aún no lo hayan leído. Pero se trata de un relato pesadillesco que fascina desde las primeras páginas y que juega con el suspense, la ambigüedad y lo implícito, más que lo explícito. Conrad prefiere sugerir las cosas antes que contarlas y eso hace que nos hagamos copartícipes de su relato desde el primer momento, como si fuéramos uno más de los marineros que están ahí escuchando a Marlow.

Joseph Conrad (1857-1924) está considerado uno de los grandes autores en lengua inglesa. Sin embargo, era polaco. Se llamaba Joseph Konrad Korceniowski y era hijo de nacionalistas polacos, represaliados por los rusos, que murieron en el exilio siberiano. Por eso se crió con un tío suyo que, cuando llegó el momento de hacer el servicio militar en Rusia, le aconsejó que se enrolara como marinero. Y allá que se fue: se embarcó primero en la marina mercante francesa y luego en la británica, cruzando medio mundo. Hasta que a los treinta años, tras un periodo en el Congo Belga (de donde saldría el tema de El corazón de las tinieblas), se estableció en Inglaterra y se dedicó exclusivamente a la literatura. Curioso es que escribiera en inglés: su segunda lengua fue el francés (la lengua culta en Rusia, que dominaba Polonia por esa época) y no aprendió inglés hasta los 21 años. Sin embargo, toda su obra está escrita en inglés. Nunca lo hizo en polaco o francés. Él decía que si no hubiera aprendido inglés, jamás hubiera escrito.

Escritor muy prolijo, brilla especialmente en el campo de la novela corta. Normalmente escribe novelas de aventuras, pero que suponen siempre un viaje al interior de los protagonistas. Aparte de sus novelas de marinerías (Lord Jim, El negro del Narcissus, La línea de sombra, Victoria), yo destacaría dos novelas cortas: Gaspar Ruiz, que transcurre en las revoluciones nacionalistas hispanoamericanas y El duelo, que trata sobre dos oficiales napoleónicos que se empeñan en un duelo que dura toda una década. Esta inspiró la primera película de Ridley Scott, Los duelistas, con Harvey Keitel y Keith Carradine. No es la única: Lord Jim o El agente secreto también han sido adaptadas con más o menos acierto.

Y El corazón de las tinieblas dio pie a una obra maestra del cine: Apocalypse Now, donde el Congo se convierte en Vietnam y el agregado comercial Kurtz se convierte en el coronel Kurtz, pero donde el tipo sigue enfermo, en una choza cuyo exterior está decorado con las cabezas de sus enemigos y diciendo aquello de: “El horror… el horror”.

En fin, para introducirse en el fantástico universo de Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas, en muchas ediciones de entre las cuales escojo la de Edaf. Son, incluyendo 70 de la fantástica introducción de Miguel Temprano, 244 páginas para subir el río Congo con Marlow y conocer a Kurtz, fascinante, lúcido y terrible.





Amigo del misterio

13 06 2012

Acaso por sentir que la vida tiene algún sentido, acaso por combatir el inevitable tedio cotidiano, últimamente solo piensa en el conocimiento científico para soslayar las certidumbres de este. Se ha convertido en un amigo del misterio, en un cazador de mitos. Para él, los perros salvajes son chupacabras; las sombras nocturnas del bosque, presencias fantasmales; una saturación fotográfica, la irrefutable prueba de la existencia del ectoplasma; unas ruinas prehispánicas, la evidente pista de aterrizaje para naves extraterrestres. Desaprensivos editores y productores televisivos proporcionan abundante material periódico a su búsqueda de enigmas. Autoestopistas que desaparecen sin despedirse, premoniciones, conspiraciones masónicas, luces inexplicables, misterios vaticanos y apariciones marianas pueblan ese universo en el que la parapsicología es una ciencia y la lógica, poco más que una molestia soslayable.

En su mental colección de mitos no figuran, no obstante, los milagros diarios. Jamás se le ha ocurrido buscar el misterio donde realmente está: en la ineluctable lealtad de sus amigos; en las sonrisas que los desconocidos se devuelven en las calles de su ciudad; en la inexplicable belleza de los lunares que pueblan la espalda de su amante; esas cosas que no dan para hacer programas de televisión los domingos por la noche, pero suponen una precisa constatación del asombro.





Línea de crédito o puesta de largo: un rescate es un rescate

11 06 2012

Tengo a Monroy muy mal acostumbrado. O quizá se cobra con intereses el partido que le saco. Me explico: como últimamente lo llamo para que me cuente sus últimas batallitas (qué le voy a hacer, me he quedado sin historias suyas, necesito que me renueve el repertorio para escribir otra novela sobre las cosas que le pasan), se cree con derecho a presentarse en mi casa cuando le viene en gana y arrasar con todo. Supongo que, en el fondo, su temperamento es similar al de la troika comunitaria.

Monroy visto por Montecruz.

Ayer domingo, sin ir más lejos, llegó sin avisar, a la hora torera. Traía, eso sí, un pack de seis cervezas, una bolsa de papas fritas y un ejemplar de La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa (que sabe que mi bolsillo no me permite comprar). Sin embargo, cuando se fue, se llevó dos difíciles de conseguir y que sé que no volveré a ver: La hija del aparcero de Bruno Rodríguez y Entre amorosos desamores de Patricia Rojas de Leunda. El primero lo guardó en cuanto lo vio. Del segundo no le gustó el título pero, mientras charlábamos, leyó algunos de los micorrelatos que contiene y, cuando me quise dar cuenta, ya lo había deslizado hacia el interior de su bolso bandolera.

Preguntado por los motivos de su visita, la respuesta fue vaga como guardián de obra: Gloria había ido a ver a su madre; él se había quedado sin libros; en el Casablanca se habían juntado para ver la Eurocopa y, sabido es, a él el fútbol le resbala.

No esperó a la segunda cerveza para preguntarme qué opinaba yo sobre el rescate. Me apresuré a aclararle que no se trata de un rescate, sino de la apertura de una línea de crédito por parte del eurogrupo, que lo había dicho el presidente.

—Mira, mi hijo –me dijo con ese tonito molesto y rencilloso que gasta con gente como yo–, el presidente lo puede llamar “línea de crédito”, “puesta de largo” o “la larga sombra de mis huevos al amanecer”, pero es un rescate en toda regla. Y estos del eurogrupo son como las ratas: primero meten el rabo; si cabe el rabo, se cuelan ellos detrás. Y te digo otra cosa: cuando uno pide un crédito, lo primero que tiene que aclarar son las condiciones. Escuché la comparecencia de Rajoy de esta mañana: no dijo absolutamente nada sobre eso. Lo que sí dijo fue que se iba al fútbol.

Le dije que no sabía qué quería decir.

—Pues está facilito: tú les aceptas el préstamo ahora y, cuando menos te lo esperas, ya están aquí diciéndote lo que tienes que hacer con el empleo, con la seguridad social y las pensiones.

—Bueno, este país sigue siendo soberano –argüí.

—Mientras haga lo que le diga la troika.

—No hay troika.

—Espérate a la semana que viene. A lo mejor mañana mismo. Y, una vez venga la troika, se acabó la soberanía. Si hacemos algo que no les guste, nos castigan. Si nos ponemos chulitos, nos castigan.  Y, si nos pasamos mucho, nos dirán hasta quién tiene que gobernar. Aunque, en este caso, no creo que encuentren en este país tecnócratas mayores que estos.

Intenté cortarle el rollo diciéndole que ni él ni yo entendíamos de macroeconomía y que estas cosas hay que dejarlas en manos de quienes entienden; que los ministros y el presidente saben, seguramente, lo que hacen; que la solución a estos asuntos es siempre difícil; que no acababa de creerme lo de la troika; que esto no es Grecia y, como dice Mariano Rajoy, no es Uganda.

—No. No es Uganda, seguro. De hecho, entre los bantúes, a majaderos como estos les hubieran ya dado una patada en el culo y los hubieran expulsado de la tribu.

Preguntándome a mí mismo por qué estaba cayendo en la trampa de Eladio (a quien lo que le apetecía era discutir, como siempre) y si la escritura de una novelucha merecía perder el ocio de un domingo por la tarde de aquella manera, puse la tele para ahuyentarlo.

Justo en ese momento, España marcaba un gol y Mariano Rajoy, Jorge Moragas y los príncipes lo celebraban como si lo de la tarde anterior no hubiera ocurrido.

—Ahí los tienes: los jefes de la tribu, celebrando la Danza de las Cosechas -dijo mientras se levantaba y se apoderaba, con disimulo, de lo último de Miguel Aguerralde, Última parada: la casa de muñecas. Él creyó que no me daba cuenta, pero me la di.

Cuando se marchó me dejó como casi siempre: con la palabra en la boca y una incipiente cefalea.

Hoy, al levantarme, he leído las declaraciones de Schäuble y he llamado a Eladio para preguntarle dónde carajo guarda su bola de cristal.

—No me hace maldita falta. Mientras tú ves el fútbol, yo leo los periódicos.





Aunque arda el papel

9 06 2012

Hemos tenido una semana cargada de noticias literarias, y eso es bueno: que la literatura esté en los medios de comunicación y, sobre todo, en las redes. Primero por el estupor general ante una entrevista de Vargas Llosa en televisión (me sirvió para comprobar una vez más que prefiero leerle a oírle hablar); segundo, por la concesión a Philip Roth del Premio Príncipe de Asturias, en mi opinión, y por lo poco que le he leído, bastante merecido (cosa que no es rara, porque los Príncipe de Asturias de las Letras suelen estar muy bien dados; de memoria, recuerdo que en su día fue recibido por gente como Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Susan Sontag o Gunter Grass) y, por último, por el fallecimiento de Ray Bradbury, a los 91 años, después de una fecunda y, en mi opinión, muy rica producción. Yo, como puedo elegir, para La buena letra de la semana, elijo hablar de Bradbury y de su obra más célebre, Fahrenheit 451, que los mayores ya habrán leído, pero que muchos jóvenes aún no conocen más que por referencias.

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, Barcelona, Mondadori Debolsillo, 175 páginas.

451 grados Fahrenheit (232,7 grados Celsius) es la temperatura a la que el papel se inflama y arde. Esta cifra da título a la novela y da el número que llevan en el casco y en su insignia los bomberos de este libro; su cometido no es apagar fuegos, sino prender hogueras con las bibliotecas clandestinas que aún algunos ciudadanos esconden, realizar burocráticos y sorpresivos autos de fe con los últimos vestigios de palabra escrita que quedan. Porque, en el mundo que nos plantea esta novela distópica, los libros están prohibidos. ¿Por qué están prohibidos? Porque hacen pensar. Y pensar es peligroso: puede hacerte reflexionar sobre la realidad y llevarte a descubrir que es mejorable. Y en la preapocalíptica sociedad futura de Fahrenheit 451 la preferencia oficial es que todo el mundo sea insconsciente y frívolamente feliz, todo el mundo esté pendiente de la pantalla mural, donde a toda hora se emiten programas sin ningún tipo de contenido que pretenden ser interactivos (haciendo un aparte: no es casualidad que en otra célebre distopía, 1984, de la cual te hablé hace poco, las telepantallas también constituyan un instrumento de control).

En fin, el protagonista de esta novela va a ser uno de esos bomberos incendiarios, Guy Montag, que un día va a conocer a una interesante muchacha llamada Clarisse, quien le hará plantearse preguntas sobre su oficio y sobre sí mismo, a partir de lo cual, comenzará a robar y atesorar libros, creando su propia biblioteca clandestina.

No cuento más para no hacer spoiler, pero sí que me gustaría resaltar una idea que se plantea en esta novela breve e inolvidable: la de que aunque los energúmenos acaben con todos los libros, estos pueden ser preservados gracias a la memoria de los lectores; que, mientras exista un solo lector que preserve la palabra, la humanidad aún tiene motivos para conservar la esperanza.

Bradbury, que escribe tan bien que parece británico, era, en realidad, de Illinois. Y, aunque sea muy célebre por sus novelas de ciencia ficción, escribió más cuentos que novelas y no siempre de ciencia ficción. De hecho, muchos de sus libros de cuentos (Las maquinarias de la alegría, Remedio para melancólicos) alternan una mayoría de cuentos realistas, fantásticos o de terror, con relatos de ciencia ficción. En cualquier caso, cultive un estilo u otro, en sus textos abundan la paradoja, la reflexión moral (él mismo se consideraba, al parecer, un moralista, más que un autor de SciFi, lo cual le hermana con otro de los grandes: Stanislaw Lem), el humor y un lúcido pesimismo acerca de la condición humana, aunque a veces, como en Fahrenheit 451, deje un hueco para la esperanza.

Aparte de los libros mencionados, de entre su obra, yo destacaría otros dos títulos, también muy célebres: El ruido de un trueno, una novela sobre paradojas temporales en la que se parte de la idea del Efecto Mariposa; y, por supuesto (y uno de mis preferidos), Crónicas marcianas, un libro de cuentos que se lee como una novela (o una novela cuyos capítulos son perfectamente independientes), que trata sobre la llegada, conquista y exterminio de la civilización de Marte por parte de los seres humanos. Esto es: no es un libro sobre cómo los marcianos invaden la Tierra, sino sobre cómo los humanos invadimos (y arrasamos) Marte, en sucesivas oleadas, argumento en el fondo del cual yo siempre he creído ver una alegoría sobre la invasión y la colonización por parte de Occidente de otros territorios y civilizaciones.

Todos estos títulos han sido adaptados, más o menos felizmente, al cine o la televisión. A mí, esas adaptaciones, siempre se me han quedado cortas con respecto al libro. Incluso la que Francois Truffaut hizo de Fahrenheit 451. Acaso sea porque el lirismo fundamental de Bradbury, la elegancia de su prosa es difícilmente trasladable a la imagen.

Si prefieres la lectura al cine, echa un vistazo al catálogo de Minotauro, que ha editado en castellano prácticamente toda su obra.

En fin, para tomar contacto con este maestro indiscutible que fue Ray Bradbury, su novela emblemática: Fahrenheit 451, disponible en muchas ediciones de las cuales escojo una muy económica, la de Mondadori Debolsillo (que reproduce la traducción de Alfredo Crespo para Plaza y Janés en 1967) y que tiene solo 175 páginas inolvidables y, en mi opinión, imprescindibles.

(Hoy, justo antes de colgar esta entrada, leo en El Escobillón el cariñoso repaso que Eduardo García Rojas hace de sus títulos favoritos del genial narrador de Illinois, en un post que deberán leer quienes deseen ampliar información más allá de rápidos panegíricos escritos por redactores de prensa que jamás leyeron un solo libro de Bradbury)





Caricia de hombre grande

4 06 2012

In memorian José Antonio Ramos

(10 de noviembre de 1969 – 4 de junio de 2008)

Un hombre muy grande se enamoró de un timple, ese instrumento humilde, expósito y chillón. El timple era un instrumento chico cuando aquel hombre grande comenzó a acariciarlo -incesante, insistente- con sabor de tierra germinada y ritmos de marea. A cada contacto con las manos enormes, el timple fue notando cómo brotaban de su propio vientre sonidos y frases que él ignoraba albergar, cadencias inéditas, lenguas que jamás había hablado. Cuando creía que ya lo había dado todo, el pequeño artefacto experimentaba nuevas caricias del hombre grande y volvía a sentir cómo brotaban de sí mismo nuevas sonrisas de bicácaro, nuevas flores de terruño y salitre.

Las caricias cesaron bruscamente un mal día de junio. El timple se miró a sí mismo y se preguntó quién extraería de su caja todos aquellos colores, siendo él tan pequeñito. Unas manos de niño, pequeñitas como el propio timple, le hicieron entender que ahora aquel lienzo se pintaba prácticamente solo, casi a la primera caricia. Se había producido una feliz e inevitable metamorfosis: aquel instrumento chico ya no era chico; había crecido para poder abarcar la caricia de aquel hombre tan grande.








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