La última tumba en Getafe

21 07 2013

Ahora que ha pasado la avalancha de felicitaciones (la noticia se hizo pública el jueves), me apetece sentarme ante el PC y compartirla contigo: una novela mía, La última tumba, ha obtenido el XVII Premio Ciudad de Getafe de novela negra.

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Se trata de uno de esos premios sorprendentemente limpios, en los que envías tu original firmado con pseudónimo. Yo no suelo presentarme a demasiados concursos y jamás había sido premiado. Normalmente, mis propuestas se quedan en la puerta (menciones especiales, segundos premios). El único galardón que atesoraba (y con mucho orgullo) era el Premio Macabeo, un reconocimiento oficioso hecho en su momento por el restaurante de ese nombre, hoy desaparecido. Así que no albergaba demasiadas esperanzas cuando envié La última tumba a competir con los muchos y muy buenos textos que suelen presentarse a este premio, vinculado (y nada menos) al encuentro Getafe Negro. Eso fue hace meses y, de hecho, cuando el miércoles al anochecer, me telefoneó Lorenzo Silva para comunicármelo, incluso había olvidado que participaba en el certamen y pensé que se trataba de una broma, porque él es amigo de darlas y yo mucho más amigo de recibirlas. Pero no: de pronto, Lorenzo, a quien yo no le había dicho que me presentaba al Ciudad de Getafe, me llamaba Larsen (el pseudónimo con el que presenté el original) y me decía que el jurado (compuesto por Espe Moreno, de Editorial Edaf, Fernando Marías, Ramón Pernas y él mismo) había decidido concederle el premio por unanimidad a La última tumba.

Ahí comenzó todo y, desde entonces, no he parado de recibir parabienes y muestras de cariño por parte de mis compañeros de oficio y de los lectores. Por eso he esperado a que pase la oleada para dar las gracias a unos y a otros su afecto, cosa que, como no puedo enviarles flores y bombones a todos y cada uno (eso es lo que me gustaría), intento hacer escribiendo esta entrada.

Por lo que dije más arriba, se entenderá que no estoy muy acostumbrado a los premios y no sé demasiado bien cómo hay que reaccionar. Lo que sí sé es que ahora toca poner los codos y aprender y trabajar más para ser merecedor de toda la confianza que los demás ponen en mí.

En su comentario al fallo, Lorenzo Silva destacaba el hecho de que la historia transcurriera en las Islas y no necesariamente en Madrid o Barcelona, y Fernando Marías, que se tratara de una novela negra-negra (los que amamos el género, sabemos lo que eso significa), y con pocas concesiones. Por eso, yo me lo tomo como un premio, no a mi trabajo, sino al de muchos otros que, como yo, han decidido apostar por un género duro y desvelador de la ideología, escribiendo en la periferia geográfica y, por tanto, en la cultural. Y así, me gustaría hacer virtuales copartícipes a los compañeros y compañeras que escriben situados en esa periferia, sobre todo en Canarias, pero también en Euskadi o Extremadura.

La última tumba está protagonizada por Adrián Miranda Gil, una especie de Conde de Montecristo envilecido por veinte años de prisión que, al contrario que aquel, no conoce la piedad. La escribí con rabia, mientras ultimaba las ediciones de Morir despacio y La estrategia del pequinés, intentando hacer algo diferente a lo que había hecho en aquellas novelas, porque soy de los que piensan, con Lope de Vega, que hay que mudar siempre de estilo y de razones, aunque teniendo presente aquel adagio de Jim Thompson que reza que el único argumento que existe es que las cosas no son lo que parecen.

Ahora espero su aparición en el mercado, en octubre, coincidiendo con la entrega oficial del galardón y con el festival Getafe Negro, para esperar la opinión de los lectores, esa gente que es la que hace posible este diario milagro de la literatura.

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