Pedaleando hacia 2014

30 12 2013

No sé quién dijo que la vida es como montar en bicicleta: mientras está pedaleando, te tienes en pie; si te paras, te caes.

Sea quien fuere, el dicho se ha hecho proverbio y continúa siendo una verdad del tamaño del puño de Joe Frazer. Yo he pedaleado bastante en este 2013 y me acerco al fin de etapa (que no de competición) con un sentimiento agridulce.

Lo dulce lo ponen los lugares que he podido recorrer este año en el que me han nacido tres criaturitas. La primera pasó ciertamente desapercibida pero me llenó de alegría su aparición. Es un libro infantil, Las pruebas de Maguncia, en el que un hada prima segunda (suspendió los exámenes para hada madrina y anda de becaria) se enfrenta a los trols con la ayuda de personas de buena voluntad.

las pruebas de maguncia

De las otras dos ya tendrás noticia porque, para mi fortuna, no se ha dejado de hablar de ellas en las redes. Una, La estrategia del pequinés, publicada por Alrevés en febrero, agotó pronto su primera edición. Y uno de sus personajes, Cora, fue elegida, además, mejor personaje femenino en los Premios LeeMisterio. La otra, La última tumba, que apareció publicada por EDAF en octubre, con el sello del Premio Ciudad de Getafe de Novela Negra 2013.

También fue dulce participar en otros alumbramientos: Dácil, princesa de Taoro, una adaptación de un fragmento de las Historia de Canarias… de Viera y Clavijo, El viento y la sangre, una novela del desconocido en nuestro ámbito M. A. West, la aparición en Navona Negra de Epitafio para un espía, de Eric Ambler, la compilación de cuentos reunidos en Voces al tiempo. Todos ellos hechos editoriales felices.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Con algunos buenos amigos, muchos de ellos novelistas canallas, en la Semana Negra de Gijón

Como felices fueron los viajes a Bilbao, Gijón, Barcelona, Cuenca, Madrid y todos los demás lugares donde he podido conocer o reencontrar a gente estupenda que escribe, lee o hace de intermediaria entre quienes escriben y quienes leen. Hay ahí objetos (una camiseta con la cara de Paco Gómez Escribano, un bloc de notas fabricado por Juan Carlos González Montes, un búho obsequio de Espe Moreno, botellitas de resolí y de aceite de oliva, libros firmados respectivamente por Andreu Martín y Pedro Salmerón, otro de Gutiérrez Maluenda sin firmar) que atestiguan que esos y otros momentos se dieron en la realidad, que no fueron sueños vividos entre la embriaguez y la resaca.

También tienen relación con la literatura otros buenos momentos que he podido vivir este año: las muchas horas de contacto con talleristas en Unibelia y en el Museo Poeta Domingo Rivero (y aun en institutos y bibliotecas, tanto de Gran Canaria como de Tenerife o Fuerteventura). No hay nada tan sano y edificante como el encuentro con el talento ajeno y, lo confieso, no hay nada que me guste tanto como compartir con un grupo de personas la lectura de textos y más textos de una lista inacabable.

Y el contacto (personal y a través de las redes) de los muchos lectores y lectoras que nunca dejan pasar la oportunidad de transmitirme su afecto, de alegrarse por mis alegrías y animarme en esta tarea tan solitaria como pública.

Pero, como dije, no todo fue dulce. Durante este año en el que me pasaron tantas cosas buenas, a este país le ocurrieron muchas cosas malas. No voy a detenerme a enumerarlas todas (de hecho, no recuerdo ahora mismo cuántos consejos de ministros ha habido este año), y además, tú ya sabes cuáles son, porque has asistido, como yo, a la depauperación económica, política y social de esto que habíamos construido entre todos y que está siendo atacado por unos pocos.

En lo personal, perdí a algunos buenos amigos: a algunos, porque se los llevó la muerte; a otros, porque se los llevó la crisis y tuvieron que poner tierra de por medio para no morirse de hambre a los pies de instituciones gestionadas por otros menos preparados y sin duda más mediocres que ellos.

Y tengo que anotar algunas cosas en el “debe”, cosas que se han quedado por hacer única y exclusivamente por mi culpa (¿verdad, Míchel?), porque lo urgente se impone a lo importante, y uno no siempre tiene tiempo y vigor para sacar adelante al mismo tiempo todos los proyectos que desea llevar a cabo.

Y también tengo que recriminarme a mí mismo el no prestar más tiempo y atención a mis amigos más cercanos y a mi pareja, Thalía Rodríguez, que soporta con paciencia de cátaro mis horas de trabajo, mis viajes no avisados, mis ausencias de autor neurótico.

Así, pedaleando, como siempre, se cumple al fin esta etapa. La siguiente empieza con un par de ascensos fuertes: la puesta en escena de Clara y las sombras, la ópera de Juan Manuel Marrero, otro proyecto dramático-musical en colaboración con amigos tan queridos como Marrero, o una nueva novela que aparecerá en el catálogo de Alrevés. Y también nuevos talleres en Unibelia, en el Domingo Rivero o allá donde tengan a bien reclamarme.

Y así sigue uno, dándole al pedal, agradeciendo la posibilidad de disponer de la vía de escape que constituye este blog, en el que tú y yo nos encontramos una o dos veces a la semana para hablar de estas y otras cosas y que me sirve, por ejemplo, para aprovechar la oportunidad y desearte que tengas un próspero y feliz año 2014, lleno de lecturas y de gratos contactos con personas que te ayuden a seguir pedaleando.





La última Buena Letra del año en que murió Lou Reed

27 12 2013

Fortunata y yo pensábamos hacer hoy el habitual repaso al año literario, recordando aquellos libros que nos gustaron y de los que hablamos en La Buena Letra, esa sección algo golfa en la que hablamos de libros cada viernes en el Hoy por Hoy de Cadena Ser Las Palmas de Gran Canaria, a las órdenes de Eva Marrero o Verónica Iglesias y flanqueados por Francisco Melo Junior, que hace lo propio con el cine desde La Butaca. Además, íbamos a instituir los Premios Fortunata. Pero por los lazos del demonio, a nuestro Presidente le ha dado por fijar para la misma hora y día su primera comparecencia sin límite de preguntas del año (sí, es 27 de diciembre, casi 28).

La Butaca y La Buena Letra en plena desrecomendación de un libro (por llamarlo de alguna manera) de Isabel Allende. Foto: Eva Marrero.

La Butaca y La Buena Letra en plena desrecomendación de un libro (por llamarlo de alguna manera) de Isabel Allende. Foto: Eva Marrero.

Así pues, mientras Rajoy presume del tamaño de sus ‘reformas’ y llama “ese asunto” a la cuestión del aborto, mi baifita y yo vamos a hacer este repaso igualmente. Los Premios Fortunata habrán de esperar al próximo año, porque eso de destruir libros sobrevalorados en silencio, en casa y sin Junior no tiene la misma gracia.

Haciendo balance, veo, en primer lugar, que el número de libros publicados en España que hemos comentado es muy superior al de los extranjeros. ¿Y sabes qué? Que me parece estupendo. Este ha sido para mí el año de descubrir a muchos buenos autores o reencontrarme con otros que se habían hecho desear. En La Buena Letra, este año, comentamos estupendas novelas españolas, sobre todo de género negro, a saber: La mala espera (Marcelo Luján), Don de lenguas (Rosa Ribas y Sabine Hofmann), El Chef ha muerto (Yanet Acosta), 612 euros (Jon Arretxe), y alguna más que no es exactamente negra, pero coquetea con el género, como La tristeza del samurái (Víctor del Árbol). Se nos quedaron atrás cosas estupendas, como Un buen invierno para Garrapata (Leo Coyote), Cien años de perdón (Claudio Cerdán) o La última batalla (José Javier Abasolo). Qué se le va a hacer. No siempre hay tiempo de hablar de todo lo que a uno le gusta. Como tampoco lo hubo para hablar de un estupendo ensayo sobre la novela negra, Literatura del dolor, poética de la verdad, de Eugenio Fuentes, que este año, tras mucho hacerse esperar, hizo doblete con este ensayo y una fantástica novela sobre la Guerra Civil, Si mañana muero, publicada por Tusquets. Ni lo hubo para comentar los nuevos lanzamientos de Javier Hernández Velázquez (Un camino a través del infierno), José Luis Correa (Blue Christmas), Juan Ramón Tramunt (La piel de la lefaa) o Mariano Gambín (La casa Lercaro).

La pluma del arcángel, de Carlos Álvarez. Hora Antes Editorial, 220 páginas

La pluma del arcángel, de Carlos Álvarez. Hora Antes Editorial, 220 páginas

No todo fue semen y sangre, por supuesto. Este año hablamos de La pluma del Arcángel, estupenda novela histórica de Carlos Álvarez que reapareció este año, El despertar, la divertidísima novela de zombis de Elio Quiroga y Brevísima relación de la destrucción de June Evon, el western poético de la gran Tina Suárez. Me corrijo: estas tres novelas también están llenas de semen y de sangre.

El despertar, de Elio Quiroga-Rodríguez, Barcelona, Timun Mas, 253 páginas.

El despertar, de Elio Quiroga-Rodríguez, Barcelona, Timun Mas, 253 páginas.

Como en La Buena Letra no estamos obligados a la actualidad y recomendamos lo que nos place a Fortunata y a mí, también aprovechamos para hablar de algunos libros que tienen unos añitos pero son imprescindibles: Dersu Uzala (Vladímir Arséniev), El camino del tabaco (Erskine Caldwell), El ruido y la furia (William Faulkner), Matadero Cinco (Kurt Vonegutt), o El llano en llamas (Juan Rulfo), libro que en 2013 cumplió, nada menos, sesenta añitos.

Este fue también año de rescates. Alfaguara recordó a John Berger con las reediciones de Hacia la boda, y Fama y soledad de Picasso, y rescató también Intruso en el polvo, de Faulkner. Nórdica hizo lo propio con Elling, de Ingvar Ambjorsen.

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Y para rescatadores, los de Navona, esa gente con buen ojo, que este año iniciaron su colección de novela negra en la que han aparecido textos muy olvidados e interesantes, como La promesa (Frederich Dürrenmatt), Drama en la cacería (Antón Chejov) o El viento y la sangre (M. A. West). Y no se quedan ahí, porque nos han traído cosas exquisitas, entre las cuales están Malentendido en Moscú (Beauvoir), Los caminos que no llevan a Roma (Brassens), las Novelas bálticas (Keyserling) o Cuentos prohibidos para leer en la intimidad (Lawrence).

Como ves, un año completito (y hablo solo de lo que he podido leer yo y de lo que me ha gustado). Sin embargo, no todo es bueno. Este año nos dejaron grandes escritores: José Luis Sampedro, Álvaro Mutis, Tom Sharpe y el estudioso de la literatura canaria El Hadji Amadou Ndoye. Especialmente para la poesía fue un año nefasto, en el que fallecieron mi estimado Luis Natera, Juan Luis Panero, Rubén Bonifaz Nuño (sí, ese autor mexicano a quien citaba tanto Monterroso), Seamus Heany (Premio Nobel de Literatura 1995), Antidio Cabal y Olegario Marrero. No siempre me enteré a tiempo de recordarlos cumplidamente en el espacio radiofónico, y puede que muchos de ellos ni te suenen, pero nunca es tarde para buscar sus libros y hacer que revivan en las páginas que nos dejaron.

Más o menos así fue este año en La Buena Letra. Acaba ya, y es tiempo de arrepentirse de las cosas que dejamos por hacer. Yo, por ejemplo, me arrepiento de no haber tenido tiempo para comentar las nuevas obras de los más jóvenes, por ejemplo, Consejera nocturna (Leandro Pinto), El silencio de Sara (Rayco Cruz), Red Zone (Macu Marrero), Caminarán sobre la tierra (Miguel Aguerralde) o Los sueños de la muerte (Paula Lizarza). Ellas y ellos se atreven con géneros oscuros y son un soplo de aire fresco en este ámbito, el literario, que a veces se viste con demasiada solemnidad.

Fortunata, en cambio, se arrepiente de no haber devorado aún la poesía de José María Pemán, algún libro de César Vidal y el libro de Belén Estéban. Me los ha pedido para Reyes. Pero los Reyes, este año, vienen pobrecitos y yo, por otra parte, cada vez ando más republicano.

Me adentro en el final de año sabiendo que habrá libros, buenos y malos, mejores o peores, leves o densos, en papel o en digital. Da igual: libros, al fin, porque uno los necesita como el aire. Si me preguntas el motivo, citaré Malentendido en Moscú, de Simone de Beauvoir, cuyo personaje se dice a sí misma cuál es la ventaja de la literatura:

Las palabras se las lleva una consigo. Las imágenes se marchitan, se deforman, se apagan. Pero ella volvía a encontrar las viejas palabras en su garganta, tal como habían sido escritas. La unían a los siglos antiguos en los que los astros brillaban exactamente como hoy. Y ese renacimiento y esa permanencia le daban una impresión de eternidad.

Me quedo, hasta que llegue 2014, con esa cita de Beauvoir y con el recuerdo de un grande que también nos dejó en el año que acaba. Sí, porque, para mí, 2013, siempre será el año en que murió Lou Reed.

[Con este repaso a los libros de los que hablamos este año, espero haberle dado, de paso, alguna idea a Baltasar (ya sabes que cada vez que alguien no incluye un libro en su carta a los Reyes Magos, muere un cachorrito de labrador). Como seguramente se me han escapado muchos títulos, no estaría mal que aportaras, en los comentarios, tu propuesta de regalo literario, entre los libros que más te hayan gustado en los últimos doce meses. ¿Qué libro regalarías tú este año?]





Me declaro conservador

23 12 2013

Ahora que soy cuarentón, después de un pasado desmelenado, insumiso y progresista, me examino a mí mismo y descubro, con estupor, que soy conservador. Conservador nostálgico de los adelantos políticos, jurídicos y sociales, de los derechos y libertades que habíamos alcanzado juntos, que no eran perfectos, pero sí que formaban parte de un camino hacia la justicia.

Sí, me declaro conservador, por ejemplo, en cuanto a la separación de poderes y echo de menos el tiempo en que los jueces podían hacer libremente justicia, sin que sus manos fuesen atadas por el miedo a la inhabilitación.

Me declaro conservador de un Estado que propugna y defiende una sanidad y una educación públicas, universales y gratuitas; que se preocupa por sus ciudadanos más débiles y los protege; que intenta evitar, por todos los medios, que sean arrojados a la calle quienes han sufrido una racha de mala suerte; que defiende el derecho de las mujeres a decidir libremente sobre aquellas cuestiones en las que se juegan su salud y su mañana.

Me declaro conservador de la época en que tu banquero o, para el caso, el empleado de tu caja de ahorro, de tu aseguradora o tu fondo de pensiones, era una persona de la que podías fiarte, y no un depredador que no está obligado a contarte la verdad.

Me declaro conservador del tiempo en que la ley regulaba las relaciones entre empleados y empleadores con cierta ecuanimidad, persiguiendo el siempre difícil equilibrio entre derechos e intereses de unos y otros; hay que reconocer que esto no siempre era posible, pero eso es lo que tenemos los conservadores: somos nostálgicos de un tiempo que siempre fue mejor que el actual, en el que cualquier trabajadora o trabajador está a merced de una legislación que siempre está en su contra.

Me declaro conservador de los días en que la gente podía salir a la calle a luchar por sus libertades, por sus derechos (esos mismos que desaparecen poco a poco, cada viernes, consejo de ministros a consejo de ministros) sin que se les llamara delincuentes; de esos mismos días en que la policía estaba ahí para protegerte y no para apalearte.

Me declaro conservador de un estado de cosas en que el derecho, la ética y la lógica y no los intereses privados de poderosas minorías presidían las actuaciones de los poderes públicos. De aquel país en que estos defendían el interés general, y no el de unos pocos.

Me declaro conservador de aquella época, no tan lejana, pero sí irrecuperable, en que aún existía en España una cosa que se llamaba futuro, de los tiempos en que cualquier ciudadana o ciudadano de este país podía llamar pan al pan, vino al vino e hijos de puta a los hijos de puta.





La mala espera, el buen encuentro

21 12 2013

[Si te apetece escuchar La Buena Letra mientras la lees, solo has de hacer clic aquí. De paso, puedes oír cómo Fortunata devora una hagiografía de Jaime Mayor Oreja, lo que tampoco es paja. Estamos a partir del minuto 39]

Tenía que haber descubierto antes a Marcelo Luján. Me refiero a sus textos literarios. De él había oído hablar muy bien y luego nos habíamos encontrado fugazmente en Barcelona, en Gijón, en Madrid, en encuentros en los que no hubo tiempo de hablar demasiado. No fue hasta hace poco que me senté a leer La mala espera, la novela con la que Marcelo ganó el Premio Ciudad de Getafe en 2009. Ahora sé que esperé demasiado para hacerlo.

La mala espera, de Marcelo Luján, Madrid, EDAF, 227 páginas

La mala espera, de Marcelo Luján, Madrid, EDAF, 227 páginas

La mala espera es una novelaza breve y brutal, de esas que huelen a cenicero y hablan del lado más oscuro del ser humano, una historia bien armada y, sobre todo, muy bien contada.

La protagoniza Rubén, el Nene, un argentino que lleva unos años en Madrid buscándose la vida en negocios sucios. Trabaja haciendo recados para Fangio, un cabecilla (entre otros cabecillas más grandes y más chicos) del crimen organizado. Las labores del Nene van desde fotografiar a empresarios en puticlubs para hacerles chantaje a organizar envíos trasatlánticos de droga. En una de esas, el Nene se ha puesto de acuerdo con Angie, otra de las empleadas de Fangio, para quedarse con las sobras de un envío de cocaína. El momento en el que arranca la novela es este: ya han dado ese palo y el Nene espera, disimulando, a que Angie se ponga en contacto con él para repartirse el dinero. Y, mientras tanto, va a cumplir un encargo de Fangio, que tiene que ver con un prostíbulo controlado por unos rumanos.

Hasta aquí, unos personajes y un argumento clásicos de cualquier buena crook story. Por supuesto, como manda el canon, nada será lo que parece y la historia se dará la vuelta de manera brutal.

Pero hay algo que singulariza esta novela: el punto de vista narrativo, la composición y el estilo que maneja Marcelo Luján convierten La mala espera en una absoluta delicatessen literaria.

Está contada en primera persona, en diez capítulos, cada uno de los cuales es un mazazo de realidad en los que la mente del Nene viaja entre lo que le está ocurriendo en esos días en Madrid (en realidad, el tiempo de ficción es de tres o cuatro días) y su pasado argentino. Y eso hace que la novela crezca con las reflexiones y los recuerdos del personaje, a través de ricos monólogos que se van interpolando en la narración directa.

Luján domina perfectamente el flujo del discurso, que es constante, la técnica del contrapunto, la digresión y el manejo del tiempo, desplegando con naturalidad elipsis, analepsis, digresiones y elementos oníricos que se incorporan al discurso otorgándole una densidad notable.

El resultado es una novela estructuralmente compleja, con una composición cuidada al detalle y un estilo realmente hipnótico que hace que no podamos dejar de leer.

Y eso es una alegría hoy en día, con las librerías plagadas de autores que se han apuntado a la moda de la novela negra pensando que no necesitan estilo ni destrezas especialmente literarias. Disfrutarán mucho La mala espera los lectores de novela negra, pero también aquellos que buscan buena literatura, LI–TE–RA–TU–RA con mayúsculas, en un mercado en el que lo predominante son los textos escritos sin gran pericia técnica, pensando más en la acción que en el estilo.

La mala espera es todo lo contrario y uno la disfruta con ese regusto que da leer a los buenos y siente que si aún se publican cosas así, todavía queda esperanza en medio de tanta mediocridad.

 marcelo_4

Marcelo Luján es bonaerense, tiene cuarenta años y vive en Madrid desde 2001. Se ha dedicado especialmente al cuento. De hecho, acaba de publicar en Talentura un libro de cuentos titulado Pequeños pies ingleses. Antes han aparecido libros como Flores para Irene (el primero, que, curiosamente, fue premio Ciudad de Santa Cruz de Tenerife, en 2004) y Arder en el invierno, publicado por Baile del Sol.

Y en este año que termina, publicó su segunda novela, Moravia, editada por El Aleph y de la que no paro de escuchar maravillas.

Pero, por ahora, para leer en estos días en los que hay algo más de tiempo, yo recomendaría esta estupenda primera novela que publicó EDAF en 2009: La mala espera, de Marcelo Luján, 227 páginas que nos reconcilian con la buena literatura.

 





Objetivo Escalpelo

2 12 2013

Tengo una idea para un talent show: Objetivo Escalpelo.

Las colas para el primer casting podrían ser algo así:

¿Has soñado siempre con ser neurocirujano, pero jamás obtuviste la nota de corte? ¿Rabiabas cuando en tus series favoritas tus héroes y heroínas follaban como locos en camillas olvidadas tras salvar la vida a niños y ancianitas? ¿Siempre quisiste que tu madre presumiera de ti? Esta es tu oportunidad. Si superas las duras pruebas que nuestro jurado te propondrá durante un largo periodo de ocho semanas y aúnas al esfuerzo y tus dotes naturales un carisma capaz de ganarse las simpatías del público, podrás optar finalmente, al gran premio: conseguir tu sueño de ser jefe de servicio de neurocirugía. Objetivo Escalpelo: cumple tu sueño y haz tu propia trepanación.

escalpelo

Sé que por su novedad la idea podría generar controversia (siempre hay esnobs que se niegan a dar oportunidades a quienes no han estudiado; y entre los especialistas médicos, como en otras muchas profesiones, hay mucho gremialismo), pero, finalmente, el criterio mayoritario (que jamás se equivoca), acabará imponiéndose sobre esa mayoría cultureta y elitista que exige ser operada solo por gente que ha ido a la universidad.

Pues ahí está la idea, disponible para productoras experimentadas en la variedad del talent. También tengo otras ideas adaptables al mismo formato: ¿Quién quiere pilotar mi Airbus?, Top Reportero, y Operación Abogado de Oficio.

¿A qué esperan, productores? Anímense. Ahora que la música, la danza, la literatura o la alta gastronomía ya han sido exploradas, ¿por qué no dar algún paso más allá? ¿Van a esperar a que se lo pise la competencia?





Malentendido en Moscú

1 12 2013

Estamos en esos días en los que todo cristo anda sacando su nuevo libro, posicionándose para las venta navideñas, como debe ser. Pero entre tanto lanzamiento, entre tanto tocho, hay cosas que no hacen tanto ruido, joyitas literarias que son para paladares un poquito más exigentes. Acaba de salir, por ejemplo, un rescate que valía la pena hacer: Malentendido en Moscú, de Simone de Beauvoir, una novela corta, una nouvelle, que las llaman los franceses, que iba a formar parte de La mujer rota, pero que al final permaneció inédita en Francia hasta 1992 y ahora se publica, creo, por primera vez en España.

Malentendido en Moscú, Simone de Beauvoir, Barcelona, Navona, 122 páginas

Malentendido en Moscú, Simone de Beauvoir, Barcelona, Navona, 122 páginas

Novela corta, pues, con argumento engañosamente sencillo: André y Nicole, un matrimonio sesentón, ambos jubilados de la enseñanza y gente intelectual y de izquierdas, viajan a la Unión Soviética para visitar a Masha, la hija de un matrimonio anterior de André. Estamos en 1963, en plena guerra fría y, aunque ellos pertenecen a la izquierda intelectual francesa, se sienten desencantados ante la realidad soviética, ante la burocratización de la revolución y el absurdo oficialista. Pero, por otro lado, ellos, Nicole y André se enfrentan a la vejez y el viaje les hace sumirse en una crisis de pareja que se exacerba debido a los problemas de comunicación.

Malentendido en Moscú está contada en breves capítulos que, alternativamente, cambian la focalización de uno a otro de los dos protagonistas, y nos muestra cómo cada uno de los miembros de la pareja saca una interpretación distinta de los mismos hechos.

Así pues, por un lado tenemos una novela de viajes; por otro, una interesante reflexión política sobre las posibilidades reales de la aplicación del marxismo; pero también, y sobre todo, una historia intimista y profundamente filosófica sobre la comunicación, la llegada de la vejez, la memoria y el tiempo y, sobre todo, el amor (entendido como una relación madura que sea capaz de superar el paso de los años).

Así, pese a ser breve y a que el argumento parezca sencillo, es uno de esos libros que te obligan a hacerte muchas preguntas sobre muchas cosas de mucha importancia, por lo cual, las lectoras y los lectores espabilados no lo deberían dejar pasar de largo.

 beauvoir

Simone de Beauvoir no solo fue una excelente escritora y una pensadora muy importante, sino que, además, formó parte de una de las parejas más influyentes de la intelectualidad de su tiempo. De hecho, cuando la nombras, siempre hay alguien que dice: “Ah, sí, la pareja de Sartre”. Yo opino que Beauvoir era mucho más que la pareja de Sartre. Nacida en 1908, fue profesora de instituto hasta 1943, cuando se dedicó exclusivamente a la literatura. La fama le llegó en 1949, con El segundo sexo, un ensayo realmente enciclopédico sobre el rol de la mujer en la sociedad y a lo largo de la Historia, que se convierte en un texto de referencia para el feminismo. Y su consagración definitiva vendría en 1954, cuando ganó el premio Goncourt por Los mandarines, en la que cuenta la vida de tres intelectuales de posguerra, que, se supone, son Albert Camus, Jean–Paul Sartre y ella misma.

Lo primero que leí de Beauvoir (tendría diecinueve o veinte años) fue La mujer rota, un libro excelente compuesto por tres novelas cortas que presentan a diferentes mujeres en el momento de darse cuenta de que el rol tradicional que han adoptado en sus vidas (madre, esposa, etc.), ha jugado en contra de su libertad. Malentendido en Moscú iba, como dije, a formar parte de ese libro, pero finalmente (acaso con acierto), Beauvoir decidió sustituirla por La edad de la discreción, y la novela se publicó en 1992, cuatro años después de la muerte de su autora. No puedo evitar preguntarme cómo puede ser que a nadie se la haya ocurrido publicarla en España hasta ahora, porque, en su brevedad y sencillez formal, resume todo el estilo y el pensamiento de esta grandiosa escritora y supone una introducción excelente a su obra.

Yo, cuando me emborracho y me pongo borde, siempre acabo diciendo lo mismo: no se puede ir por la vida y tener una visión lúcida de la realidad sin haber leído a Camus, a Sartre y a Beauvoir, se esté de acuerdo con ellos o no. Así que, ahí tienen una oportunidad para empezar a hacer los deberes: Malentendido en Moscú, de Simone de Beauvoir, 122 páginas para leer rápido y pensar despacio.





Un hombre que era cualquiera

1 12 2013

fuego

Ya han cesado las sirenas y los disparos. Solo se escuchan gritos, silbidos. A veces risas y hasta canciones. Abajo, en la calle, la muchedumbre bulle como un hormiguero que hubiera decidido una sacudida y se revolviera en oleadas de amor. Del hombre que provocó todo esto no sabemos mucho. Ni siquiera el nombre. Hay imágenes suyas que lo muestran borroso, uno más, una figura que podría ser la de cualquier hombre de mediana edad, vestido con pulcritud y discreción (las otras, las posteriores, he preferido siempre no examinarlas directamente: son solo un borrón indeseable). Y, en realidad, ese hombre era eso: cualquiera de nosotros, aunque hoy circulen sobre él leyendas que hablan de militancia juvenil o de una vida académica ejemplar rota por el disenso o de una esposa fallecida por una enfermedad que la sanidad que antes teníamos hubiese podido curar.

El mito, en ocasiones, es más útil al entendimiento que la información objetiva, porque hay cosas muy difícilmente comprensibles desde el rigor. Una de ellas es que aquel hombre no tenía nada de especial ni de heroico, que incluso podría habérsele descrito como un hombre gris y aburrido. Un hombre tirando a bajito y nada apuesto. Tampoco especialmente valiente ni brillante. Un hombre que no había sufrido más que cualquiera de nosotros, pero tampoco menos. Un hombre, en fin, como cualquier otro hombre o mujer del país, como tú, como yo, como todos.

Pero al día siguiente de la promulgación de la última de las muchas leyes injustas que el gobierno dictó, el hombre condujo su coche hasta el centro y aparcó en medio de la plaza de la Presidencia, justo ante el Palacio Presidencial. Nadie sospechó nada cuando el hombre descendió del vehículo. Nadie sospechó que lo que había sacado del asiento de atrás era, además de una sábana perfectamente doblada, una garrafa de gasolina.

Solo cuando el coche comenzó a arder, la guardia de palacio se dirigió hacia el lugar. Ya era tarde: el hombre desconocido, el hombre que era cualquiera, tras alejarse unos pasos ya había extendido ante sí, en el suelo, la sábana, y había retrocedido para inmolarse junto a la bola de fuego en la que se había convertido el auto.

En los partes oficiales se habló de locura, de radicalismo, de inadaptación. Pero las autoridades no pudieron evitar que un fotógrafo no menos anónimo retratara la escena y difundiera la imagen de los restos, junto a la sábana en la cual el hombre había rotulado su mensaje final, tan sencillo como claro.

En pocas horas, todo el mundo había leído ya ese mensaje.

Esa misma noche, comenzaron las primeras manifestaciones que, desautorizadas por el gobierno, pronto se convirtieron en revueltas.

Mientras escribo esto, los incendios que asolan los edificios del gobierno aún apuñalan la noche. Y los gritos, las risas, las canciones, no cesan.

Dentro de un momento me uniré a la marea que, incesante, se dirige hacia el centro de la ciudad gritando (como no ha dejado de gritar desde hace semanas), la última frase escrita por el hombre gris que se sacrificó para que fuera posible este nuevo mundo, aquel hombre que era cualquiera y que, mientras se prendía fuego a sí mismo, gritaba lo mismo que había escrito en la sábana, su último mensaje, ese grito que ahora nos iguala a todos: O la justicia o el fuego.








A %d blogueros les gusta esto: