Los cuentos de Cortázar

10 02 2013

Hace muy pocos días, con los talleristas del Museo Poeta Domingo Rivero, tocaba hablar sobre comienzos y finales, sobre objetos mágicos y líneas de fuerza del relato. Acabé, como casi siempre, escogiendo un cuento de Julio Cortázar para ilustrar el asunto. En esta ocasión el cuento escogido fue “Grafitti”. En otras, para similares propósitos, me he servido de “Continuidad de los parques”, “Axolotl”, “Casa tomada” o “No se culpe a nadie”. En cualquier caso cuando se trata de escoger a un autor que en muy pocas páginas muestre lo que merece ser mostrado de la narrativa, Cortázar es siempre una apuesta segura.

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Esta vez (como las otras), la elección del cuento a analizar me llevó varios días de relecturas, de reencuentro con mis viejos cuatro volúmenes de Los relatos editados en 1976 (mis ejemplares son de 1988) por Alianza Editorial, ordenados por el propio autor según criterios personales bajo los epígrafes Ritos, Juegos, Pasajes y Ahí y ahora. Estos cuatro libros me acompañan desde hace un par de décadas; sus páginas (dobladas, subrayadas, anotadas) amarillean tanto que el papel es, a ratos, ya marrón. Cayeron en mis manos en aquella época en que yo alimentaba el lejano sueño de convertirme en escritor y fueron devorados por primera vez durante un verano en Agaete, poblado de hombres que vomitaban conejitos blancos, siniestras señoritas que elaboraban bombones trufados de insectos, extraños que convivían en un atasco, fotógrafos que sorprendían a la infamia con las manos en la masa y ancianitas que esclavizaban a sus familias fingiendo que se dejaban engañar. Un verano en el que pude constatar aquello que decía Borges: un cuento de Cortázar consta de unas determinadas palabras en un determinado orden y si alguien intenta resumir su argumento siente que algo preciso se ha perdido en el camino.

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Aquellos cuentos eran la inevitable constatación de la magia oculta en ese infierno que cada día habitamos, el acercamiento a lo inasible, el dulce vértigo ante el abismo entre Eros y Tanatos. Lo eran entonces y continúan siéndolo. Y podemos analizarlos, podemos destriparlos y constatar cuál es el truco que usa aquí, el recurso que utiliza allá, el guiño a la cultura clásica que es tal cuento o el gesto de rebelión que supone aquel otro. Y, sin embargo, todo esto no importa cuando uno se sumerge en cualquiera de los cuentos de Cortázar como lo haría en un río y se deja llevar por el constante flujo de su prosa, que no ha comenzado en ningún lado y que no cesa jamás hasta ese punto final que impone indefectiblemente la relectura.

Hay muchos Cortázar y cada lector tendrá el suyo. Son memorables el Cortázar poeta y el Cortázar traductor, el novelista y el anti-novelista, el Cortázar políticamente comprometido y el Cortázar elaborador de almanaques y collages, el constructor de artefactos patafísicos y el vindicador de la otra ló(gi)ca desde su humor entre lo macabro y lo falsamente naïf. Yo no creo (como creyeron algunos críticos) que alguno de ellos valga menos que los otros. Pero si hay alguno imprescindible es el de los cuentos, ese que nos gana por KO, que utiliza sus comienzos abruptos para introducirnos de golpe en la ficción y llevarnos de la mano a sus finales perfectos, a esos desenlaces que son siempre un comienzo; sencillamente porque ese Cortázar, el Cortázar cuentista, el boxeador de la distancia corta, engloba (y hasta justifica) a todos los otros Cortázar.

Así que sí: hay otros Cortázar, pero están en este.

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