Para comenzar a descubrir a Erskine Caldwell

29 06 2013

La buena letra de esta semana es otra de sexo y violencia. Sexo larvado, sucio, nada sofisticado, animal, satisfecho como una necesidad fisiológica más. Y violencia igualmente inconsciente, esa del arrebato, la del hambre, la que tiene que ver con la otra, la invisible, la estructural. Una chica de cuerpo voluptuoso y labio leporino arrastrándose por el suelo hacia un tipo que tiene en sus manos un saco de nabos, ese saco de nabos cuya presencia desatará la violencia; una predicadora de mediana edad casándose con un adolescente al borde de la discapacidad psíquica; un automóvil en manos de un cretino que causa la muerte a quienes están a su alrededor. Y miseria y egoísmo y vileza, pero, al mismo tiempo, pura humanidad, siempre de la peor, en pequeñas explotaciones agrarias que salpican un vasto territorio olvidado por Dios y por el Capital hace mucho, mucho tiempo. Eso es, entre otras cosas, El camino del tabaco, de Erskine Caldwell. Una novela devastadora, brutal, escrita con elegante aridez y, en algunos momentos, con un humor y un erotismo salvajes.

El camino del tabaco, de Erskine Caldwell, Barcelona, Navona, 195 páginas

El camino del tabaco, de Erskine Caldwell, Barcelona, Navona, 195 páginas

Escrita en 1932 cuenta la última degeneración, los últimos pasos en la miseria de Jeeter Lester, un cultivador de algodón de Georgia que no cultiva nada desde hace unos años y que convive en su paupérrima hacienda con su mujer, Ada, y los dos últimos hijos que le quedan: un adolescente borderline  y una chica llena de volutuosidad, pero estigmatizada por su labio leporino. La otra hija que les quedaba en casa, Pearl, ha sido casada a los doce años con un carbonero. Pero no fue esta su única progenie:

Ada y Jeeter habían tenido diecisiete hijos. Cinco de ellos habían muerto y los restantes se habían dispersado en todas las direcciones, quedando en casa solamente Dude y Ellie May. Es cierto que Pearl estaba a solo tres kilómetros de allí, pero nunca había vuelto a visitar a sus padres y estos tampoco habían ido a verla. Los niños muertos habían sido enterrados en distintos lugares del campo y, como no se habían marcado sus tumbas y la tierra había sido arada después de ser enterrados, nadie hubiera sabido encontrarlos, de haberlo querido.

Como muchas otras familias de cultivadores, los Lester dejaron de poseer sus tierras cuando fueron adquiridas por grandes propietarios, y se convirtieron en paradójicos arrendatarios de sus propias granjas, pero fueron abandonados a su suerte por los latifundistas cuando el precio del algodón se desplomó a finales de los años veinte. Y ahora sobreviven ahí, en sus granjas aisladas a las que solo puede accederse a través de los caminos del tabaco trazados por sus antepasados, debatiéndose entre la indolencia, la miseria material y moral, la ignorancia y la pura apatía, que, combinadas, les impiden iniciar empresa alguna.

A lo largo de la novela, descubriremos que la vileza de Jeeter puede alcanzar límites insospechados, pero que su maldad no es ni siquiera productiva, sino que le depara un desastre tras otro, a él y a los que tiene a su alrededor, hasta adentrarse en el territorio de lo grotesco.

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Así las cosas, no es de extrañar que este libro fuera rápidamente prohibido en Georgia, como otros libros de Caldwell. Parece ser que allí, en su tierra, no podían ni ver a este individuo que, en sus novelas y cuentos, describía con pelos y señales la miseria, el machismo, el racismo y la vileza de una sociedad ignorante y prejuiciosa, envilecida por el hambre y la anomia.

Caldwell nació en 1903 en Moreland (Georgia), hijo de un pastor presbiteriano y pasó su infancia viajando con su padre por el Sur de Estados Unidos.

Trabajó en diferentes oficios manuales y eso le permitió conocer muy bien la vida de la clase trabajadora, que es la que plasma en sus novelas. Sus primeras novelas fueron El bastardo y Pobre loco (que ya tuvieron problemas con la censura), pero la que realmente le consagró fue esta, El camino del tabaco, que conocería una exitosa adaptación teatral y una cinematográfica, dirigida por John Ford.

Su siguiente novela, La parcela de Dios, vendió la friolera de 10 millones de ejemplares, pero también fue atacada y censurada. Éxitos y escándalos semejantes conocerían también Tumulto en Julio, El predicador o Tierra trágica.

Suele compararse a Caldwell con Steinbeck y con Faulkner. Los primeros amigos que me lo recomendaron (entre copas de vino y platos de jamón), me dijeron que era “una especie de Faulkner, pero con la puntuación en su sitio”. El estilo de Caldwell es, en efecto, más parco, más rápido, más convencional, sin grandes alardes formales: cuenta a los personajes desde fuera, con una frialdad que amplifica el patetismo de las vidas de estos.

Caldwell escribió unas cuarenta novelas, además de ensayos y libros de relatos. Conoció la admiración de Ezra Pound, Saul Bellow y el propio Faulkner.

Para quien ha leído a Faulkner, Steinbeck, Carson MacCullers, Flannery O’Connor o Truman Capote y gusta de novelas escritas con las tripas, con lucidez sorprendente, con sinceridad inmisericorde, adentrándose en el sótano de las pasiones humanas, se me antoja un autor imprescindible.

Así pues, esta semana de comienzos del verano, te propongo adentrarte en el deslumbrante y perturbador universo de Erskine Caldwell con El camino del tabaco, publicada en Barcelona por Navona (nunca les agradeceré lo suficiente sus rescates), 195 paginitas para leer rápido y pensar despacio que no dejarán indiferente a nadie.

[Si te perdiste el HXH, aquí tienes el podcast de La Buena Letra y La Butaca]





A vueltas con la novela

25 06 2013

Hace poco escuché decir a un escritor de los encumbrados que en la actualidad coexistían en las librerías dos tipos de novela: una de frase corta, con mucha acción y tendencia al thriller y otra de introspección, descriptivas, con monólogos interiores y verdadera intención literaria. Esta última, por supuesto, era la que él hacía.

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Supongo que el pobre hombre solo intentaba reavivar la polémica Faulkner–Hemingway y se le quedó algún dato atrás por querer resumir brutalmente. Pero yo intentaba tomar en serio lo que decía (hay que respetar las canas) y mientras lo escuchaba hablar, ejemplificando el primer tipo de novela en las de Dan Brown (cosa sorprendente, pues Brown hace descripciones interminables y creo que no ha escrito una frase corta desde el parvulario), me pregunté dónde, de hacer caso a lo que decía este señor, tendría que poner mis libros de Erskine Caldwell, de Ernest Hemingway, de Cormac MacCarthy, de Mempo Giardinelli, de Peter Handke. Incluso me pregunté qué haría con mi ejemplar de El extranjero si era cierto que las novelas de frase corta, pocas descripciones y sin monólogos interiores eran lo más parecido a Dan Brown.

Como en todo, en el debate sobre la novela las generalizaciones son odiosas y uno, en su afán por reivindicarse a sí mismo o hacer pupa a sus enemigos (reales o inventados) puede llegar a decir muchas estupideces si no piensa detenidamente y, sobre todo, si no lee algunos libros antes de hablar. Y es que a veces viene bien algo de teoría: Nabokov, Adorno, Italo Calvino, Cortázar, Sontag o el propio Kundera, entre otros, tienen estupendos textos teóricos que siempre aguantan una relectura.

Cierto es que el mercado se impone sobre la calidad, que se confunde precio con valor de la obra de arte y que muchos de los textos que triunfan entre los lectores solo pueden mostrar entre sus credenciales precisamente su éxito entre los lectores, siendo así que el valor literario de un libro se mide, tristemente, por el número de ejemplares vendidos. De ese hecho indiscutible se infiere, erróneamente, que todo libro que triunfa entre los lectores es, inevitablemente, de mala calidad. Inferencia que tiene el siguiente corolario: la calidad literaria es cosa de minorías, esto es, de una elite de lectores. Casualidades de la vida, esto resulta muy útil cuando se da la circunstancia de que eres escritor y tanto críticos como lectores han dado la espalda a tu libro. No es azar que uno escuche frecuentemente esta afirmación en boca de autores cuyos libros se le caen de las manos. Supongo que todos tenemos derecho a presumir de disponer de un miembro enorme, mientras no tengamos que enseñarlo.

En realidad, si aplicamos ese criterio (si se vende mucho, el libro es malo), no habría otro remedio que borrar del canon algunos nombres. Para empezar, los de Cervantes, Pérez Galdós, Pío Baroja, Víctor Hugo. Todos ellos fueron muy populares en su época. Como lo fueron también (lo siguen siendo) García Márquez, Vargas Llosa (paradójico paladín del elitismo), Sartre, Miguel Delibes, Ana María Matute, Julio Cortázar, Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar o Roald Dahl.

El ruido y la furia imagen

Por supuesto, al lector de cierta experiencia le da mucha lástima comprobar que libros mediocres o francamente torpes se convierten, merced a estrategias mercadotécnicas, en best sellers absolutos. Libros como 50 sombras de Grey, Perdona si te llamo amor, o los propios y deficientes thrillers conspiratorios de Dan Brown no merecen, en mi opinión, la atención que monopolizan. Sin embargo, otras obras meritorias se venden también muchísimo. Pienso en Eco, en Baricco, en Joyce Carol Oates, en John Banville.

Además, en el debate sobre la novela, siempre hay otros dos viejos debates que salen constantemente a relucir. Uno es el de la muerte de la novela. Argumento esgrimido constantemente (como señala Armas Marcelo en un interesante post) por quienes no paran de escribir una novela tras otra y que, por tanto, se cae solo.

El otro es un debate aún más viejo y relacionado con él: la contraposición entre la novela y la “nueva” novela. Este resulta más interesante, y tiene que ver con la aparición de nuevas tecnologías a finales del XIX y comienzos del XX. Para decirlo como lo decía T. W. Adorno: la popularización de inventos como el periódico, el daguerrotipo y el cine, deja sin objeto a la “novela crónica” y favorece la aparición de un nuevo tipo de novela cuyo fin ya no es meramente contar una historia. Esa nueva novela es la que representan Proust, Joyce, Woolf o Faulkner. Y, sin embargo, la novela crónica no ha muerto y goza de mucha popularidad (que se lo digan a los editores de Larsson).

De paso, surge otro problema, pues tan miope es, a mi juicio, aquel que piensa que todos los best sellers son malos como quien cree que todos los libros magistrales son inevitablemente aburridos. Así, se ha puesto de moda denostar a Joyce o a Lezama Lima como estuvo de moda denostar a Freud o a Marx: de oídas, sin haberlos leído y usando como arma brutales resúmenes elaborados por quienes tampoco les leyeron.

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Soy de los que piensan que nadie escribe para sí mismo, y mucho menos un novelista. Por un lado, cuando un escritor elige la novela como vehículo creativo está optando por un género de eminente raíz popular; aunque, por otro lado, un escritor de este siglo no puede escribir ignorando las técnicas y orientaciones que descubrieron para nosotros las vanguardias, desde el Modernismo hasta la OuLiPo. Y, por mucho que se quiera pensar en viejos ideales románticos de libros nacidos para permanecer inéditos, quien lee El maestro y Margarita o La vida, instrucciones de uso, está experimentando, al margen de análisis o reflexiones (todo eso es necesario, pero va después), la inevitable fruición que busca, en el fondo o en la superficie, todo buen lector de novelas.

Personalmente, digan lo que digan los partidarios de la elite y los partidarios de las cifras de ventas como prueba de calidad, no puedo vivir sin Ulises, sin Rayuela (que cumple ahora sus bodas de oro), sin El ruido y la furia o sin Las olas. Sin embargo, tampoco imagino un mundo sin Misericordia, Zalacaín el aventurero, La Tía Tula o Los miserables.

En una biblioteca pueden convivir 1280 almas y La amante de Bolzano, Fundación y La insoportable levedad del ser, Zazie en el metro y 2666, Cosecha roja y Diccionario jázaro, o, incluso, Una novela de barrio y Auto de fe, porque sus autores, igual que cualquier buen lector, sabían que más allá de polémicas más o menos perennes, solo existen, como dice un buen amigo mío, dos tipos de novelas: las buenas y las malas.





Días de junio

25 06 2013

En mi ciudad, como en muchas otras, San Juan le ha robado el lunes a la semana. Así que hoy es como si fuera el lunes de esta semana más corta pero, para mí, aun más intensa.

Para empezar, hoy se celebra la última sesión del Taller de Escritura Creativa Museo Poeta Domingo Rivero, en el cual, durante varios meses, una quincena de talleristas ha trabajado muy duro leyendo, analizando y escribiendo. En estos días, ellos y yo estamos preparando una pequeña sorpresa en forma de novela corta. Pronto te daré noticias de ello.

Igualmente ardua ha sido la labor en el Centro de Estudios Unibelia. Desde el año pasado imparto allí talleres de escritura creativa con diferentes niveles y orientaciones: introducción a la narrativa, novela o novela negra.

Taller 01_07_2013 Taller de técnicas creativasMañana, miércoles 26, a las 19:30, daré allí una charla sobre escritura creativa. Hablaremos sobre cómo ocurre eso de dedicarse a escribir y acabar siendo escritor e incluso realizaremos una pequeña práctica de lectura y análisis textual. Además, presentaremos los talleres de verano, que comienzan muy pronto. Aparte del ya habitual Taller de Introducción a la Narrativa, de un mes de duración, tenemos previsto un taller destinado a adolescentes con inquietudes literarias y uno de técnicas creativas, pensado especialmente para aquellos educadores que deseen utilizar los talleres de escritura como estrategia de dinamización de hábitos lectores entre su alumnado. ¿Por qué en verano? Pues, precisamente, porque muchos educadores me han comentado que, durante el curso escolar, les resulta imposible asistir a este tipo de actividades.

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El jueves 27, a las 19:30, tengo otra cita interesante: me toca participar en el ciclo Las Palmas de Gran Canaria y sus imaginarios, que coordina el historiador del Arte y periodista Mariano de Santa Ana. Sospecho que va a ser todo un gusto pasar algún tiempo con Mariano en la sede de la Fundación Mapfre Guanarteme haciendo una de las cosas que más me gustan: hablar sobre mi ciudad.

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Y el viernes, 28, a las 18:00, tengo otra cita agradable para mí: un encuentro con los miembros del Club de Lectura de la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas (sí, esa, la que querían tirar, la misma que resiste a PGOUs mal hechos y a la ausencia de presupuesto). Allí nos veremos para hablar sobre la primera novela que perpetré, Tres funerales para Eladio Monroy.

Todas estas actividades, excepto la primera, son gratuitas y abiertas al público en general. Así que, si te apetece y alguna de ellas te interesa, hecho queda el aviso.

Y, si no, como siempre, nos vemos en los bares.





Filológicamente demostrado: Don de lenguas, de Ribas y Hofmann

22 06 2013

Rosa Ribas y Sabine Hofmann firman esta delicia que te traigo hoy: Don de lenguas, editada hace un par de meses por Siruela, y que está dando mucho que hablar.

Don de lenguas, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann, Madrid, Siruela, 408 páginas

Don de lenguas, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann, Madrid, Siruela, 408 páginas

Como Tu nombre envenena mis sueños, de Joaquín Leguina, o Beltenebros, de Muñoz Molina, Don de lenguas transcurre en la posguerra, a principios de los cincuenta y comienza según mandan los cánones: aparece muerta Mariona Sobrerroca, una viuda de la alta sociedad barcelonesa. El caso hay que resolverlo rápidamente, porque está a punto de celebrarse en Barcelona el Congreso Eucarístico y hay que dar una imagen impoluta de cara al extranjero. El encargado de la investigación será el inspector Isidro Castro, de la Brigada de Investigación Criminal, perro viejo de la temible policía franquista.

Pero el protagonista no es Isidro Castro. En realidad, las protagonistas serán dos mujeres. Una veinteañera, Ana Martí, periodista hasta entonces confinada en la sección de ecos de sociedad para La Vanguardia e hija de un jefe de redacción depurado, a quien se le dará la oportunidad de cubrir la noticia. Ella encontrará nuevas pistas que la llevarán a consultar a la otra prota de la novela, Beatriz Noguer, una eminente filóloga, también depurada, a la que le pide que analice el contenido de unas cartas.

Creo que estas dos mujeres brillantes y luchadoras en medio de una sociedad mediocre que castiga la lucha, la brillantez y lo femenino, verán en este asunto algo así como una vía de escape a la gris opacidad a la que les ha condenado esa sociedad. O acaso, un medio para intentar hacer algo de justicia, aunque sea poética, en un mundo injusto.

Sean cuales fueren los motivos, son muy interesantes en esta novela los métodos, porque es a partir de la intervención de Beatriz cuando la lingüística (la hermenéutica, diría yo) comienza a cobrar una gran importancia en la resolución de los enigmas. El amor por la palabra, el respeto por el lenguaje, recorre todo el libro sin que en ningún momento resulte forzado, con esa naturalidad con la que los marineros hablan del mar, en esta novela negra se habla mucho de literatura, de lenguaje, de variantes léxicas y de idiolecto, hasta el punto de que algún personaje llega a justificar uno de sus descubrimientos diciendo que ha sido filológicamente demostrado.

Hay dos tipos de intrigas criminales: las que te dan una sorpresa al final y las que te dan sorpresas casi a cada página. Don de lenguas, por suerte, es de esta última clase, así que no puedo contar mucho más sobre el argumento. Pero, fíate de mi palabra: Rosa Ribas y Sabine Hofmann han perpetrado, en mi opinión, una estupenda novela filológico–policiaca. Nos dan lo que espera cualquier buen lector de novela negra: una buena trama policial, personajes aparentemente arquetípicos pero en realidad novedosos, un argumento que se va enredando sobre sí mismo y funciona como una máquina perfectamente engrasada, imitando verosímilmente los azares de la vida y, sobre todo, buena, excelente literatura.

Así, Ribas y Hofmann nos llevan de la mano hasta esa Barcelona (esa España) de los cincuenta, la España del estraperlo y la leche en polvo, de las hieleras y las esquelas, del jabón el Lagarto y los concursos radiofónicos, que es también la España de las rencillas, los gobernadores civiles y la inmisericordia con los perdedores; la España del machismo y la homofobia, la de los represaliados y la de los falangistas de primera y segunda hora que hacen maridaje con los privilegiados de toda la vida. Y pueblan el recorrido con personajes de toda calaña, donde hay criadas, porteras, serenos, abogados y periodistas afectos al Régimen o no, policías de los malos y de los no tan malos (en esa época no hay ninguno bueno), estafadores y ladrones con encanto, como el Boira o Pepe el Araña, tipo, este último, de quien me declaro fan absoluto.

Rosa Ribas es una vieja conocida nuestra. Catalana de nacimiento, alemana de adopción, vive en Frankfurt del Meno y es muy conocida por sus novelas de la comisaria Cornelia Weber–Tejedor (Entre dos aguas, Con anuncio, En caída libre), aunque ha firmado otras cosas estupendas, como La detective miope o Miss Fifty.

Sabine Hofmann es alemana y está especializada en filología Románica y Germánica. Ahora vive en el sur de Alemania, pero trabó amistad con Rosa cuando ambas impartían clases en la Universidad de Frankfurt.

Parece ser que escribieron la novela con un método muy peculiar: cada una de ellas tomaba la perspectiva de uno de los personajes y escribía el capítulo en su lengua materna. Luego la otra leía el capítulo y lo traducía a su propio idioma, retocándolo inevitablemente. Por tanto, al finalizar el trabajo, tenían en las manos dos originales: uno en alemán y otro en castellano.

Lo hermoso es que han conseguido una sola voz, rica en matices y giros. Y el resultado es una novela llena de intriga, de Historia y de verosimilitud, de reflexión sobre la lengua y la literatura y de personajes de los que uno se enamora irremediablemente.  Reunir todas estas cosas en un solo libro, trabajando, además, a cuatro manos es muy difícil y, de hecho, muchos han fracasado al intentarlo. Pero estas mujeres no: ellas han conseguido una novela estupenda, que puede leerse por mera fruición (porque es muy divertida) o de forma más reflexiva, pues, como todo buen libro, presenta diferentes niveles de interpretación que, creo, la hacen merecedora de relectura.

Así pues, para esta semana, Don de lenguas, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann, editada en Madrid por Siruela, 408 páginas de buena novela negra y, en todo caso, estupenda literatura. Y eso es un hecho filológicamente demostrado.

[Si te apetece escuchar el podcast y averiguar, de paso, por qué Fortunata, nuestra cabra galdosiana, devoró esta semana Los hombres son de Marte, las mujeres, de Venus, solo tienes que hacer clic aquí. Ya sabes que, además de La Buena Letra, tienes La Butaca, con Francisco Melo Junior y todo ello en SER Las Palmas de Gran Canaria, a las órdenes de Eva Marrero]





Gatos castrados

19 06 2013

En la televisión, tertulianos a sueldo de diferentes facciones debaten sobre las protestas contra la enésima reforma educativa. De pronto se hace una pausa y una cortinilla anuncia: “Volvemos en tres minutos”. El primer espot del bloque es uno que siempre me ha resultado odioso: sobre imágenes de un hermoso felino doméstico, la voz en off de su presunta dueña le dice a la pobre gata que ha tenido que esterilizarla por su bien (el del animal) y que ahora debe cuidarla con una dieta especial. Esto es, en román paladino, que el ama, para disfrutar de la presencia de ese bello animal en su casa sin las molestias que causan los periodos de celo, lo ha despojado por su bien (el de la dueña, no el del animal; no nos engañemos) de sus instintos reproductivos y ahora, además, lo priva de uno de los pocos placeres que van a quedarle porque parece ser que un gato gordo tampoco resulta de su agrado. Los amos siempre han sido así: adaptan a sus preferencias todo aquello que poseen. Y si lo poseído es un ser vivo, dulcifican sus acciones con discursos paternalistas que afirman que el daño que infieren a sus víctimas es un mal menor que se ven obligados a causar por el bien de estas.

Me pregunto si no será mejor para esta sádica del anuncio comprarse un gato de peluche, en lugar de coger a un gato de verdad y convertirlo en uno. Aún no he acabado de formular este pensamiento, cuando al anuncio de la castradora dietética lo sucede el de una universidad privada que, sobre escenas de jóvenes perfectos, lanza el asertivo mensaje de que puedes ser lo que quieras ser, puedes conseguirlo todo. El off de este nuevo anuncio se calla, por supuesto, la parte que las más básicas normas de la comunicación publicitaria impiden agregar, pero que uno completa casi instintivamente: “Si puedes pagártelo”.

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Algunos anuncios más tarde, los tertulianos han regresado a la pantalla y peroran nuevamente sobre las bondades e inconvenientes de la nueva reforma, que desintegra la investigación, adelgaza becas y engorda tasas, disfrazando de excelencia y competitividad la desigualdad de oportunidades y el elitismo, consagrando, en fin, la inmovilidad social de toda la vida, pues, aunque el correctismo impida reconocerlo en voz alta, aún hay clases, oiga, y no todo el mundo tiene derecho a disfrutar de una educación superior.

Quizá la educación pública es como un gato al que se le está capando por su bien (el bien del castrador) y, además, se le está obligando a ponerse a dieta del horroroso pienso la desigualdad. Siguiendo con la asociación de ideas, recuerdo eso que siempre me dijeron: “No te fíes de la mansedumbre de los gatos. Dentro de todo gato late un tigre dormido”. Pero, se me ocurre, un gato esterilizado o capado, tal vez no pueda ya jamás encontrar a su tigre interno y despertarlo. Acaso el gato de esta sociedad haya de ponerse en guardia y despertar a su tigre y defenderse antes de que sea demasiado tarde, antes de que acabe esta operación oficialmente inocua, antes de que los amos del cotarro le corten los huevos para siempre.





Los patriotas

11 06 2013

No son ni de izquierdas ni de derechas. Son personas bien, como como-Dios-manda, como hay que ser. Y no porque hayan sido bendecidos y bendecidas de nacimiento con una buena posición o incluso apellidos de larga tradición y abolengo rancio dejan de tener hábitos sencillos y humildad en el trato. De hecho, tutean a sus chóferes, porteros y asistentas, les preguntan por la familia, nunca olvidan el consabido aguinaldo y hasta, de vez en cuando, les hacen pequeños regalos, porque tirar ropa es un pecado. Pero ese interés por el prójimo no se queda en los contactos más inmediatos: siempre hay una mesa tras la que postular, niños en Somalia o la India, mujeres en Bangladesh, misiones en Bolivia o aquí mismo, chiquillos de esos con enfermedades raras, a quienes pueden regalarle su compasión, su caridad cristiana. Ahora se dice solidaridad, igual que a los inválidos se les llama personas con discapacidad y a los pobres, personas sin recursos. Pero en realidad el mundo no ha cambiado tanto, y todas esas cosas son lo que son: causas sin rostro a las que uno puede abrazarse para calmar su conciencia, porque no es necesario tenerlas cerca ni olerlas para darles aquello que necesitan.

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En realidad, los patriotas no se meten con nadie y no tienen la culpa de ser personas con ciertos privilegios. Lo que tienen, se lo han ganado trabajando. O manejando bien sus contactos (hay que tener amigos hasta en el infierno; sobre todo en el infierno). O lo ganaron sus padres o sus abuelos, que es lo mismo. Podrían tener más, incluso, si quisieran y si alguien pusiera-las-cosas-en-su-sitio. Y, sin embargo, no son tan ambiciosos: se conforman con vivir en paz.

Los patriotas no tienen la culpa de tener dinero. Y, por supuesto, no tienen la culpa de la mala cabeza de los demás, que vivieron por encima de sus posibilidades y quisieron vivir como ricos cuando no lo eran.

Los patriotas saben en realidad lo que hay que hacer: una buena tabula rasa, un gobierno firme que arregle todo lo que estropearon los anteriores, que eche del país a todos esos sudacas y moros y negros que, sí, vinieron bien cuando hacía falta mano de obra, pero que ahora sobran y no pueden pretender vivir como si fueran españoles. Y cambiar los contratos, porque las cosas han cambiado mucho y eso de los contratos indefinidos y los salarios mínimos interprofesionales y los convenios colectivos son cosas que nos colaron los sindicatos en la época de las vacas gordas. Y ahora las vacas son flacas, flaquísimas. A los que están viviendo del paro, hay que ponerlos a cavar, todo el día, para que se demuestre que, efectivamente, están en paro y no ejerciendo otra actividad. Porque no puede ser que estén cobrando del Estado y luego haciendo chapucillas por ahí. ¡Ese!, ese es uno de los grandes problemas de este país: la economía sumergida. Eso y los funcionarios, que no dan un palo al agua y viven como marajás de los impuestos de los demás.

Los patriotas, si pudieran, hablarían claro: no todo el que llega a este país tiene derecho a médico gratis, no todo el mundo puede vivir de la sopa boba. Y no todo el mundo puede tener una carrera y un doctorado y un master, qué caray.

Pero no pueden hablar claro. Así que se limitan a esperar, a ver qué pasa. Y lo que pase lo verán como quien ve una película, porque no les afectará, al menos directamente. Y es que los patriotas son muy patriotas, pero no son tontos y hace ya mucho que pusieron a buen recaudo sus ahorros en Suiza, en Isla de Man o en Luxemburgo. El único inconveniente es que a veces, cuando se necesita cash con urgencia, no se dispone del dinero inmediatamente. Aunque tampoco eso es un gran problema: siempre hay algún contacto que te proporciona liquidez, a cambio de una pequeña comisión.

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Sharpe y Muñoz Molina

8 06 2013

En lo que a noticias literarias se refiere, esta semana ha sido una muñeca rusa, porque si el miércoles teníamos una buena noticia, la concesión a Antonio Muñoz Molina del Príncipe de Asturias de las Letras (hacía, creo, quince años que no se le concedía a un español), el jueves teníamos una muy mala: el fallecimiento de Tom Sharpe.

Tom Sharpe hacía humor y vendía muchos libros. Quizá por eso la crítica nunca le tomó en serio. Un gran error, en mi opinión, porque a mí me parecía un ingenioso artesano que escribía desde la inteligencia, sacando a la luz muchas de las contradicciones de la sociedad moderna, desvelando el absurdo de las convenciones sociales y de la corrección política, que no siempre logran ocultar nuestras pasiones, mientras nos hacía pensar a carcajada limpia. La serie de libros de Wilt, Becas flacas, Zafarrancho en Cambridge, El bastardo recalcitrante o Reunión tumultuosa son, entre otras, algunas de las novelas que valdría la pena volver a frecuentar. Yo, para los más jóvenes, aquellos que no le conozcan, recomendaría empezar por Wilt, la novela que le abrió la puerta del éxito y que nos advierte a todos del peligro de hacer según qué cosas con muñecas hinchables.

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Pero vamos con nuestro flamante Príncipe de Asturias.

Muñoz Molina, a quien fui siguiendo desde sus primeros libros (he tenido la suerte de pertenecer a esa generación que pudo gozar de los libros de Julio Llamazares, José María Merino, Eduardo Mendoza, Rosa Montero o Almudena Grandes según iban apareciendo en el mercado) tiene una carrera literaria, en mi opinón, irregular. Creo que algunas de sus obras (Plenilunio o El viento de la luna) estén a la altura del listón que él mismo fijó. Con todo, son títulos que se dejan leer, pero adolecen de cierta tibieza burocrática que estropea, creo, su ejecución. Esto no invalida su valor como narrador; al fin y al cabo, no siempre se puede marcar gol de tijereta, pero me parece que es justo señalarlo.

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Aliviada mi conciencia prescriptiva, hablamos de lo bueno, que no es poco.

En la bibliografía de Antonio Muñoz Molina, hay dos hitos evidentes: su segunda novela, El invierno en Lisboa, una estupenda y romántica novela negra con el jazz como leit motiv que obtuvo el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura; y El jinete polaco, que es algo así como su Cien años de soledad particular, y que volvió a ganar el Nacional de Literatura, además del Premio Planeta.

En torno a esos hitos hay novelas inolvidables, como Beltenebros (uno de los mejores comienzos de novela que he leído), El dueño del secreto o, la que te recomiendo hoy: En ausencia de Blanca.

En ausencia de Blanca, Antonio Muñoz Molina, Madrid, Suma de Letras, 151 páginas

En ausencia de Blanca, Antonio Muñoz Molina, Madrid, Suma de Letras, 151 páginas

Esta es una novela corta, deliciosa y devastadora, con un argumento muy sencillo: Mario, un gris funcionario de provincias, descubre que Blanca, su mujer, ya no es Blanca, sino el espectro de la mujer de la que él ha estado enamorado, porque ella está ausente, la relación se ha roto de forma irremediable aunque ambos finjan que no es así, llevados por la inercia de la costumbre.

Ese es el planteamiento de una novela con un argumento aparentemente ya visto (la decadencia de un matrimonio, la ruptura de una relación, la llegada del desamor: ¿a quién no le ha ocurrido?) con el que Muñoz Molina construye una novela sorprendentemente inolvidable, que habla de la condición humana con sincera y brutal elegancia. Si tuviera que comparar esta novela con un clásico del XIX, sería, seguramente, con Madame Bovary (sí, no te asombres: Madame Bovary) no solo por su tema, sino por su construcción y su destreza narrativa.

Y como no solo es deslumbrante, sino también muy breve, es lo que recomiendo a aquellas personas que aún no hayan frecuentado a Muñoz Molina (alguna habrá, sobre todo entre los jóvenes), para iniciarse en una obra diversa de la que no deberían perderse, repito, El invierno en Lisboa, Beltenebros, El jinete polaco o El dueño del secreto. Pero primero,  En ausencia de Blanca, por ejemplo, en la edición de Suma de Letras, 151 páginas, una novela sobre sentimientos, pero sin sentimentalismos, llena de poesía, de dolor y de verdad.

[Si te perdiste el programa y quieres escuchar el podcast, para averiguar qué libro devoró Fortunata esta semana, solo tienes que pinchar aquí]








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