Sharpe y Muñoz Molina

8 06 2013

En lo que a noticias literarias se refiere, esta semana ha sido una muñeca rusa, porque si el miércoles teníamos una buena noticia, la concesión a Antonio Muñoz Molina del Príncipe de Asturias de las Letras (hacía, creo, quince años que no se le concedía a un español), el jueves teníamos una muy mala: el fallecimiento de Tom Sharpe.

Tom Sharpe hacía humor y vendía muchos libros. Quizá por eso la crítica nunca le tomó en serio. Un gran error, en mi opinión, porque a mí me parecía un ingenioso artesano que escribía desde la inteligencia, sacando a la luz muchas de las contradicciones de la sociedad moderna, desvelando el absurdo de las convenciones sociales y de la corrección política, que no siempre logran ocultar nuestras pasiones, mientras nos hacía pensar a carcajada limpia. La serie de libros de Wilt, Becas flacas, Zafarrancho en Cambridge, El bastardo recalcitrante o Reunión tumultuosa son, entre otras, algunas de las novelas que valdría la pena volver a frecuentar. Yo, para los más jóvenes, aquellos que no le conozcan, recomendaría empezar por Wilt, la novela que le abrió la puerta del éxito y que nos advierte a todos del peligro de hacer según qué cosas con muñecas hinchables.

 Wilt

Pero vamos con nuestro flamante Príncipe de Asturias.

Muñoz Molina, a quien fui siguiendo desde sus primeros libros (he tenido la suerte de pertenecer a esa generación que pudo gozar de los libros de Julio Llamazares, José María Merino, Eduardo Mendoza, Rosa Montero o Almudena Grandes según iban apareciendo en el mercado) tiene una carrera literaria, en mi opinón, irregular. Creo que algunas de sus obras (Plenilunio o El viento de la luna) estén a la altura del listón que él mismo fijó. Con todo, son títulos que se dejan leer, pero adolecen de cierta tibieza burocrática que estropea, creo, su ejecución. Esto no invalida su valor como narrador; al fin y al cabo, no siempre se puede marcar gol de tijereta, pero me parece que es justo señalarlo.

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Aliviada mi conciencia prescriptiva, hablamos de lo bueno, que no es poco.

En la bibliografía de Antonio Muñoz Molina, hay dos hitos evidentes: su segunda novela, El invierno en Lisboa, una estupenda y romántica novela negra con el jazz como leit motiv que obtuvo el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura; y El jinete polaco, que es algo así como su Cien años de soledad particular, y que volvió a ganar el Nacional de Literatura, además del Premio Planeta.

En torno a esos hitos hay novelas inolvidables, como Beltenebros (uno de los mejores comienzos de novela que he leído), El dueño del secreto o, la que te recomiendo hoy: En ausencia de Blanca.

En ausencia de Blanca, Antonio Muñoz Molina, Madrid, Suma de Letras, 151 páginas

En ausencia de Blanca, Antonio Muñoz Molina, Madrid, Suma de Letras, 151 páginas

Esta es una novela corta, deliciosa y devastadora, con un argumento muy sencillo: Mario, un gris funcionario de provincias, descubre que Blanca, su mujer, ya no es Blanca, sino el espectro de la mujer de la que él ha estado enamorado, porque ella está ausente, la relación se ha roto de forma irremediable aunque ambos finjan que no es así, llevados por la inercia de la costumbre.

Ese es el planteamiento de una novela con un argumento aparentemente ya visto (la decadencia de un matrimonio, la ruptura de una relación, la llegada del desamor: ¿a quién no le ha ocurrido?) con el que Muñoz Molina construye una novela sorprendentemente inolvidable, que habla de la condición humana con sincera y brutal elegancia. Si tuviera que comparar esta novela con un clásico del XIX, sería, seguramente, con Madame Bovary (sí, no te asombres: Madame Bovary) no solo por su tema, sino por su construcción y su destreza narrativa.

Y como no solo es deslumbrante, sino también muy breve, es lo que recomiendo a aquellas personas que aún no hayan frecuentado a Muñoz Molina (alguna habrá, sobre todo entre los jóvenes), para iniciarse en una obra diversa de la que no deberían perderse, repito, El invierno en Lisboa, Beltenebros, El jinete polaco o El dueño del secreto. Pero primero,  En ausencia de Blanca, por ejemplo, en la edición de Suma de Letras, 151 páginas, una novela sobre sentimientos, pero sin sentimentalismos, llena de poesía, de dolor y de verdad.

[Si te perdiste el programa y quieres escuchar el podcast, para averiguar qué libro devoró Fortunata esta semana, solo tienes que pinchar aquí]


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