La tradición y el toro

18 09 2013

Como cada año por estas fechas, el Toro de la Vega que tiene lugar en Tordesillas vuelve a ocupar espacio mediático, a encender polémicas, a airear las creencias y convicciones de cada cual.

Toro_de_Osborne

Mi opinión sobre la tauromaquia en general ya la dejé clara en una vieja entrada de este blog, así que no voy a aburrirte con ella. El motivo de esta de hoy es que uno de los argumentos de quienes defienden la mencionada fiesta me ha dado que pensar. Por supuesto, no es el único y hay  para todos los gustos: desde el seudo-ecológico (el toro se extinguirá si se suprime la fiesta, que parece sostenerse sobre la intuitiva premisa de que el toro solo existe para ser lanceado) hasta el socio-antropológico (la fiesta da cohesión popular, que obvia que los papagüevos también), pasando por el seudotolerante (tengo derecho a hacer lo que quiera y no hago mal a ninguna persona; si no te gusta, no mires). Pero el más extendido y, además, muy interesante es el de la tradición.

Más o menos, el argumento que apela a la tradición viene a decir que el Toro de la Vega es una tradición cultural que se practicaba ya hace muchísimo tiempo (los más versados en Historia apuntan al Siglo XVI; a alguna presentadora de magazine matinal se le llegó a escapar eso de “miles de años, por lo menos, cientos“) y que, por tanto, como siempre se ha hecho es bueno que continúe haciéndose.

Como uno polemiza para convencer o ser convencido y no es más importante lo primero que lo segundo, me he parado a pensar en la posibilidad de que quienes así opinan, basándose en un argumento ad antiquitatum, pudiesen acaso tener razón y ser yo el equivocado. No lo he pensado demasiado (quizá un día o día y medio), pero me ha dado, al menos, para pensar en cómo los horrores de la modernidad han hecho desaparecer tradiciones que nuestros ancestros practicaron durante años y más años, en los tiempos en que el mundo era mejor y Dios se encontraba más cercano a los hombres.

Así, sin pensar demasiado, se me ha ocurrido la siguiente lista:

  • Lapidación: mencionada ya en las Sagradas Escrituras, prácticamente ha desaparecido, aunque aún algunos pueblos cercanos a la Divinidad continúan practicándolo (para regocijo de ONG, feministas y demás perroflautas, que así tienen algo por lo que indignarse fuera de la temporada taurina). Esto viene muy bien, por cierto, cuando hay que invadir los países a los que pertenecen esos pueblos y convencer a los melenudos de que los invadimos para acabar con eso y no para controlar sus recursos. En cualquier caso, ya se ha perdido esta estupenda manera de extirpar de la comunidad a los adúlteros de ambos sexos, sobre todo del segundo, aprovechando, además, solares vacíos para estas ejecuciones-espectáculo de índole participativa que fomentan, además, el ejercicio físico.
  • Auto de fe: su vida coincide con el apogeo de la Santa Inquisición. Entre el Siglo XV y 1826 amenizaron más de una Pascua. Tanto por su variedad como por las diversas actividades que se realizaban en ellos, es una pena que los autos de fe hayan desaparecido de nuestras tradiciones. Una buena procesión con sus capirotes y sambenitos, acompañada de escarnio público, enriquecida con el martirio de la rueda o finalizada con un buen ahorcamiento y su pira final… Sí: la hoguera. Ah, la hoguera… Qué tiempos aquellos.
  • Derecho de pernada: típica del medievo, pero en algunos lugares subsistió hasta casi la Edad Moderna. ¿Por qué permitir que las torpes y callosas manos de los labriegos se posen sobre hermosas doncellas, pudiendo el señor de estos disfrutar de esas turgentes mocedades en una prima notte que, por otro lado, podría reportar un vástago directamente hijo del amo?
  • Esclavitud: una de las más antiguas tradiciones de la Historia de la humanidad. Desde que el mundo es mundo, se sabe de esta lucrativa y práctica actividad. En tiempos de crisis económica deberíamos, más que nunca, plantearnos recuperarla. Sí, ya sé, ya sé: la izquierda recalcitrante y los gualdrapas del otro-mundo-es-posible no dejan de decir que continúa existiendo, en las fábricas de Asia, en las maquiladoras, en los prostíbulos de todo el planeta. Pero no hablo de esa esclavitud, sino de la otra, de la buena. Abriría un interesante nicho de mercado, eliminaría huelgas y protestas (habría que volver a otras tradiciones relacionadas, como los barcos negreros, la fusta, el látigo o la deformación de pies de esclavos díscolos) y, como ya no somos racistas, los esclavos no tendrían que ser necesariamente de ninguna etnia concreta. Podríamos, sencillamente, sustituir las oficinas de empleo por mercados de esclavos donde los empresarios acudirían a adquirir mano de obra barata y eficaz. Poco a poco, los empleados actuales podrían ir siendo sustituidos por esclavos, y pasarían, de paso, a formar parte de la masa esclavizable, garantizando así el flujo constante de trabajadores. ¿A que alguna vez han soñado con esto, señores de la CEOE?
  • Canibalismo: aún hay pocos, poquísimos lugares donde los pueblos cercanos a los dioses festejan así sus victorias. Pero, en general, la extensión de las religiones semíticas terminó con esa bella tradición guerrera de acabar con el enemigo de una vez y para siempre devorando su carne hasta el tuétano, para así apropiarse de su valor. Una hermosa muestra de respeto, una forma de evitar las fosas comunes (molestas y comprometedoras) y mucho más estética que ponerle un mono de color naranja y hacerle barbaridades que, cada dos por tres, melenudos indocumentados se dedican a airear.

En fin, estas son solo algunas de las prácticas útiles y potenciadoras de la cohesión social que el argumento que apela a la tradición (durante siglos se hizo así) podría permitirnos recuperar.

Se me quedan atrás otras muchas tradiciones menores: las sangrías con sanguijuelas, las peleas de bobos, las purgas con aceite de ricino, el cilicio y el sufragio exclusivamente masculino (ya he tocado el tema de soslayo, pero afrontémoslo ya sin más miramientos, atacando el tema de frente y sin pudores correctistas: sabemos que nuestros mayores dictan que “la mujer en la cocina, con la pata quebrada y, si hace falta, apaleada”. ¿Qué es eso de que vayan por ahí metiéndose en cosas de hombres o presidiendo comunidades autónomas?).

Así pues, si es la tradición el argumento que justifica que en Tordesillas unos señores lleven al campo un toro y lo maten a lanzadas (o, para el caso es lo mismo, que en cualquier otro lugar lo metan en una plaza y lo torturen hasta el último estertor), quizá quienes lo esgrimen deberían administrarlo con cuidado, porque es una puerta que no deberíamos abrir, ni siquiera entornar, pues conduce a estancias en las que hay mobiliario bastante desagradable. Un último ejemplo: la guillotina. Seguro que la familia real y a los últimos grandes de España que quedan no les haría ninguna gracia que la recuperáramos.

 (He obviado, claro está, que al argumento ad antiquitatum es una forma de falacia, porque esto me hubiese impedido escribir este post).


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4 responses

18 09 2013
Emilio González Déniz

Completamente de acuerdo con tus tesis. Ah, aquellos tiempos en los que la mujer llegaba virgen al tálamo, donde la esperaba un macho bien traqueteado. Echo de menos lanzar cabras desde los campanarios, y esto se está yendo de madre. Imagínate que hace unos meses tuve que hacerme una revisión de próstata y me tocó ¡UNA URÓLOGA! Tremendo.
Hay que reivindicar las peleas de perros, la pena de muerte con ejecuciones públicas y esas cosas que estos mariquitas nos quieren quitar. Lo que no entiendo es por qué te empeñas y repites que estos rojetes son melenudos. Ya no, yo conozco a alguno que no tiene pelo, y encima va provocando por ahí escribiendo libros. Estarás de acuerdo conmigo en que es un tipo infame, ten cuidado si te cruzas con él, se junta mucho con otros de su calaña, un tal Correa, otro tal Santiago y creo que con un fulano muy peligros al que llaman Déniz o algo así. Mala gente.

Y haces bien en mentar la guillotina; fíjate que es muy curiosa su procedencia: Francia, igual que el apellido Borbón. Qué cosas.

18 09 2013
Alexis Ravelo

Emilio, por supuesto: los calvos son los peores… 😉

29 09 2013
Maria Romero

Hemos evolucionado un poco, muy poco, pero aún nos queda mucho camino hasta llegar a ser lógicos y consecuentes. ¿Disfrutar viendo sufrir a un ser vivo?

29 09 2013
Carlos

Aunque sea salirse un poco de tema, les cuento que en una ocasión visité un matadero y salí bastante tocado emocionalmente.

A las vacas las electrocutan aplicándoles un electrodo en la cabeza para luego colgarlas de un gancho. Muchas veces el animal no acaba de morir y la despiezan aún viva.

Sé que no es lo mismo matar a un animal para alimentarnos que para divertirnos, pero yo me pregunto si el lícito matar animales, aun de la forma más expeditiva, sin reconocerles ningún derecho, simplemente porque se presume que están para satisfacer nuestras necesidades, como ya les adelantaba Yahvé a Adán y Eva en el Paraíso.

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