Malentendido en Moscú

1 12 2013

Estamos en esos días en los que todo cristo anda sacando su nuevo libro, posicionándose para las venta navideñas, como debe ser. Pero entre tanto lanzamiento, entre tanto tocho, hay cosas que no hacen tanto ruido, joyitas literarias que son para paladares un poquito más exigentes. Acaba de salir, por ejemplo, un rescate que valía la pena hacer: Malentendido en Moscú, de Simone de Beauvoir, una novela corta, una nouvelle, que las llaman los franceses, que iba a formar parte de La mujer rota, pero que al final permaneció inédita en Francia hasta 1992 y ahora se publica, creo, por primera vez en España.

Malentendido en Moscú, Simone de Beauvoir, Barcelona, Navona, 122 páginas

Malentendido en Moscú, Simone de Beauvoir, Barcelona, Navona, 122 páginas

Novela corta, pues, con argumento engañosamente sencillo: André y Nicole, un matrimonio sesentón, ambos jubilados de la enseñanza y gente intelectual y de izquierdas, viajan a la Unión Soviética para visitar a Masha, la hija de un matrimonio anterior de André. Estamos en 1963, en plena guerra fría y, aunque ellos pertenecen a la izquierda intelectual francesa, se sienten desencantados ante la realidad soviética, ante la burocratización de la revolución y el absurdo oficialista. Pero, por otro lado, ellos, Nicole y André se enfrentan a la vejez y el viaje les hace sumirse en una crisis de pareja que se exacerba debido a los problemas de comunicación.

Malentendido en Moscú está contada en breves capítulos que, alternativamente, cambian la focalización de uno a otro de los dos protagonistas, y nos muestra cómo cada uno de los miembros de la pareja saca una interpretación distinta de los mismos hechos.

Así pues, por un lado tenemos una novela de viajes; por otro, una interesante reflexión política sobre las posibilidades reales de la aplicación del marxismo; pero también, y sobre todo, una historia intimista y profundamente filosófica sobre la comunicación, la llegada de la vejez, la memoria y el tiempo y, sobre todo, el amor (entendido como una relación madura que sea capaz de superar el paso de los años).

Así, pese a ser breve y a que el argumento parezca sencillo, es uno de esos libros que te obligan a hacerte muchas preguntas sobre muchas cosas de mucha importancia, por lo cual, las lectoras y los lectores espabilados no lo deberían dejar pasar de largo.

 beauvoir

Simone de Beauvoir no solo fue una excelente escritora y una pensadora muy importante, sino que, además, formó parte de una de las parejas más influyentes de la intelectualidad de su tiempo. De hecho, cuando la nombras, siempre hay alguien que dice: “Ah, sí, la pareja de Sartre”. Yo opino que Beauvoir era mucho más que la pareja de Sartre. Nacida en 1908, fue profesora de instituto hasta 1943, cuando se dedicó exclusivamente a la literatura. La fama le llegó en 1949, con El segundo sexo, un ensayo realmente enciclopédico sobre el rol de la mujer en la sociedad y a lo largo de la Historia, que se convierte en un texto de referencia para el feminismo. Y su consagración definitiva vendría en 1954, cuando ganó el premio Goncourt por Los mandarines, en la que cuenta la vida de tres intelectuales de posguerra, que, se supone, son Albert Camus, Jean–Paul Sartre y ella misma.

Lo primero que leí de Beauvoir (tendría diecinueve o veinte años) fue La mujer rota, un libro excelente compuesto por tres novelas cortas que presentan a diferentes mujeres en el momento de darse cuenta de que el rol tradicional que han adoptado en sus vidas (madre, esposa, etc.), ha jugado en contra de su libertad. Malentendido en Moscú iba, como dije, a formar parte de ese libro, pero finalmente (acaso con acierto), Beauvoir decidió sustituirla por La edad de la discreción, y la novela se publicó en 1992, cuatro años después de la muerte de su autora. No puedo evitar preguntarme cómo puede ser que a nadie se la haya ocurrido publicarla en España hasta ahora, porque, en su brevedad y sencillez formal, resume todo el estilo y el pensamiento de esta grandiosa escritora y supone una introducción excelente a su obra.

Yo, cuando me emborracho y me pongo borde, siempre acabo diciendo lo mismo: no se puede ir por la vida y tener una visión lúcida de la realidad sin haber leído a Camus, a Sartre y a Beauvoir, se esté de acuerdo con ellos o no. Así que, ahí tienen una oportunidad para empezar a hacer los deberes: Malentendido en Moscú, de Simone de Beauvoir, 122 páginas para leer rápido y pensar despacio.

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Un hombre que era cualquiera

1 12 2013

fuego

Ya han cesado las sirenas y los disparos. Solo se escuchan gritos, silbidos. A veces risas y hasta canciones. Abajo, en la calle, la muchedumbre bulle como un hormiguero que hubiera decidido una sacudida y se revolviera en oleadas de amor. Del hombre que provocó todo esto no sabemos mucho. Ni siquiera el nombre. Hay imágenes suyas que lo muestran borroso, uno más, una figura que podría ser la de cualquier hombre de mediana edad, vestido con pulcritud y discreción (las otras, las posteriores, he preferido siempre no examinarlas directamente: son solo un borrón indeseable). Y, en realidad, ese hombre era eso: cualquiera de nosotros, aunque hoy circulen sobre él leyendas que hablan de militancia juvenil o de una vida académica ejemplar rota por el disenso o de una esposa fallecida por una enfermedad que la sanidad que antes teníamos hubiese podido curar.

El mito, en ocasiones, es más útil al entendimiento que la información objetiva, porque hay cosas muy difícilmente comprensibles desde el rigor. Una de ellas es que aquel hombre no tenía nada de especial ni de heroico, que incluso podría habérsele descrito como un hombre gris y aburrido. Un hombre tirando a bajito y nada apuesto. Tampoco especialmente valiente ni brillante. Un hombre que no había sufrido más que cualquiera de nosotros, pero tampoco menos. Un hombre, en fin, como cualquier otro hombre o mujer del país, como tú, como yo, como todos.

Pero al día siguiente de la promulgación de la última de las muchas leyes injustas que el gobierno dictó, el hombre condujo su coche hasta el centro y aparcó en medio de la plaza de la Presidencia, justo ante el Palacio Presidencial. Nadie sospechó nada cuando el hombre descendió del vehículo. Nadie sospechó que lo que había sacado del asiento de atrás era, además de una sábana perfectamente doblada, una garrafa de gasolina.

Solo cuando el coche comenzó a arder, la guardia de palacio se dirigió hacia el lugar. Ya era tarde: el hombre desconocido, el hombre que era cualquiera, tras alejarse unos pasos ya había extendido ante sí, en el suelo, la sábana, y había retrocedido para inmolarse junto a la bola de fuego en la que se había convertido el auto.

En los partes oficiales se habló de locura, de radicalismo, de inadaptación. Pero las autoridades no pudieron evitar que un fotógrafo no menos anónimo retratara la escena y difundiera la imagen de los restos, junto a la sábana en la cual el hombre había rotulado su mensaje final, tan sencillo como claro.

En pocas horas, todo el mundo había leído ya ese mensaje.

Esa misma noche, comenzaron las primeras manifestaciones que, desautorizadas por el gobierno, pronto se convirtieron en revueltas.

Mientras escribo esto, los incendios que asolan los edificios del gobierno aún apuñalan la noche. Y los gritos, las risas, las canciones, no cesan.

Dentro de un momento me uniré a la marea que, incesante, se dirige hacia el centro de la ciudad gritando (como no ha dejado de gritar desde hace semanas), la última frase escrita por el hombre gris que se sacrificó para que fuera posible este nuevo mundo, aquel hombre que era cualquiera y que, mientras se prendía fuego a sí mismo, gritaba lo mismo que había escrito en la sábana, su último mensaje, ese grito que ahora nos iguala a todos: O la justicia o el fuego.





Perdona por lo poco

1 12 2013

La última tumba ya está en casa, oficialmente presentada y paseándose por Canarias, la madre que la parió.

Como sabes, la presentación tuvo lugar este viernes. Muchas personas me avisaron de que no podrían ir, porque en el mismo día y hora, en otros lugares de la ciudad, otros creadores que no se prodigan tanto públicamente presentaban al mismo tiempo sus trabajos. Pero, aún así, la sala de Ámbito Cultural se llenó y durante una hora y media, aproximadamente, hablamos de libros y de Canarias y hasta de política.

Foto: Francisco Melo ?Junior'

Foto: Francisco Melo ?Junior’

Muchas gracias a quienes hicieron posible este nuevo milagrito: a Emilio González Déniz, maestro de ceremonias de lujo que nos hizo echarnos unas cuantas risas; al escritor y responsable de Ámbito, Pablo Sabalza, que siempre hace todo sea un poco más fácil; a Thalía Rodríguez, que no solo me aguanta cada día sino que encima lo hace siempre con una sonrisa. Y, por supuesto, a quienes se acercaron a Ámbito Cultural este viernes para escuchar y/o intervenir en esta puesta de largo. Hubo allí muchos amigos y conocidos, pero también muchas personas a quienes no conocía personalmente y que se acercaron a hacer piña y acompañarnos en el sentimiento. Me gustaría localizar a todas y cada una de ellas y plantarles un glorioso beso en la frente, pero como eso excede mis capacidades, vaya esta entradita a modo de beso como expresión de mi agradecimiento. Y, como dicen las viejitas, perdonen por lo poco.

Foto: Nanda Santana Cruz

Foto: Nanda Santana Cruz

Ahora, Adrián Miranda ya camina en solitario por tu biblioteca; ya es más tuyo que mío. Cuídamelo bien y muestra comprensión hacia sus canalladas, porque, al fin al cabo, ¿quién no ha sido malo alguna vez?

Bazinga mini pimer

Foto: Bazinga Mini Pimer








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