El miedo del energúmeno

24 09 2012

Todos conocemos a algún energúmeno. Los hay de ambos sexos, de todas las edades y de todos los signos políticos. Son esos polemistas que, en cuanto comienzan a olerse que no tienen razón, que carecen de argumentos para defender su postura y sus adversarios dialécticos pueden demostrarlo, comienzan a alzar la voz, a hacer comparaciones abusivas, a apelar al argumentum ad hominem o, simplemente, a amenazar. No lo hacen porque sus convicciones tengan bases sólidas y sin fisuras sino exactamente por lo contrario: porque tienen miedo de que descubramos que los principios que parecen sustentarlas no son más que humo. Y un energúmeno que tiene que enfrentarse a sus propios errores está perdido, porque entender a los demás, darles la razón cuando la tienen, aprender y mejorar son habilidades que no están entre sus puntos fuertes. Digamos que, aunque suela negarlo, el energúmeno (sobre todo el energúmeno hispánico) no tiene su territorio natural en el reino de lo razonable.

La Sección Primera del Capítulo II del Título Primero de la Constitución Española recoge el artículo 21, que dice:

1. Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas. El ejercicio de este derecho no necesitará autorización previa”.

2. En los casos de reuniones en lugares de tránsito público y manifestaciones se dará comunicación previa a la autoridad, que solo podrá prohibirlas cuando existan razones fundadas de alteración del orden público, con peligro para personas o bienes.

Me niego a creer que Cristina Cifuentes, una persona a quien supongo preparada, desconoce ese artículo que figura en la parte dogmática de ese texto que a veces parece estar ahí solo para echárselo en cara a nacionalistas, independentistas, secesionistas y demás familia.

Hace unos días publiqué en este mismo sitio una entrada en la que se hablaba de las nuevas caras del fascismo de toda la vida, esas que usurpan el lugar del centrismo reformista (que es otra cosa muy diferente y bastante más respetable). Y, justo este fin de semana, ocurría esto: agentes de policía volvían a interrumpir una reunión pacífica y sin armas de ciudadanos que, tranquilamente sentados en la hierba de un parque, debatían sobre la organización de una protesta civil que, sin saltarse las reglas de la normalidad democrática, pretende expresar el descontento de la ciudadanía con respecto a las políticas de nuestros dirigentes. Se dirá lo que se quiera, pero, por lo que se ve en el vídeo, estas personas no parecen demasiado peligrosas, ni están alterando el orden público, poniendo en peligro a personas y bienes. Pero, aún así, la policía irrumpe en la reunión, interrumpiéndola. Y es la segunda vez que ocurre en fechas recientes; la semana pasada actuaciones similares dieron como resultado la imputación de ocho personas.

Mientras la Delegación del Gobierno, interpretando un revival descafeinado de la Brigada Político Social de antaño y presumiendo de tener una lista de supuestos activistas supuestamente peligrosos, utiliza a la policía para perseguir a ciudadanos que ejercen sus responsabilidades como tales, en la madrugada de este sábado cientos de vándalos (de verdaderos vándalos, de los peligrosos, los que queman contenedores y coches y lanzan botellazos indiscriminadamente) pudieron hacer impunemente de las suyas en Madrid, porque los efectivos de la UIP que hubieran podido servir de refuerzo estaban ocupados en custodiar un edificio vacío que será rodeado por una manifestación pacífica que solo tendrá lugar tres días más tarde.

Y tras este fin de semana en el cual la Delegación del Gobierno en Madrid pisotea los derechos fundamentales al tiempo que demuestra que su ineptitud pone en grave peligro la seguridad ciudadana, la secretaria de organización del Partido Popular, María Dolores de Cospedal, compara la protesta prevista para mañana con el intento de golpe de estado del 23F.

Ineptitudes aparte, cualquier observador medianamente razonable podrá constatar que las maniobras antidemocráticas de Cifuentes y la analogía abusiva de Cospedal son muestras de un sentimiento que parecen compartir: el miedo. Ese miedo de los energúmenos que alzan la voz, utilizan la falacia o amenazan con el uso de la fuerza, porque no tienen razón y, sencilla y tristemente, lo saben.

Post scriptum:  Cuando me disponía a colgar esta entrada, Cristina Cifuentes ha dado un paso más. Según los noticiarios, ha afirmado que tras la convocatoria se esconden grupos neonazis. Puede que mañana a estas horas hable de francmasones o de sectas satánicas. La misma delegada que demuestra generosa permisividad con los manifestantes ultraderechistas tilda ahora de neonazis a los manifestantes de Rodea el Congreso y amenaza con detenciones. Quizá su miedo a verse en evidencia sea ya terror.


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