Olvido, el onanismo, la tolerancia

7 09 2012

Seguramente ya lo sabes, porque la noticia ha coleado mucho en las redes sociales, pero Olvido Hormigos, una concejala de Los Yébenes (Toledo), ha sido víctima de un delito por parte de un supuesto amigo íntimo que pisoteó amistades e intimidades difundiendo un vídeo en el que ella aparecía masturbándose.

El sexo, como la religión, es asunto eminentemente privado. Cada cual es libre de hacer con su cuerpo y con su alma lo que le apetezca, siempre que no intente imponer sus propios deseos a los demás. Y nadie tiene derecho a juzgar la forma en que cada individuo entiende su sexualidad o su fe.

Esto es, cada cual puede vivir su sexualidad o su religión como le venga en gana, pero no puede decir a nadie cómo debe vivirlas. Esa es una regla básica del democrático juego de la tolerancia.

Pero España es un país ciertamente paradójico, en el que viejo cadáver del nacionalcatolicismo lastra al conjunto de la sociedad hasta el punto de que jamás ha conseguido que su democracia sea real y efectivamente laica. Y una sociedad cuya esfera pública no es laica no puede ser, por motivos obvios, democrática.

A Olvido Hormigos, por vivir su propia sexualidad como le da la gana, se le ha echado encima una caterva de catecúmenos digna de una novela de Nathaniel Hawthorne. Estos individuos se creen con derecho a decir a los demás lo que es lícito hacer y lo que no dentro de un dormitorio. Y son los mismos (sí: siempre son los mismos) que, curiosamente, esgrimen su derecho a hacer con sus almas lo que quieran (un derecho legítimo, que nadie les niega), se creen legitimados para imponer su moralidad a los demás y opinar sobre lo que Olvido Hormigos puede hacer con sus dedos, sus genitales y su teléfono móvil.

A mí me resulta chocante que este país en el que las ministras visibilizan su fe encomendándose a las vírgenes (cosa que a nadie molestaría si, al mismo tiempo, hicieran bien su trabajo) sea el mismo en el que algunos opinan que una concejala ha de dimitir porque se masturba.

Por fortuna, existen también muchas personas que han puesto algo de cordura en el asunto, apresurándose a declarar que ellas también se masturban, solidarizándose con la concejala y pidiéndole que no dimita por el mero hecho de que su intimidad haya sido vulnerada por un elemento que, en mi pueblo, describiríamos con el sonoro y despectivo rótulo de machango.

Todo esto, claro está, quedará seguramente en anécdota. Pero hay anécdotas que ponen de relieve contradicciones importantes: mientras no entendamos que el cuerpo y el alma pertenecen al individuo, que son territorios libres e íntimos y que, por tanto, nadie tiene el derecho de juzgar cómo cada uno hace uso de ellos y tampoco puede imponer a otras personas su propia forma de utilizarlos, esta sociedad tiene un problema con la tolerancia, esa asignatura pendiente cuyo nombre invocamos incesantemente, pero sobre cuya naturaleza, límites y mecanismos no parecemos haber reflexionado aún lo suficiente.

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Un mundo para Bryce

6 09 2012

Se inaugura temporada y yo debería hablar de los libros que están de moda. Pero, fíjate tú, no me da la gana, porque aquí hace demasiado sol para chorradas que solo puede disfrutar quien no ha leído Historia de O, las novelas de Georges Bataille o los cuentos de Anaïs Nin.

Si hay que comentar algo de la actualidad, yo escojo la noticia de que el lunes le fue otorgado el Premio FIL (antes Premio Juan Rulfo) a Alfredo Bryce Echenique. La noticia me parece una excelente oportunidad para rescatar su primera novela, que, además de ser magnífica, supone una estupenda introducción a su obra para los neófitos. Así pues, lo que te traigo hoy es Un mundo para Julius, de 1970.

Un mundo para Julius, de Alfredo Bryce Echenique, Barcelona, Anagrama, 480 páginas.

Un mundo para Julius, en un primer vistazo, podría ser calificada como una Bildungsroman, una novela de educación sentimental, porque nos cuenta la infancia de un personaje perteneciente a una familia de rango abolengo en la sociedad limeña de mediados del Siglo XX. Pero, en realidad, la biografía temprana de Julius es una excusa para mostrar todo lo que el niño tiene a su alrededor. Porque Julius vive, al menos, entre tres mundos: el de sus antepasados, del que proviene Susan, su madre, viuda reciente que intenta curarse del luto con viajes y vida social; el mundo de Juan Lucas, su nuevo marido (y, por tanto, padrastro de Julius), un millonario que representa a la nueva burguesía frente a la vieja oligarquía a la cual pertenece la familia de Julius y cuyo matrimonio con Susan simboliza el maridaje entre dos clases tradicionalmente antagónicas; y, por último, el mundo íntimo encarnado por niñeras, criadas, mayordomos y chóferes de la casa, que son quienes realmente cuidan y educan a este niño inteligente, sensible y solitario, encerrado en una jaula de oro.

Bryce hace así un interesante retrato de la sociedad peruana de esa época, muy estratificada y elitista, en la que una minoría esnob disfruta del golf, los toros o las largas vacaciones en los countries, que ocultan la realidad en la que vive la inmensa mayoría de la población.

Pero lo mejor de todo, es el firme pulso narrativo de Bryce Echenique, con esa prosa del postboom, a un tiempo profunda y leve, el continuo pero fluido juego de voces entre los personajes y el narrador, la agilidad narrativa que ya quisiera más de uno y un finísimo sentido del humor que hacen que leer Un mundo para Julius sea un completo y absoluto placer.

Algo de biográfico tendrá Un mundo para Julius, porque Bryce Echenique nació en 1939, en Lima, en el seno de una familia acomodada. Se licenció en Derecho, se doctoró en Letras y estudió una diplomatura en Literatura Francesa en La Sorbona. Aparte de esta novela, hay mucho para elegir entre libros de cuentos, ensayos, sus memorias (o Antimemorias) y novelas, pero yo destacaría de su obra La vida exagerada de Martín Romaña, No me esperen en abril y Reo de nocturnidad.

La figura de Bryce se ha visto ensombrecida, desde la década pasada, por una demanda por plagio: se le acusó de plagiar 15 artículos de diferentes autores. En cualquier caso, esta demanda se refiere a artículos periodísticos de columna diaria, nunca a sus textos literarios. Los textos de Bryce son originales, exquisitos y, en muchos casos insuperables y uno no se puede hacer viejo sin haberle leído. Así que, para este septiembre de nuestros dolores: Un mundo para Julius, de Alfredo Bryce Echenique, 480 páginas de literatura de verdad para curarte de tanta chorrada escrita en serie.





Morir despacio

3 09 2012

Si eres parte del puñado de noveleros y noveleras (dicho sea en la mejor de sus acepciones) que siguen las andanzas de Eladio Monroy, ya sabrás que llevo intentando cargármelo desde 2006 y que no hay manera. El muy cabezudo vuelve siempre. Ahora le ha dado por reaparecer, en una última entrega cuya edición se encuentra ahora mismo en preparación y que aparecerá, impresores mediante, en octubre.

Esta cuarta novela se titula Morir despacio y arranca con el descubrimiento del fiambre de un aparente suicida. A petición del padre del finado, Monroy acepta echarle un vistazo al asunto. Y, por supuesto, cuando huele a podrido suele ser porque hay algo pudriéndose. En este caso, los cadáveres de un par de chanchullos.

Como siempre, mala leche, energúmenos que se arrastran por la ciudad y hostias como panes para intentar leer derechito en los torcidos renglones de la realidad más cercana.

Y como en Ceremonias la fidelidad se paga, aquí tienes una primicia solo para ti: dos paginitas iniciales para que las consumas, si te apetece, como aperitivo.

Eladio Monroy visto por Fernando ‘Montecruz’

 

La pátina caliginosa cubría Las Palmas de Gran Canaria. Con nocturnidad alevosa, los vientos africanos habían transportado la calima hasta la isla durante el domingo, depositándola sobre la ciudad de la luz y los despojos. El lunes, al amanecer, se había precipitado ya sobre el paisaje: una capa de polvo amarillento lo cubría todo, empobreciendo colores, deshaciendo en una nebulosa unánime los contornos de edificios, muebles urbanos, semáforos y automóviles. De haber tenido la posibilidad, los habitantes de la ciudad se hubieran quedado en casa, escondidos en un cuarto en penumbra, con un ventilador y una botella de limonada cerca, soñando con una lluvia mansa e incesante que limpiara el aire y se llevara el polvo hasta el mar. Pero no era posible: la descarga eléctrica de cada día había vuelto a sacudir el hormiguero y, con la resignación que confiere el hábito periódico, la gente arrastraba por las aceras la disnea y el empanamiento, dirigiéndose, como todos los lunes, a sus quehaceres, porque las calimas de cada año no eran justificación suficiente para no ir a trabajar, a la compra, al colegio, a las gestiones burocráticas. Los alérgicos, los asmáticos, los afectados de migrañas sufrirían un tormento bíblico que quizá (solo quizá) les concediera una tregua a la caída del sol.

Eladio Monroy no era alérgico. Tampoco asmático. No padecía migrañas. A él, la polvajera simplemente lo ponía de mala hostia, como a todo dios. La sensación de cansancio, la abulia impenitente, la sequedad de mucosas y un exponencial aumento de su ya proverbial mala baba, aplatanada y pachorrienta eran las consecuencias del periódico e indeseable fenómeno atmosférico, ese anticipo del infierno que volvía cada temporada, el pago regular que hay que satisfacer por ser inquilino de un supuesto paraíso. Así, malhumorado y ceñudo, entró en el Bar Casablanca, ocupó su mesa y abrió el periódico mientras el tuerto Casimiro le traía el cortado de siempre en la taza cascada de costumbre.

Monroy no había dejado de acudir al Casablanca, pero sus visitas eran más breves que antes. Por un lado, el periódico resultaba cada vez menos interesante (la realidad, en general, lo era cada vez menos); por otro, desde que ya no se podía fumar en el local, tenía que elegir entre el cigarrillo y el café, y a él (como a muchos) lo que le gustaba era combinar ambos vicios. O ambos placeres, como se decía antes de que todo diera cáncer.

Casimiro, cuando endurecieron la normativa, pensó en instalar una mesa de terraza, pero tuvo que enfrentarse al escollo infranqueable de la estrechez de la acera de León y Castillo en la zona en la que el bar se hallaba enclavado. Acabó contentándose con poner un cenicero alto en la entrada. Por supuesto, hubo de soportar las quejas de los clientes y las tropelías de la muchachada, que se hacía un simpa (apócope de “me piro sin pagar”) con la excusa de salir a fumar un cigarrito. Los simpas los combatió cobrando al servir a todo aquel que no fuera cliente habitual (piñita asáa, piñita mamáa, solía decir Casimiro para describir el procedimiento). De las quejas lo libró el tiempo, la costumbre, esa habilidad incomparable de los canarios para habituarse a convivir con el absurdo.

Con todo, a Monroy también le quedaron pocas opciones: leer el periódico tomándose el cortado pero sin fumar o bien tomarse el cortado en la calle, en un vaso de papel, fumando su cigarrillo pero sin leer el periódico, lo cual no solo le restaba gracia al asunto, sino que le hacía pensar que era una gilipollez recorrerse media León y Castillo para pagar un cortado que tendría que tomarse en la puta calle como un paria, en lugar de quedarse tranquilamente en su casa y consumirlo como le saliera de las ingles.

Pero dejar de tomar allí sus cortados matinales, así como sus menos frecuentes cervezas vespertinas, hubiera sido lo más parecido a una deslealtad hacia Casimiro, cuyo negocio ya iba bastante mal antes de la Ley Anti-Tabaco, la crisis y la madre-que-parió-a-to-esto, expresión con la cual el tuerto solía referirse al estado de cosas originado cuando los efectos de la situación socioeconómica nacional llegaban hasta su pequeño mundo de vasos turbios, pan bizcochado y tapas de ropavieja.








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