Presentación de Morir despacio, la cuarta de Eladio Monroy

29 11 2012

Miércoles, 5 de diciembre de 2012. 20:00. Museo Domingo Rivero (calle Torres, 10,1º. Las Palmas de Gran Canaria). Presentación oficial, estreno absoluto, puesta de largo y parto de

Portada de Fernando ‘Montecruz’

Como ya sabrás, porque sigues este blog (y porque has leído el título de la entrada, qué diablos), esta es la cuarta novela protagonizada por Eladio Monroy. En la anterior entrega, Los tipos duros no leen poesía, dejamos a Monroy convaleciente física y judicialmente, prometiéndose a sí mismo y a los que tiene alrededor portarse bien, dejarse de chanchullos y hacer la vida de jubilado que un tipo de su edad y talla debería hacer.

La acción de Morir despacio arranca cuando Ernesto Barroso saca a Monroy de su retiro al pedirle que investigue acerca de las circunstancias del suicidio de su hijo Víctor, informático free lance que hacía trabajos para un periódico digital. El exmarinero no tardará en descubrir que la muerte del joven no está tan clara como afirma la explicación oficial y que no es la única víctima vinculada a una trama de corrupción que casi toda la ciudad conoce pero nadie denuncia.

Grupos de seguridad que se reconvierten en empresas de servicios de comedores escolares para obtener subcontratas compradas directamente a políticos sin escrúpulos y  propietarios de medios de comunicación que venden su silencio al mejor postor conviven en esta novela con líderes de sindicatos minoritarios y periodistas que aún creen en la ética. En un contexto de asalto al Estado del Bienestar por parte de los poderes económicos, Eladio Monroy se topará de frente con una realidad ante la cual habrá de preguntarse si realmente vale la pena tomar partido.

Javier Doreste Zamora es hijo de Ventura Doreste (un poeta y editor realmente legendario para nosotros), lleva toda su vida andando entre libros y, de hecho, trabaja para un gran grupo editorial. Además de eso (y de ser uno de los críticos más feroces que conozco), es un militante notable de Canarias por la Izquierda. Juan Manuel Brito Díaz es historiador e investigador social (en esta época en que nos hacen tanta falta los historiadores y los investigadores sociales) y desarrolla una actividad incesante desde Acción en Red Canarias, aparte de ser un orador estupendo y una persona de esas a las que apetece escuchar, porque siempre nos enseña algo. Ellos serán quienes me acompañen el próximo miércoles para hablar de esta nueva entrega y de los temas que aparecen en ella. Nos hemos planteado la presentación como un acto en el que podamos encontrarnos y debatir no solo sobre novela negra, sino sobre lo que nos está pasando, y en el que tú, si asistes, puedas también intervenir.

Así pues, ya sabes: nos vemos en el Museo Domingo Rivero para la presentación de Morir despacio, la cuarta de Eladio Monroy, el miércoles que viene, a las ocho de la tarde.  Y, como es víspera de fiesta, supongo (o me temo) que el acto se prolongará hasta que ya hallamos entrado en el día de la Inmaculada Concepción. Cuéntaselo a tus amigos. Y a tus enemigos. A tu cuñado. A tu suegra. Habrá literatura y debate. Chascarrillos y lenguaje malsonante. Como debe ser.

[Si no conoces las novelas anteriores, me adelanto a tu pregunta: no, no es necesario haber leído las otras tres historias para leer esta. Las historias de esta serie son autoconclusivas. Puedes, perfectamente, comenzar por el final y luego, si te apetece, echar un vistazo retrospectivo].





Nos vamos a Schamann

28 11 2012

Me nacieron y criaron en los bloques del Patronato Francisco Franco en Escaleritas, y no salí de ese barrio hasta los veintitantos años. Luego viví algún tiempo en Don Pío Coronado, compartiendo piso con mi hermano de letras y vinos, Antonio Becerra. Así que mi infancia y juventud están llenas de Cine Sol, Cine Plaza y Cine Apolo, de pollos asados en la calle Zaragoza, de Vídeo Club Apavi (¿se escribía así?), de galgos y de piscina 29 de abril. De hecho (lo confieso), la primera vez que envié flores fue a una niña de mi clase, que vivía en la calle Sor Simona y que no me hizo jamás maldito el caso porque yo era un gordito fondón que llevaba el pelo de cualquier manera y apestaba a colonia Brumel (mejor cuanto más cerca y en las distancias cortas es donde un hombre se la juega, inútil si la chica no te deja ni acercarte), rechazo sin el cual acaso no me dedicara hoy a lo que me dedico ni sabría amar como es debido a quien hoy amo.

Quizá por todo eso en algunos de mis textos aparecen el barrio de Schamann y el de Escaleritas. Por eso en Los tipos duros no leen poesía Eladio Monroy se hace seguir por la plaza de Don Benito y en La estrategia del pequinés (que aún no ha salido) uno de los personajes centrales vive y tiene negocio en la mismísima calle Pedro Infinito. Y quizá también por eso y porque voy a estar en compañía de buenos amigos a quienes, además, admiro, será un placer estar el viernes en este evento, que es el número 6 entre otros muchos.

Si eres un chamanero o chamanera de pro, o si, simplemente, te apetece pasar un buen rato entre libros y charletas, allá nos vemos.





Vaya semanita que te espera

27 11 2012

“Luego me dirás que aquí nunca pasa nada”, acabo de soltarle a Eladio Monroy. Él se ha quedado un momento mirándome de perfil, como los loros, y ha continuado leyendo esos folletos que acabo de pasarle. Supongo que intenta ordenar la información, organizarse la agenda, calcular cómo va a compaginar todos esas actividades, a las que le apetece ir, con las citas que tenía ya apalabradas para esta semana, porque le debe una cena al Chapi y al Dudú, que le acaban de preparar a Naranjito para pasar la ITV, y además había quedado en ir al Monopol con Gloria para ver una peli francesa. Ahora a la Gloria le ha dado por el cine francés y Monroy se deja arrastrar al cine, siempre que la peli no sea de Eric Rohmer, que para ver pelis de ese tío, prefiere el vídeo de la boda de la hija de Matías, que por lo menos siempre saca una birra y una lata de berberechos.

-A ver si me aclaro: lo de Pepa Aurora es mañana, ¿no?

Le digo que así es. Mañana miércoles, a las ocho de la tarde, en el Club La Provincia (antiguo Club Prensa Canaria), se presenta un libro que ya tengo yo en casa, porque se lo robé a Gloria en un despiste: Literatura infantil y juvenil en Canarias.

El libro lleva el subtítulo “Apuntes para una historia” y, precisamente, eso es lo que es: un repaso a la literatura destinada a los más menudos en las Islas, desde los romances y estrofas que recitaban en las escuelas de la posguerra hasta los autores que han surgido en la última década. Pero este repaso ha sido realizado nada menos que por Pepa Aurora, maestra, escritora y cuentacuentos que lleva toda la vida entregada a esos tres oficios y, por tanto, los conoce como las líneas de sus manos.

Eladio asiente y yo puedo leer en su rostro que ya está seguro de ir mañana al Club Prensa (como él lo sigue llamando). Además, solo tiene que bajar a la calle y doblar la esquina, así que trabajo no le costará. Pienso que piensa eso, pero en realidad ya está pensando en el jueves.

El jueves 29 de noviembre, esto es, pasado mañana, en el Museo Domingo Rivero, Rafael Franquelo presenta Amador Onuba en Valladolid.

A Monroy los ojos se le espantan: “Carajo, ¡Rafael Franquelo! Dieciocho los ojos…”.
Y es que sí, yo también me llevé una sorpresa al enterarme, porque hacía mucho que no sabía de él. Sé que Monroy no va a perdérselo. Además, el Museo Domingo Rivero está en la mismísima calle Torres, en el número 10, y el acto es a las ocho de la tarde, como el de mañana. “Pasas a recoger a Gloria por la librería, te la llevas a la presentación y, cuando termine, puedes ir a la última sesión del cine”, le digo, adivinándole el pensamiento.

-Inútil eres e inútil vas a seguir siendo toda la vida -me dice a modo de respuesta-, pero para organizarme la tarde te das maña. Ahora: con lo del viernes tenemos un problemón.

Y, es cierto: el viernes 30 de noviembre, tenemos un problemón, porque se nos mezclan dos cosas: la Noche Bohemia de Schamann y la presentación del nuevo libro de Santiago Gil.

Santiago Gil presenta su última novela en Ámbito Cultural, a las 19:30. Lo nuevo de Gil se titula Yo debería estar muerto.

“¿Es la autobiografía de algún directivo de Bankia?”, me pregunta Monroy. No pienso ni contestarle, porque, además, sé que lo hace por joder, que no se pierde nada de lo que publica Santiago y que, seguramente, me pondrá los cuernos el viernes y se irá para Mesa y López después de pasarse por Schamann por cumplir, como en los velatorios. Lo sé porque, después de releer la información sobre el evento del viernes, dictamina:

-Chacho, lo de Schamann es un trifostio de nombres y de horarios.

Ahí no le puedo quitar la razón. En la Noche Bohemia de Schamann, el viernes, intervendremos muchos y hasta la medianoche.

La cosa será en el número 43 de la calle Pedro Infinito, y empezará a las 18:00, con un encuentro con Susy Alvarado y José Luis Correa. No se trata de la típica mesa redonda que al final resulta ser cuadrada, sino de una reunión informal y abierta con los lectores.

Luego, a las 20:30 será “Entorno a Galdós, en torno a Galdós”, el taller, impartido por Carlos Álvarez, y que durará hasta las 22:30.

-¿Y a este taller puede ir cualquiera? -me pregunta Monroy.

Le respondo que hay una inscripción previa, que hay un cupo de 20 talleristas, que hay que apuntarse antes del jueves enviando un correo a tallerliterario@schamannbohemia.es.

Por último, después de este taller, habrá un último encuentro con lectores que durará hasta medianoche (y que, conociéndome como me conozco al personal, puede que se prolongue en algún bar que dé cerveza fresquita). Ahí estaremos Alicia Llarena (de quien Eladio opina que es una de las cabecitas mejor amuebladas que hay por estos pagos), Carlos Álvarez y yo mismo, reuniéndonos con los lectores que podrán preguntar, opinar o, incluso, llegado el caso, ponernos a parir, si les apetece.  Vamos, que, como diría Monroy, echaremos un ratito y unas parrafiadas y, si se tercia, unos enyesques, que no todo va a ser darle a la sinhueso.

Monroy hace sus cálculos.

-La verdad es que puedo bajar a lo de Santiago Gil y luego subir para oír a Alicia.

Ahora sí que le pongo morros. ¿De modo que no vale la pena subirse a Schamann para oírnos a Carlos y a mí?

-Carajo, Ravelo, no te me pongas prima donna, que te tengo muy catao. Al flaco Álvarez y a ti los tengo muy oídos: que si la novela negra, que si la corrupción, que si Chandler y que si Jim Thompson. Está bien, pero para un ratito. Además, ¿tú sobre qué carajo piensas hablar?

-¿Sobre qué va a ser? Sobre ti, melón. Pensaba hablar Sobre ti y sobre cómo ves la ciudad.

-Pues eso.

Monroy visto por Montecruz





Cuentos, cuentos, cuentos

21 11 2012

Escribir y publicar cuentos en este país siempre ha sido un suicidio comercial. Hay quien escribe cuentos porque “no se siente capaz de escribir algo más extenso”, en la errónea creencia de que escribir un buen texto breve es más fácil que escribir una novela. Por supuesto, se tarda menos tiempo en escribir un mal cuento que una buena novela. Pero los amantes del género breve, quienes lo leen o lo cultivan, saben que enfrentarse a ese “caracol del lenguaje” a ese “hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario” (Cortázar dixit), es una tarea que requiere esfuerzo, entrega y, sobre todo, valía.

El perfil de las esquinas, de David Galloway, Tenerife, Idea, 308 páginas.

Este es el caso de David Galloway, obrero constante de lo breve, que ahora presenta una nueva edición de El perfil de las esquinas, un libro que apareció originalmente en 2003, formado por diez cuentos de diferente extensión. Diez oportunidades de adentrarse en diez mundos diversos que en el fondo son el mismo. Diez ejercicios de ficción, de juego con el lenguaje, de indagación en el humán y sus contradicciones. Diez excusas, en fin, para disfrutar de esta disciplina narrativa tan ignorada por unos y tan pateada por otros, y cuyas dificultades podríamos parafrasear aquel eslogan de aquella colonia horrible: “En las distancias cortas, es donde un narrador se la juega”.

Galloway presenta El perfil de las esquinas mañana  jueves, 22 de noviembre, a las 20:00 en el Club La Provincia (antiguo Club Prensa Canaria) en la calle León y Castillo de la capital grancanaria. Le acompañaremos Jadwiga Stalmach (Yagoda), doctora en Filología Moderna, y quien firma este blog. Si eres de aquellas personas que aman el cuento, allí nos veremos.

 





Elogio del totorota

19 11 2012

En justicia, hay que decir que todos hemos hecho el totorota alguna vez, aunque no supiéramos que esa palabra existe. Es un término que empleamos los canarios (sobre todo las madres, los hermanos mayores y las novias) para señalar la torpeza de una acción, una actitud o un argumento. Todos hemos hecho, dicho o pensado una bobería alguna vez y nos hemos ganado ese calificativo, prodigado entre bromas y veras, antes de la reprensión o la risa.

Tomo prestada la foto del blog Somos Nadie, de Juan García Luján, que no es ningún totorota.

Pero hay totorotas vocacionales, totorotas irremediables, de esos que se llevan la palma y cuyos nombres merecen ser consignados con letras de oro en el libro tristemente infinito del totorotismo supino. Si el totorota se queda quieto y mantiene cerrada su bocaza es difícil distinguirlo del común de los mortales. Pero le basta con decir que un vertido petrolífero masivo consiste en unos hilillos de plastilina, con sostener que la maldad puede transmigrar en un órgano donado, con declarar que una mujer puede “cerrar sus conductos” ante una violación o con hacerse una foto con los cataplines de un ciervo en la cabeza poniendo una cara sonriente y sanguinolenta para entrar a formar parte de esa nómina de totorotas diversa y variada en la que hay gente de todos los sexos, oficios, edades y clases sociales.

Hay, por ejemplo, totorotas que dicen que abaratar el despido es bueno para la contratación. Totorotas que afirman que un matrimonio solo puede estar formado por un hombre y una mujer. Totorotas que están en contra de la educación sexual pero también del aborto mientras que, si se les aprieta un poco, no será difícil constatar que coquetean con la idea de la pena de muerte. Totorotas que defienden el derecho al trabajo únicamente el día en que se convoca una huelga. Totorotas que creen que la violencia puede resolver los conflictos o, al contrario, que la pasividad ante los conflictos también puede solucionar algo.

Totorotas que confunden la dificultad del acceso a la educación con la excelencia educativa. Totorotas a quienes no les importa que su vecino sea echado a la calle, que pase privaciones o pierda sus derechos, porque no son capaces de entender que ellos serán los próximos. Totorotas que saben de memoria la alineación de su equipo, pero ignoran, no ya el nombre, sino incluso el número de ministros que forman el gobierno de su nación. Totorotas que se pasan la vida poniendo a parir a los funcionarios y, al mismo tiempo se quejan de las deficiencias de los servicios y el incremento de los recibos.

Totorotas que creen que quien es diferente es inferior y opinan que la libertad de expresión y la tolerancia consisten en poder ejercer su derecho al racismo, a la xenofobia o la propia intolerancia. Totorotas que hacen tanto ruido en el canal que la comunicación resulta imposible. Sí, son esos totorotas que no discuten para convencer o dejarse convencer por el otro o llegar a algún tipo de consenso, porque, cosa sabida es, el totorota de casta ignora su propia ignorancia, cree que el mundo se hizo de una vez y para siempre y que él nació con todas las enseñanzas que aquel puede ofrecerle ya tatuadas en el cerebro. Así pues, un totorota genuino desconoce la etimología de la palabra “diálogo” y se apropia de términos sonoros como “demagogia”, “ideología” o “infraestructura” sin saber de dónde provienen, por qué y por quién fueron acuñados o qué significan realmente. De hecho, en cualquier argumentación un totorota de los de verdad es capaz de utilizar, como mínimo, tres modos de falacia, sin que él mismo sea consciente de ello. Y lo peor es que los totorotas se reproducen hasta la asfixia y educan a pequeños y altaneros totorotas, inoculándoles sus modos de pensar, sentir y actuar.

Pero no hay que quejarse. Al fin y al cabo, qué sería del mundo sin ellos, sin los grandes y pequeños totorotas que nos salen al paso día a día. Qué sería de nosotros sin los totorotas de pro, en qué espejo nos miraríamos para constatar nuestros propios errores y subsanarlos, para ser mejores hombres y mujeres y no andar por ahí haciendo el totorota.





Era Pompeia

16 11 2012

Tengo una buena noticia y, como son pocas, me agrada difundirla: Vitruvio publica Era Pompeia, de Federico J. Silva.

No es un libro nuevo: había aparecido ya en Canarias, cuando obtuvo el Premio Literario de Poesía Tomás Morales de 2004. Pero eso fue en una edición institucional y se trata de un texto que merece el mayor difusión.

Con estos 28 poemas, Silva propone un hermoso juego literario: sin abandonar su estilo (caracterizado por la referencia múltiple, la escritura en minúsculas, la ausencia de puntuación y la tendencia al poema breve y el epigrama), simula ser un poeta latino en los días de la destrucción de la ciudad. Manejando una completísima erudición con respecto a la historia y la literatura latinas, Silva da con ese juego una unidad esencial a un libro escrito a la manera de Marcial o Catulo y que va a tratar todos aquellos temas caros a la poesía: la exaltación de la vida, la inevitabilidad de la muerte, el amor y el erotismo, el poder y la injusticia o la propia palabra y el arte como vehículos para acceder a lo absoluto.

El resultado es una obra deliciosa y consistente, escrita para un lector cómplice que participe en su juego, pero muy accesible para cualquier lector con un mínimo de disposición. Digamos que se trata de uno de esos libros que, amén de deleitarnos, nos hacen mejores lectores. Como señalan Pedro Conde y Javier García, los prologuistas, Era Pompeia es un libro muy singular, porque viene a ejercer desde el género poético las funciones de una novela histórica: el acercamiento al espíritu y las costumbres de una época y cultura determinados, que funciona como un espejo de nuestra forma de ver el mundo.

Federico J. Silva nació en 1963 en Las Palmas de Gran Canaria, es filólogo y durante algún tiempo ejerció el periodismo cultural, aunque en la actualidad trabaja como profesor de enseñanza secundaria.

Desde los años noventa comenzó a publicar en ediciones locales, institucionales o de circulación minoritaria que muchos conservamos como oro en paño. Se trata de libros como Sea de quien la mar no teme airada, Aun amar adverso o La luz que nos hiera. Sus cinco primeros libros figuran en una antología de 2005, más fácil de conseguir, que lleva por título El crimen perfecto. Pero, en general, se trata de un autor de culto, cuya poesía es amada por quien la conoce y que casi a cada verso nos ofrece un juego conceptual, filosófico, literario o de lenguaje. Una delicia que quien aún crea en la poesía (sé que somos poquitos) no debería perderse. Así pues, para esta semana, poesía de la buena: Era Pompeia, de Federico J. Silva, publicada en Madrid por Ediciones Vitruvio, 74 páginas de la mejor poesía hecha en Canarias para el mundo.

 (Además de hablar de Era Pompeia, en La Buena Letra de esta semana recomendamos www.sigueleyendo.es y desrecomendamos un Connelly, antes de que Junior repasara la actualidad cinematográfica en La Butaca. Si te lo perdiste y te apetece escucharlo, solo tienes que pinchar aquí).





Otro adelanto de Morir despacio

15 11 2012

Morir despacio ya tiene presentadores y lugar de presentación. Como aún quedan cosas por confirmar, me callo nombres y lugares por el momento. Pero te doy la fecha de la puesta de largo: 5 de diciembre de 2012. Hemos pensado en esa fecha para que puedas llevarte algo para leer durante el puente.

Para que te vayas entreteniendo, te dejo el inicio de un capítulo, titulado:

Portada diseñada por Montecruz, por supuesto.

Banderas de Soria

El apartamento de Ito estaba situado en el piso octavo de un edificio que miraba, de un lado, a la avenida Marítima y el mar y, del otro, a la plaza del Fuero Real de Gran Canaria, más conocida como plaza de la Fuente Luminosa. Como la vivienda hacía esquina, desde las ventanas de su salón se podía disfrutar de ambas vistas: o el mar, ahora azul claro y tranquilo, con el Muelle Exterior paralelo al horizonte, en medio de las plataformas y los grandes mercantes atracados o fondeados en la bahía; o la plaza, en cuyo extremo ondeaba la Bandera de Soria, una gigantesca enseña de Gran Canaria que el político de ese nombre había alzado allí cuando presidía el Cabildo y que había motivado chistes en todo el territorio nacional (la mayor parte provocados por sus exageradas dimensiones, sus costes rayanos en lo absurdo y su absoluta inutilidad).

Cuando Ito le hizo pasar al salón mientras él, todavía en albornoz, iba al dormitorio para cambiarse, Monroy se quedó mirando aquel horror azul y amarillo, que siempre había visto solo desde abajo. El anfitrión, a su regreso, lo encontró aún así, apoyado en la ventana.

—A esta altura, parece una gilipollez todavía más enorme, ¿verdad? –dijo Diego Suárez, adivinando los pensamientos del recién llegado–. Un monumento al patrioterismo barato; como si tuviéramos complejo por tenerla pequeña.

—No hay mejor manera de describirlo.








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