El fascismo ya no es lo que era

16 09 2012

Monroy visto por Montecruz.

Hoy, echando el café en el Casablanca, le dije a Monroy que darle hacia atrás al reloj treinta y cinco años tiene sus peligros, sobre todo cuando hace treinta y cinco años estábamos saliendo (teóricamente) de una dictadura de otros cuarenta y todo cristo aprovechaba para reivindicar (pasándose, en muchas ocasiones, de la raya) los derechos que habían sido silenciados durante todo aquel tiempo. Eran tiempos de nacionalismos e independentismos radicales (enfrentados al no menos peligroso nacionalismo español) y de generaluchos que conspiraban contra otros oficiales que defendían la democracia (sí, todo hay que decirlo, ahí estaban también los miembros de la UMD).

La cosa es que reconocer a un facha es fácil: es el tipo de la camisa azul (o que la llevó hasta hacía poco), que llama Alzamiento al Golpe de Estado del 18 de julio de 1936, Cruzada a la Guerra Civil y sindiós a la II República. Se les llena la boca hablando del oro de Moscú y de la gloriosa División Azul. Cubren con un manto de reconciliación nacional a los miles y miles de ejecutados, desaparecidos, encarcelados, exiliados o purgados mediante los más variados procedimientos (desde la condena a la miseria al aceite de ricino). Aunque van de machotes por la vida, en realidad les da miedo casi todo: una mujer que decide por sí misma, un condón, un homosexual, un euskaldún o un historiador bastan para hacer que tiemblen los cimientos de todo su mundo y se apresuren a proclamar que esas y otras normalidades van contra la patria, la moral, el derecho, la tradición y/o la mismísima naturaleza (ya han descubierto que apelar directamente a Dios no era excesivamente popular, ahora que creer en Dios ya no era obligatorio).

“Pero esos fachas aprendieron”, me contestó Monroy. Según él, ellos y sus hijos (naturales o espirituales) hace años que aprendieron a aparentar tolerancia (para que los demás fueran tolerantes con ellos), a fingir que solo les movía el deseo de paz y buena convivencia, a simular que el pasado no existe, que la tabula rasa es posible. Aprendieron a introducirse subrepticiamente en partidos democráticos de corte centrista, democristiano o, incluso, nacionalista (sí, porque si del cielo te caen limones habrá que hacer limonada y, en el fondo, la diferencia entre ser nacionalista español o serlo catalán, vasco o canario es una mera cuestión de grados, no de acceso personal al poder), cuando no a liderar movimientos que se declaran apolíticos o que se apresuran a decir que “ellos no son ni de derechas ni de izquierdas”. Aprendieron también cómo funciona la propaganda, que el control de los medios de comunicación de masas era mucho más útil que el control de los ejércitos, porque una palabra puede ser más útil que una bala, y encima resulta siempre más rentable. Así, se tatuaron en las meninges el manual de falacias completo y se hicieron expertos en el argumentum ad hominem, la petición de principio, la generalización abusiva.

Le digo que siempre han estado ahí, que jamás cambiaron y que, aprovechando el asunto de la crisis, aprovechando el descontento, salen de sus cuevas, afilando sus sables. “Mira, si no, ese teniente coronel retirado, el amigo Francisco Alamán”.

Al oír esto, me mira aguantándose la risa.

—Coño, Ravelo, tú pareces gilipollas. Eso de los militares no va a ningún lado. Los que me dan miedo son los otros: los que se disfrazan de centristas, de reformistas, de liberales y, al final, no son más que la misma mierda de siempre. Ese teniente coronel está más pasado de época que las cintas del Fary. El problema no es la vieja guardia. Esos no engañan a nadie. El problema son los que aprendieron y los hijos de los que aprendieron, los que se pasan la vida con la constitución en la mano para defender la “indisoluble unidad” y la corona, pero la pisotean para todo lo demás; los que, cuando se habla de defender a las minorías, solo piensan en la minoría privilegiada; los que, en materia de educación, cuando dicen “excelencia” piensan en “elites”, y no precisamente intelectuales; los que claman por la laicidad siempre que afecte a los musulmanes y no a los católicos; los que aprovechan la indignación de la gente para colarle la cadena perpetua y hacerse con un código legal que les permita reprimir a todo aquel que les toque los humildes. Esos son los que me dan miedo. A un militar cabreado, se le quita la pistola y se le manda al calabozo. Pero ¿a un facha involucionista disfrazado de centrista reformista, qué puedes hacerle? ¿Eh? ¿Qué vas a hacer contra estos, que son los realmente peligrosos?

Me quedo un momento en silencio, pensando. Se cansa de esperar y está a punto de sacudirme por los hombros.

—Pero, melón, ¿todavía no lo sabes? Desobedecer.


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3 responses

21 09 2012
Ricardo Curbelo

Excelente visión… solo que me temo que el siguiente paso a la desobediencia sea la violencia. He estado buscando en Google “como crear ejército popular de liberación anticapitalista” y me redirige diréctamente a la Interpol😉

24 09 2012
Alexis Ravelo

😉 No tiene por qué ser así. La desobediencia civil pacífica está inventada hace mucho e, históricamente, no ha dado malos resultados.

24 09 2012
El miedo del energúmeno « Ceremonias

[…] unos días publiqué en este mismo sitio una entrada en la que se hablaba de las nuevas caras del fascismo de toda la vida, esas que usurpan el lugar del […]

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