Ahora que el pequinés ya dio ese paseo

9 05 2013

En ocasiones uno está tan agotado que si no saca un ratito para hacerse un café y sentarse a escribir una entrada de blog corre el riesgo de convertirse en un verdadero descastado.

La estrategia del pequinés, Barcelona, Alrevés, 312 páginas.

La estrategia del pequinés, Barcelona, Alrevés, 312 páginas.

Pero ahora que ya es de noche y al menos durante una hora no sonará el teléfono, ahora que ya se acabaron los actos del día y después de la cena habrá que volver al escritorio para preparar los siguientes, no está mal hacer una pausa y sentarse a escribir, al menos, una entrada para repasar lo que se ha traído en el equipaje, esas cosas que no pesan y, no obstante, te llenan la maleta de recuerdos.

Del reciente viaje a Barcelona y Madrid para pasear al pequinés, me traigo la simpatía de muchos canarios que andan por esos mundos por trabajo, por amor o mero gusto; el afecto en vivo de personas que ya me lo habían regalado en las redes o que siempre que ando por el continente van a verme y me dan su sonrisa y su afecto; la simpatía de otras muchas que se acercaban a prestarle un ratito de atención a ese pibe que tomaba la alternativa (si la alternativa supone que el maestro se va a cortar la coleta, la devuelvo pero ya); el huequito que siempre me han hecho Paco y Montse en la casa del estraperlista legendario, la Librería Negra y Criminal de Barceloneta, el que me hicieron nuevos anfitriones de Madrid en pleno Chamberí, la risa de buenos e inéditos amigos madrileños; la hospitalidad catalana (Angels, Gori, Ilya, Claudia, Josep, Roger, Jordi), siempre ahí, dando vidilla al canario y cuidando de que no se perdiera; los libros de Caldwell, Lawrence y Tolstoi producto de la generosidad linda de Pere y su gente; la camiseta roja de EsparregueraNegra, la inesperada botella de aceite de Ricart y el no menos inesperado cuaderno de Juan Carlos (ambos estrenados ya con éxito estrepitoso); muchas y largas conversaciones con el equipo de Alrevés al completo o por partes, en cafeterías familiares o en un patio lleno de luz y flores, mientras combinábamos queso canario con aceite catalán o se dejaban robar libros sobre Cortázar o Zweig; el amable compañerismo de hermanos y hermanas de tinta que estuvieron ahí o que no pudieron estar pero no han dejado de hacerme llegar su calor en llamadas telefónicas (Susana, Víctor, Antonio, Marc, Juan, Raúl, Cristina, Pepe, Carlos, Yanet), esos cuyos apellidos tampoco cito porque si lees novela negra ya sabes quiénes son y, si no, da igual, porque aquí los menciono como personas, no como autores; y, en ese sentido, me traigo también la inteligente y desprendida atención de Paco (sabes que me queda mucha magua de perderme ese concierto de Ochentacos) y last but not least la atenta y no menos desprendida lectura de Andreu (Cabaret Pompeya anda ya por casa) de este librico mío, una cicatriz en forma de novela que quizá no habría sido escrita si yo no le hubiera leído a él cuando aún era tierno e ingenuo.

Uno no lo sabe todo, pero va aprendiendo algo de sus maestros y tiene sus ratitos de mitomanía. Por eso, entre esas cosas importantes que me traigo, hay dos que no dejo de mirar una y otra vez: las firmas de Raúl y de Andreu en mis respectivos ejemplares de El Ángel de Ringo Bonavena y de Prótesis. Dos textos que se parecen mucho a lo que quiero hacer cuando sea mayor y haya aprendido algo más acerca de esto de la escritura.

De personas, sin embargo, creo que ya sé bastante y he vuelto a constatar que ese conocimiento es ciencia cierta: que la nobleza abunda en este mundo que siempre decimos que es tan feo; que los momentos que pasamos con buenas personas valen mucho más que las horas de descanso.

A La estrategia del pequinés le queda aún una cita, esta más cerca, en Santa Cruz de Tenerife (esta mañana el Teide había invadido la costa norte de Gran Canaria, las dos islas eran una y hubiera podido acercarme en coche, pero hasta el martes próximo no podrá ser), donde me aguardan Eduardo, Javier, Víctor, Ánghel y el resto de los Dirty Dozen la tripulación de ese submarino nuestro tan nuestro, que siempre me agasajan cuando voy para allá, para que yo no me olvide de que también en casa se puede llenar la maleta de cosas buenas.

A todos ellos, los amigos de allá y los de aquí cerca, debo darles las gracias, por demostrarme una vez más que uno no se equivoca cuando piensa que los otros no tienen por qué ser siempre el infierno, sino que, a veces (en realidad, la mayoría), son el Edén.


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