El ruido y la furia. Imprescindible Faulkner

16 02 2013

William Faulkner (1897-1962) es un autor tan grande que hasta la Guardia Civil siente veneración por él. Recuerda Amanece que no es poco, donde el escritor argentino oficial plagiaba Luz de agosto y era severamente reprendido por el cabo de la Benemérita, encarnado por el gran Saza.

Luz de agosto es estupenda, pero, si hay que hablar de Faulkner, yo (con permiso también de Santuario, de ¡Absalón, Absalón! o de Mientras agonizo), preferiría referirme a su primera obra maestra, su cuarta novela, publicada inicialmente en 1929: El ruido y la furia.

El ruido y la furia imagen

El ruido y la furia, de William Faulkner, Madrid, Alianza, 255 páginas.

Y si elijo hablar de ella no es solo porque me parezca una novela obsesionante, sino porque el propio Faulkner llegó a decir que era, entre las suyas, la obra que le inspiraba más ternura, la primera que había escrito en serio, para librarse de una pesadilla y cuya ejecución había acometido en cinco ocasiones distintas sin quedar jamás realmente contento con el resultado hasta quince años más tarde.

A grandes rasgos, El ruido y la furia cuenta la decadencia y disolución de una familia de Mississippi, los Compson. Se trata de la típica familia blanca de rancio abolengo, que se ha ido empobreciendo paulatinamente. Asistimos a sucesos cruciales para la penúltima generación, formada por una chica, Caddy, y tres hermanos varones: Benji, discapacitado psíquico profundo sin capacidad para el lenguaje; Quentin, sensible y culto; y Jason, egoísta, mezquino y amargado.

La novela transcurre principalmente en un fin de semana de 1928 y en un día de 1910, pero en realidad, a través de los recuerdos de los personajes, y gracias a un apéndice final añadido posteriormente a su primera publicación, abarca casi un siglo de historia de la familia y, con ella, de historia de la humanidad, pues, en el fondo, la de los Compson es la historia de los nietos de quienes usurpan el poder e inventan una larga estirpe para justificar el expolio; de ese orgullo de estirpe que es lo único que les queda cuando pierden su botín empujados por la Historia.

Pero lo más importante es el grandioso trabajo de experimentación que hay en El Ruido y la furia, porque la novela está dividida en cinco partes: la última, contada en una tercera persona focalizada en Dilsey, la criada negra de la familia; las otras tres narradas en primera persona, en forma de monólogo interior, por parte de cada uno de los tres hermanos varones: Jason, el tacaño; Quentin, atormentado por la incestuosa pasión que siente hacia su hermana Caddy, y (esto es lo que más llamó la atención en su momento) Jason, el idiota (o el loco). Esta es la sección que abre la novela, la de Benji, cuyos recuerdos irrumpen en su realidad inmediata en forma de monólogo interior para contarnos la infancia de los protagonistas. Faulkner quería hacer el relato por boca de alguien que sabe lo que ocurre, pero no sabe por qué. De ahí la referencia a los célebres versos de Macbeth, en los que se dice que la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada.

Y, de alguna manera, la vida de todos estos personajes gira en torno a los dos femeninos: Caddy, que deshonrará a la familia teniendo una hija ilegítima y será expulsada para siempre, y esa hija, a quien bautizarán con el nombre de su tío Quentin, y que se convertirá también en una adolescente indomable.

En El ruido y la furia hay de todo: estafas, suicidios, castraciones, huidas, intrigas, incesto y traición. Hay fracaso, pasiones imposibles, frustración, hipocresía y miseria. Y hay, sobre todo, literatura con mayúsculas, de esa que a veces no entra a la primera, pero que, si le damos una oportunidad, nos conmocionará y nos acompañará luego toda la vida.

William Faulkner

No por casualidad se dice que Faulkner es uno de los más grandes escritores de la narrativa universal. García Márquez, Vargas Llosa, Juan Rulfo, o Juan Carlos Onetti reconocían su directa influencia.  Y es, digamos, el novelista al que la mitad de los novelistas quiere parecerse cuando sean mayores. La otra mitad quiere parecerse a Hemingway. Es algo terrible, pero inevitable: siempre hay un momento en que te ves obligado a elegir entre los Beatles y los Rollings.

De estos dos maestros, Faulkner es el que maneja una prosa de frase larga y palabra exacta, cercana a la oralidad, que juega constantemente con el tiempo y con los puntos de vista. En cuanto a su temática, es un autor cruel y conmovedor, de esos que hablan de lo local con el ojo siempre puesto en lo universal. Entre sus temas están la infamia, la deshonestidad, la castración, la violación, la misoginia, el racismo y la injusticia. Fue pionero en la creación de un territorio geográfico de ficción propio (en su caso fue el condado de Yoknapatawpha) que luego daría lugar a Macondo, a Santa María y el resto de ciudades ficticias que pueblan la literatura del siglo XX.

En El ruido y la furia demuestra cómo todo un universo puede surgir a partir de los pantalones embarrados de una niña, cómo un reloj, una pelota de golf o una corbata pueden obsesionarnos durante páginas y más páginas igual que la espada de Beowulf o la Lámpara de Aladino.

Faulkner fue muchas cosas en su vida: pintor de brocha gorda, periodista o cartero, aunque opinaba que el oficio ideal para un novelista era el de encargado de un prostíbulo. Además de narrativa (firmó unas veinte novelas y creo que más de medio centenar de cuentos), escribió cine por motivos alimenticios, pero lo escribió bien: Tener y no tener, El sueño eterno, Gunga Din o Tierra de faraones llevaron su firma. Se jactaba de su juvenil holgazanería y juzgaba absurdo trabajar para enriquecerse más allá de lo estrictamente necesario para vivir. Bebía whisky (sin exigir demasiada calidad) y obtuvo dos veces el Premio Pulitzer, además del Premio Nobel, pero quizá nada de eso importe, pues él opinaba que un escritor debe preocuparse única y exclusivamente de escribir.

Habrá quien te diga que Faulkner es una autor difícil. Por supuesto, lo es. Pero no habrá quien te diga, sin mentirte, que no vale la pena leerlo. Y una buena forma de comenzar a hacerlo es esta novela a la que parecía querer especialmente: El ruido y la furia, publicada en Madrid por Alianza, 255 páginas de literatura imprescindible.

[Si quieres escuchar La Buena Letra y averiguar qué truño decidió devorar Fortunata, solo has de hacer clic aquí].


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3 responses

19 02 2013
Leandro Pinto

Enhorabuena, Alexis, por este brillante análisis de la obra maestra de Faulkner. No hace falta que te hable de mi fanatismo por el novelista de Oxford y por esta novela en particular, a la que intento regresar cada cierto tiempo. Tu artículo tiene la enorme virtud de empujar a quien lo lea a acercarse a “El Ruido y la Furia”, y logrando eso ya estás haciendo un enorme regalo al potencial lector. Yo por mi parte llevo unos cuantos años intentando reseñar aunque sea muy por encima esta obra…, pero claro, la dificultad es mayúscula. Has salvado el escollo con maestría. Vamos, como siempre. Un abrazo.

20 02 2013
Alexis Ravelo

Gracias, Leandro. Entre nosotros, escribir esta reseña me produjo pesadillas. No sabía cómo hablar de la novela sin destriparla, cómo invitar a su lectura sin quedarme corto. Incluso estuve a punto de volverme atrás y hablar de “Santuario”, más lineal, menos compleja en su estructura. Pero leí la entrevista a Faulkner que enlazo aquí y pensé que tenía que ser esta.🙂

23 03 2015
beatriz

Sí, El ruido y la furia es muy difícil. Yo estoy leyéndola por tercera vez y descubro constantemente cosas que no había entendido en lecturas anteriores. Cada uno de los tres primeros capítulos lo “relata” un personaje : el primero el retrasado mental, el segundo el jóven Quentin y el tercero Jason de adulto. Pero decir “relata” no es exacto; el personaje no lo está narrando a nadie, ni siquiera al lector.Es el lector el que, como si hubiera penetrado en el personaje, está asistiendo a su monólogo interior, a su vivencia interior en el momento en que se produce. Y algo que hay que entender en Faulkner es el tiempo o el órden en esas vivencias. Él comienza su “relato” pero enseguida, en su pensamiento, se cruza otra escena y esa escena cruzada la escribe en letra cursiva. Siempre que usa letra cursiva hay una escena intercalada, generalmente corta y con otros protagonistas y en otro escenario y otra época acaso, y tras unas líneas vuelve al relato que estaba haciendo. Si se comprenden esas técnicas suyas ya se puede penetrar en el mundo de Faulkner que, de otro modo, es siempre el mismo: sureños terratenientes decadentes, sus indolentes siervos negros, autoridades de aldeas e historias de antepasados aventureros que, en su día, robaron o compraron terrenos a los indios y las explotaron valiéndose de esclavos. Y, de fondo, el sentimiento de diferencia de clase, que subyace en unos y otros, en atención a la pureza de la sangre.

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