Elogio del totorota

19 11 2012

En justicia, hay que decir que todos hemos hecho el totorota alguna vez, aunque no supiéramos que esa palabra existe. Es un término que empleamos los canarios (sobre todo las madres, los hermanos mayores y las novias) para señalar la torpeza de una acción, una actitud o un argumento. Todos hemos hecho, dicho o pensado una bobería alguna vez y nos hemos ganado ese calificativo, prodigado entre bromas y veras, antes de la reprensión o la risa.

Tomo prestada la foto del blog Somos Nadie, de Juan García Luján, que no es ningún totorota.

Pero hay totorotas vocacionales, totorotas irremediables, de esos que se llevan la palma y cuyos nombres merecen ser consignados con letras de oro en el libro tristemente infinito del totorotismo supino. Si el totorota se queda quieto y mantiene cerrada su bocaza es difícil distinguirlo del común de los mortales. Pero le basta con decir que un vertido petrolífero masivo consiste en unos hilillos de plastilina, con sostener que la maldad puede transmigrar en un órgano donado, con declarar que una mujer puede “cerrar sus conductos” ante una violación o con hacerse una foto con los cataplines de un ciervo en la cabeza poniendo una cara sonriente y sanguinolenta para entrar a formar parte de esa nómina de totorotas diversa y variada en la que hay gente de todos los sexos, oficios, edades y clases sociales.

Hay, por ejemplo, totorotas que dicen que abaratar el despido es bueno para la contratación. Totorotas que afirman que un matrimonio solo puede estar formado por un hombre y una mujer. Totorotas que están en contra de la educación sexual pero también del aborto mientras que, si se les aprieta un poco, no será difícil constatar que coquetean con la idea de la pena de muerte. Totorotas que defienden el derecho al trabajo únicamente el día en que se convoca una huelga. Totorotas que creen que la violencia puede resolver los conflictos o, al contrario, que la pasividad ante los conflictos también puede solucionar algo.

Totorotas que confunden la dificultad del acceso a la educación con la excelencia educativa. Totorotas a quienes no les importa que su vecino sea echado a la calle, que pase privaciones o pierda sus derechos, porque no son capaces de entender que ellos serán los próximos. Totorotas que saben de memoria la alineación de su equipo, pero ignoran, no ya el nombre, sino incluso el número de ministros que forman el gobierno de su nación. Totorotas que se pasan la vida poniendo a parir a los funcionarios y, al mismo tiempo se quejan de las deficiencias de los servicios y el incremento de los recibos.

Totorotas que creen que quien es diferente es inferior y opinan que la libertad de expresión y la tolerancia consisten en poder ejercer su derecho al racismo, a la xenofobia o la propia intolerancia. Totorotas que hacen tanto ruido en el canal que la comunicación resulta imposible. Sí, son esos totorotas que no discuten para convencer o dejarse convencer por el otro o llegar a algún tipo de consenso, porque, cosa sabida es, el totorota de casta ignora su propia ignorancia, cree que el mundo se hizo de una vez y para siempre y que él nació con todas las enseñanzas que aquel puede ofrecerle ya tatuadas en el cerebro. Así pues, un totorota genuino desconoce la etimología de la palabra “diálogo” y se apropia de términos sonoros como “demagogia”, “ideología” o “infraestructura” sin saber de dónde provienen, por qué y por quién fueron acuñados o qué significan realmente. De hecho, en cualquier argumentación un totorota de los de verdad es capaz de utilizar, como mínimo, tres modos de falacia, sin que él mismo sea consciente de ello. Y lo peor es que los totorotas se reproducen hasta la asfixia y educan a pequeños y altaneros totorotas, inoculándoles sus modos de pensar, sentir y actuar.

Pero no hay que quejarse. Al fin y al cabo, qué sería del mundo sin ellos, sin los grandes y pequeños totorotas que nos salen al paso día a día. Qué sería de nosotros sin los totorotas de pro, en qué espejo nos miraríamos para constatar nuestros propios errores y subsanarlos, para ser mejores hombres y mujeres y no andar por ahí haciendo el totorota.

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