Gatos castrados

19 06 2013

En la televisión, tertulianos a sueldo de diferentes facciones debaten sobre las protestas contra la enésima reforma educativa. De pronto se hace una pausa y una cortinilla anuncia: “Volvemos en tres minutos”. El primer espot del bloque es uno que siempre me ha resultado odioso: sobre imágenes de un hermoso felino doméstico, la voz en off de su presunta dueña le dice a la pobre gata que ha tenido que esterilizarla por su bien (el del animal) y que ahora debe cuidarla con una dieta especial. Esto es, en román paladino, que el ama, para disfrutar de la presencia de ese bello animal en su casa sin las molestias que causan los periodos de celo, lo ha despojado por su bien (el de la dueña, no el del animal; no nos engañemos) de sus instintos reproductivos y ahora, además, lo priva de uno de los pocos placeres que van a quedarle porque parece ser que un gato gordo tampoco resulta de su agrado. Los amos siempre han sido así: adaptan a sus preferencias todo aquello que poseen. Y si lo poseído es un ser vivo, dulcifican sus acciones con discursos paternalistas que afirman que el daño que infieren a sus víctimas es un mal menor que se ven obligados a causar por el bien de estas.

Me pregunto si no será mejor para esta sádica del anuncio comprarse un gato de peluche, en lugar de coger a un gato de verdad y convertirlo en uno. Aún no he acabado de formular este pensamiento, cuando al anuncio de la castradora dietética lo sucede el de una universidad privada que, sobre escenas de jóvenes perfectos, lanza el asertivo mensaje de que puedes ser lo que quieras ser, puedes conseguirlo todo. El off de este nuevo anuncio se calla, por supuesto, la parte que las más básicas normas de la comunicación publicitaria impiden agregar, pero que uno completa casi instintivamente: “Si puedes pagártelo”.

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Algunos anuncios más tarde, los tertulianos han regresado a la pantalla y peroran nuevamente sobre las bondades e inconvenientes de la nueva reforma, que desintegra la investigación, adelgaza becas y engorda tasas, disfrazando de excelencia y competitividad la desigualdad de oportunidades y el elitismo, consagrando, en fin, la inmovilidad social de toda la vida, pues, aunque el correctismo impida reconocerlo en voz alta, aún hay clases, oiga, y no todo el mundo tiene derecho a disfrutar de una educación superior.

Quizá la educación pública es como un gato al que se le está capando por su bien (el bien del castrador) y, además, se le está obligando a ponerse a dieta del horroroso pienso la desigualdad. Siguiendo con la asociación de ideas, recuerdo eso que siempre me dijeron: “No te fíes de la mansedumbre de los gatos. Dentro de todo gato late un tigre dormido”. Pero, se me ocurre, un gato esterilizado o capado, tal vez no pueda ya jamás encontrar a su tigre interno y despertarlo. Acaso el gato de esta sociedad haya de ponerse en guardia y despertar a su tigre y defenderse antes de que sea demasiado tarde, antes de que acabe esta operación oficialmente inocua, antes de que los amos del cotarro le corten los huevos para siempre.

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